Lágrimas en el cielo

Paseo por el viejo cementerio de Comillas, en Cantabria. Salvo que me tope con ellos de casualidad mientras paseo por una ciudad desconocida, o que lea folletos turísticos sobre su interés histórico que subrayen algún atractivo (como la tumba de Antonio Machado en Collioure), he de decir que no suelo ser asiduo de los cementerios. El de Comillas se cuenta entre los que tienen credenciales históricas. Ubicado de forma imponente en lo alto de una colina, fue creado sobre los restos de una iglesia parroquial del siglo XV abandonada tras una disputa y que, con el tiempo, acabó convirtiéndose en el cementerio actual. Allí, a los restos de la iglesia medieval se suman varias ampliaciones posteriores, la última construida por un arquitecto modernista en 1893. Es en una de estas alas añadidas donde, separado de las tumbas comunes, hay un sector especial. Al igual que todo el lugar, ya está un poco envejecido, con las paredes despintadas por efecto de la lluvia y el sol, dejando en algunos casos a la vista el ladrillo, y en no pocos borrando la información sobre los fallecidos que los deudos buscaban eternizar. Da la sensación de que, salvo casos aislados de familias que tengan desde hace tiempo algún nicho de su posesión, los muertos recientes de las inmediaciones van a parar a otro lado. El carácter especial de este sector pasaría desapercibido si uno no se tomase la molestia de leer las lápidas. Pero en cuanto se leen una o dos, ya no cabe la menor duda. “Subió al cielo el niño David Martínez Alonso el 3 de diciembre de 1910 a la edad de 2 meses. Recuerdo de sus padres”, dice en una. “Subió al cielo la niña N. Pérez de la Vara el 17 de agosto de 1912. Recuerdo de sus padres”, se ve en otra. Y siguen las inscripciones: “La niña Pilar González Alonso y el niño Casimiro González Alonso. R.I.P.” “José Sierra Sánchez murió el 30 de septiembre de 1930 a los 7 meses de edad. Recuerdo de sus padres y abuelos.” “El niño Paquín Toribio Rodríguez falleció el día 19 de diciembre de 1954 a los 6 meses de edad. Recuerdo de sus padres.” Y se suceden lápidas con inscripciones similares. Unas llevan más información, otras menos, pero lo que las enlaza es evidente: es un sector dedicado con exclusividad a tumbas de niños. Ignoro si esta separación se da sólo en Comillas o si es una práctica habitual en los cementerios de la época. En todo caso, aquí las muertes no remiten a uno o dos años específicos. No se trata, por ejemplo, de las víctimas de una misma epidemia, como la mal llamada “gripe española” de 1918, sino que se distribuyen a lo largo de la primera mitad del siglo XX. De hecho, lo más probable es que las criaturas que allí yacen no hayan coexistido ni un minuto en este planeta. Sus vidas, sin embargo, están ligadas de forma íntima por su absoluta brevedad: días, meses, rara vez un año. Sobre las causas de las muertes no sabemos nada, pero el formulismo de los textos no consigue ocultar el enorme dolor de sus familias, dolor que en 1910 debió de ser similar al de 1954. No hay huellas de lágrimas sobre el suelo, pero probablemente ningún sector del cementerio haya recibido más lágrimas que éste. El motivo por el que alguien tomó alguna vez la decisión de congregar a todos los niños muertos del pueblo en un único sitio bien pudo tener una finalidad religiosa: reunir a los más puros, a las almas inmaculadas, facilitando que asciendan juntas al cielo. O quizás no. Quizás fuera una cuestión puramente práctica relacionada con el menor tamaño de los ataúdes infantiles, que imponía una mampostería de dimensiones específicas, incompatibles con el espacio que ocupan las tumbas de los adultos. Y no descartaría la hipótesis de que, en realidad, nadie haya planeado nada. Que, sencillamente, una vez habilitado el cementerio, los desconsolados padres hayan preferido que el segundo niño del pueblo en morir descansara junto al primero, y el tercero junto a los otros dos, hasta conformar a la larga un ala infantil que nadie hubiera deseado ver allí, y que nadie hubiera osado planificar. Otra posibilidad, que no debería descartarse, es que los espíritus de los propios pequeños tiendan por naturaleza a congregarse y, utilizando esas facultades que sólo poseen los muertos, manipulen la voluntad de sus padres y los fuercen, sin que los adultos lo sepan, a colocarlos allí, uno junto al otro, en ese sector tan especial. Quizás allí se forjen por fin las amistades que decesos tan tempranos impidieron. Quizás por las noches, cuando ya nadie visita el lugar, ese sector sea el más alegre de todo el cementerio, y si uno se coloca junto a los muros y aguza el oído, pueda escuchar las voces tenues de la comunidad de los niños muertos, jugando, pronunciando trabalenguas, tarareando canciones muy antiguas o sencillamente riendo a carcajadas.

Fuente: Enlace original

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *