Mucha tropa riendo en la calle: el espionaje de la Bonaerense a Los Redondos durante los 90

El asesinato de Walter Bulacio a manos de efectivos de la Policía Federal en abril 1991 luego de una violenta razzia en la fila de acceso a un recital de Los Redondos en Obras marcó un antes y un después en la consideración social sobre las fuerzas represivas del Estado luego de la Dictadura. A partir de entonces se multiplicaron las movilizaciones populares contra la violencia institucional y aparecieron organismos no gubernamentales dedicados a concientizar sobre derechos civiles y tomar denuncias de personas agredidas por uniformados. Lejos de revisar sus conductas o amedrentarse, las distintas divisiones policiales solo parecieron acumular rencor por la visibilidad que adquirían sus procedimientos. Así se desprende de las innumerables carpetas que la Dirección de Inteligencia de la Policía de la Provincia de Buenos Aires acumuló con material de espionaje sobre el universo de Los Redondos, a quienes persiguieron con especial insidia después de que el caso Bulacio ubicara a estas fuerzas en un lugar de denuncia y observación en la agenda pública. A la luz del material ahora desclasificado, los objetivos son evidentes: demonizar a la banda y, a la vez, justificar la represión contra sus seguidores en los recitales para entonces ya masivos. De las centenas de fojas se destacan especialmente dos legajos. Uno es sobre los tres shows que la banda ofreció a principios de mayo de 1992 en el Microestadio de Lanús, el primer desembarco de magnitud en el conurbano bonaerense después de las 17 funciones en Obras entre 1989 y 1991. Entre otras cosas describe la cantidad de detenidos que hubo en cada uno de ellos, aunque con notables contradicciones en los distintos textos (uno, por ejemplo, indica que en el primer show hubo cinco mayores y seis menores, aunque el memo siguiente eleva la última cifra a ocho).
La versión oficial indicaba que todas las detenciones se debían a personas que pretendían ingresar a los shows sin entradas, aunque en el transcurso de los días se sumaron versiones que daban cuenta de la violencia con la que la Policía de la provincia gobernada por Eduardo Duhalde procedió incluso con gente que tenía sus tickets en mano y, así y todo, nunca pudo acceder al microestadio. En ese sentido, este legajo repite varias veces la presencia en la comisaría 2a de Lanús (a la que pertenecía gran parte del personal policial afectado al operativo) de algunos diputados nacionales, “quienes se entrevistaron con los que aún continuaban detenidos en el hecho en cuestión, interiorizándose sobre sus condiciones de detención y circunstancias de los acontecimientos”. También aparece una mujer que radicó en esa misma comisaría una denuncia debido a que su hija de 18 años había ido al recital pero fue “reprimida por parte de personal policial, reconociendo a su agresor”. Lo curioso es que el espía justifica este accionar “debido a los desórdenes producidos”. Una extraña manera de trasladar responsabilidades por carácter transitivo, como si los efectivos pegaran a inocentes por culpa de las reacciones que generaron los culpables. Otro documento, en cambio, señala que luego esa misma joven regresó a la seccional donde había sido detenida para ampliar la denuncia debido a que presentaba lesiones (aunque “posteriormente el médico de la policía dictaminó de carácter leve”, agrega el espía).
El detalle por las acciones legales que distintos jóvenes efectuaron contra la Policía Bonaerense se profundizó días después con un documento de espionaje –nuevamente confidencial– en el que aparecen el nombre y apellido de dos muchachos. Bajo el patrocinio de abogados pertenecientes al Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS), ambos denunciaron a personal de la comisaría 2a de Lanús por “apremios ilegales, lesiones, abuso de autoridad y violación de los deberes de funcionario público”. En el legajo también aparece un hecho insólito en el que la DIPPBA luce obsesionada, aunque al mismo tiempo imposibilitada de definir la identidad de todos sus participantes y – nuevamente– con el abuso de potenciales. Todo comienza con un periodista de Radio del Plata que “se apoderó de un proyectil lanzado por una pistola lanza gases” y se lo entregó “a una militante que no pudo ser identificada”. La mujer –sin nombre– “se desempeñaría” como secretaria del Comité de la UCR en Lanús, cuyo titular es hermano de un diputado nacional que al mismo tiempo es abogado y, por lo tanto, constituido como letrado de dos jóvenes “que fueron duramente golpeados por efectivos policiales, siendo uno de ellos alcanzado por el proyectil en cuestión en una de sus piernas, debiendo ser trasladado a un centro asistencial para su atención”.
Los distintos agentes afectados a la confección de esta misión de inteligencia también repararon en las distintas miradas que los periodistas tuvieron no sólo con el hecho, sino especialmente con el operativo. “Algunos medios periodísticos hicieron referencia al recital, pero remarcando los incidentes registrados entre personal policial y jóvenes que trataron de ingresar al microestadio”, señala uno. “El diario Página/12 del domingo 3 calificó de excesivo el dispositivo de seguridad montado por esta policía para preservar el orden”, detalla otro. “En realidad la actuación de Los Redonditos de Ricota venía precedida de expectativa entre sus seguidores, muchos de ellos, al parecer, caracterizados por su presunta adicción a la droga y el alcohol. El mismo repertorio del grupo musical posee varios temas apologéticos de la droga”, redunda. Más adelante el documento también consiga que el diario Clarín subraya las condiciones de los detenidos (“indica que los detenidos permanecen ‘en un minicalabozo de Lanús’, siendo notoria una clara referencia al duro accionar policial”).
