Una Odisea por la civilización
Cada vez es más difícil, si es que alguna vez fue posible, separar a cualquier cosa del contexto que la rodea, y no asignarle expectativas antes de consumirla. Tal es el caso de La Odisea. A pesar de sus múltiples versiones, traducciones e interpretaciones, (incluyendo la película de Christopher Nolan que compete a este texto), no puede escapar el contexto de ser, simplemente, la historia definitiva de la “cultura occidental”, y en ese sentido vivir sujeta a expectativas tan enormes como los monstruos que Odiseo enfrenta en su largo regreso a casa. Para Elon Musk y otros fascistas actuales, carece de la precisión histórica que desean (porque los cíclopes, los gigantes y las sirenas son tan históricamente precisos como las moscas), y comete el pecado capital de tener a personas no masculinas y caucásicas en su elenco. Para académicos y estudiosos, no es una adaptación a la altura del poema homérico.
Es un caballo de Troya, y ese es su mejor valor, justificable de las toneladas de dinero que ha recaudado, y las decenas de Óscares que va a ganarY para los millones que se han sentado por casi tres horas a verla, algo debe tener, para justificar su histórica recaudación en taquilla. Esta Odisea de Nolan es un pedazo de antigüedad para tiempos modernos, empezando por la decisión poco barata y nada sencilla de filmar las épicas aventuras de su protagonista sin generación de imágenes por computadora, y en múltiples pedazos del mundo como locación (incluyendo territorios saharauis, sin consentimiento de su población) Para una industria que lleva décadas anclada al 3D y recientemente coquetea con la inteligencia artificial generativa, el esfuerzo técnico de esta película es, como mínimo, reconocible. Es una de esas casi extintas películas de historia épica, junto a Cleopatra, Ben Hur, Los Diez Mandamientos y, quizás la primera de todas, Intolerancia. Frente a una audiencia potencialmente más interesada en la velocidad de la acción que en las profundidades de la filosofía griega, ofrece suficiente de la primera para ponerse los laureles de un auténtico espectáculo cinematográfico… y es hacia el final de ese espectáculo que revela su astuta y verdadera intención. Regresando al contexto y las expectativas, una película (del director de la mejor trilogía de Batman, además) sobre el primer héroe de acción occidental es exactamente lo que uno espera, y sabiendo eso, quizás cumple con sus deseos… pero también es un caballo de Troya, y ese es su mejor valor, justificable de las toneladas de dinero que ha recaudado, y las decenas de Óscares que va a ganar (aunque no es justificable, ni lo será, de filmar en territorio saharaui sin consentimiento) Es un caballo de Troya porque el Odiseo de Nolan no representa el origen histórico de un “macho alfa”, aunque Trump, Musk, Milei y otros crean que eso debería ser.
Es alguien que sugiere el regreso de la “civilización”, mediante el fin de la guerra y la barbaridad que, desde Grecia hasta Estados Unidos, pasando por Europa e Israel, la ha definido por tanto tiempoTampoco es tan complejo como el protagonista del poema original. Es, con una urgencia correspondiente a la actualidad, un veterano de guerra traumatizado por el brutal nihilismo de su oficio, declarando a su enemigo, por quien sacrificó literales décadas de su vida para detener su alarmante invasión, como un vil reflejo de sí mismo. Es alguien que sugiere el regreso de la “civilización”, mediante el fin de la guerra y la barbaridad que, desde Grecia hasta Estados Unidos, pasando por Europa e Israel, la ha definido por tanto tiempo. Esta Odisea no termina con John Lennon cantando “give peace a chance”. Es poco probable que Nolan se suelte en gritos de “free Palestine” al estar recogiendo sus Óscares dentro de unos meses. Al final, sólo es una película. Pero una película de esa escala, y ese impacto, colando un mensaje de ese tamaño, para este momento… es un apreciable caballo de Troya para nuestros tiempos. La Odisea está disponible en cines.
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