Bailar cumbia, organizar el sindicato
La comedia Buena Fortuna, ópera prima del también actor Aziz Ansari se disfraza de fábula ligera para meter el dedo directamente en la llaga de la herida social más profunda de nuestro tiempo (y de todos): la brutal asimetría entre una minoría de multimillonarios que concentra el 75% de la riqueza global y la clase trabajadora, ultraprecarizada, condenada a la supervivencia diaria. El film arranca presentándonos a Arj, un joven profesional que, a pesar de haberse formado como editor de video, se ve eyectado de su campo y atrapado en el laberinto de la precarización laboral. Su cotidianeidad es una radiografía perfecta de la hostilidad del capitalismo actual (no importa cuando digas esto): tiene tres empleos para subsistir, Arj navegará entre una aplicación de changas a domicilio, el absurdo delirante de cobrar por hacer filas para otros y un puesto en una gran cadena de materiales para el hogar. La precarización es tan extrema, que a pesar de tener varios empleos no tiene un lugar donde vivir, ya que se ducha en los baños del trabajo y duerme en su automóvil. Así como se lee, tiene tres trabajos y no puede pagar un techo, pospaquetedigoquenosisi. Marx en sus manuscritos señalaba con total vigencia que «el trabajador se vuelve tanto más pobre cuanta más riqueza produce, cuanto más crece su producción en potencia y en volumen». En la película, esta máxima se vuelve palpable en la profunda desesperanza y desmoralización de Arj, para quien la sola idea de un futuro digno parece una utopía. Es en ese subsuelo anímico donde se cruza con Elena, su compañera en el hipermercado de herramientas, interpretada por Keke Palmer. Elena (siempre las mujeres al frente), está impulsando la sindicalización para cambiar las condiciones de trabajo. Sin embargo, la lucidez de la película radica en mostrar cómo el sistema capitalista es tan perverso, que satura al trabajador con la urgencia del día a día, para que perciba la organización para mejorar sus condiciones de vida como algo inútil. Arj simplemente no tiene las fuerzas físicas ni mentales para dar esa pelea colectiva. El acierto del film radica en cómo introduce la intervención celestial encarnada por Keanu Reeves. Reeves interpreta a un ángel frustrado con tareas mundanas como ayudar a quienes utilizan el celular mientras manejan, y que busca una misión de mayor trascensencia: devolverle la esperanza a un alma rota. Al ver a Arj en la miseria y depresión absoluta, el ángel intenta convencerlo de que luche por su vida, pero ante la negativa del joven, cede a concederle una prueba de una semana viviendo como un millonario (interpretado por el hilarante Seth Rogen). Hasta acá sin spoilear. En definitiva, Buena Fortuna trasciende la comedia de enredos para consolidarse como una herramienta de reflexión sobre la potencia transformadora de la organización colectiva. El film demuestra que, si bien la clase obrera posee la vitalidad necesaria para aferrarse y disfrutar de las pequeñas cosas cotidianas que la hacen sentir viva, también aspira con pleno derecho a cambios estructurales, como la sindicalización, para terminar con la precarización laboral. Al romper con el aislamiento individual, cuando los trabajadores se reconocen, se unen y recuperan colectivamente el control sobre su propio destino. Buena fortuna (Good Fortune, 2025) / Director: Aziz Ansari / Guion: Aziz Ansari y Matt Hubbard / Elenco: Seth Rogen, Aziz Ansari, Keke Palmer y Keanu Reeves. Duración 104 minutos. Prime Video.
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