Naciones en tinieblas

“«No nos parece que las enseñanzas nazis hayan calado muy hondo hasta ahora en demasiados jóvenes, y consideramos que, de algún modo, podemos reeducar a la juventud alemana durante su formación militar», dijo el capitán. «Sí», intervino su sobrino, «¿no te das cuenta de hasta qué punto nuestra tarea como oficiales resulta en el presente mucho más apasionante? Porque ya no se trata únicamente de formar buenos soldados, sino de reeducar a los ciudadanos alemanes. Y es que», añadió con esa confianza casi despreocupada de muchos alemanes que no pertenecían al Partido, «gran parte de las enseñanzas nazis desaparecerá muy pronto. Son un completo disparate. Pero, mientras tanto, creo que los oficiales alemanes tenemos ante nosotros una oportunidad extraordinaria.»” Eso le comentaba un grupo de militares alemanes a la escritora y educadora británica Amy Buller a mediados de la década de 1930. La “oportunidad” mencionada por dichos oficiales (no adscritos por completo a la ideología del nazismo), está de más decirlo, no tuvo a la larga los resultados “extraordinarios” que ellos esperaban. Nacida en Londres en 1891, Buller viajó a Alemania en repetidas ocasiones entre 1911 y 1914 para aprender el idioma, y retomó sus viajes a dicho país tras la Primera Guerra Mundial. Convertida al anglo-catolicismo, la educadora vivió con particular preocupación el ascenso de los nazis al poder y su efecto sobre el pensamiento de la juventud germana. Por eso, en las numerosas visitas que realizó a Alemania entre 1934 y 1938 se entrevistó con integrantes de las más diversas capas sociales e ideológicas en busca de una explicación para el fenómeno nazi. Las entrevistas, junto con sus propias reflexiones, conforman la esencia de su libro Darkness over Germany (Tinieblas sobre Alemania), publicado en 1943. El volumen es valioso y singular en muchos sentidos. En primer lugar, por el contexto histórico en que se obtuvo la información. Gracias a sus extensos vínculos y amistades personales, la autora consiguió que los entrevistados le expresasen sus temores y convicciones más íntimos. En sus conversaciones con Buller, no pocos alemanes vislumbraban ya la posibilidad de un nuevo conflicto bélico entre Alemania y otras naciones europeas. Pero esa guerra aún no se había declarado y Buller se esforzó por extraer de sus interlocutores argumentos que permitiesen comprender cómo una nación tan importante, culta y desarrollada como Alemania podía acoger con entusiasmo a semejantes extremistas. Cuando el libro se publicó, cinco años después de realizada la última de las entrevistas, la Segunda Guerra Mundial ya era una realidad en pleno desarrollo, pero las principales matanzas a gran escala de judíos, gitanos y opositores todavía no eran del todo conocidas. El libro de Buller, por tanto, aunque obviamente menciona la discriminación contra los judíos y el asesinato de opositores, no pone el énfasis en un genocidio que, tras el descubrimiento y la liberación de los campos de exterminio entre 1944 y 1945, acabaría siendo el símbolo ineludible del nazismo. Ignorante de la escala total de las masacres, Buller se preocupó por analizar cómo una población entera podía ser arrastrada de forma fanática por tales ideas. Y dado que las entrevistas que conforman el cuerpo de su obra se realizaron durante los años de consolidación del régimen nazi, nos permiten apreciar con claridad el germen del problema y los dilemas de sus protagonistas. Buller entrevistó tanto a nazis como a opositores al nazismo y, dada su larga relación con Alemania y su dominio del idioma, observó la evolución en el tiempo de dicho movimiento político y su efecto sobre personas que, antes de la Primera Guerra, ella jamás habría pensado que pudieran llegar a sumarse a un partido como el nacionalsocialista. Un oficial de mediana edad del ejército germano, por ejemplo, aunque expresaba su rechazo a parte de la ideología nazi, ponía por delante su nacionalismo ante la eventualidad de una futura guerra y culpaba de la situación (como lo hacía el propio Hitler) a las injusticias del Tratado de Versalles: “¿Comprendes que habrá una guerra? Un cambio en la situación económica y un cambio de gobierno aquí son las únicas cosas que podrían evitarla, y no llegarán a tiempo. Ahora estamos hablando, pero vamos a acabar combatiendo. ¿Te das cuenta también de que los dos estaremos luchando exactamente por lo mismo: la abolición del nacionalsocialismo? Pero yo lucharé. Todos nosotros, aunque estemos fuera del Partido, lucharemos hasta la última gota de nuestra sangre para asegurarnos de que seamos nosotros quienes tengamos la oportunidad de establecer las condiciones del tratado de paz, y no Francia o Inglaterra. Estoy convencido de que, incluso si el Partido