Pamela Palenciano: «La adolescencia es una etapa que principalmente hay que acompañar. Ese es el verbo clave: Acompañar.»
Su monólogo ‘No solo duelen los golpes’, que más tarde se convirtió en el libro ‘Si es amor, no duele’, ha supuesto un antes y un después en la vida de miles de personas, tanto en España como en Latinoamérica. Un artefacto político que es ya un hito en la historia de la escena cultural, así como de la lucha feminista revolucionaria de este país de países. Está presentando su segundo libro ‘No me des la chapa’, y hemos conseguido que nos haga un huequito en su agenda endiablada. Bienvenida Pamela Palenciano. ‘No me des la chapa’. ¿Quién le está diciendo esta frase a quién? ¿De qué chapas estamos hablando aquí, en este libro? Pamela: Se lo está diciendo un adolescente a un adulto. Pero en realidad yo también lo he escrito como adulta a otra adulta, pidiendo por favor que dejemos un poco de dar la chapa. Un llamamiento a que la persona adolescente esté realmente en el centro y que puedan decidir qué quieren escuchar del mundo adulto. Un poquito al menos. ¿De qué pregunta, de qué herida, o fisura, haciendo mención al programa, te nace la idea de escribir este libro? Pamela: Fue mi hermana la que me empujó. Siempre he tenido bastante síndrome de la impostora con esto de escribir. Es por eso que pedí ser mi doble a Noelia Morgana. Fue ella la que me acompañó, porque yo sola no me veía frente a la página en blanco escribiendo. Nunca he estudiado nada acerca del oficio de escribir, y me da respeto. Pero mi hermana me dijo de pronto insistentemente que eso que yo le contaba en nuestras conversaciones era interesante para que lo dejara escrito en un libro. Cuando pensé en el libro como un objeto físico real, fue que se me ocurrió que podría estar bien también de algún modo escribirlo para mis hijos, y con ellos. Esa fisura desde la que nace este libro es seguramente lo que he ido recogiendo en estos años, tanto como madre como en mi trabajo constante con adolescentes, esa cosa que a mí en mi adolescencia no me dieron, también precisamente lo que me dieron, lo bueno y lo malo, el maltrato y también lo demás. Esa mezcla de cosas me pareció que un libro podría reflejarlo mejor que una obra de teatro, esta vez. Este libro lleva un subtítulo. ‘Feminismo para adolescentes’. Te leo una frase que me ha encantado y que creo que en parte condensa buena parte del libro: «Y como la crianza continúa en la adolescencia, descubro a través de mi hija que la adolescencia no es un túnel que hay que pasarlo rápido. Es un territorio compartido donde una adulta puede aprender a ser mejor persona». ¿Es posible que la etapa de la vida que más se ningunea sea en cierto sentido la más determinante de nuestras vidas y que precisamente sea ese ninguneo lo que nos ha traído hasta este momento abismal en el que nos encontramos como especie? Pamela: Sí. Me encanta que compartamos esa mirada de que es la etapa más determinante. Porque la infancia pensamos que es la más importante a veces. Hay mucha literatura sobre ello. La niña interior, el niño herido, etc. Es importante, sin duda, pero puedes llegar a la adolescencia y sanar eso. Sin embargo, en el periodo entre los doce y los veinticinco años no le importas a nadie. No eres ni una criatura ya ni eres todavía una persona productiva. Esa etapa, que es cuando se empieza una a preguntar «¿quién soy yo?», «¿qué quiero yo?», la identidad, que es el momento más real de la vida en cierto modo, que expresas la euforia máxima y al rato el máximo hastío, mientras la gente adulta nos constreñimos y no lo expresamos. Lo que ocurre es que es la etapa que más se demoniza por la generación anterior que ya la pasó. «El walkman es el diablo», «el discman es el diablo», «las redes sociales son el diablo», «anda que en mi época le iba a hablar yo así a mi madre», y de esa forma se va repitiendo el ciclo. Yo, que también he escuchado eso tantas veces y que he escrito este libro en parte para pedir perdón a mis hijos por reproducir a veces los mismos clichés, me doy cuenta de que la adolescencia es una etapa que principalmente hay que acompañar. Ese es el verbo clave. Acompañar. ¿Cuáles son los principales errores que crees que cometemos con las, les y los adolescentes? Pamela: Lo primero es no reconocer que somos adultocéntricos. Si no reconocemos eso, no podemos cambiar. El adultocentrismo como concepto yo lo aprendí sobre todo de bell hooks. Es un tema en el que queda muchísimo por hacer. Por otro lado, ese reírnos con cada cosa que dice