«Un joven golondrina»: el Teatro Nacional Cervantes abre el telón de la accesibilidad
La propuesta no comienza cuando se apagan las luces de la sala. Antes de cada función, el teatro ofrece un recorrido accesible detrás de escena destinado especialmente a personas con discapacidad visual, abierto a todo el público, que permite conocer el universo de la obra a través de la palabra, el tacto y un intercambio muy emotivo con el equipo artístico. La experiencia invita a recorrer el escenario, especialmente diagramado para que exista cercanía desde todos los lugares, armado y pensado para que las personas con ceguera y baja visión, descubran la escenografía, toquen elementos de utilería y vestuario; y comprendan las decisiones estéticas que construyen el relato. Lejos de tratarse de una simple visita guiada, el recorrido aporta claves de lectura sin revelar el desarrollo de la historia y busca garantizar un acceso más igualitario a la experiencia teatral. Además, la función cuenta con audiodescripción, un recurso que permite que las personas ciegas o con baja visión accedan a la información visual de la puesta mediante un texto descriptivo especialmente elaborado. Durante la presentación se explicó que la directora Laura Santos recupera recuerdos de su infancia, los linajes femeninos, la relación entre adolescentes y adultos, la perspectiva de género y la mirada sobre los cuerpos. La historia transcurre en un pueblo patagónico atravesado por la llegada de un joven trabajador golondrina proveniente del norte del país. A partir de allí se despliegan vínculos marcados por las desigualdades, el poder y la violencia.
– Dolores Oliviero (Mora y el ternero)
– Paula Kastfollani (Aurora)
– Paula Barat (Amanda)
– Daniel Valenzuela (Mamani)
– Daniel Cabot (Gómez)
– Eva Bianco (Helen) Uno de los momentos más enriquecedores del recorrido es el encuentro con la diseñadora de vestuario, Lara Gaudini. Durante la visita, Gaudini explica que todas las prendas fueron intervenidas con manchas de lavandina o cloro, inspiradas en la cobertura mediática del triple femicidio de Florencio Varela, cuando distintos medios informaban que se había utilizado lavandina para limpiar la escena del crimen. Esa imagen se convirtió en el concepto organizador del vestuario: prendas atravesadas por las huellas de una violencia que muchas veces se intenta borrar. Los vestidos que utilizan las dos protagonistas adolescentes también cargan un sentido de contacto entre distintas generaciones. Remiten a otras épocas, como la ropa heredada de madres o abuelas con la que muchas niñas juegan a disfrazarse. Sus tonalidades —violetas, celestes y verdes— dialogan con las luchas feministas y aportan nuevas capas de significado a la construcción de los personajes. La escenografía también guarda secretos. Una pared de paneles grises concentra distintos espacios simbólicos: una ventana elevada representa una torre desde donde los jóvenes observan el pueblo; una abertura central funciona como acceso para los personajes; hacia la derecha, otra abertura puede representar tanto un calabozo como un desnivel del suelo cerca de un rió; y otros sectores del escenario cobran nuevos sentidos a medida que avanza la obra. Todos estos detalles son explicados durante el recorrido, permitiendo que las personas con discapacidad visual puedan construir una imagen más completa del espacio antes del inicio de la función. Sobre esa aparente sobriedad también adquiere un papel fundamental el diseño lumínico. A través de un proyector que utiliza distintas intensidades y gamas de luz, la escenografía gris se transforma constantemente: aparecen sombras, paisajes y texturas que completan el espacio escénico y aportan contexto, atmósfera y nuevas capas de simbolismo a la trama. Durante el recorrido accesible, estos recursos visuales también son descriptos para que puedan ser imaginados por quienes no perciben la puesta de manera visual. La disposición entre las butacas y el escenario, también esta pensado desde la perspectiva de estos destinarios, sin elevación, el publico se hubica alrededor de todo el escenario, en un semicírculo en el cual solo hay tres filas, como si fuese un anfiteatro, permitiendo cercanía para la baja visión y mas nitidez en las voces. Estas alternativas artísticas permiten pensar algunas conclusiones
En un contexto de ajuste sobre la cultura y de recortes que afectan también las políticas destinadas a garantizar los derechos de las personas con discapacidad, iniciativas como esta cobran un valor aún mayor. La accesibilidad no es un lujo ni un complemento: es un derecho y una condición indispensable para que todas las personas puedan participar plenamente de la vida cultural. La cultura es una herramienta para desarrollar la creatividad y construir conciencia crítica. Es a través del arte que las sociedades elaboran significados y significantes de su historia, cuestionan las relaciones de dominación e imaginan nuevos y mejores destinos. En ese sentido, el recorrido sensorial y descriptivo del Teatro Nacional Cervantes, junto con la audiodescripción de la función y todos los diseños de accesibilidad, muestran que es posible construir cultura verdaderamente pública e inclusiva, cuando la accesibilidad se piensa desde el inicio y no como un agregado posterior. Experiencias como Un joven golondrina demuestran que el acceso al arte también es una forma de construir relaciones y perspectivas sociales distintas.
