Cancelaciones
El 19 de septiembre de 2026, el cantante británico Ed Sheeran abría su concierto en Filadelfia leyendo de una pantalla, con rostro tenso y una mano en el bolsillo, las siguientes palabras: “Ahora quiero abordar la cuestión de cuál es mi postura ante la situación entre Israel y Palestina, y si el hecho de que dé este concierto aquí esta noche implica cuál es mi posición. A lo largo de mi carrera he intentado no ser ningún tipo de comentarista político, porque quiero que mi música y mis conciertos traten sobre la unidad, no sobre la división; sobre la humanidad, no sobre la política. Pero esto es una cuestión humanitaria, y ya no puedo ocultar lo que siento al respecto. Lo que ocurrió en Israel y en el Festival de Música Nova el 7 de octubre fue horrible y agravó siglos de sufrimiento del pueblo judío. Lo que está ocurriendo en Gaza es catastrófico, injustificable y desproporcionado. Me ha roto el corazón la magnitud de la devastación y de la pérdida de vidas de civiles, de vidas de niños. Y la injusticia sistémica que estamos viendo desarrollarse en Cisjordania no puede pasarse por alto.” Quizás a Sheeran le haya parecido que con estas palabras, probablemente escritas por alguien más y que debieron de parecerle la mar de equilibradas, acabaría zanjando la encrucijada en la que parecía haberse metido. El 4 de septiembre previo, uno de sus teloneros, el rapero Macklemore, había abierto su set en el estadio MetLife de East Rutherford, Nueva Jersey, pronunciando (sin leer) un discurso muy diferente: “He estado intentando encontrar la manera de decir esto durante todo el día. Una de las razones por las que deseaba participar en esta gira era porque quería subirme a estos escenarios y estadios de todo Estados Unidos y decir dos palabras que son muy importantes para mí y que llevo muy dentro del corazón: Free Palestine [libertad para Palestina].” Y al día siguiente añadió en el mismo estadio: “A todos mis hermanos y hermanas judíos: criticar a Israel, criticar el apartheid o estar en contra del genocidio, no es en modo alguno una crítica hacia vosotros. Mi mensaje es por la paz, por el amor y por el hecho de que todos los seres humanos sean tratados con dignidad, respeto e igualdad.”
Ed Sheeran cedió ante la presión de Kraft, anunció que Macklemore no seguiría siendo su telonero y se produjo un escándalo mayúsculoComo es bien sabido, Macklemore no pudo seguir difundiendo su mensaje en otros estadios estadounidenses. Robert Kraft, multimillonario, declarado sionista, amigo de Trump, propietario de los New England Patriots y del Gillette Stadium (donde continuaría la gira de Sheeran), y cuyo nombre aparece asiduamente en los papeles de Jeffrey Epstein, presionaba para que el rapero fuese dejado de lado, no sólo en ese concierto, sino durante el resto de la gira. Aducía que el discurso de Macklemore había sido antisemita y reflotó para demostrarlo un incidente ya olvidado que tuvo lugar en mayo de 2014. Durante un recital en el museo Experience Music Project de Seattle, el rapero era un invitado sorpresa y se les había pedido a los asistentes que se disfrazasen. Según explicó Macklemore: “Cogí una nariz falsa de bruja, bigote y barbas postizas, y una peluca que teníamos de nuestro reciente viaje a Japón. La intención era disfrazarme. El personaje del que me disfracé no tenía ninguna identidad cultural ni procedencia concreta. No estaba intentando imitar a ninguna cultura. Nunca se me pasó por la cabeza un estereotipo judío.” Y, sin embargo, de eso se lo acusó por entonces. Con todo, pidió disculpas por si alguien lo había malinterpretado, las mismas fueron aceptadas y no volvió a hablarse del tema… Hasta ahora, cuando el rapero adoptó una postura política de abierta denuncia al genocidio perpetrado por Israel en Gaza. Esa es toda la pretendida evidencia de antisemitismo contra el rapero pero, no obstante, Ed Sheeran cedió ante la presión de Kraft, anunció que Macklemore no seguiría siendo su telonero y se produjo un escándalo mayúsculo. Como consecuencia de ello, los demás teloneros rehusaron continuar con la gira e incluso la banda Beoga, que acompañaba al propio Sheeran, renunció en solidaridad con el rapero y negándose a aceptar que el discurso en favor de Palestina fuese censurado. Sheeran prosiguió en solitario y leyó las tibias palabras que le habían escrito ante un auditorio mermado. Un discurso redactado para salir del paso y que recae en varios lugares comunes, como la presentación del atentado terrorista de Hamás del 7 de octubre de 2023 como un hecho aislado que no tiene ningún motivo ni antecedente histórico, o la presentación de los horrores de Gaza como una “catástrofe” carente de sujeto perpetrador, asimilándola a un terremoto inevitable y no a un genocidio voluntario ejecutado por un estado concreto. Cuando Macklemore pronunció su “Free Palestine” buena parte del público pareció ovacionarlo. Tras su cancelación, mucha gente exigió la devolución de sus entradas y el precio de las localidades de los siguientes recitales de Sheeran se desplomó. Aduciendo condiciones meteorológicas desfavorables, el concierto en el Gillette Stadium nunca llegó a producirse. El eco del suceso en los medios de comunicación, como suele ser tristemente habitual en tiempos recientes, tuvo dos vertientes. La mayoría de los grandes medios pusieron el énfasis en el derecho del multimillonario Kraft a disponer de su estadio a voluntad, así como en lo inoportuno del discurso político de Macklemore, casi saboteando a un Ed Sheeran que canta canciones de amor para todo el mundo y no deseaba posicionarse en disputas ideológicas. Se volvía también al disfraz del rapero de hace más de una década con la clara intención de acentuar su “antisemitismo”, y se lo desacreditaba concluyendo que sus palabras no eran sinceras, sino que utilizaba la defensa de Palestina como un medio para autopromocionarse y llamar la atención, cosa que en opinión de periodistas como el británico Piers Morgan, había logrado con creces. Si se criticaba a Sheeran, era básicamente por negarse a apoyar a sus músicos, no por resistirse a ofrecer una opinión política cuando se hallaba entre la espada y la pared. La defensa de la postura del rapero y la crítica a la actitud despótica del multimillonario Kraft y a la cobardía política de Sheeran corrió por parte de los medios alternativos, de los podcasts progresistas y de las redes sociales. En este caso concreto, el que se pretendió censurar era un discurso por la paz y de condena a un genocidio. Pero algunos argumentarán que también “desde el otro lado” se han producido reacciones similares. El comediante estadounidense de origen judío Jerry Seinfeld está programado para actuar como cabeza de cartel en el festival del MEO Commedia a La Carte Fest, en Lisboa el próximo 1 de noviembre. Como consecuencia de sus múltiples declaraciones recientes en favor de Israel, varios artistas invitados a dicho festival anunciaron que cancelaban su propia presencia en protesta por la actuación de Seinfeld. Confieso que he sido durante décadas un ferviente admirador de la serie “Seinfeld”, que sigue pareciéndome extraordinaria. Mi mujer y yo hemos visto las nueve temporadas varias veces y, de no existir esta situación irrespirable, sin ninguna duda habríamos hecho lo imposible por desplazarnos hasta Lisboa para verlo en persona. Pero la situación es, verdaderamente, irrespirable. Lejos de cualquier discreción (y si es que la discreción puede ser de algún modo aceptable para posicionarse ante un genocidio), la actitud del comediante durante estos tres años ha sido provocadora y despectiva. En febrero de 2025 anunciaba sin más: “No me importa Palestina”, y en septiembre del mismo año, durante un acto en Duke University, se explayaba: “«Free Palestine», para mí, significa simplemente la libertad de decir que no te gustan los judíos. Tan sólo di que no te gustan los judíos.” Y añadía: “Si comparas a los defensores de Palestina con el Ku Klux Klan, en realidad pienso que el Klan en este caso es un poco mejor, porque ellos salen a decir directamente: «No nos gustan los negros». No digáis «Free Palestine», decid “No nos gustan los judíos». Eso sería más honesto.” Por último, en junio de 2026, a la salida del Madison Square Garden, cuando alguien le dijo “Free Palestine”, él respondió riendo con cinismo: “Palestina no existe.” Dudo mucho que los organizadores del festival portugués (que, sin duda, habrán pagado una ingente cantidad para contar con el célebre comediante en sus escenarios) acaben cancelando a Seinfeld, incluso si cada vez son más y más los artistas del festival que se bajen del barco. Aun así, creo que deberían cancelarlo.
La novelista argentina residente en Francia, Ariana Harwicz, fue excluida del festival CulturAlh de Granada, donde iba a participar en una conferenciaEl tercer caso que sacaré a colación (pero sin duda hay muchos más), se produjo recientemente aquí en España, cuando la novelista argentina residente en Francia, Ariana Harwicz, fue excluida del festival CulturAlh de Granada, donde iba a participar en una conferencia. La cancelación se produjo luego de que la Red Universitaria por Palestina (RUxP) protestase por la presencia de la autora, teniendo en cuenta su constante negación del genocidio perpetrado por Israel en Gaza. En el comunicado de la RUxP se leía: “El 17 de septiembre enviamos una carta a la organización del festival pidiendo que reconsiderara la participación de Ariana Harwicz y que explicara sus criterios. Sin amenazas ni convocatorias. No suponemos ningún peligro para nadie. Se ha hablado de posibles protestas y de comprometer la seguridad de la escritora si no se cedía a nuestra petición. Una carta no es una amenaza. Protestar es un derecho y, ante un genocidio, una obligación. La escritora niega públicamente que haya genocidio en Gaza y atribuye odio a quienes lo denuncian. Estamos contra toda forma de racismo y discriminación. Criticamos posicionamientos públicos, no identidades. Llamar antisemita a toda crítica al Estado de Israel, al boicot o a la denuncia del genocidio, banaliza el antisemitismo real. Valoramos la decisión de la dirección del festival de atender nuestra petición y las de otros sectores de la comunidad universitaria, en coherencia con el compromiso de la Universidad de Granada frente al genocidio en Palestina. El equipo de gobierno de la Universidad dice que no respalda la decisión de la dirección del festival. Le pedimos que aclare si mantiene el compromiso que su Consejo de Gobierno aprobó en mayo de 2024 frente al genocidio en Gaza y cómo lo aplica a las actividades que organiza”.
Son habituales la confluencia de los conceptos “israelí” y “judío”, así como la recurrencia al victimismo y al antisemitismo con el objetivo de diluir u ocultar cualquier debate real sobre las acciones de IsraelEs evidente y comprensible que ser cancelada no le agradó a la escritora, pero su reacción ante esa circunstancia fue similar a la de Jerry Seinfeld cada vez que alguien en el público ha criticado sus posturas sobre Palestina (y básicamente similar a la de los defensores de las acciones de Israel cuando se les objeta cualquier cosa). “¿Qué hice? ¿Qué delito cometí? ¡Ay, cierto, que era judía!», declaraba durante una entrevista a Radio Sefarad el 22 de septiembre. Y añadía: “Ellos te van a decir que no es porque sos judía, pero una sabe y tiene que leer siempre al revés». Y en una entrevista radial concedida al medio argentino “El Observador”, se explayaba sobre la misma idea: “Me echaron por judía, pues yo no admito la extorsión lingüística de que me cancelaron por Gaza, esos son caballos de Troya, esas son palabritas mágicas que se usan hoy como en otros siglos. Esas palabritas claves han sido otras y siempre está el lenguaje, ¿no? Primero el lenguaje y después matar o discriminar. Entonces, yo no acepto esas extorsiones lingüísticas, esos eufemismos. Que me lo digan claramente, me sacaron por judía, porque a ningún otro participante de todas las nacionalidades que hay, Perú, Brasil, Argentina, México…, a ninguno le preguntaron lo que piensa de nada, ni de Sudán, ni de