un adolescente, ridiculizando o infantilizando, como me pasó a mí muchísimas veces, con mi padre, con sus amigos, que el otro día se lo dije en una presentación, o también como a mí me pasa a veces aún con mi hijo Nahuel, lamentablemente, ese mirarles como si tuvieran «el pavo». Y algo más sutil es también el etiquetarlos como asumiendo que son «el futuro», desplazándolos, no permitiéndoles ser aún. No. Son el presente. Tal y como está el mundo, ¿de qué futuro estamos hablando? Eso para empezar. ¿Cómo ha sido la experiencia de involucrar a tus criaturas en semejante aventura, a esos niveles de profundidad emocional y sinceridad, tanto para ti como para ellas? Pamela: Nahuel me ha dicho que el capítulo se le ha hecho corto. Que solo tiene un capítulo y que él tiene muchas cosas que contar. Del año pasado a este, me dice que tiene mucho que aportar. Me preguntó también por qué su hermana mayor, Lya, ocupa más espacio que él en el libro. Ella es mi primera hija, tiene veinte años, es mi hija de corazón, no de panza, es una relación muy elegida porque no la he parido, es donde más me he dado vueltas. Lya no ha podido leerse el libro todavía. No porque se arrepienta de nada. Yo a ambas les pregunté en todo momento sobre lo que querían que pusiera y lo que no de nuestras conversaciones, cuánto les parecía bien estar expuestas. Pero no puede aún leerlo. Con mi hija, diría que ha sido un acto reparador. Hemos sanado algo que yo llevo años pagando en terapias, constelaciones, para tratar de sanar con mi propia madre. Nuestra relación ha cambiado para bien gracias a este libro. Increíblemente. He llorado varias veces leyendo este libro, contigo, con mi adolescente, que en parte sigue aquí, con mis padres, con mi infancia. Pero uno de los momentos que más me sobrecogió fue la parábola que recorres con Lale, ese adolescente que de alguna manera te reta en una charla y al que subes al escenario. ¿Hay una cuenta pendiente con esos hombres adolescentes, que quizás se ha ido dejando demasiado tiempo? Pamela: Es valiente tu pregunta. Me cuesta, porque como ya dije en ‘Saldremos mejores’, y en otros espacios, lo último que quiero es justificar la violencia masculina en ningún sentido, pero de veinticinco para abajo, porque a partir de ahí ya sí que los hombres tienen que hacer su camino a cuenta y riesgo sin pedir a las feministas que hagan pedagogía, hasta esa edad que pidan lo que necesiten. Ese Lale que se sentaba atrás, empezó siendo uno o dos que me miraban con cara mustia desde atrás en 2003, ahora son cien. Mucha gente. Un no muy grande, un antifeminismo que a ellos les da identidad. Entiendo y respeto lo que otras compañeras estén escribiendo e investigando en otros libros al respecto del tema, y quiero leer todas las reflexiones, pero yo hablo de mis propias carnes. Hicimos un trabajo muy potente en las últimas décadas de ir a empoderar a las chicas adolescentes, y yo creía que en paralelo, al darse ese empoderamiento femenino, compañeros irían a hacer un trabajo con la deconstrucción de la masculinidad los chicos adolescentes. Y se han dado casos de hombres que trabajan la masculinidad desde la universidad, pero luego les cuesta bajar a los institutos, porque bajar a los institutos implica que quizás tu discurso racional tiene que bajar más a cuerpo, y te tiene que interpelar el cis bro hetero más fan de Ricky Edit diciéndote que es una gilipollez lo que estás contando y tú, como hombre, responder que puede que sea una gilipollez lo que estás diciendo, para que él vea que eres capaz de bajarte, para que por ahí se abra un vínculo. No sé. Pasaron varias cosas. Aparte de que nosotras lo hicimos bien y logramos un éxito con las chicas, mientras los chavales chicos se nos iban quedando fuera, cuando la ultraderecha vio que el feminismo también se empezó a dividir y se hizo evidente nuestra división, por todas esas fisuras que se abrieron se fueron metiendo determinados discursos. Era más fácil para un chico de catorce años, ante un problema complejo como es ser un maltratador potencial de forma estructural, comprar el marco simple de buenos y malos que ofrecían ciertos discursos y además colocarte en el lugar de que las malas son ellas. Con catorce años quiero que me quieran, y me resulta más cómodo que me vengan con discursos simples de blanco o negro. Van a ser personajes como Roma Gallardo los que van a ejercer ese papel, los que van a colar esos discursos simples en los huecos que se fueron dejando abiertos. Llevas muchos años trabajando en institutos con