Natanael, Los Tigres y las guerras culturales en México

Si de algo podemos estar seguros después de la semana de las fiestas patrias es que el corrido no ha muerto. Miles asistieron a los conciertos de Natanael Cano en el Estadio GNP y al de los Tigres del Norte en la explanada de la alcaldía Venustiano Carranza. Dos caras de una misma moneda.  El corrido mexicano del siglo XXI logró lo que el rock en español no pudo hacer cabalmente, que audiencias en Europa o Asia corearan las canciones aun sin entender el idioma, atraídos puramente por la textura acústica de los metales, tuba, trombón y por el requinto. En ese punto, hace tan solo unos tres años, el corrido experimentaba una globalización y gentrificación sin precedentes. Hasta ese momento había sido catalogado por las élites intelectuales y estéticas de México como una expresión cultural marginal, confinada a las clases trabajadoras, subalternas y decididamente vinculadas al mal gusto de la narcocultura, a lo pobre, a lo naco.  Y fue ahí que algo cambio; no es casual que solo cuando el corrido llegó a las clases medias altas y clases privilegiadas del centro del país fue que se implementó la mayor censura en la historia del género, curiosamente, una censura que no se asume como tal. El 13 de septiembre terminó el segundo concurso de México Canta, un proyecto musical de la presidenta Sheinbaum que de facto implementa una campaña de censura hacia el narcocorrido, aunque articulada como la promoción de “otras letras”, de “otras narrativas”. Paradójicamente, fue la canción más parecida a un corrido tumbado la que ganó el concurso, un tema con instrumentalización tumbada interpretado por Brayan Soto y el trío Clave 5-7.
Los corridos generan gran apego emocional porque celebran a todos aquellos que no se doblegan ante los dictados del poder, y que buscan defender al mundo aun cuando parece que ya no queda nada que salvar
Todo esto en un contexto de conciertos cancelados para muchos cantantes a lo largo y ancho del país. Para otros se multiplicaron las multas y de repente cuando parecía que todos cedían, que todos capitulaban bajo la presión oficial (Junior H, Conriquez, Olivas…) vino Natanael Cano con su Volumen 1, un álbum desafiante, a contracorriente, que nos recuerda por qué resulta tan atrayente el género para tantos aficionados, por qué mueve a la rebeldía, a la identificación con temas que ciertamente no son edificantes, pero sí relevantes para millones de personas. Todo esto lo supo ver claramente desde el siglo pasado el folklorista tejano Américo Paredes, quien nos habla de una médula emotiva del corrido, una médula emotiva esencialmente lírica, es decir compuesta de emociones y sentimientos. Este “emotional core” es un concepto que don Américo utilizó para referirse al núcleo emocional que sostiene y da cohesión al corrido como forma cultural. De acuerdo con Paredes, más allá de la narración de hechos concretos (batallas, muertes, persecuciones, traiciones, agravios y ahora levantones y topones) lo que mantiene vivo al corrido, lo que lo sigue manteniendo vivo aun en sus nuevas promociones es un sentimiento compartido entre intérprete y audiencia: un conjunto de emociones y valores que se reafirman en la ejecución musical, en la puesta en escena. Ese núcleo emocional también incluye la celebración de todo aquel que no se doblega ante los dictados del poder. El público puede sentir simpatía por una figura moralmente condenada sin necesariamente legitimar sus acciones. 
Para los autores, Natanael Cano es una figura atractiva porque encarna la resistencia frente a las restricciones gubernamentales que han reducido los espacios de presentación de los corridos
Los dos sold out de Natanael Cano, el 18 y 19 de septiembre en el Estadio GNP mostraron que el público seguía ahí. Ver al Nata no es para todos, pero sí para muchos jóvenes. Y quizá una de las claves para entender su éxito está en que no necesariamente le cantan al narcotráfico, también les cantan a las pérdidas, a las relaciones, a una experiencia generacional que encontró en el corrido tumbado una forma de expresar aquello que difícilmente podía nombrarse de otra manera, una generación que se percibe derribada, en el suelo. Para muchos de los que entraron al género durante la pandemia ser bélico no significaba necesariamente andar armado, sino apostar a defender lo que quedaba del mundo cuando parecía que ya no quedaba nada. No es extraño, entonces, que buena parte de los recuerdos asociados con los corridos tumbados se concentre precisamente entre 2019 y 2022. En efecto, durante esos años la pandemia sepultó proyectos y familias y convirtió al mundo digital en una de las pocas vías de escape disponibles durante el encierro. Por eso, más que leer a Natanael Cano únicamente como promotor de lo narco, es imperativo observarlo como una figura de resistencia frente a las restricciones gubernamentales que han reducido sus espacios de presentación. Ese es precisamente el espíritu del corrido como género, contestatario, anti-establishment. No hay posibilidad de un corrido light sostenido cuando la realidad no lo es. Puede haber canciones, pero no triunfan, no permanecen. Simplemente no se puede legislar la realidad, ni el gusto popular. Quizá por eso el concierto de Natanael Cano resulta revelador; cuando alguien pide “Cuerno Azulado” apenas recién terminada la primera canción, no necesariamente está haciendo una declaración sobre el narcotráfico.
Durante mucho tiempo, las élites intelectuales de México catalogaron a los corridos como una expresión cultural marginal y de mal gusto, pero aproximadamente hace tres años se globalizaron y gentrificaron
La campaña de los últimos dos años tuvo éxito en tanto que disminuyó la interpretación pública de corridos, queda ver qué tanto éxito ha tenido los esfuerzos gubernamentales por eliminar la inspiración de los corridos, la realidad que inspira los cantos.  Pero la disputa ya no ocurre únicamente entre quienes quieren escuchar corridos y quienes buscan regularlos. También se libra por definir qué ocupará el espacio de las canciones que dejaron de sonar públicamente. Por un lado, algunos artistas y públicos encontraron los vacíos de la regulación para mantener vigente una música que no desapareció, sino que buscó nuevas formas de circulación. Por otro, algunos actores se incorporaron a una narrativa que propone transformar los contenidos de la música mexicana y presentarla como una herramienta para acompañar el proyecto nacional. El resultado es una escena musical en la que el silencio también se vuelve significativo: mientras antes existían canciones que hablaban de violencia, conflictos y problemas que atravesaban al país, hoy buena parte de esas expresiones están dejando de ocupar el espacio público. Incluso cuando aparecen nuevas producciones, como algunos corridos realizados con inteligencia artificial, la ausencia de determinadas voces termina siendo tan importante como aquello que todavía se canta. Mientras tanto, Los Tigres del Norte apoyaron Mexico Canta actuando en la semifinal del concierto el 23 de agosto en Los Ángeles. Luego, el 14 de septiembre visitaron a la presidenta en Palacio Nacional donde les agradeció dicho apoyo. La noche del grito se presentaron gratuitamente en la celebración de la alcaldía Venustiano Carranza. Unos días después hablaron ante la prensa de una posible actuación en Bellas Artes, el recinto cultural más prestigioso de México; acaso una recompensa por apoyar los esfuerzos gubernamentales para “redirigir las narrativas” de la canción mexicana.

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