Nazi no se derrumbara durante la guerra, un ejército alemán victorioso expulsaría a esos gangsters que tanto destruyen y que envenenan la sangre de la generación más joven. Pero debes comprender que muchos de nosotros, si luchamos, no lo haremos únicamente para derrotar a los nazis, sino también para asegurarnos de que Francia e Inglaterra no decidan nuestro destino por segunda vez. Nuestro destino está en juego. Perdona, sabes que amo a Inglaterra, pero vosotros y Francia ya tuvisteis vuestra oportunidad de alcanzar la victoria y de establecer la paz. No hay paz en Europa y creo que Francia es la principal responsable, aunque también creo que Inglaterra se ha dejado arrastrar hacia una actitud que no le es propia. Estoy convencido de que el bloqueo, por ejemplo, no fue el tipo de cosa que Inglaterra habría hecho en un momento de sensatez. Pero supongo que el verdadero problema es que nadie conserva la sensatez después de una guerra terrible. No pretendo decir que Alemania no tenga también su parte de culpa. Especialmente desde que Hitler llegó al poder, creo que hemos estado intratables. Pero cuando se escriba la historia, no creo que el relato de los años 1918-1933 demuestre que Alemania fue la única responsable del fracaso a la hora de alcanzar un acuerdo en Europa. Si llega la guerra y volvéis a ganar, seguramente diréis que el Tratado de Versalles no fue lo bastante severo, y vuestras condiciones serán mucho más duras, y una vez más habremos sembrado las semillas de otra guerra. Pero, aunque resulte trágico, al menos es bueno saber que si ahora combatimos habrá en bandos opuestos personas como tú y como yo que lucharán y rezarán, no sólo por la victoria, sino también por alcanzar el conocimiento necesario para construir una paz duradera. En cualquier caso, lucharé por mi país como nunca antes lo he hecho, y digo mi país, no los nazis, para que se nos conceda una oportunidad. Ahora nos toca a nosotros intentarlo, y yo, al menos, estoy dispuesto a morir en el intento de conseguir esa oportunidad. Así que debes saber que, si llega la guerra, quienes odiamos a los nazis y amamos a Inglaterra lucharemos para ganar.”
La penetración del nazismo en los adolescentes y el auge de las Juventudes Hitlerianas obsesionaban a la educadora
Un grupo de maestros, por su parte, forzados por el nazismo a impartirles a sus alumnos un plan de estudios profundamente sesgado a riesgo de ser encarcelados si se oponían, le explicaba a Buller que, en lugar de desistir y marcharse, preferían conservar sus puestos e intentar moderar esas enseñanzas impuestas en la medida de lo posible. Hacer otra cosa, explicaban, implicaría dejar a los niños del todo a merced de los nazis. La penetración del nazismo en los adolescentes y el auge de las Juventudes Hitlerianas obsesionaban a la educadora, que conversó con multitud de jóvenes. En una ocasión, uno de sus entrevistados, desempleado durante varios años antes de la llegada de Hitler al poder, le replicaba airadamente a Amy Buller: “Wilhelm se volvió hacia mí de nuevo, casi enfadado, y dijo: «¿Cómo podéis, desde vuestro país, limitaros a criticarnos y decir que somos anticristianos? Puede que algunos dirigentes del Partido digan ciertas tonterías, pero dime, ¿acaso no es religioso creer que existe un propósito para cada persona en esta vida? En cuanto a mí, he vuelto a ser religioso, porque ahora creo que fui creado para algo y que la vida tiene un designio y un sentido, mientras que durante cinco años fui incapaz de encontrar ninguno, no sólo para mí, sino también para mi generación y para mi país. Habíamos quedado al margen. Ahora, aunque llegue la guerra y muramos, moriremos por un propósito: el renacimiento de Alemania. No dejas de hablar de falta de libertad, pero si observas a la joven generación de la Alemania actual, verás que posee una maravillosa libertad nueva, nacida de la entrega a una gran tarea que exige todo de ellos. No podemos evitar que algunos clérigos de mediana edad estén descontentos. Ellos no han conseguido salvar a Alemania, así que debemos hacerlo nosotros. Estoy de acuerdo», añadió, «en que a veces la manera de tratar a las iglesias ha sido torpe, pero han estado tan ciegas que ellas mismas tienen la culpa. Yo lo veo de esta manera: aquí tenemos un movimiento formado principalmente por jóvenes, aunque abierto a todos, que exige la movilización total tanto de los recursos espirituales como de los recursos materiales del país. No nos atrevemos, y de hecho no podemos, asumir nuestra enorme tarea a menos que pongamos a nuestro servicio todos los recursos de fuerza disponibles. Por eso creo que las iglesias, sencillamente, tienen que sumarse.»” Otro joven se sumaba a esa línea discursiva: “No fui a la universidad porque mi padre también estaba en