Huecos en la ceniza

“Me sirve de grata recompensa a gravísimas fatigas haber abierto el camino para obtener una desconocida clase de monumentos, gracias a los cuales la arqueología ya no será estudiada en los mármoles o en los bronces, sino sobre los propios cuerpos de los antiguos, arrebatados a la muerte tras dieciocho siglos de olvido”. Con estas palabras el arqueólogo italiano Giuseppe Fiorelli sintetizaba uno de sus hallazgos más personales en una página de sus memorias, publicadas en 1875. La vida en la ciudad romana de Pompeya (Pompeii) terminaba el 24 de octubre del año 79 de nuestra era (la fecha del 24 de agosto que aparece en bibliografía antigua se considera hoy poco probable tras el análisis de múltiples evidencias arqueológicas). Ese día, el monte Vesubio, que por entonces tenía una forma redondeada y estaba enteramente cubierto de vegetación, hizo erupción tras por lo menos siete siglos de inactividad. Los romanos conocían bien el comportamiento de los volcanes activos. El monte Etna, también en el sur de Italia, tuvo varias erupciones violentas en la antigüedad, que fueron descritas por algunos de los autores más célebres de la época. En el tercer libro de su Eneida, Virgilio narraba: “Entretanto Neptuno sintió que el mar se agitaba con gran estruendo y que la tormenta desencadenada removía las aguas desde sus más profundos fondos; gravemente turbado, sacó sobre la superficie del mar su serena cabeza. (…) Pero el Padre omnipotente disparó un rayo entre densas nubes —no antorchas ni teas humeantes— y precipitó a Encélado en violento torbellino. El Etna ruge encima y las cavernas hacen rodar profundos bramidos.” Y Estrabón describe en su Geografía: “La cima del Etna es plana y completamente estéril, cubierta de ceniza y nieve. De ella se elevan humo y llamas de manera continua.” También Plinio el Viejo, quien moriría en su intento de salvar a las víctimas del Vesubio, era consciente de los furores del Etna: “El Etna arde de noche y muestra sus fuegos desde grandes distancias.” Pretender que los habitantes de Pompeya, Herculano o las otras ciudades romanas alrededor del Vesubio ignoraban por completo su carácter volcánico sería, por lo tanto, falso. Es probable que los ciudadanos menos educados no lo supiesen, pero para aquellos más ilustrados era evidente la comparación entre las piedras que rodeaban el Etna y las del monte que tenían al lado, piedras que se empleaban asiduamente en la construcción. Había asimismo plena consciencia de que la fertilidad de las laderas de ambas formaciones estaba relacionada con el vulcanismo. Pero mientras que el Etna no había dejado de dar señales de vida, el Vesubio dormía al menos desde la fecha mítica de la fundación de Roma en el año 753 antes de nuestra era. Es probable que no sufriera ninguna erupción realmente importante desde la edad de bronce. Los habitantes de las poblaciones que circundaban el Vesubio sí habían experimentado temblores de tierra, como aquel del año 62 de nuestra era que provocó derrumbes masivos, pero nadie pareció relacionarlos con el volcán. En el libro VI de sus Cuestiones naturales, volumen escrito poco después del suceso, Séneca se refería a este terremoto: “Pompeya, célebre ciudad de Campania, situada entre Herculano y Estabia y bañada por un ameno golfo, quedó arruinada por un terremoto que devastó también las regiones circundantes. Y esto ocurrió en invierno, estación que nuestros antepasados consideraban libre de semejante peligro. Aquel desastre causó grandes daños en Campania, que nunca había estado segura del todo frente a este tipo de calamidades, aunque hasta entonces había escapado sin graves consecuencias y sólo había sentido temblores frecuentes pero leves. Parte de Herculano quedó destruida, y aun los edificios que permanecieron en pie resultaron inseguros. La colonia de Nuceria, sin ser totalmente arrasada, sufrió enormes pérdidas. Nápoles también padeció daños considerables. Se dice que un rebaño de seiscientas ovejas murió a causa del