Sin embargo hay un apartado que le da otro valor al espionaje, ya que advierte un elemento que obsesionará a las fuerzas de seguridad de esa década. “Ya habrían comenzado a organizar lo que denominan ‘coordinadoras populares antirepresivas’, que tendrán como misión asistir a personas detenidas para lo cual estarán presentes en los eventuales lugares donde se realicen espectáculos de rock, razzias, etc”, sospecha el texto. Y agrega: “Simultáneamente mantendrán un enlace directo con los medios de comunicación”. “Cabe destacar que organizaciones de solidaridad y partidos políticos de izquierda se encuentran sumamente interesados en la explotación de esta problemática”, advierte el documento. “De esa manera, se estima que en la eventualidad de circunstancias futuras análogas a las que se informan, inmediatamente se verificará la intervención de dirigentes políticos de izquierda y filoizquierda, como así que la repercusión de los medios de comunicación será mayor” . Varios folios fechados el 13 de mayo de aquel 1992 aluden —según su título– a la “postura de organismos de los Derechos Humanos”. El texto indica que “se ha tomado conocimiento” de una reunión organizada en Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad de Buenos Aires por la Secretaría de DD.HH. de la FUBA, en la cual se resolvió concurrir a dos shows que Los Redondos tenían previsto realizar pocos días después en Florencio Varela. Según este documento de Inteligencia, el propósito de la Secretaría de Derechos Humanos de FADU era aliarse con el CELS para ir a Varela y “colocar una mesa en las adyacencias con el fin de recabar testimonios de aquellos jóvenes que concurrieron al recital celebrado en el Club Lanús, en razón de los golpes que recibieron en aquella oportunidad dos alumnos de esa facultad por parte de los efectivos de la Policía Bonaerense”. Además, “ha trascendido que las organizaciones en cuestión tienen la intención de montar cámaras de video para filmar el accionar policial ante la eventualidad de algún disturbio como el que aconteciera días atrás”. Es evidente que la reunión fue observada por espías infiltrados, ya que se detallan con precisión los testimonios que dos estudiantes de la facultad ofrecieron en el encuentro (aún a pesar de errores gramaticales en el indistinto uso de la primera o la tercera persona): “En determinado momento, la Policía dijo que no entraba nadie más y que se fueran”; “durante una cuadra nos siguieron a pie y con palos en la mano”; “a la segunda cuadra los empezaron a correr y los encerraron en una esquina, agarrando como a 40 pibes” y “a los palos los hicieron poner contra la pared y a los que tenían lugar, les pegaban”.
Lo más sorprendente de este conjunto de fojas dedicadas al encuentro en la Facultad de Económicas de la UBA es el párrafo titulado “Apreciación de Inteligencia”, que –nuevamente en clave potencial– indica: “Cabe conjeturar que las denuncias citadas en el presente informe estarían alentadas por el líder el grupo musical Patricio Rey (SIC), quien para tales iniciativas se valdría de sus relaciones con miembros implicados e importantes dirigentes de la U.C.R., sobre todo de la Coordinadora”. Toda esta acumulación de suspicacias perjudicó de manera inmediata a la banda con la suspensión del doble show que ofrecería a mediados de mayo en el Colegio Nuestra Señora del Sagrado Corazón de Florencio Varela. Así lo confirma un memo de la DIPPBA del 1º de junio de 1992, el cual reconoce como autor de la prohibición a “la comuna local”, aunque al mismo tiempo refiere a “una versión” que “sindicaba a tres concejales justicialistas de haber solicitado una determinada suma de dinero en razón del costo político que dicho recital entrañaba”. Sin embargo el texto guarda espacio para un hecho insólito: los concejales varelenses José Chagaray y Raimundo Martín (ambos pertenecientes al partido MODIN liderado por el ex carapintada Aldo Rico) radicaron una denuncia por amenazas. “En las mismas –recibidas telefónicamente en sus domicilios– una voz masculina manifestó: ‘Que se deje de molestar, sino es boleta’”, indica el agente, nuevamente con una sintaxis que mezcla inexactamente el uso del plural con el del singular. La DIPPBA le dedicó un carpetón de 153 fojas a uno de los episodios que vinculó con más intensidad a la cultura rock con los servicios de espionaje argentinos: los shows de Los Redondos en Olavarría el 16 y 17 de agosto de 1997, ambos anunciados y luego suspendidos a pesar de que sus músicos y miles de fanáticos ya estaban establecidos en la ciudad bonaerense a la espera de las vicisitudes.