paro, pero leía muchísimo y hacía cualquier trabajo ocasional que pudiera encontrar. Siempre pensé que si estudiaba tendría más posibilidades de conseguir un empleo, pero no surgió nada. Entonces oí hablar de ese Partido Nazi. Muchos de mis amigos se afiliaron, y escuché hablar al Führer. Me sentí inspirado porque creí que realmente tenía algo que ofrecerme, algo que yo podía hacer, y nos hizo sentir a todos que había algo por lo que merecía la pena vivir. Sigo pensando que Alemania y el Führer merecen que uno viva por ellos”. Ese mismo joven, sin embargo, no dejaba de expresar cierta inquietud: “Tengo miedo de que me obliguen a hacer guardia en un campo de concentración. Son lugares terribles y yo no podría hacerlo. Sé que los judíos son enemigos de Alemania porque el Führer así lo dice, pero lo que ocurre en esos campos es horrible, y allí no sólo hay judíos, sino también pastores protestantes, socialdemócratas y católicos”.
Las personas de mediana edad opinaban a menudo que, aunque el Partido Nazi contaba entre sus filas con algunos líderes extremos que lanzaban consignas desagradables, la existencia del nazismo en general era positiva y necesaria para hacer despegar a Alemania
“Nos parecía que la persecución religiosa era algo que ya no podía volver a ocurrir”, le confesaba a Amy Buller una alemana de unos cuarenta años. “Pero nuestro gran error fue no comprender desde el principio, cuando el Partido decidió perseguir a los judíos, que una vez que la persecución pasaba a formar parte de su credo, nadie podía saber dónde se detendría. No fuimos lo bastante rápidos para organizarnos contra el movimiento cuando todavía era posible hacerlo. Te diré una de las razones por las que todo aquello nos parecía absurdo e increíble. Sus enseñanzas nos parecían tan mediocres y despreciables que confiábamos en que el sólido sistema educativo de nuestro país impediría que algo así pudiera prosperar. Y mientras nosotros reaccionábamos con tanta lentitud (y añadiría que estábamos tan agotados después de la última guerra y de todos los años difíciles que vinieron después), los nazis adquirieron tal control sobre nuestras vidas que, cuando despertamos, nos encontramos encadenados.” Buller entrevistó a familias enteras en las que confluían varias generaciones. Los más viejos, aquellos que habían participado en la Primera Guerra, solían mostrar más reticencia hacia el nazismo, conscientes como el oficial antes citado de que todo conduciría a un nuevo enfrentamiento. Las personas de mediana edad, en cambio, opinaban a menudo que, aunque el Partido Nazi contaba entre sus filas con algunos líderes extremos que lanzaban consignas desagradables, la existencia del nazismo en general era positiva y necesaria en aquel momento para hacer despegar a Alemania. Varios afirmaban que los excesos acabarían reconduciéndose solos y que, una vez acabados el desempleo y la crisis, los personajes más nefastos del régimen caerían por su propio peso y serían reemplazados de forma natural por personas más cuerdas. Según los testimonios recogidos por Buller, sin embargo, la mayor parte de la juventud estaba entregada al nazismo. En palabras de un profesor: “Al juzgar esta situación, no olvides nunca que uno de sus factores esenciales es la nueva atmósfera de convicción y entrega, que da más importancia a la vida que al pensamiento, al entusiasmo que a la argumentación, a la obediencia a la Causa que al cuestionamiento intelectual. Y, sobre todo, para miles de ellos, me refiero a los que reflexionan, existe ahora un nuevo propósito en la vida, y no hay comparación posible entre el presente y un pasado en el que, para ellos, todo parecía carente de esperanza.” En medio de una conversación con mujeres alemanas, surgía el interrogante acerca de cuánta gente en dicha nación apoyaba realmente al Partido: “Se miraron unas a otras. Entonces una de ellas dijo: «Yo diría que, en total, alrededor de un 40 por ciento, aunque», añadió, «es muy difícil saberlo.» «Sí», dijo una amiga, «pero la verdadera cuestión no es simplemente que sea un 40 por ciento, o incluso un 20 por ciento, sino qué clase de 40 por ciento es ese. En estos momentos, toda la energía, el entusiasmo y la fuerza de la juventud han sido absorbidos por el movimiento. Tenemos que aceptar e intentar comprender cómo fue posible que la gente, incluso los jóvenes, se apartara con tanta facilidad de los principios morales cristianos. Estamos pagando aquí el precio de algún gran fracaso, y nos queda un camino muy largo por recorrer antes de recuperar la libertad. Quiera Dios que no haya una guerra, porque si llega, todo estará perdido: si hay guerra, el país tendrá que permanecer unido, y entonces ya no podremos luchar desde dentro del país, ni siquiera desde dentro de la Iglesia».”