Nigeria, ni de Ucrania, ni de Nepal o de China. Solamente a mí. Hay una doble vara para poner el estándar moral a los judíos.” Son habituales la confluencia de los conceptos “israelí” y “judío”, así como la recurrencia al victimismo y al antisemitismo con el objetivo de diluir u ocultar cualquier debate real sobre las acciones de Israel en Gaza, Cisjordania, Siria, Líbano e Irán. Y Ariana Harwicz lleva años empleando esa estrategia. Ya en noviembre de 2023, poco después de los atentados de Hamás, y sin intentar siquiera un mínimo análisis acerca de la situación de los palestinos, la escritora le declaraba al periódico argentino “Clarín”: “En este momento, el antijudaísmo goza de muy buena salud. Hoy se desprecia al judío vivo y hay fascinación por el judío de la fosa común. Los judíos muertos interesan muchísimo en los cineclubs. Hay una fascinación por los judíos muertos en los guetos, pero nada por los judíos vivos.” Y en una extensa entrevista concedida a Violeta Gorodischer para la revista mexicana “Letras Libres” el 8 de octubre de 2024, expresaba: “El caldo de antisemitismo que se venía cociendo a fuego lento entró en ebullición. (…) Yo venía anunciando esto porque es obvio, se ve como quien ve venir un tsunami, un huracán. Las guerras y las catástrofes se pueden ver en signos previos, como las avalanchas de nieve. El hecho de haber trabajado en el Memorial de la Shoá y estar rodeada de historiadores; el solo hecho de ser judía y vivir en Europa, en Francia particularmente, fue suficiente: tendría que ser muy negadora para no ver los signos. Como dicen los historiadores, nadie se levanta un día, toma el desayuno y se le ocurre Auschwitz. Se llega a la idea de aceptar las duchas de gas, las cámaras de gas y los hornos crematorios; se llega a la idea de que el mundo celebre el 7 de octubre, todo eso es un constructo y yo lo iba viendo. Por eso creo que es importante publicar, resistir, porque lo otro es estar del lado de los cobardes.” Insistía en el victimismo, en la confluencia entre “judaísmo” e “Israel”, y esbozaba un peculiar posicionamiento ideológico: “Hoy, el judío y el Estado de Israel ocupan el lugar de parias. Antes, en el gueto de Varsovia, en cualquier gueto, en el siglo XX, el judío era un paria. Ahora se trasladó eso a este siglo: quieren aislar, arrinconar, asfixiar al Estado de Israel. Y a mí me parece que un escritor que se precie de serlo es también un poco un paria, porque tiene que mirar lo que no ve nadie, decir lo que no se puede decir, escribir lo que no se puede escribir; debe ser capaz de transgredir, de superar el pudor, de mirar al ser humano como no lo mira nadie, y eso lo lleva a ser un paria, siempre al borde de la cancelación. Ser judío hoy es ser señalado, perseguido, y eso va perfecto con la identidad del escritor. Creo que [la asimilación del apoyo a Israel con la derecha] es parte de un operativo intimidatorio. Yo lo dije una vez, y fue leído por muchos con mala intención, pero insisto: «Si te acusan de estar con la derecha y te acusan de racista, es porque estás pensando bien». Lo digo en el sentido de que la intimidación funciona así, es incluso boba. En tanto te despegas de un pensamiento masivo, mainstream, y piensas fuera del rebaño, lo más fácil para que te cancelen o te castiguen en redes sociales es decirte que eres de derecha. Son como tics, reflejos mecánicos. Me parece absurdo, son excusas para disfrazar un odio que no tiene que ver con eso.”