adolescentes. Más de dos décadas. Tú que lo has ido viendo año tras año desde el corazón del asunto, ¿Cómo crees que ha cambiado el ambiente en las aulas en cuanto a perspectiva de género, en cuanto a la respuesta de la chavalada ante tu «chapa», desde que empezaste hasta ahora? ¿Qué ha supuesto esa pandemia que hubo entre medias para ellas y ellos? Pamela: A mí me flipan los adolescentes. Por eso hago lo que hago. Si no me fliparan, creo que ni yo ni ningún ser humano adulto podría seguir haciéndolo. Te llevan a cuestionarte la vida entera. Además, yo he tardado años en darme cuenta de que yo me lo tomaba como algo personal. ¿Por qué me está mirando así aquel? ¿Por qué me pone esa cara? Me lo tomaba así. Hasta que dije: basta. Es que necesitan mirarme con esa cara precisamente para poder ser. No es conmigo, es con cualquier adulto. En 2003 fue la primera vez que hice ‘No solo duelen los golpes’, en un espacio que iba más allá del modo taller. Fue en un instituto, para un curso de cuarto de la ESO. Habría unos treinta y dos alumnos. La mayoría eran tíos. Veintitantos tíos y ocho o nueve tías. A la media hora, empecé a llorar. Se levantaron primero ellos y luego ellas, y me abrazaron. Yo en mitad de aquel olor hormonal, de sobacos, pies, me di cuenta de que me quería dedicar a esto. «Esta gente está recibiendo la chapa que yo no recibí, que mi ex novio no recibió, están emocionados con verme a mí emocionada, este vínculo puede transformar por completo», pensé. He sido testigo, y lo digo muy orgullosamente, de cómo desde el 2003 a 2018 el feminismo fue yendo hacia arriba y hacia arriba. Lo vi y lo sentí. A cada instituto que iba, percibía cómo el feminismo se iba viendo como algo cada vez más potente, atractivo y transformador. Y me sentía parte de eso, como un montón de compañeras. Era una puñetera locura maravillosa. 2018 fue la cúspide del movimiento feminista de este país. Luego, sin embargo, fui testigo también de cómo desde 2018 la tendencia empezó a cambiar y vino el descenso en la percepción que se tenía del feminismo en los institutos. Fui testigo y víctima, porque fue cuando empezaron a llegar todas las denuncias, el acoso… Y la pandemia fue la gota que colmó el vaso. La pandemia ha sido un antes y un después para los adolescentes, sobre todo. Me revienta cuando se habla de «generación de cristal» y ese tipo de expresiones totalmente injustas. Si es que es una generación de personas rotas. Y tampoco se trata de dorarles el lomo, y sobrecuidarles por ello, porque al mismo tiempo todo esto les lleva a plantearse el futuro de una manera nueva y diferente, muy interesante. Pero se habla del tema de las drogas, las adicciones, ese tipo de problemas que efectivamente tienen. ¿Qué queremos que hagan? Tal y como se les cuenta el mundo en el que están, desde el ámbito de los adultos, el cambio climático, el panorama como está en tantos sentidos, yo si tuviera quince años, seguramente estaría haciendo todo lo que tuviera que hacer y además rápido. Ha pasado algo muy heavy y ellos son los que más lo notan. Hace poco estuvo aquí Irantzu Varela y le hice esta misma pregunta, porque ella como tú es una de las figuras públicas más señaladas por la ultraderecha y el supremacismo macho sistémico, como lo llama Cristina Fallarás. Has tenido que salir escoltada por la policía en colegios. Te han puesto como ejemplo para aquello que hay que vetar indudablemente mediante el pin parental. Insultos, golpes, amenazas. ¿Por qué molesta tanto lo que dice Pamela Palenciano a ciertas personas? Pamela: Lo que tenemos en común las tres, Irantzu, Cristina y yo es que hablamos claramente de privilegios, señalamos ahí constantemente. No dejamos de nombrar la palabra ‘patriarcado’. Al mismo tiempo, no vamos solo a hablar de malos y buenos, como hacen otros en discursos superficiales y lineales. Nosotras vamos de verdad a las raíces del asunto. Las tres hablamos también de feminismos en plural. Hablamos de violencias, en plural. Y hablamos de los privilegios que tenemos y que también nosotras tenemos que deconstruir en nosotras mismas, como blancas, como adultas… Eso es muy complejo y muy incómodo. Cuanto más simple y superficial sea tu feminismo, menos incomoda. Te hago la misma pregunta que le repites a tus criaturas en el libro. ¿Cómo te ves dentro de diez o quince años? Pamela: Me veo sentada en La Caleta, mirando la puesta de sol, brindando con mi hija y con mi hijo.
Aquí puedes ver el contenido completo de la entrevista:
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