El libro de Amy Buller Darkness over Germany fue reeditado en 2017 con el subtítulo “A Warning from History” (Una advertencia de la historia)
La idea de combatir desde dentro (en lugar de huir de Alemania y oponerse desde fuera) es un punto recurrente entre los entrevistados, aunque la frontera entre oposición y apoyo es difusa. Como le aclaraba a Buller un militar: “«Déjame explicarlo. Yo y muchos otros oficiales dedicaremos a partir de ahora buena parte de nuestro tiempo y de nuestros esfuerzos a buscar toda clase de maneras de enseñar ideas directamente opuestas a buena parte de las enseñanzas nazis. Pero eso no significa que, como oficiales alemanes, podamos olvidar jamás la gratitud y la lealtad que debemos a Adolf Hitler. Verás, el ejército alemán había caído en el descrédito; apenas existía, había sido deshonrado y desacreditado y había sufrido toda clase de humillaciones. Adolf Hitler lo ha devuelto a un lugar de suprema importancia en la vida de nuestra nación y, sobre todo, le ha devuelto su honor. Esto no debemos olvidarlo nunca, y mantenemos nuestra lealtad hacia él, por mucho que podamos combatir sus enseñanzas cuando estas suponen una educación equivocada para nuestra juventud. Sí, nuestro juramento de lealtad es hacia Adolf Hitler, que restauró el ejército alemán. Ojalá hubiera sido un caballero, un cristiano y un oficial. Es un decorador, un pagano y un civil. Pero estamos ligados a él por nuestro juramento militar y por una gratitud eterna.»” El libro de Amy Buller Darkness over Germany fue reeditado en 2017 con el subtítulo “A Warning from History” (Una advertencia de la historia). Es evidente que el volumen original pretendía ser una llamada a que dicha historia no se repita y la propia autora lo exponía en la introducción: “Dejo constancia de estas historias para subrayar la necesidad de que los jóvenes y quienes planifican su formación reflexionen detenidamente sobre el pleno significado de la tragedia de toda una generación de jóvenes alemanes que, al carecer de fe, hicieron del nazismo su religión.” En su prólogo a la edición moderna, escrito más de siete décadas después de la publicación original, Kurt Barling se permitía establecer un paralelismo entre el fanatismo de la juventud nazi en la década de 1930 y los sistemas de captación para células terroristas de los grupos extremistas islámicos. Es evidente que pueden establecerse numerosas analogías semejantes a lo largo de la historia, más o menos afortunadas. No menos evidente es la posibilidad de comparar el proceso descrito por Buller con lo que ocurre actualmente en Israel. No digo con esto que el de Netanyahu sea el único gobierno nefasto y criminal del presente, pues por desgracia hay muchos. Pero la situación que se vive dentro de dicho país, las intenciones explícitamente expresadas por los más importantes dirigentes israelíes y la desenfrenada apuesta militar de expansión en base a la limpieza étnica de los territorios palestinos (y ahora libaneses) no permiten pensar en otra cosa. En un podcast reciente, el comentarista y escritor británico Owen Jones abordaba la cuestión: “En general, yo evitaría las comparaciones con los nazis. Existe esta constante tendencia a recurrir a los nazis como ejemplo (sobre todo por parte de medios de comunicación y políticos occidentales) cuando están construyendo una justificación para una guerra contra su último enemigo número uno. De repente, alguien como Saddam Hussein pasa de ser un aliado de Occidente a convertirse en Adolf Hitler. Con el coronel Gadafi o con los talibanes lo mismo, y podríamos seguir. Siempre existe este intento de recurrir simplemente a los nazis, que, obviamente, cometieron horrores indescriptibles, incluido el exterminio industrializado del pueblo judío: seis millones de personas en un período muy corto de tiempo, además de otros genocidios que cometieron, por ejemplo, contra los romaníes o contra pueblos eslavos como los serbios. Mi opinión es que los crímenes pueden ser lo suficientemente atroces por sí mismos. No hace falta recurrir a comparaciones con los nazis. Dicho esto, Israel está cometiendo un genocidio contra el pueblo palestino. Eso lo sitúa en la misma categoría que otros Estados que han cometido genocidio. Eso incluye a los nazis e incluye por supuesto, por ejemplo, a los extremistas hutus de Ruanda que cometieron un genocidio contra los tutsis. Pero uno observa específicamente la naturaleza de los crímenes que se están cometiendo y la retórica de los políticos en Israel, y ¿qué otra cosa puede decirse?”