En la entrevista de “Letras Libres”, no dudaba en relacionar la reacción de sectores de izquierdas ante el genocidio de Israel con el antisemitismoLo cierto es que buena parte de sus declaraciones se alinean bastante bien con las de políticos de derecha. Por ejemplo, en la entrevista antes mencionada publicada en “Clarín”, expresaba, en una crítica a la izquierda y sin aportar ninguna prueba al respecto: “No me gusta que muchas mujeres, en Francia, son selectivas en las denuncias. Si viola un hombre blanco, es un crimen atroz, y si viola un hombre negro o inmigrante se autoimpugnan la denuncia porque se les genera un problema de otra índole.” En la entrevista de “Letras Libres”, no dudaba en relacionar la reacción de sectores de izquierdas ante el genocidio de Israel con el antisemitismo, renegando a la vez de la mayor parte de las conquistas y derechos sociales: “Me impresiona ver en Europa, en Alemania, en Francia, en España, en los países nórdicos, llamar a los artistas a la Intifada, oírlos decir «basta de genocidio en Gaza», calificar a los israelíes de supremacistas y colonizadores. Encontraron la vuelta retórica para odiar a los judíos y pedir la aniquilación de Israel. Es una renovación lexical de la juventud hitleriana y del nazismo del siglo XX, pero más escandalosa y cómplice, a mi entender, porque tenemos la Shoá detrás. Y no es solo la renovación del antisemitismo lo que me indigna y entristece, es que se traiciona todo lo que supuestamente la Europa y el Occidente libres han construido estos últimos 40 años. Es como descubrir que tu padre es un violador o un asesino, que estás viviendo en una mentira. Eso me pasó a mí el 7 de octubre: el feminismo, la defensa de los derechos LGTBI, la diversidad y la tolerancia sexual, la lucha contra la transfobia, la idea de inclusión, la emancipación de la mujer, todos esos axiomas son mentira. Quieren que desaparezca Israel, única democracia de Medio Oriente, donde prontamente los soldados se van a poder casar y hay un culto a la diversidad. Hay un abandono a las mujeres iraníes, a las afganas. Hay una inversión del oprimido y el opresor y esa visión tomó también el campo de la cultura (…). Cuando Israel se defiende, es un genocidio. La imagen iconográfica del judío es de una víctima, porque es lo tolerable. Y si no, es el judío millonario, para volverlo cliché. Pero a un judío que se defiende, en su economía psíquica, no lo pueden soportar. El campo artístico mainstream va por ahí, entonces no importa que cuelguen de las grúas a los homosexuales, que los tiren de los edificios, que haya leyes que avalen eso. Almodóvar es gay, pero les da voz a los palestinos que irrumpieron en su estreno en Nueva York, aunque él mismo sería colgado. Ahí también hay una traición a las víctimas de esas dictaduras islámicas. (…) La izquierda vuelve a fascinarse con Hamás, Hezbolá, ISIS.” Y en un post en X del 5 de septiembre de 2025, sugería incluso que la izquierda deseaba que se produjera un genocidio que en su opinión obviamente no existe: “Les angustia terriblemente que no haya genocidio. Lo desean, desean que haya genocidio para confirmar su odio a Israel”. Entrevistada en Infobae el 30 de septiembre de 2026, Harwicz se extendía sobre las mismas ideas: “Antes se acusaba a los judíos de quemar niños, después de querer dominar el mundo, la lógica del siglo XIX, los pogromos, la Shoá. Ahora estamos en una nueva capitulación del antisemitismo y en primera línea está Europa: obviamente Francia, por muchas razones políticas, históricas, junto con Inglaterra, Bélgica y Alemania. El crecimiento del antisemitismo es furibundo, es exponencial. Es una cosa escandalosa. (…) Lo más preocupante, creo, es la articulación de un nuevo «Humanismo» que pide el boicot de instituciones culturales israelíes y judías. Que pide listas negras, que pide censura , que pide anulación de contratos, que pide que no publiquen a ciertos autores, pero atención, en nombre del Bien. Disfrazado de humanismo. Ese chantaje avanza en conciertos de música, museos, festivales, librerías, pero en nombre del Bien. Antes era la raza aria, la raza pura, y exterminar a los judíos que encarnan el mal del mundo y lo quieren dominar. Ahora es más difícil: «Vos querés que mueran palestinos». Es en nombre del Bien. Pero evidentemente es una actitud cínica, ¿por qué no lo extienden a las mujeres iraníes torturadas, sin un ojo, en los calabozos, a los homosexuales colgados de las grúas? (…) Si fuese más de carácter universal e incluyeran a los palestinos lo entendería, pero no veo ningún gesto. Me esmero, pero no veo que se estén preguntando legítimamente qué puede hacer un escritor frente al sufrimiento humano, frente a los campos de exterminio, frente a los campos de concentración de los musulmanes en China. En cambio, cuando es exclusivo con Israel, lo mínimo que uno puede hacer es ser crítico y sospechar”.