La puesta está organizada en tres actos; La faena, La Desaparición y La marca, títulos que anticipan algunos de los grandes temas de la obra: la persecución, la violencia sobre los cuerpos y las marcas que deja tanto el capitalismo como el patriarcado.La obra pone en diálogo la violencia que recae sobre mujeres, intentando un paralelismo con la violencia a los animales, estableciendo una relación que interpela las lógicas verticalistas, de dominación y cosificación de las mujeres que evidencia y sostienen las distintas instituciones de ese orden social.
El elenco: Actrices, actores y personajes
– Carmela Rivero (Belinda)– Dolores Oliviero (Mora y el ternero)
– Paula Kastfollani (Aurora)
– Paula Barat (Amanda)
– Daniel Valenzuela (Mamani)
– Daniel Cabot (Gómez)
– Eva Bianco (Helen) Uno de los momentos más enriquecedores del recorrido es el encuentro con la diseñadora de vestuario, Lara Gaudini. Durante la visita, Gaudini explica que todas las prendas fueron intervenidas con manchas de lavandina o cloro, inspiradas en la cobertura mediática del triple femicidio de Florencio Varela, cuando distintos medios informaban que se había utilizado lavandina para limpiar la escena del crimen. Esa imagen se convirtió en el concepto organizador del vestuario: prendas atravesadas por las huellas de una violencia que muchas veces se intenta borrar. Los vestidos que utilizan las dos protagonistas adolescentes también cargan un sentido de contacto entre distintas generaciones. Remiten a otras épocas, como la ropa heredada de madres o abuelas con la que muchas niñas juegan a disfrazarse. Sus tonalidades —violetas, celestes y verdes— dialogan con las luchas feministas y aportan nuevas capas de significado a la construcción de los personajes. La escenografía también guarda secretos. Una pared de paneles grises concentra distintos espacios simbólicos: una ventana elevada representa una torre desde donde los jóvenes observan el pueblo; una abertura central funciona como acceso para los personajes; hacia la derecha, otra abertura puede representar tanto un calabozo como un desnivel del suelo cerca de un rió; y otros sectores del escenario cobran nuevos sentidos a medida que avanza la obra. Todos estos detalles son explicados durante el recorrido, permitiendo que las personas con discapacidad visual puedan construir una imagen más completa del espacio antes del inicio de la función. Sobre esa aparente sobriedad también adquiere un papel fundamental el diseño lumínico. A través de un proyector que utiliza distintas intensidades y gamas de luz, la escenografía gris se transforma constantemente: aparecen sombras, paisajes y texturas que completan el espacio escénico y aportan contexto, atmósfera y nuevas capas de simbolismo a la trama. Durante el recorrido accesible, estos recursos visuales también son descriptos para que puedan ser imaginados por quienes no perciben la puesta de manera visual. La disposición entre las butacas y el escenario, también esta pensado desde la perspectiva de estos destinarios, sin elevación, el publico se hubica alrededor de todo el escenario, en un semicírculo en el cual solo hay tres filas, como si fuese un anfiteatro, permitiendo cercanía para la baja visión y mas nitidez en las voces. Estas alternativas artísticas permiten pensar algunas conclusiones
En un contexto de ajuste sobre la cultura y de recortes que afectan también las políticas destinadas a garantizar los derechos de las personas con discapacidad, iniciativas como esta cobran un valor aún mayor. La accesibilidad no es un lujo ni un complemento: es un derecho y una condición indispensable para que todas las personas puedan participar plenamente de la vida cultural. La cultura es una herramienta para desarrollar la creatividad y construir conciencia crítica. Es a través del arte que las sociedades elaboran significados y significantes de su historia, cuestionan las relaciones de dominación e imaginan nuevos y mejores destinos. En ese sentido, el recorrido sensorial y descriptivo del Teatro Nacional Cervantes, junto con la audiodescripción de la función y todos los diseños de accesibilidad, muestran que es posible construir cultura verdaderamente pública e inclusiva, cuando la accesibilidad se piensa desde el inicio y no como un agregado posterior. Experiencias como Un joven golondrina demuestran que el acceso al arte también es una forma de construir relaciones y perspectivas sociales distintas.
Fuente: Enlace original