terremoto, varias estatuas se partieron y algunas personas perdieron la razón como consecuencia del miedo. (…) ¿Qué puede parecer seguro al hombre, si el propio mundo se tambalea? Si aquello que es lo más firme y sobre lo que se apoyan todas las cosas vacila; si la tierra pierde su estabilidad, ¿dónde hallará refugio el miedo? La muerte puede alcanzarnos por muchas vías; no hay una sola amenaza. Allí donde tememos menos, se abre muchas veces el camino de la destrucción.” Hacia la primavera del año 79 los destrozos provocados por el terremoto todavía no habían sido reparados del todo en Pompeya. Muchas casas particulares e infraestructuras públicas (como una de las varias termas de la ciudad) seguían deshabitadas o fuera de servicio mientras se realizaban las obras. Pero la vida seguía y nadie pensaba realmente en abandonar para siempre una de las regiones más atractivas de la península, tierra ideal para los viñedos, bañada por las aguas del Mediterráneo, con un clima inmejorable. Al fin y al cabo, Nápoles también había sufrido duros reveses y seguiría padeciéndolos a lo largo de los siglos sin que su población se rindiese jamás. Pero el 24 de octubre del 79, tras varios días de temblores que hicieron que muchos habitantes, temerosos de otro terremoto como el del año 62, se marchasen de forma preventiva, la montaña estalló tan violentamente que, aunque era mediodía, el cielo quedó cubierto como si fuese medianoche. En pocas horas, todas las pujantes ciudades del Vesubio fueron destruidas por efecto de la lluvia de piedras que caía a toda velocidad, y al día siguiente habían quedado casi totalmente cubiertas por la ceniza. Tan monumental fue la erupción que la propia costa mediterránea fue modificada y se desplazó ganándole un kilómetro al mar debido a la enorme acumulación de materiales volcánicos y sedimentarios. Cuando en las semanas que siguieron al desastre los supervivientes intentaron regresar a sus poblaciones, descubrieron que no quedaba nada a la vista. Apenas si se distinguían los contornos de las plantas superiores de unos pocos edificios. Algunos intentaron excavar en la ceniza todavía blanda para recuperar objetos de valor, pero hacerlo no era sencillo y se corría el riesgo de quedar sepultado por un nuevo derrumbe. Probablemente también algunos bandidos se sintiesen atraídos y probasen suerte para hacerse con bienes ajenos. En poco tiempo la zona quedó olvidada, la vegetación volvió a extenderse sobre la fértil ceniza ya solidificada, se sucedieron las generaciones y fue diluyéndose de la memoria colectiva incluso el hecho mismo de que allí hubiesen existido edificación alguna. Durante el Renacimiento, excavaciones casuales en la zona sacaron a la luz trozos dispersos de Pompeya: inscripciones, restos de muros, columnas, pero nadie aventuró siquiera a imaginar de qué ruinas se trataba. Fue recién en 1709 cuando las obras para cavar un pozo dieron con los restos del teatro de Herculano. A partir de entonces comenzaron las excavaciones, pero el interés no era arqueológico ni científico, sino meramente económico (encontrar oro y piedras preciosas) y, si se quiere, artístico (desenterrar estatuas de mármol y frescos para exhibir en propiedades de la nobleza europea). En el proceso de estas primeras excavaciones, no se siguió ningún plan de exploración preciso y, debido a la búsqueda indiscriminada de objetos de valor, fueron destruidos innumerables testimonios de la vida cotidiana que sin duda habrían sido de interés para los historiadores. Hubo que esperar al siglo XIX para las primeras excavaciones científicas, y el arqueólogo italiano Giuseppe Fiorelli sería un pionero en la materia. Con sus excavaciones sistemáticas, que se iniciaron en 1860, Fiorelli revolucionó el mundo de la arqueología. Atento a cada detalle, conservaba un metódico diario donde iba registrando el avance de los trabajos y detallaba cada hallazgo y el sitio donde se había producido. Para Fiorelli todo era importante, no sólo las estatuas y las joyas, sino también