Una cosa es criticar las injusticias que puedan cometer regímenes árabes en materias como homosexualidad o feminismo, y otra muy diferente bendecir el hecho de que se bombardee de forma masiva a poblaciones civilesCito en extenso para que quede claro que los organizadores del festival de Granada tenían motivos para no desear la participación de la novelista. Los argumentos de Harwicz, por supuesto, son fácilmente cuestionables. Una cosa es criticar las injusticias que puedan cometer regímenes árabes en materias como homosexualidad o feminismo, y otra muy diferente bendecir el hecho de que se bombardee de forma masiva a poblaciones civiles. Las palabras de Harwicz son vacías, porque apuntan a “los palestinos” y a Irán pero no a otros países árabes tan o más restrictivos con su población civil pero aliados de Israel y Estados Unidos. Además, rezuman islamofobia, pues generalizan en dos o tres parámetros nuevamente indemostrables el pensamiento de millones de personas musulmanas. El escritor y comentarista británico Owen Jones, quien es homosexual y declarado activista por los derechos LGTBI, viajó hace pocos meses a Cisjordania sin que nadie lo linchara y conversó con multitud de palestinos, incluidos palestinos homosexuales. Uno de ellos le decía lo siguiente: “Más allá de cuál sea la postura de las autoridades palestinas sobre la homosexualidad, si eso es lo que le preocupa a Occidente, de ningún modo ayuda que se nos arrojen bombas y se nos mate o mutile a nosotros, a nuestras familias y a nuestros vecinos.” Las caóticas situaciones en Afganistán, Irak, Siria, Libia y un largo etcétera, por otra parte, no pueden mencionarse así a la ligera sin explicar el papel protagónico que tuvieron Estados Unidos, Europa e Israel en generar dicha inestabilidad. Es evidente que el “abandono a las mujeres iraníes” no se resuelve echando abajo edificios de viviendas completos o masacrando en un instante a todas las niñas de una escuela con un misil. Y, por supuesto, el Estado de Israel, tal como está conformado hoy, y tal como lo afirman multitud de prestigiosos analistas judíos como Norman Finkelstein, Jeffrey Sachs, Omer Bartov o Gideon Levy, es en efecto un Estado de apartheid, supremacista y colonial.
En su opinión, al parecer, Israel fue atacado el 7 de octubre de 2023 como consecuencia del antisemitismo, sin más, sin que existiera ninguna situación de opresión previa contra la población palestinaPero lo que queda claro por sobre todo en la postura de Harwicz, más allá de su verborragia, es el vacío, el silencio, lo que no dice, aquello a lo que no se refiere. Porque en ninguna de sus entrevistas existe la menor mención a la violencia ejercida sobre Gaza ni a los asentamientos ilegales en Cisjordania. Eso directamente no existe para ella. En su opinión, al parecer, Israel fue atacado el 7 de octubre de 2023 como consecuencia del antisemitismo, sin más, sin que existiera ninguna situación de opresión previa contra la población palestina que pudiese, no justificar el ataque, pero al menos explicarlo. Y, a partir de entonces, en los tres años que han seguido, no ha ocurrido nada más digno de mención. Sólo un absurdo, visceral e injustificado recelo hacia Israel, que no ha hecho más que defenderse. Pero allí no ha pasado nada que haya que destacar. Ella misma lo afirma: el presunto “genocidio“ en Gaza es sólo un “caballo de Troya”, es decir un engaño. El mero hecho de referirse a Gaza es un “eufemismo”.
