Eria de David Martínez: La poesía como arma para ampliar la realidad
Hay una diferencia decisiva entre escribir sobre el mundo y responder ante él. La primera tarea pertenece a la literatura. La segunda pertenece a la poesía. La literatura puede permitirse el lujo de ser brillante, ingeniosa, hermosa, y también tiene otros tiempos, otras superficies… La poesía, en cambio, carga con una obligación más severa; la de comparecer ante las cosas y responder por ellas. Eso es lo que encuentro en Eria, un magistral y bellísimo poemario publicado por Valparaíso Ediciones. En una época que multiplica hasta el infinito la información sobre la realidad y ha reducido, hasta casi extinguirse, nuestra relación con ella, Eria es un yermo luminoso que aparece para decirnos que vemos menos que nunca, y nos lo dice con humildad, con respeto y con una belleza arrasadora. ¿Acaso hay alguna otra forma? Y pienso que conocemos los nombres de todas las catástrofes, pero ignoramos el nombre de los árboles que crecen junto a nuestra casa, los animales, los objetos, la difícil tarea de lo cotidiano… Y pienso que podemos recorrer el planeta en una pantalla, pero somos incapaces de reconocer el temblor de una estación en una mirada. Hemos perfeccionado la comunicación y hemos empobrecido la presencia. Sí, adiós a la presencia.
aquello de envejecer.» Ahí se encuentra uno de los núcleos secretos del libro. El ser humano vive atrapado entre dos evidencias incompatibles. Sabe que todo cambia y siente que hay algo dentro de él que permanece. La poesía nace precisamente en esa herida, en ese desguace. En ese lugar donde la experiencia contradice a la biología. En ese hueco donde el alma desmiente al calendario. Lo desmiente todo. Lo mismo sucede en «El profesor». David es profe de literatura. Es un hombre que mira por la ventana y siente que algo atraviesa el cristal para devolverlo a «la realidad del álamo», de las cosas que le siguen produciendo un temblor; no de cielo, perdón por la referencia a Huidobro, sino una hecatombe más severa que encarna una verdad fundamental. La poesía no existe para alejarnos del mundo. Existe para devolvernos a él. El conocimiento que no desemboca en una mirada más intensa sobre la realidad es una forma refinada de ignorancia. Por eso la figura del poeta resulta hoy tan incómoda. Ustedes no lo saben, o sí: el poeta recuerda aquello que todos, por una cosa o por la otra, intentan olvidar. O peor aún, no aceptar. Eria nos recuerda que la tierra no es un recurso. Que el lenguaje no es una herramienta. Que los animales no son una mercancía. Que la memoria no es un archivo. Que la muerte no es una estadística. Que la belleza no es un lujo. Y que la atención es una forma de justicia. La verdadera cuestión de este libro es esa: La justicia. Justicia hacia los lugares mínimos y comunes. Justicia hacia quienes vivieron antes. Justicia hacia quienes vendrán después. Justicia hacia las palabras, hacia la infancia. Cada época tiene una forma particular de barbarie. La nuestra consiste en convertirlo todo en objeto de consumo, incluso aquello que debería ser objeto de veneración. Consumimos paisajes, viajes, caminos, consumimos recuerdos, consumimos emociones, consumimos incluso el dolor. Frente a esa voracidad, Eria propone un sendero mucho más exigente y, a veces, difícil de asumir. Detenerse. Mirar. Reconocer. Asumir. Preguntar y, quizás, responder.