los objetos en apariencia más banales: las inscripciones en los muros, los cuencos, las lámparas de aceite y, por supuesto, los restos de las víctimas, porque las ruinas de Pompeya estaban plagadas de esqueletos. Uno de los hechos que más había sorprendido durante las primeras excavaciones de Herculano era la casi total ausencia de restos humanos, lo que había llevado a los investigadores a la prematura conclusión de que, de algún modo, la población de esa ciudad había conseguido huir a tiempo. Excavaciones posteriores realizadas en 1980 por el arqueólogo italiano Giuseppe Maggi sobre la antigua línea costera revelaron, sin embargo, que la población se había congregado multitudinariamente en las playas con la esperanza de escapar por mar. Es probable que el número de buques fuese demasiado escaso como para transportarlos a todos (se calcula que vivían allí entre 4.000 y 5.000 personas), incluso suponiendo que aquellas embarcaciones que lograron zarpar no fuesen hundidas por las piedras antes de llegar a destino. Las personas que quedaron en tierra se refugiaron en amplios espacios cubiertos, ya vacíos, destinados a guardar las naves, y allí fueron hallados sus esqueletos: aproximadamente trescientas personas amontonadas. Hombres, mujeres y niños, abrazados, dándose la mano, capturados en el momento mismo de la muerte. Dado que de Herculano apenas si se ha excavado una cuarta parte de la ciudad antigua (sobre el resto de las ruinas está la moderna y habitada Herculano), no cabe duda de que, si se siguiese sacando a la luz el resto de la línea costera, aparecerían más restos humanos en proporciones similares.   Según dónde estaban ubicadas las ciudades respecto del Vesubio, el efecto destructor se hizo sentir de forma diferente. Los habitantes de Herculano, situada a 7 kilómetros del volcán, sufrieron una muerte instantánea, víctimas de una serie de oleadas piroclásticas de alta velocidad. Estas nubes sobrecalentadas de gas y ceniza alcanzaban temperaturas de entre 400 °C y más de 500 °C, y acabaron en milésimas de segundo con la vida de cualquier ser vivo en las inmediaciones. Es probable que la gente de Herculano ni siquiera llegase a ser consciente de lo que ocurría. El efecto de estas oleadas fue tan brutal que carbonizó materiales orgánicos, permitiendo la preservación de muebles y diversos objetos de madera. Herculano quedó enterrada bajo veinte metros de depósitos volcánicos. En Pompeya, ubicada a 10 kilómetros del Vesubio, la situación fue muy diferente. La erupción se produjo al mediodía, y durante varias horas cayó sobre la ciudad una intensa lluvia de ceniza y piedra pómez, muy liviana y que por sí misma no provocó al principio grandes daños. Mucha gente inició entonces la huida y cuanto antes lo hicieron, mayores fueron sus posibilidades de éxito. Otros decidieron refugiarse en sus hogares, en sótanos o en edificios que consideraban más sólidos y seguros. Hacia las cinco de la tarde se incrementó la potencia de la lluvia volcánica, el humo ocultó la luz solar y quienes seguían en la ciudad comprendieron que la cosa iba a peor. La ceniza ya tapaba las primeras plantas de los edificios, obstruyendo la salida de quienes estaban dentro de sus casas, y la acumulación de piedras en los techos hizo que estos empezasen a colapsar. Múltiples personas murieron aplastadas por los derrumbes. Otros iniciaron entonces su huida, avanzando con dificultad sobre la ceniza. Hacia las ocho de la noche los gases ya dificultaban la respiración y sobre las primeras horas de la madrugada las oleadas piroclásticas alcanzaron también a Pompeya, provocando la muerte de todos aquellos que siguiesen allí o en los alrededores. Como estas oleadas eran menos calientes e intensas que las de Herculano, acabaron con la vida pero no calcinaron la materia orgánica. La ciudad quedó enterrada bajo unos cinco metros de ceniza. De entre los 15.000 habitantes de Pompeya (todas las cifras son estimativas porque no se conservan censos), se considera que unos 4.000 o 5.000 