Israel ha asesinado a más de 70.000 personas, entre ellas más de 21.000 niños, sin contar la multitud de cadáveres que se encuentran todavía bajo los escombrosEl problema es que de ese eufemismo ha sido testigo todo el mundo. Se lo quiera denominar genocidio, limpieza étnica, matanzas masivas o lo que sea, Israel ha asesinado a más de 70.000 personas, entre ellas más de 21.000 niños, sin contar la multitud de cadáveres que se encuentran todavía bajo los escombros, ni a los heridos, mutilados y las muertes debidas a enfermedades que, destruidos o dañados casi todos los hospitales, no han podido ser debidamente tratadas. Sólo desde el presunto “alto el fuego” decretado el 10 de octubre de 2025, Israel asesinó en Gaza a más de 1400 personas. Las imágenes aéreas de la devastación de Gaza presentan un escenario de destrucción similar a los ocasionados por las bombas nucleares sobre Hiroshima y Nagasaki, un escenario incompatible con la vida. Y eso es lo que, según las declaraciones de varios dirigentes israelíes, era exactamente lo que se buscaba. Los métodos empleados para hacer realidad semejante horror han salido a la luz en el reciente documental “Naza”, donde bajo la condición del anonimato escuchamos las voces de los verdugos. Con respecto al antisemitismo, nada parece ser tan eficaz para volver a diseminarlo como el hecho de que el autodenominado Estado judío, que se arroga (falsamente) la representación de todos los judíos del globo, esté cometiendo desde hace tres años (pero también con anterioridad) crímenes contra la humanidad a plena luz del día. Casi dejando de lado la destrucción de Gaza a la que Macklemore hacía alusión con sus palabras, muchos medios se limitaron a criticarlo por filtrar un discurso político en medio de los inocuos conciertos de Ed Sheeran. Al encarar la supresión de Ariana Harwicz del festival de Granada, voces aisladas defendieron su exclusión, como Nuria Labari en su artículo para el periódico “El País” del 26 de septiembre, titulado precisamente “El genocidio en Gaza no es un debate de ideas”. Numerosos artistas apoyaron también la decisión del festival. Sin embargo, no deja de ser notable que otros tantos periodistas se colocaran del lado de la escritora, ignorando la cuestión fundamental de su posicionamiento ante el genocidio y aduciendo que era víctima de censura y que su cancelación atentaba contra la libertad de expresión. En abierta oposición a la opinión de Labari, otro artículo de “El País” aparecido el 27 de septiembre describía a la novelista como “la escritora incómoda que se niega a ser silenciada” y subrayaba que la misión de Harwicz “es transgredir”. En el mismo medio, un tercer artículo se refería incluso a Harwicz como una autora “tan incómoda, para algunos, como su obra” y se la defendía con estas líneas: “Lo ocurrido en Granada es el episodio más reciente de una trayectoria marcada por una defensa de la libertad de expresión y el rechazo a la censura, una postura que le ha granjeado tanto admiradores como detractores. En Francia, donde vive con sus hijos, según explica, está acostumbrada a mantener discusiones en torno a la literatura, el antisemitismo y la libertad de expresión”.
No deja de resultar curioso que a ninguno de los periodistas se le haya ocurrido confrontar a la novelista indagando sobre su opinión sobre el genocidio en Gaza“El Español”, por su parte, titulaba su artículo sobre la cuestión con una pregunta: “¿Por judía o por «negar el genocidio de Gaza»? Guerra de argumentos en el caso Ariana Harwicz”, como si el “antisemitismo” como causa de su cancelación pudiese tener algún tipo de credibilidad. No deja de resultar curioso que, durante las múltiples entrevistas que se le realizaron a Harwicz tras anunciarse su cancelación en Granada, a ninguno de los periodistas se le haya ocurrido confrontar a la novelista indagando sobre su opinión sobre el genocidio en Gaza. De lo publicado se desprende que se le ha permitido hablar sin más, como si su opinión fuera válida, apenas una más entre dos bandos enfrentados igualmente respetables. Así, se ha centrado el debate en la aparente censura y en la libertad de expresión. ¿Acaso Harwicz no tiene el mismo derecho de expresar su negación del genocidio que Macklemore de manifestarse a favor de Palestina? Si se critica la cancelación de Macklemore, ¿no es igualmente criticable la cancelación de Harwicz? Por supuesto que todo el mundo tiene derecho a expresar sus ideas, faltaría más. Pero hay una gran diferencia, y esa diferencia reside en la verdad. La verdad del genocidio en Gaza, registrado en infinidad de soportes visuales y que ya ninguna campaña de propaganda israelí será capaz de borrar de la memoria de la mayor parte de las poblaciones del globo. No, no es lo mismo denunciar un genocidio que negarlo, por mucho que al