. Jones muestra a continuación un reciente vídeo realizado con inteligencia artificial publicado por el ministro de Seguridad Nacional de Israel, Itamar Ben-Gvir, donde se ve a prisioneros palestinos bien alimentados siendo enviados a un campo de concentración al estilo nazi pero con carteles en hebreo, del cual salen a continuación demacrados, desnutridos y con los ojos llenos de lágrimas. Ben-Gvir es el mismo que en junio de 2026 afirmó: “Por cada lágrima de una madre israelí, mil madres libanesas deben llorar. Todo el Líbano debe arder”. Y en agosto: “Creo que deberían llevarse a cabo asesinatos selectivos en Gaza, eliminando a 30 o 40 individuos cada noche, no sólo a aquellos que representan una amenaza inmediata. Hay personas allí que no son dignas de vivir. No deberían vivir. Ni siquiera son personas.” En mayo de 2025 el político y exdiputado del Parlamento israelí Moshe Feiglin sostenía: “El enemigo no es Hamás, ni tampoco es el ala militar de Hamás como nos dice la fiscalía militar: que no tenemos permitido hacer daño a un miembro de Hamás a menos que forme parte del ala militar. Cada niño en Gaza es el enemigo. Y les diré algo más: cada niño, cada bebé en Gaza es el enemigo. Tenemos que ocupar Gaza y colonizarla, y no dejar allí ni un solo niño gazatí. No hay otra victoria.” Abundan declaraciones semejantes de dirigentes israelíes, pero buena parte de los grandes medios de comunicación occidentales, empeñados en una defensa de Israel por activa o por pasiva, no ha puesto hasta ahora demasiado énfasis en ellas. Y cuando lo ha hecho, porque resultaba inevitable, ha sido separando de modo quirúrgico a esos dirigentes del resto del gobierno y de la sociedad de Israel, como si figuras como Ben-Gvir fuesen meras excepciones. El problema, como lo han señalado múltiples estudiosos y analistas reconocidos, incluyendo a Norman Finkelstein, John Mearsheimer, Gideon Levy, Jeffrey Sachs o Gabor Maté (varios de ellos de origen judío), y como lo confirman todas las encuestas, aunque las cifras varíen, es que mucho más de la mitad de la población israelí apoya el genocidio en Gaza y defiende las acciones militares de su gobierno en Cisjordania, Líbano e Irán. Las entrevistas realizadas en directo por el joven estadounidense de origen palestino Hamzah Saadah en redes sociales, donde establece conversaciones al azar con adolescentes israelíes de entre doce y veinte años, dan una clara imagen de este panorama. Lejos de entablarse conversaciones reales sobre el conflicto, los israelíes por lo general no hacen más que expresar un odio y un desprecio viscerales hacia su interlocutor por el mero hecho de ser palestino. Cuando Saadah intenta razonar con ellos, explicándoles por ejemplo que cualquier matanza de inocentes (incluida la de israelíes) le parece condenable, pero que el problema es mucho más profundo, los israelíes (varios de los cuales visten el uniforme de las IDF) en gran medida parecen incapaces de razonar y desprovistos de un bagaje de conocimientos históricos que les permita contraargumentar. La reacción más habitual es el insulto directo, la burla o dar por terminada abruptamente la comunicación tras lanzar consignas como que a los palestinos hay que matarlos a todos, incluidos los niños. Quizás por su ausencia de metodología no pueda cuantificarse con exactitud el alcance estadístico de estos vídeos, pero su visión resulta cruda, descarnada y da una clara imagen de un problema generalizado. Niños abogando por el asesinato de otros niños.
