‘1984: 2 + 2’ = 5: Orwell más actual que nunca
En 1946, y enfermo de tuberculosis, George Orwell comenzó a escribir su obra 1984 en una casita en la isla escocesa de Jura, famosa por sus ciervos y su güisqui. Aunque todo lo que tenía eran apuntes y confusos borradores, comenzó a dar forma a aquella novela en la que un estado totalitario vigila y reprime a sus súbditos en ese año 1984. Y ahí nacieron conceptos como “Gran Hermano”, el líder supremo que te vigila, la “neolengua”, lenguaje creado por el partido para evitar palabras subversivas, o el “doblepensar”, dos afirmaciones contradictoras al mismo tiempo. Por ejemplo: “La guerra es la paz”. A ningún ser humano inteligente y que no sea un psicópata, un imbécil o un fanático, cuando escucha construcciones como “operaciones para mantener la paz”, una “operación militar especial” o una “operación de despeje” sabe que le mienten otra vez y que Orwell está más vivo que nunca. Y da igual si en esos asesinatos están implicados militares rusos, ucranianos, estadounidenses o israelíes. Supongo que Orwell leyó, al final de sus días, sobre la “solución final”, pura neolengua nazi. También hubiese alucinado al escuchar al nazi Netanyahu: “He aquí la verdad: Israel ansía la paz”. Orwell señaló y argumentó de forma brillante que el lenguaje es la clave de todo totalitarismo. El lenguaje es fundamental para el mensaje, que envían, de forma machacona, los propagandistas de la prensa, la radio, la televisión, el cine y ahora las redes sociales, controladas por magnates amigos de líderes cuyo poder es impensable sin sus mercenarios manipuladores y sus mentiras, propagadas mañana, tarde y noche.
“Ningún libro está libre de sesgo político”, llegó a escribir Orwell. Para él ser “apolítico” era ya una actitud políticaLo más fascinante de la vida y obra de Orwell es que la semilla de 1984 se plantó en nuestra Guerra Civil, en la que contrajo una tuberculosis que lo acabó matando demasiado pronto. En ella Orwell descubrió definitivamente en qué mundo vivía y lo que le esperaba al planeta. Una panda de criminales golpistas, clasistas y fascistas, con el apoyo de escoria como Hitler y Mussilini, pretendían pisotear y someter a un país entero. Y lo lograron. Más tarde, Orwell escribiría en su famosa novela: “Si quieres una imagen del futuro, imagina una bota pisoteando un rostro humano, para siempre”. Lo curioso es que el fascismo inspiró a Orwell, pero más le inspiró el estalinismo. En España vivió cómo el POUM (Partido Obrero de Unificación Marxista), con el que luchó contra el fascismo, fue suprimido. Su líder, Andreu Nin, fue secuestrado y asesinado en junio de 1937 por la policía secreta soviética (NKVD/GPU) con la colaboración del Partido Comunista de España. Los desmanes del estalinismo, indudablemente, fueron fundamentales para escribir 1984, pero sobre todo para la formidable sátira Rebelión en la granja, novela corta en la que Stalin es un enorme y calculador cerdo llamado Napoleón. La futura neolengua se asoma en esta obra: el cerdo Chillón jamás admite que hay hambre y recortes y usa la palabra “readaptación” en vez de “reducción” de alimentos. Los líderes también repiten consignas y lemas muy simples que hasta el animal más tonto entiende: “Cuatro patas, bueno. Dos pies, malo”. En Rebelión en la granja y en 1984 Orwell logró introducir, de manera muy directa y sin complejos, la política en su literatura. “Ningún libro está libre de sesgo político”, llegó a escribir. Para él ser “apolítico” era ya una actitud política. En 1984: 2 + 2 = 5 (disponible en Filmin y Movistar Plus+), el realizador haitiano Raoul Peck, director de I Am Not Your Negro y El joven Karl Marx, subraya la importancia de la infancia y juventud de Orwell y cómo le afectó su origen, su clase. Sin aquella experiencia, en la que desarrolló su empatía por los más pisoteados, sería impensable 1984. Como él mismo escribió, pertenecía a esa clase media acomplejada, ni aristócrata ni obrera, que gracias al imperialismo se convirtió en una clase de nuevos caballeros y terratenientes a costa de doblegar a miles de seres humanos. Hijo del administrador del ministerio del opio del gobierno colonial de la India, la familia de Orwell incluso había sido dueña de cientos de esclavos en Jamaica. La injusticia estuvo presente en su infancia y en su juventud. Tras acabar sus estudios en Eton, e imposibilitado para conseguir una beca universitaria porque su familia no podía costear su educación, se unió a la Policía Imperial India en Birmania. Después de cinco años como oficial, y espantado, abandonó el cuerpo represor y desarrolló un fuerte asco al imperialismo, al hombre que solo se expresa con la bota, la imposición, la represión y la violación. Al totalitarismo, en fin.
