Tristeza en la cultura cordobesa: Lilia Lardone falleció a los 84 años

En esa presentación-homenaje que Javier Quintá y su editorial prepararon amorosamente para Lilia, Eugenia Almeida y quien escribe fuimos también invitadas a compartir nuestras lecturas de Esa Chica. Fue una hermosa celebración de la literatura y los libros, la amistad, la voluntad de transformar el mundo y una conversación sobre los obstáculos a enfrentar. En esa conversación, Lilia dijo algo así como «yo sentía que había que homenajear a las mujeres que se habían animado a moverse, a hacer algo para cambiar». Sentía que ella le debía algo a esa generación, la propia, que en el ascenso había hecho algo más que observar que el status quo no podía sostenerse. Conocí a Lilia primero por su literatura. Luego allá por el 2018 porque compartimos un grupo de wathsapp junto a muchas otras escritoras, artistas, mujeres de la cultura cordobesa. Tere Andruetto (su par inseparable) y Eugenia Almeida fueron quienes idearon la forma de juntarnos para buscar modos de intervención cuando se abrió el debate por el derecho al aborto, bajo el gobierno de Macri. Desde entonces, compartimos en ese grupo, preocupaciones, pronunciamientos, petitorios, opiniones. Así fue como llegué invitada a participar de la presentación de la reedición de Esa Chica. En esa ocasión, Lilia me había pedido «los apuntes» de la presentación para compartirlo entre sus amigos y amigas. Le había prometido transformarlo en una reseña para que Esa Chica circule, vuelva a andar. Los tiempos de la rutina y el trajín laboral me dejaron en deuda con Lilia. Comparto ahora estos apuntes, anticipando mis disculpas por el tono oral del escrito, para recordar a Lilia, para volver a celebrar su apuesta y su literatura. A las y los lectores de La izquierda diario, una recomendación: conozcan directamente a Lilia, busquen su literatura. Presentación: Esa Chica, vuelve a correr como liebre Antes de comenzar, quisiera señalar que Lilia, junto a Tere Andruetto, es de esas escritoras que nos enseñaron a descubrir aquello que siempre intuimos, sospechamos. Sus escrituras nos enseñaron a leer en los pliegues del silencio, de las elipsis, de las verdades a medias. Lilia dice en una entrevista hace poco, algo así como que es una obsesiva de meterse a retorcer el sentido común y lo que hacen sus obras, cuando así lo planifica, es obsesionarnos junto a ella por develar las capas de sentido entretejidas en los prejuicios, las frases cotidianas, los modos de nombrar. Esta novela, Esa chica, fue publicada por primera vez en 2006, así como de la de Tere Andruetto, La mujer en cuestión, en 2002, cuando estábamos cursando la carrera de Letras. Y fue en esas novelas, al menos para algunxs, en las que pudimos empezar a leer la vida silenciada de las mujeres y lo que no se nos había contado. Porque era extraño leer historias de acá, de Córdoba, donde se nos dijese algo de las vidas de mujeres en el interior, contada por escritoras y que hablaban de lo que se había callado, silenciado al referirse a un pasado reciente, el de la Dictadura Genocida. Lilia es parte de esa generación de escritoras cordobesas que tomaban la palabra para decir lo que no habíamos escuchado decir. Detrás de esos títulos que se enuncian genéricos como “esa chica” o “la mujer” había un mundo que permitía identificarnos, donde se les daba nombres ficcionales a las mujeres reales que seguramente habían estado ahí, cuestionando los mandatos, no encajando con la pacatería y mojigatería de la Córdoba clerical, conservadora, también gorila y contrarrevolucionaria que había visto con el Cordobazo, el cuestionamiento al poder de la clase empresaria, extranjera y local. La Córdoba que había visto también emerger a los sindicatos clasistas e independientes que cuestionaban a la burocracia sindical, que había visto la audacia de mujeres, fugándose históricamente, inclusive bajo la propia dictadura, de la cárcel de mujeres del Buen Pastor. La narrativa de Lilia, en esta novela, entonces cómo ahora, señala con claridad y precisión quirúrgica, lo que en a principios de los dos mil no todo el mundo nombraba, inclusive respecto a la Dictadura genocida: en la novela está señalada con sutileza cuál fue la clase que golpeó a la puerta de los cuarteles militares, no sólo esa rancia aristocracia de doble apellido, sino los nuevos empresarios nacidos en el seno de esa misma clase: terratenientes, banqueros y comerciantes. Son estos mismos sectores los que, con ayuda de la Iglesia y la Justicia ponen “en cuestión” (como La mujer en cuestión la novela de Tere Andruetto en la que ésta de Lilia, para mí se espeja) la vida de “esas chicas” que intuían, en los convulsionados 60, “otros modos de ser”, como dice la voz narradora. ¿Qué tiene para decir Esa chica a las nuevas generaciones, 20 años después de su primera edición? Vaya si han pasado años desde entonces. Ya pasaron 10 años de aquel primer grito antipatriarcal Ni una menos, que la literatura de escritoras como Lilia, Tere, Tununa Mercado, entre otras nos ayudaron a tejer desde mucho tiempo antes, cuando ser feminista no estaba de moda. Y eso fue muy valioso para quienes leíamos en los contradictorios 2000. Esto tampoco es menor si lo pensamos hoy, a 20 años, en un mundo y un país en el que las derechas rancias intentan reconquistar el espacio femenino para hacerlo su territorio, mediante interesados videos virales de tik tok y la vida de las trad wives (esposas tradicionales) en colores pastel o sus clean girls (chicas limpias). Narrativas de estas características, que intentan volver a instalarse como sentido común, no son otra cosa que una reacción a nuestras narrativas de escritoras, activistas y militantes; narrativas que fuimos construyendo en el proceso de gestación de lo que se llamó la “cuarta oleada feminista” y de lucha por los derechos de la diversidad sexual. Lilia, Tere, Tununa, Luisa, Liliana fueron las escritoras que, acercadas por nuestras profesoras, docentes, maestras, nos enseñaban que había algo haciendo ruido en esta sociedad y que algo de la violencia machista se anudaba con la violencia genocida. En este contexto, Esa chica viene a recordarnos de que prisiones y prisioneros/as, y por qué la opresión del mandato de la mujer doméstica/domesticada, puertas adentro, parafraseando a Lilia, es también una forma de violencia contra nosotras.