perecieron como consecuencia de la erupción. Hasta ahora, en la ciudad y sus alrededores más cercanos se han recuperado unos 1.500 cuerpos. Cuando Giuseppe Fiorelli se puso a cargo de las excavaciones, notó que existían extraños huecos en la ceniza sólida. Algunos, con formas rectangulares, estaban vacíos por dentro. Otros, en cambio, contenían esqueletos de personas y animales, así como objetos metálicos o de piedra: cadenas, monedas, estatuillas, anillos, collares. El arqueólogo no tardó en comprender lo que había ocurrido: las capas de ceniza y material piroclástico se habían endurecido rápidamente alrededor de los cadáveres. Con el tiempo, los tejidos blandos se descompusieron, dejando sólo los huesos en cavidades que alguna vez habían ocupado cuerpos completos. De este modo, quedaron en la ceniza espacios con la forma exacta de personas, caballos y perros, y que conservaban dentro sus esqueletos y aquellos objetos que llevasen consigo, todo lo que no fuese orgánico. A estos hallazgos se refería Fiorelli en la cita de su diario mencionada anteriormente, cuando sostenía que “la arqueología ya no será estudiada en los mármoles o en los bronces, sino sobre los propios cuerpos de los antiguos, arrebatados a la muerte tras dieciocho siglos de olvido”. En realidad, la existencia de dichos huecos ya había sido detectada aquí y allá en las décadas previas a que Fiorelli se hiciese cargo de la dirección de las excavaciones. Un hallazgo en particular, realizado en 1772, conmocionó a la sociedad de esa época. Ese año, en la llamada “Villa de Diomedes” (los restos de una casa residencial en las afueras de Pompeya que se creía había sido propiedad de un tal M. Arrio Diomedes) se desenterraron los esqueletos de unas veinte víctimas de la erupción del Vesubio. Entre ellos estaban los restos de una joven mujer, y los trabajadores comprobaron con estupor que alrededor de su esqueleto la ceniza endurecida había conservado con increíble detalle, en negativo, la silueta de su torso, sus brazos y sus pechos. El trozo de ceniza fue extraído y se exhibió durante un tiempo. En 1850, el poeta, dramaturgo y novelista francés Théophile Gautier viajó a Nápoles, se enteró de la historia, vio la huella del pecho y de los brazos de la joven y, conmovido, decidió inspirarse en ella para crear a Arria Marcella, la heroína de cuento “Arria Marcella: Souvenir de Pompéi”. En dicho relato, Gautier describe a tres amigos que visitan el Museo Arqueológico de Nápoles. Uno de ellos, Octavien, queda extasiado por lo que ve en una de las salas: “El más joven de los tres, detenido ante una vitrina, parecía no oír las exclamaciones de sus amigos, absorto como estaba en una contemplación profunda. Lo que examinaba con tanta atención, era un fragmento de ceniza negra solidificada que tenía una forma especial: era como un pedazo de molde de estatua roto por la fundición; la mirada experta de un artista hubiera reconocido fácilmente la silueta de un seno admirable y de un torso de estilo tan puro como el de una estatua griega. Se sabe, y la más sencilla guía del viajero lo indica, que la ceniza, endurecida alrededor del cuerpo de una mujer, ha conservado su maravilloso contorno. Gracias al capricho de la erupción que destruyó cuatro ciudades, aquella noble forma, reducida a polvo desde hace casi dos mil años, ha llegado hasta nosotros; la curva de una garganta ha atravesado los siglos cuando tantos imperios desaparecidos no han dejado ni rastro… Aquel sello de belleza, puesto por el azar sobre la escoria de un volcán, no se ha borrado.” Tras una visita a las ruinas de Pompeya, el joven Octavien se cuela en el recinto arqueológico durante la noche y vive una especie de ensoñación que es, a la vez, un viaje en el tiempo. De pronto, se encuentra recorriendo la ciudad antes del desastre y, de algún modo, reconoce en uno de los teatros pompeyanos a la joven del museo: “Era morena y pálida; sus cabellos ondulados y rizados, negros como la noche, se recogían ligeramente hacia las sienes a la moda griega, y en su cara de un tono mate brillaban unos ojos oscuros y dulces, cargados de una indefinible expresión de tristeza voluptuosa y de tedio apasionado; su boca, desdeñosamente arqueada en las comisuras, protestaba por medio del fuego vivo de su púrpura encendida contra la blancura tranquila de la máscara; su cuello presentaba esas bellas líneas puras que ya no se encuentran sino en las estatuas. Sus brazos estaban desnudos hasta los hombros, y de la punta de sus magníficos senos, que alzaban su túnica de un rosa malva, partían dos pliegues que parecían trabajados en el mármol por Fidias o Cleomenes. La vista de aquella garganta de tan correctos contornos y de un corte tan puro, turbó magnéticamente a Octavien; le pareció que aquellas formas se adaptaban perfectamente a la silueta del museo de Nápoles que le había sumido en tan ardiente ensoñación, y una voz le gritó en el fondo del corazón que aquella mujer era la que había sido enterrada por la ceniza del Vesubio en la villa de Arrio Diomedes. ¿Por qué prodigio la veía viva, asistiendo a la representación de la ‘Casina’, de Plauto? No buscó una explicación; además, ¿cómo estaba él mismo allí? Aceptó su presencia como en el sueño se admite la intervención de personas muertas hace mucho tiempo y que sin embargo actúan con las apariencias de la vida; por otra parte, su emoción no le permitía razonamiento alguno. Para él la rueda del tiempo se había salido de su carril, y su deseo triunfante escogía su lugar en los siglos transcurridos… Se encontraba frente a frente con su quimera, una de las más inaccesibles, una quimera retrospectiva. Su vida se llenaba de repente. Mientras contemplaba aquella cabeza tan serena y tan apasionada, tan fría y tan ardiente, tan muerta y tan rebosante de vida, comprendió que tenía ante él a su primer y último amor, su copa de suprema embriaguez; sintió que se desvanecían como sombras ligeras los recuerdos de todas las mujeres que había creído amar y que su alma se volvía virgen de cualquier emoción anterior. El pasado desapareció.” Lamentablemente, ese trozo de ceniza solidificada que tan perdurable impresión causó en Gautier y sus contemporáneos parece haberse perdido. Es probable que con el tiempo se haya quebrado, y no cabe descartar incluso la posibilidad de que alguien la sustrajera y luego se le perdiese el rastro para siempre. En cualquier caso, los inventarios del Museo no recogen su presencia. Pero como pronto quedaría claro, no era para desesperar: existían cientos de cavidades semejantes. Durante trabajos previos Fiorelli ya había utilizado yeso para rellenar huecos dejados por puertas, muebles y otros elementos arquitectónicos de madera ya desaparecidos, pero cuyos contornos habían quedado capturados por la ceniza. Los espacios vacíos dejados por raíces en el suelo se emplearon incluso para identificar especies vegetales con la precisión suficiente como para reconstruir tanto los jardines ornamentales de las familias adineradas como los huertos que habían alimentado a los habitantes de Pompeya. El 5 de febrero de 1863, sin embargo, tuvo lugar un acontecimiento revolucionario. Cuando unos obreros le informaron a Fiorelli que habían encontrado tres cavidades con huesos en el fondo, el arqueólogo les ordenó detener inmediatamente la excavación y verter yeso en aquellas cavidades. Esperaron dos días a que el yeso secara y luego retiraron cuidadosamente la ceniza, dejando al descubierto los moldes de tres personas muertas casi 1800 años antes. Las expresiones faciales, la forma y los pliegues de la ropa, el diseño del calzado y la posición de los cuerpos habían quedado capturados con una fidelidad extraordinaria. A medida que Fiorelli iba rellenando huecos, los últimos momentos de vida de los pompeyanos cobraban un realismo apabullante: ante sus ojos, hombres, mujeres y niños, pobres y ricos, reaparecían en su agonía. El vientre de una joven recostada parecía dar claras señales de embarazo. Una familia entera había caído en mitad de la