Los grandes conglomerados expanden mentiras para que la realidad ya no importe o quede sepultada en toneladas de medias verdades, mentiras, bulos y frases prefabricadas, puro 1984Y dijo Orwell que para que ese totalitarismo corrompa no hace falta vivir en un país totalitario (como Afganistán o Corea del Norte), hoy la corrupción del totalitarismo puede tener la forma del fascista Elon Musk, que según Oxfam ya posee tanta riqueza como la mitad de los seres humanos del planeta Tierra. Nunca en la historia ha tenido lugar una acumulación de riqueza tan asquerosa e inmoral en una sola persona. En lo que a corrupción moral se refiere, solo hay que ver en lo que se ha convertido Estados Unidos, un país en el que se prohíben libros como en la Alemania nazi de 1933, gobernado por otro obsceno multimillonario que animó a atacar el Congreso, un ser escandalosamente corrupto acostumbrado a comunicarse a diario en la pura mentira. En diciembre de 2017, David Leonhardt y Stuart A. Thomson publicaron una página entera en The New York Times con todas las frases que eran una pura mentira de Trump. En su artículo, Leonhardt y A. Thomson escribieron: “Simplemente no hay precedentes para que un presidente estadounidense pase tanto tiempo diciendo mentiras. Cada presidente ha matizado la verdad o ha contado ocasionalmente grandes cosas. Ningún otro presidente —de ninguno de los dos partidos— se ha comportado como lo está haciendo Trump. Está intentando crear una atmósfera en la que la realidad sea irrelevante”. Y esa es la clave. Y aquí entran los medios, los grandes conglomerados que expanden las mentiras para que la realidad ya no importe o quede sepultada en toneladas de medias verdades, mentiras, bulos y frases prefabricadas, puro 1984. Los dueños de estas máquinas de fango y propaganda tienen nombre: la familia Marinho (Grupo Globo), la familia Berlusconi (Mediaset, que en España emite los programas escorados a la ultraderecha de Ana Rosa Quintana, Iker Jiménez y Nacho Abad), Michael Bloomberg (Bloomberg L.P.) y Rupert Murdoch (News Corp). Todos ellos, y algunos más, son los que hacen mover los hilos de un ejército de títeres, los rostros parlantes de los “informativos” o los tertulianos y opinadores vendidos al mejor postor. Todos son responsables de la propagación de la mentira, la idiotización, la bronca, la radicalización y polarización constante y finalmente el desencanto, el cinismo y la despolitización que desembocan en un nuevo totalitarismo. Al final de 1984: 2 + 2 = 5, Raoul Peck se pregunta, como hizo Orwell, qué mundo estamos creando, a dónde nos dirigimos. Si la verdad acaba dando igual y es sustituida por la pura mentira, pereceremos. Y hay cada vez más gente perversa dedicada a que eso ocurra, a que acabemos amando al Gran Hermano.
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