hacerlo se emplee el victimismo y se intenten invertir los tiros. No existe aquí una guerra con dos partes enfrentadas. De un lado está una de las naciones más militarizadas del planeta, con armamento nuclear y apoyada económicamente por Estados Unidos y Europa, y del otro un pueblo sin nación, sin ejército, sin derechos humanos, reprimido, discriminado y castigado desde hace más de siete décadas. Dos millones de personas malviviendo en Gaza sin posibilidad de escape, sin electricidad, sin agua potable, sin escuelas, sin hospitales. Y a ellas se suman más de cinco millones de palestinos sufriendo un apartheid, ataques y asesinatos constantes en Cisjordania y en el propio territorio israelí. Negarse siquiera a considerar la existencia de toda esta gente y centrar todo en su propia persona y en un presunto “antisemitismo” me parece a mí la auténtica cobardía, no aquella a la que se refería Harwicz. El propio Macklemore expresaba poco después de ser cancelado que él no era de ningún modo la víctima, puesto que él seguiría con su vida, con su familia, con su música. Que la víctima aquí es el pueblo palestino. Centrarlo todo, como hace Harwicz, en su propia identidad como judía y crearse una coraza mental según la cual cualquier cosa que no sea defender a Israel, sea lo que sea que haga Israel, constituye un ataque al judaísmo como cuerpo, equivale a construir un fanatismo no menos extremo que cualquier otro que se desee criticar. El líder del Partido Verde de Inglaterra y Gales, Zack Polanski, él mismo homosexual y judío, resumía muy bien la cuestión en una entrevista con Mehdi Hasan publicada en el medio digital “Zeteo” el 29 de septiembre de 2026. Allí, Polanski explicaba cómo tuvo que rebelarse contra su propia educación para enfrentar la realidad que le mostraban sus propios ojos: “Hacia 2017 o 2018, un grupo llamado Breaking the Silence se puso en contacto conmigo. Es un grupo de exsoldados de las Fuerzas de Defensa de Israel (IDF) que denuncian lo que hacían en nombre del Gobierno y del Estado de Israel. Mientras estaba allí sentado escuchándolos, sentí cómo a medida que hablaban me ponía a la defensiva. Pero, al mismo tiempo, tenía la sensación de saber que todo aquello era cierto, que todo aquello era coherente. Para entonces yo llevaba ya varios años involucrado en política y nunca antes había tenido una conversación semejante. Es más, si un periodista me preguntaba por Israel, mi respuesta sistemática era (y creo que era una respuesta legítima): «Soy judío, pero eso no significa necesariamente que tenga que responder preguntas sobre Israel». Y sigo pensando que es una respuesta legítima. Pero, al mismo tiempo, una vez que conoces la verdad, cuando has abierto los ojos ante ella, por el mismo hecho de ser judío, tienes la responsabilidad de enunciarla. Cuando, durante mi adolescencia, empecé a comprender el Holocausto y la historia del pueblo judío, tuve claro que «nunca más» significa nunca más. No sólo para un grupo de personas, sino para todos y cada uno de los pueblos.”
Si ciertas figuras públicas eligen mentir, no veo cuál es la ilegitimidad de que se proteste contra ellas o se las canceleMás allá de cuáles sean los intereses que defiendan y por qué, es evidente que gente como Jerry Seinfeld, Ariana Harwicz o el propio Ed Sheeran son lo suficientemente inteligentes y están lo suficientemente informados (a esta altura, en su posición, es imposible no estarlo) como para conocer la verdad. No decirla es una elección. Ocultar la verdad no es ser “incómodo” o “transgresor”. Y si ciertas figuras públicas eligen mentir, no veo cuál es la ilegitimidad de que se proteste contra ellas o se las cancele. No estamos hablando de sutiles diferencias ideológicas, de opiniones contrapuestas sobre economía. Ni siquiera acerca de temáticas complejas como el aborto. Nos enfrentamos, por el contrario, a un genocidio, a la aniquilación progresiva y premeditada de una población, de civiles inocentes, hombres, mujeres y niños, con el fin de expulsarlos de sus tierras y apoderarse de las mismas. Hablamos de la destrucción de una civilización mediante su continua matanza y deshumanización. Y en esto no hay dos bandos contrapuestos pero igualmente respetables. No hay un “Macklemore opina una cosa” pero “Harwicz opina otra”. Hay, por un lado, personas que defienden al oprimido, al más débil, y denuncian una realidad sangrante y evidente que lleva tres años perpetrándose ante la vista de todos. Y, por el otro, personas que, del mismo modo que algunos aún siguen negando el Holocausto nazi, debido a motivos o intereses personales diversos, o amparándose en la presunta fidelidad a un cuerpo racial o religioso, o a una causa ideológica, deciden de forma completamente infame cerrar los ojos y negarla.
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