Breve paréntesis histórico

Mientras leía Esa Chica, no pude dejar de pensar, en el accionar de aquel Comando Moralizador Pío XII que actuó en Mendoza entre los años 1974 y 76 y que, junto al Comando Anticomunista de Mendoza, funcionaron como grupos paraestatales (desprendimientos de las 3A) después del Mendozazo 1972 para ejecutar secuestros, torturas, violaciones y asesinatos, pero sujetos específicos de su accionar. Mientras el Comando Anticomunista mendocino actuaba contra la militancia política, sindical, social; el Comando Moralizador Pío XII buscaba defender a la población de la “infiltración marxista y proteger la moral cristiana” y su accionar estaba dirigido particularmente hacia las mujeres en situación de prostitución. (en , texto de Laura Rodriguez Aguero, compilación Militancias, minifaldas y revoluciones). «Esa chica», la protagonista de la novela de Lilia, buscándose libre, registrando su/s propios deseos, eran parte de esa generación que deseaba indagar, modificar lo establecido, cambiar las formas en que la sociedad veía a las mujeres, y «esas chicas» eran las mismas que había que disciplinar como disciplinaba el Comando moralizador: por eso sus ataques estaban dirigidos hacia una expresión del deseo y la sexualidad no matrimonial, no monogámica ni heterosexual. El ataque contra las detenidas desaparecidas, mediante la violación, la tortura, la humillación, no sólo buscaba un disciplinamiento político de los cuerpos. Quienes se atrevían a salirse del estereotipo y no respetar los roles femeninos que el patriarcado pretende actuó con especial saña: no cabía posibilidad de que hubiera mujeres que no estuvieran confinadas al espacio íntimo y doméstico, a la reproducción y las tareas del cuidado; mujeres gobernadas por la naturaleza de sus emociones y sensibilidad, dependientes emocional y económicamente de los varones protectores y provedores del hogar. En suma, subordinadas jerárquicamente frente a toda autoridad. A «esa chica» no se le perdonará correrse un milímetro del mandato previsto y desde ya, deberá estar agradecida por lo que le tocó en suerte. Hoy, presentamos Esa chica en el Museo Genaro Pérez, en un acto de justicia poética. Este museo, ubicado en la manzana fundacional de la ciudad, hace más de 400 años, que otrora fue un palacete centro de la vida política y arisocrática de la ciudad, recibe a Lilia y su novela para escuchar lo que “esa chica calla”, lo que guarda como secreto y va desandando mediante pequeñas piezas a lo largo de los 18 días en que transcurre su narración, en una especie de “diario mental” que estructura la novela. El discurso es fragmentario, a veces sin signos de puntuación, sin mayúsculas y parece por momentos, no develar nada, apenas si corre un poco el velo para que conozcamos la lucidez de sus “delirios de moribunda”. Porque como dice la narradora, “aún la memoria”, que hoy, a 50 años de la última dictadura, a 20 años de la publicación de la novela, sigue diciendo.

¿Quién es esa chica?