Eria, Ediciones Valparaíso. De David Martínez
David entiende algo fundamental, y eso tan necesario es que la tradición poética (si es que existe) no es una jaula ni una genealogía de autoridades. Es una forma de compañía. Es llevar una lámpara encendida por otros para internarse en una oscuridad que sigue siendo propiaY la poesía de David Martínez tiene sentido y es demoledora -tampoco hay otra poesía- porque se rebela contra toda esta amputación. Él lo hace, y su relación con el poema y el compromiso con su tiempo, nuestro tiempo, no es desde la militancia con la nostalgia. La nostalgia suele ser una forma elegante de la impotencia. En mi opinión, que no es nada, y siendo cada vez más certera y feliz mi aspiración a ser nadie, pienso que él escribe desde la responsabilidad, nada más ni nada menos. Y la responsabilidad consiste en comprender que aquello que desaparece bajo nuestra mirada también desaparece por nuestra culpa, y se nota. Por eso este libro está atravesado por una atención moral extraordinaria. Hay una tierra que exige ser escuchada. Hay criaturas que comparten con nosotros el mismo destino de vulnerabilidad. No hay memoria utilizada como ornamento sentimental. Hay una conciencia que sabe que olvidar es colaborar con la destrucción. Eria tiene una poesía que empieza cuando el mundo deja de ser un escenario y vuelve a convertirse en una presencia, una presencia cegadora, pero la de poder cerrar los ojos y soñar…Eria está construido desde esa convicción. Y todo estaba ahí, pienso, y pienso que alguien lo tiene que decir. Eria nace también de una forma de máxima atención, de afinamiento de todas las sensibilidades. De esos descubrimientos que parecen casuales, pero que llevan una eternidad aguardándonos al borde del camino, de los ríos, como si las cosas supieran de nosotros antes de que nosotros supiéramos de ellas. Hay libros que parten de esa idea o de una gran idea; pero este parece partir de un encuentro. De una piedra, de una sombra, de una conversación perdida, de una rama inclinada por el viento. De todo aquello que sucede cuando la realidad deja de ser un decorado y se convierte en una pregunta. Es verdad que estas páginas están atravesadas por muchas lecturas, bendita intertextualidad, maldito Bajtín y bienvenido el milagro del dialoguismo. Decía. Habitan en ellas -las diferentes lecturas- voces antiguas y contemporáneas, presencias que acompañan sin imponerse. Ninguna escritura surge de la nada. Todo poema es también el eco de otros poemas, la conversación inacabable que los muertos sostienen con los vivos. Pero David entiende algo fundamental, y eso tan necesario es que la tradición poética (si es que existe) no es una jaula ni una genealogía de autoridades. Es una forma de compañía. La gran forma. La madre de todas las formas. Es llevar una lámpara encendida por otros para internarse en una oscuridad que sigue siendo propia.
Borges trabajaba con los laberintos de la inteligencia. David Martínez trabaja con algo más difícil: los laberintos de la realidadPorque escribir se parece, en el fondo, a precipitarse hacia lo desconocido, a un barco hundido. Y David da un paso adelante, un paso al frente: Estoy al borde del abismo y acabo de dar un paso al frente. Uno avanza por Eria sin garantías, sin saber qué encontrará debajo de cada palabra. Y, sin embargo, el libro evita la tentación del encierro en uno mismo y lo hace con el difícil arte de escribir fácil. ¿Acaso la experiencia es un espejo que sólo devuelve el rostro del autor? Al contrario. Es una búsqueda, una dulce condena a la belleza. Es abrir huecos en la realidad para que entre el aire de los otros. Hay aquí una confianza y una generosidad poco frecuente en la claridad. Una voluntad de nombrar sin oscurecer. De alcanzar la música sin necesidad de exhibir el artificio. El ritmo aparece como aparece el pulso en un cuerpo. Pon tu mano aquí, ahí está el ritmo, porque está vivo, porque estás vivo y no hay imposición de quien lo escribe. Las preguntas que recorren Eria son las mismas que acompañan a los seres humanos desde que aprendieron a levantar la vista, a mirar. El tiempo que pasa y el tiempo que permanece. La memoria, que rescata y también inventa. La nostalgia, que a veces es una forma de amor y otras una forma de intemperie. La belleza inesperada de lo cotidiano. Los vínculos invisibles que unen a quienes nunca llegarán a conocerse. La extraña fraternidad que existe entre los cuerpos, los paisajes, los animales y las cosas. Pero por debajo de todos esos asuntos hay algo aún más difícil y más raro, y esa rareza se parece a una voluntad de honestidad. Como si el libro aspirara a mirar sin adornar demasiado lo mirado. ¡Qué difícil es hacer eso, David! Como si él supiera, como si tú supieras, que la verdad no suele presentarse bajo la forma de las grandes revelaciones, sino en los pequeños desplazamientos de la mirada, ese milímetro, ese pequeñísimo instante antes de que todo se derrumbe otra vez. Tal vez por eso estos poemas también nacen para no demostrar nada y decirnos casi todo. Buscan acompañar. Permanecer un instante junto a aquello que existe antes de que vuelva a desaparecer. Y si en ese intento encuentran lectores, lectoras, o mejor aún, compañeros de asombro que habrán cumplido su tarea más secreta: Recordar que la realidad siempre contiene más mundo del que alcanzamos a percibir y que la poesía, cuando es una verdad con un puñal contra la noche, no añade nada a las cosas, sino que les devuelve la profundidad que les habíamos quitado. Borges escribió que el universo puede caber en un punto. Toda la gran literatura participa de esa intuición. ¡Y qué difícil es no nombrar a Borges en una reseña! Lo infinito se manifiesta en lo mínimo. Lo esencial comparece en lo aparentemente insignificante. Pero Borges trabajaba sobre todo con los laberintos de la inteligencia y la eternidad. David Martínez trabaja con algo más difícil: Los laberintos de la realidad. Porque la realidad también es un misterio que cabe en un punto.
Cada época tiene una forma particular de barbarie. La nuestra consiste en convertirlo todo en objeto de consumo, incluso aquello que debería ser objeto de veneraciónLa hierba lo es. Un animal que atraviesa la noche lo es. La erosión de una piedra lo es. La lentitud con que envejece un cuerpo lo es. La poesía consiste en devolverles su condición de enigma. Pienso en esos versos de «La vejez»: «La vejez llega de golpe.» La afirmación posee la contundencia de una revelación. Todo el mundo sabe que envejece. Casi nadie sabe que el envejecimiento se descubre de repente. El tiempo trabaja en silencio y un día comparece entero. Como una deuda. Como una sentencia. Como una luz. «Si lo pienso, es mentira
aquello de envejecer.» Ahí se encuentra uno de los núcleos secretos del libro. El ser humano vive atrapado entre dos evidencias incompatibles. Sabe que todo cambia y siente que hay algo dentro de él que permanece. La poesía nace precisamente en esa herida, en ese desguace. En ese lugar donde la experiencia contradice a la biología. En ese hueco donde el alma desmiente al calendario. Lo desmiente todo. Lo mismo sucede en «El profesor». David es profe de literatura. Es un hombre que mira por la ventana y siente que algo atraviesa el cristal para devolverlo a «la realidad del álamo», de las cosas que le siguen produciendo un temblor; no de cielo, perdón por la referencia a Huidobro, sino una hecatombe más severa que encarna una verdad fundamental. La poesía no existe para alejarnos del mundo. Existe para devolvernos a él. El conocimiento que no desemboca en una mirada más intensa sobre la realidad es una forma refinada de ignorancia. Por eso la figura del poeta resulta hoy tan incómoda. Ustedes no lo saben, o sí: el poeta recuerda aquello que todos, por una cosa o por la otra, intentan olvidar. O peor aún, no aceptar. Eria nos recuerda que la tierra no es un recurso. Que el lenguaje no es una herramienta. Que los animales no son una mercancía. Que la memoria no es un archivo. Que la muerte no es una estadística. Que la belleza no es un lujo. Y que la atención es una forma de justicia. La verdadera cuestión de este libro es esa: La justicia. Justicia hacia los lugares mínimos y comunes. Justicia hacia quienes vivieron antes. Justicia hacia quienes vendrán después. Justicia hacia las palabras, hacia la infancia. Cada época tiene una forma particular de barbarie. La nuestra consiste en convertirlo todo en objeto de consumo, incluso aquello que debería ser objeto de veneración. Consumimos paisajes, viajes, caminos, consumimos recuerdos, consumimos emociones, consumimos incluso el dolor. Frente a esa voracidad, Eria propone un sendero mucho más exigente y, a veces, difícil de asumir. Detenerse. Mirar. Reconocer. Asumir. Preguntar y, quizás, responder.
Después de leer muchas veces este libro, el mundo no es más confortable. Lamento dar esa noticia. Es más vasto. Más complejo. Más vulnerable. Pero también más verdaderoLa poesía no puede impedir la devastación del mundo. ¿Quién ha dicho que esa sea una función? Ningún poema detendrá una bomba ni devolverá la vida a un bosque arrasado. Pero la poesía sí puede impedir algo igualmente grave; que la devastación se vuelva invisible. Y cuando una destrucción deja de ser invisible, aparece la conciencia. Y cuando aparece la conciencia, aparece el compromiso. Y cuando el compromiso viene dado en forma de poema, aparece la dignidad… Eso es, modestamente lo que celebra este libro. No soy digno de esta reseña. La dignidad es de David, su dignidad de mirar sin apartar los ojos. La dignidad de nombrar sin traicionar. La dignidad de permanecer junto a aquello que desaparece. En una entrevista, Juarroz afirmó que la poesía era una forma de ampliar la realidad. Creo que Eria responde exactamente a esa definición. Después de leer muchas veces este libro, el mundo no es más confortable. Lamento dar esa noticia. Es más vasto. Más complejo. Más vulnerable. Pero también más verdadero. Y eso, en tiempos de distracción universal, constituye un acontecimiento moral antes que poético o literario…David Martínez ha escrito un libro que recuerda algo extremadamente esencial: el mundo no nos pertenece. Por eso, él lo dice.
Eria, Ediciones Valparaíso. De David Martínez
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