El mar en ruinas de David Torres y el héroe que no regresa

Hace diez años estaba en la sala de partos. Era el nacimiento de mi primer hijo, Dante. Tenía este libro entre las manos sin saber que mi vida colapsaría, que el mundo en el que vivía se rompería hacia adelante con la misma violencia inapelable con que se rompe y derrumba el mar. Leía a David Torres sin saber que yo también estaba a punto de emprender un viaje del que no habría regreso posible. Ese libro que tenía en mis manos antes de tener a mi primer bebé, antes de emprender el gran viaje de la paternidad, era El mar en ruinas. Una novela sobre el fracaso del retorno. Una grandísima obra en donde Odiseo vuelve a Ítaca, pero Ítaca no existe. Eso es todo. Eso lo es todo. Torres, madrileño del 66, novelista y columnista que ha transitado la novela negra con suficiente solvencia como para acumular premios sin ensuciarse demasiado los zapatos, decide aquí hacer algo más arriesgado que ganar; decide continuar la Odisea desde el único punto honesto posible, que es el momento en que la épica se agota y empieza el desastre cotidiano, las únicas ruinas posibles. El héroe mata a los pretendientes, recupera el trono, abraza a su hijo, se acuesta con su mujer, y al día siguiente no sabe qué hacer con las manos. El tapiz está acabado, los hilos recogidos, la madeja deshecha. Y entonces la pregunta: ¿Qué otra cosa podía desear? La novela -una joya reeditada por la editorial Reino de Cordelia e ilustrada por Federico del Barrio- tiene la inteligencia de devolverle a Penélope, a Telémaco, a Circe y a Calipso su cuerpo psicológico, su peso real, su capacidad para el resentimiento y para el deseo. Los personajes dejan de ser paradigmas y se vuelven seres que mienten, que se traicionan, que se aburren. Penélope es narradora y es el centro de gravedad de todo. Ella que tejía de día y destejía de noche, que ocultaba la verdad en tapices que se amontonaban en su dormitorio, que puso en los hilos los miedos que no podía poner en la cara. Torres convierte ese arte de esconder en la forma misma de la novela. El tejido como escritura, la tela como memoria, el punto troyano como la gramática de la guerra. Odiseo abandona Ítaca de nuevo porque Odiseo no sabe hacer otra cosa más que marcharse. Y entonces el héroe deja de ser el hombre que regresa para convertirse en el hombre que necesita tener un lugar al que regresar para poder seguir huyendo. Torres lo entiende y lo escribe con una prosa que sabe ser evocadora sin ser ornamental, pero perfecta —yo se lo he dicho en su momento, no es casual Dante, La muerte de Virgilio, Herman Broch— que conoce la cadencia del mito sin quedar sepultada por ella. Hay momentos en que la novela alcanza una temperatura que pocas veces se logra en la narrativa española contemporánea. El episodio de Patroclo y Aquiles: el joven que se pone la armadura que le queda enorme, que repicaría sobre su pecho adolescente como si preludiara los tambores de sus honras fúnebres, y que sale a morir con una elegancia que nadie en el campamento griego sabe leer. O Héctor, que antes del combate final corre tres veces en torno a las murallas de Troya mientras Príamo y Andrómaca lo observan desde lo alto, y Torres tiene la lucidez de ver en esa carrera no la cobardía sino una enseñanza: Héctor mostrándole a los griegos lo que era el miedo, Héctor que nunca rehuía un combate y que, sin embargo, en ese último instante, devolvía el flujo de la sangre a sus venas trazando círculos alrededor de todo lo que amaba. O la escena en que Aquiles lava el cuerpo de Patroclo en el río, ante el silencioso estupor de los aqueos. Dos figuras desnudas, una viva y otra muerta, chorreantes de agua, ejecutando un rito fúnebre que los bardos nunca sabrán cantar bien porque los bardos, como dice Penélope, son pobres ciegos que van de puerto en puerto hablando de lo que no ven y jurando por lo que nunca vieron. Pero aquí viene la pregunta que un libro así no puede eludir: ¿para qué volvemos a los griegos? ¿Qué se busca en el fondo de ese mar antiguo que no sea consuelo, que no sea la coartada de lo universal para no mirar lo concreto? Torres es un escritor de oficio impecable y de ambición irregular; él nunca se lo termina de creer, quizá por eso su humildad. El resto de las personas que lo conocemos lo sabemos. Hay que leerlo. Todo el mundo debería conocer la existencia de este libro. El mar en ruinas es una novela que funciona igual que funciona el mar, el rumor del oleaje, el idioma de las corrientes. Y se lee con placer genuino, que en sus mejores momentos alcanza algo parecido a la verdad sobre el poder y la leyenda y el modo en que los hombres construyen su propio mito para no tener que vivir. El propio Torres lo confiesa en el prólogo a esta nueva edición de Reino de Cordelia. Veinte años después de escribir la novela, él mismo estaba otra vez solo, perdido en el océano del tiempo después de haber abandonado a todas sus mujeres, y su gran amigo había terminado por quedarse ciego, siguiendo el destino de los bardos griegos. No es pequeña ironía. Un libro que profetiza al que lo escribe no es una novela: es una maldición homérica. El gran tema de la Odisea no es el viaje. Es la imposibilidad de quedarse. Eso Torres lo ve y lo dice. Lo que tal vez no ve del todo es que esa imposibilidad no es un defecto del héroe sino una condición estructural del deseo, que Ítaca nunca pudo existir porque Ítaca era el nombre de lo que se desea en la ausencia y que se vuelve inhabitable en la presencia. Kazantzakis lo entendió de otra manera, más violenta, más oscura. Cunqueiro lo entendió con más ternura y más acidez. Torres lo entiende con más elegancia, quizás, con otra sangre. Y tiene el valor, además, de decirlo en la dedicatoria más breve y exacta que he leído en mucho tiempo: «A mi padre, que inventó el mar; a mi madre, que lo sigue tejiendo». Hace diez años estaba en la sala de partos con este libro y no sabía que en ese momento exacto también yo estaba comenzando una continuación no pedida, un relato que se alejaba del arco argumental previsto. Ahora lo sé. Hace tiempo que lo acepto. Y por eso este libro me resulta más verdadero que cuando lo leí, no por lo que dice sino por lo que callaba. Los retornos siempre llegan demasiado tarde, que Ítaca ya estaba en ruinas antes de que zarpase, y que el mar no tiene la culpa de nada.
Puedes leer las primeras páginas de este libro en la página de Reino de Cordelia. Título: El mar en ruinas Autor: David Torres Ilustraciones: Federico del Barrio Editorial: Reino de Cordelia Páginas: 344

Fuente: Enlace original

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