En Israel, el Holocausto nazi se ha utilizado durante muchas décadas como un elemento de cohesión social, conjugando nuevamente las dos ideas: la autopercepción como víctimas y la necesidad de recuperar un orgullo perdido convirtiéndose en una potencia militar
Semejante grado de fanatismo y ceguera por parte de la mayoría de los jóvenes de un país obviamente remite a los testimonios del libro de Buller. Es un lugar común que la historia se repite, y lo cierto es que nunca se repite exactamente del mismo modo, pero aquí se perciben semejanzas esenciales. La humillación ejercida sobre los alemanes tras la Primera Guerra fue uno de los factores esenciales para que los jóvenes germanos de los años 30 apoyasen a un líder que les prometía un renacimiento del orgullo nacional. En Israel, el Holocausto nazi se ha utilizado durante muchas décadas como un elemento de cohesión social, conjugando nuevamente las dos ideas: la autopercepción como víctimas y la necesidad de recuperar un orgullo perdido convirtiéndose en una potencia militar. No es casual la imposición del servicio militar obligatorio para los jóvenes israelíes, fundamental a fin de obtener un consenso ideológico entre la población. Pero Israel no es un país cualquiera, sino uno que tiene su génesis en grandes injusticias. La mayor parte de la población que vivía en Gaza antes de ser arrasada en los últimos tres años no era originaria de allí, sino que se trataba de refugiados y descendientes de refugiados de la Nakba (catástrofe), es decir, la expulsión masiva y forzada de unas 700.000 personas a partir de 1948, obligadas a dejar sus hogares situados en lo que pasó a ser territorio israelí. Resulta evidente que Israel no es ni de lejos el único país moderno cuya historia se basa en expulsiones y masacres (pensemos en Australia o los propios Estados Unidos). Pero lo cierto es que, pese a eso, el conflicto israelí-palestino podría haberse resuelto de algún modo si hubiese habido la voluntad política de hacerlo. Durante algún tiempo, hasta el asesinato de Isaac Rabin en 1995, pareció que algún tipo de acuerdo podía ser posible. Pero como queda en evidencia, han sido los sectores de la derecha más extrema (que sin duda se regocijaron con la muerte de Rabin) quienes acabaron asumiendo el poder de esa nación. Su objetivo, lejos de ser la paz, parece acercarse mucho también en materia de limpieza étnica y expansión territorial al de la Alemania de la década de 1930. La similitud entre el Lebensraum (espacio vital) nazi y el “Gran Israel” sionista chirría por todas partes. En declaraciones de agosto de 2026, el embajador de Israel ante la ONU, Danny Danon, consultado acerca de los colonos israelíes que destruyen poblados palestinos y roban tierras en Cisjordania, sostenía: “Llamarnos colonos en nuestra propia tierra es una vergüenza. Tenemos derechos sobre Cisjordania. No es territorio ocupado. Esta es nuestra tierra. Tenemos derechos históricos sobre esta tierra. Incluso tenemos derechos bíblicos sobre esta tierra”. También recurrió sin sonrojarse a los supuestos derechos bíblicos el embajador estadounidense en Israel, Mike Huckabee, durante una entrevista con Tucker Carlson. Cuando Carlson le hizo notar que, de seguirse esos límites “bíblicos”, a Israel le correspondería apoderarse de casi todo Oriente Medio, Huckabee, quien se define a sí mismo como sionista cristiano, respondió: “No habría problema si lo tomaran todo”.  
La pregunta fundamental sería: ¿es posible que un Estado sea un Estado judío sin ser un Estado supremacista judío?