Esa chica, es la historia de una muchacha del “interior” que va a «entrometerse» en la vida de una familia de alcurnia. La historia está contada desde la mirada de una joven nacida en el interior, en 1952 (día de la muerte de Evita, como dice orgullosa su madre) y que, al calor de los convulsivos años 60 y 70, busca ser libre. Nada más y nada menos.Y así, ya de entrada, Lilia nos pone a escudriñar palabras: libre como liebre, una liebre que corre, veloz, escurridiza a través de los campos. Libre como una liebre arranca la protagonista y Lilia nos pone a jugar con el extrañamiento del lenguaje; nos propone de entrada des-retorcerlo para hacerlo soltar lo que tiene adentro: como una liebre “andar sin ataduras ni límites: eso quiero”, dice Nilda, inclusive desde el presente narrativo de su agonía. Con esa ilusión, una Nilda adolescente ha decidido estudiar inglés y busca, hábilmente en complicidad con su teacher Ruth, convencer al padre para que la deje ir a estudiar el profesorado de ese idioma inglés en la ciudad. Quiere escapar del destino de ser maestra de pueblo, y el ardid de ser profesora (mejor que maestra) es la clave de salida para venir a estudiar, hacer vida de pensión, conocer a otras chicas “del interior” que también buscan ideas nuevas, “otros modos de ser”. Sin embargo, Nilda se enamora rápidamente y rápidamente se dispone a casarse con un tal Martín Olmos Dupré, de una familia aristocrática de la provincia. Es imposible no pensar en “los Olmos” de la tradicional familia de los hermanos Ambrosio y Miguel Olmos y Cabanillas, cuya descendencia como partenaires de Roca en la Campaña del Desierto, terratenientes, gobernadores e intendentes de facto deja marca en esta y nuestra historia, con su desprecio racista, de clase y de género. Un delgado hilo conecta la historia de estos apellidos, dictaduras y genocidios: ese hilo de la historia que conecta el genocidio de los pueblos originarios con las dictaduras de Aramburo y la Revolución Fusiladora, con la última Dictadura Militar. Es en esos años en los que se sitúa la novela, los de la Dictadura Cívico, militar y eclasiástica. Nilda tiene 22 años cuando, aislada por la política de la matriarca de la familia, Carmen, empieza «a entender» cuán metida y aislada quedará dentro de esa familia política. Está a punto de casarse con Martín y ya entonces le llegan noticias de lo que será un “afuera” cada vez más lejano: amigas que ya no están y cuyos cuerpos aparecen brutalmente silenciados, después de haber aparecido en listas negras. Amigas a las que ya no verá porque son «mala influencia» para la opinión de su marido. Nilda nunca hablará de estos sus dolores «secretos», lo único «de lo que es dueña», inclusive, puertas adentro. Y aquí la palabra “dueña”, nos embiste en la lectura. ¿Cómo ella va a ser dueña de algo? ¿de su libertad, de su vida, de sus proyectos, ni qué decir de su deseo y de su cuerpo? Dueña, ella, en una familia donde los y las dueñas, son otros? Sí, ella es dueña del secreto de su deseo , “lo único que se le escapó de control” a Carmen, la que dirige la casa, la vida familiar, la política. Ella, a diferencia de Carmen, sólo es dueña de sus secretos, que apena si se anima a revelarlos ante nosotras, lectoras, en su lecho de moribunda. La otra, Carmen, es dueña, tan dueña como la clase empresaria con la que tiene lazos, la que tocará la puerta de los cuarteles y aniquilará lo que se oponga a sus designios. Lo dicho, transmitido por el recuerdo de la protagonista sólo habla la voz del desprecio: es el gesto de Carmen y Martín, esa muesca en el labio cuando éste se entera de que ella quiere estudiar, cuando le habla de sus amigas de la pensión, cuando le pide ayuda. Es el desprecio que aparece en “el revés de las sonrisas” de la gente con la que se rodea y con la que la separa un muro infranqueable porque ella nunca va a pertenecer. Es la madre de Nilda la que se lo advierte, ese chico no es para vos, es un “pituco”, le dice. Para la clase de la que viene Martín, ella es sólo un cuerpo, pero inclusive así y por esa misma razón, es despreciado como el “costo” aún en su lecho de muerte. El de Nilda, esa chica, es un cuerpo “despreciado” al punto de volverlo inexistente, “desaparecido”. Y otra vez, en la novela de Lardone, como las letras de las palabras libre y liebre, las consonantes y vocales se cruzan para decir. Despreciado, desaparecido, apenas una letra de más y en otro orden como dictado que cae sobre cuerpo femenino, cuerpo social cargado con los estigmas de la clase obrera y los sectores populares, como cuerpo político que busca su interés (sea con el nombre de Evita y Perón, con el del Che, el de la justicia social o la revolución) cuerpo enfermo, tumoroso por y con todo lo que tuvo que aguantar: disciplinado, sometido, silenciado. Cuerpo bajo control por la clase empresarial, por la vieja y rancia aristocracia, por la complicidad mediática, por la justicia, por la Iglesia católica, todos enlazados. Esa chica, la novela de Lilia Lardones, recupera las voces, por contraste, de todas esas chicas que anhelaron construir otros “modos de ser”, y aunque algunas (las que se animaron) pagaron más caro el precio por la audacia y el coraje, estuvieron esas otras que inclusive manteniéndose un poco impávidas por lo que se les impuso y aceptaron, siguen haciendo, a su modo, “aún, memoria”.

Fuente: Enlace original

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *