En defensa de la cultura popular argentina
Soy argentino y hasta hace cuatro años el fútbol no me gustaba. Tal vez por la violencia y el machismo que despertaba en mis compañeros cuando lo jugábamos de niños, o tal vez por la rivalidad sin sentido que generaba entre las personas de mi entorno. No lo jugaba ni lo miraba. Pero todo eso cambió radicalmente con el Mundial de Catar. Me vine a vivir al Estado español en 2019, a los 31 años, particularmente a Girona, Catalunya, a 85 kilómetros de la ciudad que vio crecer a Lionel Messi. Vivir algunos años fuera me dio cierta perspectiva sobre la cultura que me crió, que antes no tenía. Algo así como un pez que sale por primera vez del agua y, de repente, descubre que existen cosas como respirar, nadar y el agua misma. A veces, lamentablemente, es la carencia de algo lo que nos notifica de su existencia. Argentina: un país donde “ahorrar” es más un concepto teórico que una palabra de uso común. En Argentina una crisis termina cuando empieza otra. Y, aun así, un país de artistas y científicos reconocidos mundialmente, de campeones mundiales, de premios Nobel y de universidades públicas y gratuitas. Cuando hablo de “Argentina” no me refiero a una identidad homogénea ni a una esencia nacional. Hablo de una historia atravesada por migraciones, pueblos originarios, exilios y luchas sociales. Como toda cultura, la argentina está llena de contradicciones.
Buena parte de las clases populares argentinas aprendieron a mantenerse a flote en las tormentas más violentas, resistiendo el golpe de olas enormes, haciendo pequeñas pausas para disfrutar de los segundos en que un rayo de luz se cuela por entre las nubes más oscuras, con la convicción de que, tarde o temprano, siempre sale el sol. Pero una de las cosas más importantes que aprendimos es que, para mantenerse a flote, no alcanza con saber timonear, sino que hay que ayudarse mutuamente. En buena parte de nuestra cultura popular persiste un fuerte espíritu de comunidad. En medio de tanto individualismo de la época en que vivimos, la existencia de este espíritu es un acto de resistencia considerable. El fútbol, además de ser un rayo de sol en medio de la tormenta, también ha funcionado como un escudo protector de este espíritu. Ver el mundial de Catar estando en otra cultura, lejos de casa, me hizo dar cuenta de algo evidente, pero que mis ojos no sabían ver. El fútbol no es sólo un deporte emocionante y hermoso; es una excusa para gritar y cantar juntos, para abrazarnos, para desplegar la pasión y la creatividad que emergen de la interacción colectiva, para mostrar de lo que somos capaces cuando funcionamos como una misma cosa. Mientras que el capitalismo nos empuja constantemente a la atomización, el fútbol va a contracorriente creando comunidad. Quizá por eso despierta tanto entusiasmo, porque sigue siendo uno de los pocos espacios de la vida cotidiana en los que el individuo desaparece por un momento para dar lugar a un nosotros.
Pero el fútbol no es el único espacio donde este espíritu emerge. Cuando el contexto logra despertarlo fuera de la cancha, cosas importantes pasan. Pocas cosas son más peligrosas para los poderosos con intereses en la Argentina que el gigante dormido de la pasión colectiva de nuestro pueblo. Esta pasión colectiva atraviesa buena parte de nuestra historia y de nuestra cultura popular. Por esa razón, en la otra cara de la misma moneda se encuentran las herramientas que han desarrollado a lo largo de los años los poderosos con el propósito de mantener al gigante bajo control. Ese espíritu nunca ha existido al margen de la lucha de clases. La historia política argentina y su cultura popular no pueden entenderse sin el peronismo ni sin las dictaduras. El peronismo, por un lado, funcionó para regimentar las masas y darles a estas las concesiones necesarias para evitar que despierten todo su potencial. Las dictaduras, en cambio, fueron las encargadas de reprimirlas cuando éstas se tornaban una amenaza incontrolable. Las culturas no son eternas ni inmutables. Lo que hoy es un aspecto característico de nuestra cultura, mañana puede dejar de serlo. Vivo en un país en el que hace 90 años el espíritu de comunidad era tan grande y poderoso que estuvo a punto de cambiarlo todo, pero hoy, en cambio, todo es muy diferente. Las derrotas de las masas dejan heridas en la cultura popular que pueden tardar varias décadas en cicatrizar.
Cada 24 de marzo, cientos de miles de argentinos salen a las calles con sus banderas para recordar a quienes fueron desaparecidos y asesinados por la última dictadura militar, manteniendo viva una memoria que se niega a aceptar la derrota. Ese mismo impulso estuvo presente cuando, durante el Mundial, las banderas de Malvinas volvieron a alzarse frente a Inglaterra y ante los ojos del mundo entero. En los últimos días, hay quienes acusaron al argentino de ser un pueblo esencialmente racista. Resulta profundamente hipócrita que desde países donde ser inmigrante supone tener muchos menos derechos, donde cada año se producen manifestaciones xenófobas y surgen nuevos partidos políticos que promueven la expulsión de la población inmigrante, nos acusen de racistas. Nada le molesta más a un reprimido que ver a alguien que no lo es. Nada le preocupa más a un opresor que ver al oprimido unido con la cabeza en alto. El capitalismo se sostiene sobre la explotación y la opresión de unos sectores a otros. El racismo, el machismo y el chauvinismo son algunas de las formas concretas en que esa opresión se expresa y se reproduce, permeando el sentido común de las personas. El fútbol, como todo lo popular, no es ajeno a esas contradicciones. Hay racismo en Argentina, claro que sí, pero es absurdo que la acusación venga desde países con un historial como el de Estados Unidos, Inglaterra, Francia o España. Irónicamente, esta acusación despertó un sentimiento “antiargentina” muy grande, que en los siete años que llevo viviendo en el exterior nunca había visto. Ver a Messi y al Inter Miami junto a Donald Trump en marzo no me enorgulleció en lo absoluto. Muchos de esos mismos sectores autoproclamados “de izquierda” sostienen que eso es una razón para condenarlo. Pero ese juicio parte de un error más profundo. Se nos educó en la lógica de los buenos y los malos, del cero y el uno, del blanco y el negro. La realidad, sin embargo, está llena de contradicciones. No todo es cero o uno, y no todo es blanco o negro: también existen los 0,2, los 0,5 o los 0,7, y una infinidad de tonos de gris.
Messi, como todos, encarna una contradicción. En él conviven dos figuras distintas: una que despierta alegría popular y otra que mueve negocios multimillonarios. Ambas son el resultado de procesos sociales diferentes y responden a intereses opuestos. Por un lado está el Messi que nació en un barrio obrero de Rosario, que aprendió a jugar en una humilde canchita y que abrazó con mucho cariño a la cocinera del equipo cuando ganó la copa en Catar. Es el Messi producto de la cultura popular argentina, de su pasión colectiva y de su forma de entender y sentir el fútbol. Por el otro está el Messi moldeado por el mundo del gran capital: el de las cuentas offshore, las marcas globales y los intereses económicos que orbitan alrededor de una figura como la suya. Condenar a Messi por este segundo aspecto implicaría renunciar también al primero. Sería ignorar las contradicciones propias de la sociedad en la que vivimos. Y sería, sobre todo, renunciar a una de las expresiones más poderosas de nuestra cultura popular que ha sido capaz de generar alegría, pasión y comunidad para millones de personas. Tampoco tiene sentido reducir a un pueblo entero a las ideas de su presidente o a las conductas de una parte de su población. Si ese fuera el criterio, habría que concluir que todos los estadounidenses piensan como Trump, que todos los franceses comparten las políticas de Le Pen o que todos los españoles respaldan a Vox. Sin embargo, en cada uno de esos países existe una parte importante de la sociedad que combate esas posiciones. El racismo existe en Argentina, como existe en prácticamente todos los países del mundo, pero convertirlo en un rasgo característico de toda una sociedad es una pelotudez. Además, mientras Milei pierde apoyo y su imagen pública se deteriora, dirigentes de izquierda como Myriam Bregman aparecen entre las figuras políticas mejor valoradas del país en diversas encuestas recientes. Presentar a la sociedad argentina como un bloque homogéneo de racistas o reaccionarios no sólo ignora esa realidad, sino que borra las luchas políticas que atraviesan a nuestra sociedad.
Precisamente por eso, quienes dicen defender las causas populares deberían comprender que defender ese espíritu colectivo es hoy mucho más importante que dictar sentencias morales desde la distancia. Mientras sectores progresistas o autodenominados de izquierda señalan con el dedo a todo el pueblo argentino por episodios como el de Messi o por las acciones de una minoría, Milei intenta avanzar en la eliminación de los límites legales a la compra de tierras por parte del capital extranjero y, al mismo tiempo, el secretario de Estado de Estados Unidos, Marco Rubio, proclama ante representantes de 66 países la necesidad de un nuevo Plan Cóndor para borrar a la izquierda latinoamericana del mapa. Frente a este escenario, lo que necesitamos no son lecciones eurocentristas, sino solidaridad internacionalista.
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Buena parte de las clases populares argentinas aprendieron a mantenerse a flote en las tormentas más violentas, resistiendo el golpe de olas enormes, haciendo pequeñas pausas para disfrutar de los segundos en que un rayo de luz se cuela por entre las nubes más oscuras, con la convicción de que, tarde o temprano, siempre sale el sol. Pero una de las cosas más importantes que aprendimos es que, para mantenerse a flote, no alcanza con saber timonear, sino que hay que ayudarse mutuamente. En buena parte de nuestra cultura popular persiste un fuerte espíritu de comunidad. En medio de tanto individualismo de la época en que vivimos, la existencia de este espíritu es un acto de resistencia considerable. El fútbol, además de ser un rayo de sol en medio de la tormenta, también ha funcionado como un escudo protector de este espíritu. Ver el mundial de Catar estando en otra cultura, lejos de casa, me hizo dar cuenta de algo evidente, pero que mis ojos no sabían ver. El fútbol no es sólo un deporte emocionante y hermoso; es una excusa para gritar y cantar juntos, para abrazarnos, para desplegar la pasión y la creatividad que emergen de la interacción colectiva, para mostrar de lo que somos capaces cuando funcionamos como una misma cosa. Mientras que el capitalismo nos empuja constantemente a la atomización, el fútbol va a contracorriente creando comunidad. Quizá por eso despierta tanto entusiasmo, porque sigue siendo uno de los pocos espacios de la vida cotidiana en los que el individuo desaparece por un momento para dar lugar a un nosotros. Te puede interesar: Pablo Alabarces: ¿el racismo en el fútbol es una campaña contra Argentina?
Pero el fútbol no es el único espacio donde este espíritu emerge. Cuando el contexto logra despertarlo fuera de la cancha, cosas importantes pasan. Pocas cosas son más peligrosas para los poderosos con intereses en la Argentina que el gigante dormido de la pasión colectiva de nuestro pueblo. Esta pasión colectiva atraviesa buena parte de nuestra historia y de nuestra cultura popular. Por esa razón, en la otra cara de la misma moneda se encuentran las herramientas que han desarrollado a lo largo de los años los poderosos con el propósito de mantener al gigante bajo control. Ese espíritu nunca ha existido al margen de la lucha de clases. La historia política argentina y su cultura popular no pueden entenderse sin el peronismo ni sin las dictaduras. El peronismo, por un lado, funcionó para regimentar las masas y darles a estas las concesiones necesarias para evitar que despierten todo su potencial. Las dictaduras, en cambio, fueron las encargadas de reprimirlas cuando éstas se tornaban una amenaza incontrolable. Las culturas no son eternas ni inmutables. Lo que hoy es un aspecto característico de nuestra cultura, mañana puede dejar de serlo. Vivo en un país en el que hace 90 años el espíritu de comunidad era tan grande y poderoso que estuvo a punto de cambiarlo todo, pero hoy, en cambio, todo es muy diferente. Las derrotas de las masas dejan heridas en la cultura popular que pueden tardar varias décadas en cicatrizar. Te puede interesar: Los bárbaros argentinos versus los multiculturales europeos
Cada 24 de marzo, cientos de miles de argentinos salen a las calles con sus banderas para recordar a quienes fueron desaparecidos y asesinados por la última dictadura militar, manteniendo viva una memoria que se niega a aceptar la derrota. Ese mismo impulso estuvo presente cuando, durante el Mundial, las banderas de Malvinas volvieron a alzarse frente a Inglaterra y ante los ojos del mundo entero. En los últimos días, hay quienes acusaron al argentino de ser un pueblo esencialmente racista. Resulta profundamente hipócrita que desde países donde ser inmigrante supone tener muchos menos derechos, donde cada año se producen manifestaciones xenófobas y surgen nuevos partidos políticos que promueven la expulsión de la población inmigrante, nos acusen de racistas. Nada le molesta más a un reprimido que ver a alguien que no lo es. Nada le preocupa más a un opresor que ver al oprimido unido con la cabeza en alto. El capitalismo se sostiene sobre la explotación y la opresión de unos sectores a otros. El racismo, el machismo y el chauvinismo son algunas de las formas concretas en que esa opresión se expresa y se reproduce, permeando el sentido común de las personas. El fútbol, como todo lo popular, no es ajeno a esas contradicciones. Hay racismo en Argentina, claro que sí, pero es absurdo que la acusación venga desde países con un historial como el de Estados Unidos, Inglaterra, Francia o España. Irónicamente, esta acusación despertó un sentimiento “antiargentina” muy grande, que en los siete años que llevo viviendo en el exterior nunca había visto. Ver a Messi y al Inter Miami junto a Donald Trump en marzo no me enorgulleció en lo absoluto. Muchos de esos mismos sectores autoproclamados “de izquierda” sostienen que eso es una razón para condenarlo. Pero ese juicio parte de un error más profundo. Se nos educó en la lógica de los buenos y los malos, del cero y el uno, del blanco y el negro. La realidad, sin embargo, está llena de contradicciones. No todo es cero o uno, y no todo es blanco o negro: también existen los 0,2, los 0,5 o los 0,7, y una infinidad de tonos de gris. Te puede interesar: La victoria en el Mundial y la exaltación del nacionalismo español
Messi, como todos, encarna una contradicción. En él conviven dos figuras distintas: una que despierta alegría popular y otra que mueve negocios multimillonarios. Ambas son el resultado de procesos sociales diferentes y responden a intereses opuestos. Por un lado está el Messi que nació en un barrio obrero de Rosario, que aprendió a jugar en una humilde canchita y que abrazó con mucho cariño a la cocinera del equipo cuando ganó la copa en Catar. Es el Messi producto de la cultura popular argentina, de su pasión colectiva y de su forma de entender y sentir el fútbol. Por el otro está el Messi moldeado por el mundo del gran capital: el de las cuentas offshore, las marcas globales y los intereses económicos que orbitan alrededor de una figura como la suya. Condenar a Messi por este segundo aspecto implicaría renunciar también al primero. Sería ignorar las contradicciones propias de la sociedad en la que vivimos. Y sería, sobre todo, renunciar a una de las expresiones más poderosas de nuestra cultura popular que ha sido capaz de generar alegría, pasión y comunidad para millones de personas. Tampoco tiene sentido reducir a un pueblo entero a las ideas de su presidente o a las conductas de una parte de su población. Si ese fuera el criterio, habría que concluir que todos los estadounidenses piensan como Trump, que todos los franceses comparten las políticas de Le Pen o que todos los españoles respaldan a Vox. Sin embargo, en cada uno de esos países existe una parte importante de la sociedad que combate esas posiciones. El racismo existe en Argentina, como existe en prácticamente todos los países del mundo, pero convertirlo en un rasgo característico de toda una sociedad es una pelotudez. Además, mientras Milei pierde apoyo y su imagen pública se deteriora, dirigentes de izquierda como Myriam Bregman aparecen entre las figuras políticas mejor valoradas del país en diversas encuestas recientes. Presentar a la sociedad argentina como un bloque homogéneo de racistas o reaccionarios no sólo ignora esa realidad, sino que borra las luchas políticas que atraviesan a nuestra sociedad. Te puede interesar: Myriam Bregman: «¿Civilización o barbarie?»
Precisamente por eso, quienes dicen defender las causas populares deberían comprender que defender ese espíritu colectivo es hoy mucho más importante que dictar sentencias morales desde la distancia. Mientras sectores progresistas o autodenominados de izquierda señalan con el dedo a todo el pueblo argentino por episodios como el de Messi o por las acciones de una minoría, Milei intenta avanzar en la eliminación de los límites legales a la compra de tierras por parte del capital extranjero y, al mismo tiempo, el secretario de Estado de Estados Unidos, Marco Rubio, proclama ante representantes de 66 países la necesidad de un nuevo Plan Cóndor para borrar a la izquierda latinoamericana del mapa. Frente a este escenario, lo que necesitamos no son lecciones eurocentristas, sino solidaridad internacionalista.Fuente: Enlace original