En una entrevista reciente para el podcast Breaking Points, Norman Finkelstein expresaba su reticencia a utilizar el término “sionismo”, que le parecía demasiado vago, y en un análisis brillante que sintetiza la realidad actual de Israel, proponía como más apropiado el de “supremacismo judío”: “Creo que la expresión «supremacista judío» sí tiene un significado y una clara resonancia. Todo el mundo sabe lo que es la supremacía blanca. Así que no es difícil hacerse una imagen bastante concreta de lo que es la supremacía judía. Y creo que la supremacía judía es el problema central en este momento. B’Tselem, el centro israelí de información sobre derechos humanos en los territorios ocupados, publicó un informe en 2021, que concuerda en sus conclusiones con el presentado por Amnistía Internacional en 2022, donde se decía que Israel, en su totalidad, era un Estado de apartheid. El informe decía básicamente: «Dejemos de hablar de los territorios ocupados. Hay un solo Estado que se extiende desde el Mediterráneo hasta el Jordán. Ha sido así desde 1967». Es un único Estado y la base de ese Estado es la supremacía judía. Tal es su esencia: se trata de un Estado supremacista judío. La pregunta fundamental sería: ¿es posible que un Estado sea un Estado judío sin ser un Estado supremacista judío? Todo depende de cómo, en qué aspectos, sea judío el Estado. Si simplemente celebrara las festividades judías como fiestas nacionales, la lengua fuera el hebreo y el sábado fuera el día de descanso en lugar del viernes o el domingo, podría decirse que su carácter judío sería más o menos inocuo. Pero cuando, como ahora, existe discriminación en todos los ámbitos de la vida social, ya sea en la vivienda, en el acceso a residencias, en los empleos… Si el ejército sólo tiene judíos sirviendo en él y todo tipo de beneficios sociales se derivan del servicio militar, entonces, obviamente, se vuelve mucho más problemático. Y alcanza una dimensión mucho mayor cuando su objetivo, su finalidad, es crear un Estado homogéneamente judío. Porque en el momento en que dices que es un Estado judío, el paso natural siguiente es que los judíos tienen que ser la mayoría. Y el siguiente paso natural a partir de ahí es que los no judíos inevitablemente representan una amenaza para tu condición mayoritaria. Así que, si esa condición mayoritaria es una pieza clave de un Estado judío, entonces se deduce que la mejor manera de hacer frente a esa amenaza es deshacerse de todo aquel que no sea judío.” Durante buena parte de la década de 1930, y aunque las intenciones de Hitler parecían claras, las grandes potencias escogieron hacer oídos sordos a la amenaza evidente de la remilitarización alemana y seguir tratando al régimen nazi como a un gobierno legítimo. Varios de los grandes estudios de Hollywood (muchos de ellos dirigidos por judíos) siguieron exportando sus películas al Tercer Reich siguiendo a rajatabla las censuras exigidas por Joseph Goebbels y casi todas las naciones, aunque realizasen alguna tímida objeción de palabra, participaron en las Olimpíadas de Berlín de 1936 como si la cosa no fuese con ellas. A lo largo de varias décadas las ideas supremacistas de Israel, así como el apartheid y la opresión sobre el pueblo palestino, fueron ignorados por Occidente, que prefirió considerar a dicho país una democracia pese a que aproximadamente la mitad de las personas que viven entre el río Jordán y el Mediterráneo son palestinas y tienen sus derechos severamente mermados. Tras los atentados de Hamás de 2023, el gobierno de Netanyahu (que según la reciente revelación del periódico israelí Haaretz pudo haberlos evitado pero prefirió no hacerlo) encontró la excusa perfecta que necesitaba para dar rienda suelta a unos planes de expansión que hasta entonces Israel ya llevaba a cabo, pero de modo más encubierto. Con un genocidio sobre Gaza que la existencia de las redes sociales ha impedido ocultar y que se ve en directo día a día, las encuestas colocan la opinión pública internacional sobre Israel en mínimos históricos. Pese a eso, los gobiernos de Occidente se niegan a dejar de brindarle su apoyo a Netanyahu (medidas como la restricción del Reino Unido a comerciar con los asentamientos ilegales son tímidas e insuficientes). Pronto habrá elecciones en Israel, pero el veneno está ya demasiado inoculado en la sociedad israelí como para que una alternancia de gobernantes implique un cambio de rumbo. “Ha llegado el momento de admitir que nuestra sociedad es absolutamente racista, que todos sus componentes son racistas”, advertía Gideon Levy en Haaretz en fecha tan temprana como 2009. Y Gabor Maté, durante una entrevista con El Salto en 2024, se refería al “lavado de cerebro que se produce casi desde el nacimiento en los niños israelíes para que se genere este sentimiento de superioridad y de legitimación y de miedo y odio a las personas árabes. Simplemente te lavan el cerebro desde el principio. Es como una secta.” Jeffrey Sachs completaba la idea en 2025 cuando publicaba en su web: “Una parte importante de la sociedad israelí se ha vuelto realmente desquiciada. La mentalidad que se ha impuesto es una especie de sed de sangre.” En el libro de Buller los más viejos estaban convencidos de que el ímpetu del nazismo sólo podía conducir a Alemania al desastre. Ignoro cuántos israelíes serán conscientes de lo mismo. Porque políticas de guerra y expansión salvaje como las que Israel está llevando a cabo en Gaza, Cisjordania, Siria, Líbano e Irán no pueden ser eternas. Si esta dinámica continúa, en última instancia el plan colonizador se derrumbará e Israel tendrá que reconvertirse como ocurrió con Sudáfrica tras la caída del apartheid, y como ocurrió con Alemania tras la Segunda Guerra cuando acabó siendo dividida en cuatro zonas. En ese sentido, el autodenominado “Estado judío”, pero que de ningún modo representa a todos los judíos del planeta, parece avanzar de forma ciega hacia su propia destrucción, desatando en el camino, en su obsesión por ligar al “sionismo” con el “judaísmo”,  oleadas de auténtico antisemitismo que afectarán probablemente a miles y miles de personas de origen judío. Eso sin importar que eminentes analistas judíos como los antes mencionados y personas de origen judío mucho más de a pie como yo mismo nos opongamos por completo a cualquier forma de racismo o supremacismo. No olvidemos, por ejemplo, que según una encuesta de The Washington Post el 61 % de los judíos estadounidenses cree que Israel ha cometido crímenes de guerra en Gaza y el 39 % considera que está llevando a cabo un genocidio.