huida junto a los cultivos de un huerto. Varias personas habían muerto cubriendo sus rostros con paños o con sus propias prendas en un intento vano de evitar los humos fatales. Debido a la huida precipitada o a la muerte de sus dueños, un perro había expirado retorcido, asfixiado por las cenizas, mientras mordía la cadena que lo mantenía amarrado a la puerta del hogar que debía proteger. No todos los cadáveres de Pompeya habían dejado huecos. Los cuerpos de quienes habían muerto durante la primera etapa de la erupción habían sido cubiertos por capas de piedra pómez poco consolidadas y de ellos quedaban sólo sus esqueletos. Tampoco había posibilidad de realizar calcos con quienes habían fallecido dentro de habitaciones cerradas donde no había penetrado la ceniza, o con quienes habían sido aplastados por la caída de techos o muros. Los calcos eran más frecuentes en aquellos que esperaron hasta último momento, por la noche, cuando la lluvia de piedras ya había cesado y parecía un buen momento para escapar. Caminando a través de unos viñedos o intentando seguir caminos ya cubiertos por la ceniza, no habían tardado en derrumbarse a causa de las oleadas piroclásticas. A diferencia de Herculano, donde la temperatura era tan elevada y arrasadora que prácticamente vaporizó los tejidos de sus víctimas en fracciones de segundo sin que fueran conscientes de ello, en Pompeya las muertes se produjeron tras un proceso más lento y doloroso, producto de la inhalación de gases tóxicos. El sufrimiento es palpable en los calcos, tanto en la expresión de los rostros como en las posiciones de los cuerpos. Luigi Settembrini, profesor de literatura italiana en la Universidad de Nápoles, visitó las excavaciones pocos días después de que se realizaran los primeros moldes. Aquella noche, el 13 de febrero de 1863, incapaz de dormir, le escribió a Fiorelli una carta donde le decía: “Es imposible ver esas tres figuras moldeadas y no conmoverse. Han estado muertas durante dieciocho siglos, pero son criaturas humanas vistas en su agonía. Esto no es arte ni imitación, sino sus propios huesos, los restos de su carne y de sus ropas mezcladas con yeso: es el dolor de la muerte que ha recuperado cuerpo y forma. Hasta ahora se habían descubierto templos, casas y otros objetos capaces de despertar la curiosidad de personas cultas, artistas y arqueólogos. Ahora tú, mi querido Fiorelli, has puesto ante nuestros ojos el dolor humano, y todo aquel que sea humano ha de sentirlo.” Se trata de un proceso delicado. Solo un pequeño porcentaje de los restos encontrados puede convertirse en molde debido al estado de la envoltura de ceniza y a la extrema fragilidad de los huesos. El yeso debe ser lo bastante espeso como para sostener los huesos suspendidos en su interior, pero también fluido como para penetrar en todos los rincones y capturar el máximo detalle posible. Con cada hueco que se rellenaba, las historias individuales se sumaban una tras otra. Aquellos objetos con los que los pompeyanos habían emprendido su frustrada fuga daban una idea de quiénes eran y de sus instantes postreros. Algunos iban cargados de joyas y monedas. Otros apenas si llevaban un poco de cambio e iban descalzos. Y, como suele ocurrir, lo que no se sabía, porque al fin y al cabo estas estatuas mortuorias eran mudas, se acabó inventando. Para atraer la curiosidad de los nobles y conseguir dinero con el cual financiar las excavaciones, estos calcos tenebrosos fueron expuestos al público, a menudo en posiciones y agrupamientos diferentes de aquellos en los que se los había hallado. Se crearon así historias de fantasía que perduraron varias décadas y sólo fueron refutadas en años recientes por análisis científicos. Pues dentro de los calcos estaban siempre los huesos, y en muchas ocasiones la dentadura original sobresalía de forma macabra dentro de las tiesas bocas de yeso. En 2024, un equipo de investigación liderado por Elena Pilli, profesora del Departamento de Biología de la Universidad de Florencia, extrajo pequeñas muestras de los huesos de estas figuras y llegó a conclusiones asombrosas. Según se explica en dicho estudio: “A partir del material óseo incrustado en los moldes, generamos datos de ADN antiguo de todo el genoma y datos isotópicos de estroncio para caracterizar las relaciones genéticas, el sexo, la ascendencia y la movilidad de cinco individuos. Demostramos que los sexos y las relaciones familiares de estos individuos no coinciden con las interpretaciones tradicionales, lo que ejemplifica cómo las suposiciones modernas sobre los comportamientos asociados al género pueden no ser perspectivas fiables para interpretar datos del pasado. Por ejemplo, un adulto que llevaba un brazalete de oro con un niño sobre su regazo —a menudo interpretados como madre e hijo— es genéticamente un varón adulto sin parentesco biológico con el niño. De manera similar, una pareja de individuos que se creía que había muerto abrazada —a menudo interpretadas como hermanas— incluía al menos a un varón genético.” La célebre estampa de la joven embarazada tampoco resultó ser lo que parecía: “También fue posible reinterpretar algunos moldes; por ejemplo, el abdomen distendido que anteriormente se imaginaba como el de una supuesta mujer embarazada probablemente estaba formado por prendas de vestir amontonadas.” Fiorelli fue director de excavaciones de Pompeya hasta 1875 (murió en 1896), pero muchos otros lo sucedieron en el puesto respetando sus sistemáticas directivas de arqueología científica y la tarea de rellenar huecos para crear moldes de las víctimas. Aunque se fue intentando renovar los procedimientos para mejorar los calcos con diversos materiales más modernos, la esencia del proceso era la misma. En 1984 se probó reemplazar el yeso habitual por la resina al crear el molde a partir de la cavidad dejada por el cuerpo de una joven hallada en la Villa de Lucius Crassius Tertius, en Oplontis. El resultado fue un molde transparente a través del cual podían verse los huesos y las joyas que llevaba la chica en el momento de morir, provocando un efecto realmente perturbador. Pero, aunque la transparencia y durabilidad de la resina representan ventajas notables, el método es mucho más complejo, lento y costoso. A día de hoy sigue utilizándose yeso. El tema de la durabilidad no es menor, porque en varios de los moldes más antiguos el yeso ha empezado a deteriorarse, quebrándose aquí y allá hasta dejar expuestos los esqueletos. Los actuales programas arqueológicos de Pompeya incluyen no sólo la preservación de las ruinas, sino también la continua restauración de los moldes, rehidratando el material y reinsertando las zonas donde el yeso se ha desprendido. Esta tarea ha despertado cierto recelo en no pocos especialistas, teniendo en cuenta que más allá de su valor histórico y testimonial, se trata de restos humanos. Los moldes han sido sometidos a radiografías y escaneos láser a fin de establecer con exactitud la posición de todos los elementos internos antes de intervenir sobre el yeso. Gracias a ello ha sido posible también crear réplicas exactas mediante impresión 3D, algo esencial para muestras educativas y exposiciones itinerantes. Porque pese al enorme peso emocional que provoca visitar un sitio donde ha tenido lugar tanto dolor, pese al hecho de contemplar los instantes finales de nuestros semejantes reducidos a tiesas figuras de yeso, desde su redescubrimiento Pompeya y las demás ciudades destruidas por el Vesubio no han dejado de generar interés y siguen siendo una fuente incomparable de información sobre el arte, la cultura y las costumbres de la antigüedad. Como expresó con elocuencia el célebre escritor alemán Johann Wolfgang von Goethe en su libro Viaje a Italia, rememorando su visita a Pompeya del 13 de marzo de 1787: “El domingo fuimos a Pompeya. Creo que es difícil ver algo más interesante. Muchas desgracias han ocurrido en el mundo, pero pocas han proporcionado tanta alegría a la posteridad.”

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