Con gran cantidad de entradas vendidas, Olavarría empapelada con afiches y el escenario prácticamente montado en el club Estudiantes de esa localidad, la Inteligencia de la Policía Bonaerense decidió iniciar una misión casi a contrarreloj el 11 de agosto, apenas cinco días antes del primero de los dos conciertos programados. Así lo confirma un documento que la delegación de Azul (a 50 kilómetros de Olavarría) le envía a la de Mar del Plata solicitándose cuatro ítems: “Características del grupo de fans, líderes y todo otro antecedente sobre los mismos”, “todo tipo de fotografías que sirva como identificación de aquellos posibles generadores de desorden y/o violencia”, “fundamentalmente filmaciones de recitales anteriores y sus consecuencias (este material será devuelto –SIC– una vez elaborado el servicio)” y “todo otro dato que sirva de interés por esta tarea”. El pedido se debe a que en esa ciudad balnearia Los Redondos habían tocado en octubre de 1996 con el seguimiento de espías. Otro legajo proveniente de Azul sostiene que distintas “fuerzas vivas” de Olavarría (aunque sin precisar más que la Sociedad de Comercio e Industria) “habrían planteado su inquietud ante el Ejecutivo de la ciudad” por shows que este mismo había autorizado.
Entre la información aportada por la DIPPBA se incluye una errónea mención del guitarrista Skay Beilinson, el cual es rebautizado como “Beletson”. Aunque la descripción más delirante es la atribuida al Indio Solari: “Ese personaje místico llamado Patricio Rey no tardó en convertirse en el líder del grupo con su letra, su estilo e inconfundible voz”. “Desde siempre sus integrantes tuvieron una actitud combativa en cuento a todo lo que podría llegar a identificarlos con “EL SISTEMA” (mayúsculas y entrecomillado textual del legajo), ya sea en lo político, comercial o la televisión a la cual se han negado sistemáticamente a aparecer”, prosigue el texto. Esto último reviste carácter profético, ya que Los Redondos rompieron esa consigna justamente para prestarse a una conferencia de prensa en Olavarría. Sin embargo, lo más disparatado llega al momento en el cual el espía intenta explicar las letras: “Estas actitudes se expresan en los textos de las letras de las canciones escritas por “El Indio” Solari (SIC), que si bien no tienen una estructura tradicional, el mensaje está, pero se necesita conocer el código para descifrarlo. Para una persona que los escucha por primera vez, las letras… NO DICEN NADA… y diría que… CARECEN DE SENTIDO”. Las mayúsculas y los puntos suspensivos son textuales del informe, casi como si estuviera redactando un manifiesto para la revista Cerdos y Peces.
Con todo este material a cuestas, el entonces intendente municipal Helios Eseverri y su secretario de gobierno Héctor Luis Vitale firmaron el 12 de agosto un decreto que denegaba la autorización para el espectáculo, dando de ese modo por cancelados los dos shows de Los Redondos en Olavarría. Uno de los párrafos de ese texto confirma que “de los informes policiales y otras averiguaciones formuladas al efecto, también se desprende que ese movimiento multitudinario facilita la operación de pandillas vinculadas a la delincuencia que podrían en riesgo la seguridad ciudadana con antecedentes ciertos de violencia y desorden que han afectado a las ciudades y ciudadanos donde se han realizado”. La banda apeló la medida en la Justicia ordinaria, pero el fallo volvió a favorecer al Municipio de Olavarría. Esta segunda noticia fue anunciada por el propio Vitale al programa Tiempos modernos de AM Continental, quien reconoció al aire estar brindando una información “que seguramente va a ser primicia”, tal como indica una desgrabación de la entrevista adjuntada en la carpeta de la DIPPBA dedicada a este affaire de Los Redondos. Así las cosas, mucha gente decidió igualmente viajar a Olavarría con la expectativa de que la suspensión fuera revocada y lograr de ese modo que todo vuelva a foja cero. Es decir, que la banda pudiera cumplir con dos shows anunciados. Esta inesperada decisión del público ricotero obligó a los servicios de inteligencia de la Bonaerense a tener que prolongar un trabajo que creían culminado con la mera suspensión.
Reclamos frente al hotel donde se alojaban los músicos, pintadas en paredes, algunas calles cortadas y hasta quema de gomas ocasionaron un complejo movimiento de distintas dependencias de la DIPPBA. El producto de ese trabajo es un legajo adicional cargado de fotos y recortes periodísticos en el que se mezclan desde grafitis en Azul con los nombres de distintos barrios y ciudades de los cuales procedían los fanáticos (Chacarita, Isidro Casanova, Mar del Plata y Punta Alta son los destacados) hasta un seguimiento a la banda sin grandes resultados, dado que los músicos permanecieron en silencio a excepción de la recordada conferencia de prensa en el hall del hotel Savoy. Finalmente el grupo decidió retirarse de Olavarría el domingo 17 de agosto sin poder brindar sus shows en esa ciudad, aunque no en esa zona. Es que poco menos de dos meses después (precisamente el 4 de agosto) Los Redondos tocaron a 100 kilómetros de distancia, puntualmente en Tandil, donde más adelante el cantante –ya como solista– ofreció cuatro recitales: curiosamente su mayor cantidad de presentaciones junto a La Plata, ciudad cabecera de la misma DIPPBA que durante años intentó espiarlo sin siquiera saber que su nombre es Carlos Solari y no Patricio Rey.

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