Tal como sucedió con el nazismo o con el apartheid sudafricano, será imprescindible la acción de otros para detener a Israel, sea con acciones militares o con sanciones reales y eficaces
Al igual que la Alemania descrita por Buller, el Estado de Israel se encuentra hoy inmerso en una condición de absoluta ceguera y desenfreno, de extrema arrogancia, lo que en la Grecia antigua se denominaba “hybris”. Y es evidente que, cautivado por su propia soberbia, no se detendrá por sí solo. Norman Finkelstein lo decía con absoluta crudeza entrevistado por Tucker Carlson: “No creo que el objetivo de Israel sea el genocidio. Su objetivo es vaciar Gaza. Han sido muy claros al respecto. Quieren llevar a cabo una limpieza étnica en Gaza. Pero los medios que están utilizando, su modus operandi, consisten en destruir a la población de Gaza hasta lograr que se marche. Sucede que no pueden marcharse porque la frontera está cerrada y nadie quiere acogerlos. Así que los israelíes seguirán matando hasta alcanzar su objetivo. Y si para conseguirlo tienen que matar a todo el mundo, matarán a todo el mundo. Están absolutamente decididos a resolver, de una vez por todas, la cuestión de Gaza, lo que para ellos significa expulsar a la población. Y la única manera de conseguir que la población se marche y de convencer a los países vecinos y al mundo en general de que los acojan, es cometer un genocidio.” Tal como sucedió con el nazismo o con el apartheid sudafricano, será imprescindible la acción de otros para detener a Israel, sea con acciones militares o con sanciones reales y eficaces. Y del mismo modo que sucedió con el nazismo, en algún momento se producirá un punto de inflexión que hará imposible para el resto del mundo mantener el silencio. Muchos hubiéramos pensado que un genocidio televisado como el de Gaza sería suficiente para, al menos, limitar el apoyo económico y militar de los poderes occidentales hacia Israel. Resulta claro que no. Quizás los dirigentes occidentales pensaron, como antes con Hitler, que la cosa no pasaría de allí, que se limitaría a invadir un par de países vecinos, que no valía la pena asumir por eso el coste de interrumpir el flujo comercial. Israel, un país hipermilitarizado y dotado de armas nucleares, no parece dispuesto a aceptar ningún límite y, por el contrario, ha redoblado la apuesta invadiendo Líbano, reforzando la ocupación de Cisjordania con inusitada violencia, ocupando parte de Siria e instigando la guerra con Irán. Incluso ha amenazado con atacar Turquía. Ignoro cuál será el punto de inflexión, pero asumo que se producirá. Como consecuencia de sus propias acciones, llegará un momento (y yo creo que ya está llegando) en que cualquier argumento propagandístico israelí caerá en un saco roto ante la evidencia del perjuicio que sus acciones provocan a nivel de pérdidas humanas, daños materiales y (probablemente lo único que pueda acabar resultando decisivo para generar un cambio de actitud a nivel global) perjuicios económicos como los causados por el bloqueo en el estrecho de Ormuz. Alcanzado ese punto, el Estado de Israel tal como lo conocemos hoy desaparecerá, se disiparán sus tinieblas y deberá transformarse por la fuerza, tal como tuvieron que hacerlo Alemania y Sudáfrica. Seguramente para entonces todos sus ciudadanos renegarán ya de haber apoyado jamás ideas supremacistas. Quizás lo haya hecho algún vecino, dirán, pero ciertamente no ellos, que se opusieron de toda la vida y hasta tenían un amigo palestino. Entretanto, queda por ver cómo y cuándo sucederá eso y qué coste le queda aún por pagar al resto de la humanidad.

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