A 40 años de “Efímero”: el ciclo en Paladium que cambió la estrella de Patricio Rey

Termina de sonar la “Obertura 1812” de Tchaikovsky y Los Redondos salen a escena. “Holita, holita, hola. Qué lindo, carajo”, larga el Indio. A la fanfarria inicial, Patricio Rey le responde con una propia: el show arranca de la mano de “Ya nadie va a escuchar tu remera”. Skay Beilinson, Semilla Bucciarelli, Tito Fargo, Willy Crook y el Piojo Ábalos avanzan a paso firme. La banda es un reloj. “Esto es efímero, ahora efímero. ¡Cómo corre el tiempo!”, transpira Solari. El público se mueve al ritmo de la canción, un himno de Oktubre, obra basal de la discografía ricotera. Aunque nadie sabía de qué se trataba: es mayo de 1986 y aún faltan cinco meses para la salida del nuevo álbum, sucesor de Gulp!.
La banda había observado que la escena de pubs porteños le estaba quedando chica y la apertura de una sala más grande como Paladium en el Bajo los tentaba a asumir nuevos riesgos. Hacen una primera prueba el 28 de diciembre de 1985 (el flyer hablaba de “Lo mejor del tercer mundo”) mientras la revista Pelo los consagraba al término del año como estandartes de la “explosión subterránea” junto a Sumo. El resultado fue alentador y entonces deciden guardarse casi seis meses para volver ya con dos funciones en el local de Reconquista y Paraguay. A ese ciclo de mayo del ’86 le ponen “Efímero” y lo piensan para anticipar no sólo las canciones del nuevo disco, sino también el arte gráfico del mismo a través de la escenografía montada por Rocambole y alumnos de la Facultad de Bellas Artes de La Plata.
Y, entonces, algo nuevo comienza a suceder: con esa doble función el lugar se llena con una convocatoria mayor a la que la banda estaba acostumbrada. Aparecen caras que no eran las usuales en La Esquina del Sol, el Stud Free Pub o el bar Látex, en el perímetro de Palermo y alrededores. El Indio ya lo advirtió en éste último lugar por finales del ’85: “Había salido Symns a hacer su monólogo. Y los pendejos, que estaban al palo, transpirados de rock and roll, no querían saber nada. Lo puteaban, le gritaban que se fuera. Esa noche entendimos que el público había cambiado sin darnos cuenta. Algo venía pasando, es verdad, y que tampoco terminó de cuajar entonces. Pero en Látex nos cayó la ficha”. Después de esa noche que Solari recordó en su libro Recuerdos que mienten un poco, la banda cierra el año en Luar Bar de Lomas de Zamora (la primera excursión formal de la banda al Conurbano) y luego el debut en Paladium. Para ese entonces Los Redondos ya mostraban futuras canciones de su segundo disco como “Música para pastillas”, «Preso en mi ciudad” y “Divina TV Führer”, además de otras que se quedaron afuera como “El regreso de Mao”, “Roxana Porchelana”, “Mi genio amor” y “Rodando”. Aunque en mayo ya tiran a la cancha casi todo lo que sería Oktubre: se estrenan “Canción para naufragios”, “Motor psico”, “Semen up” y “Jijiji”, que no se tocaba al final y tenía algunas modificaciones (arrancaba con la base del solo del pogo antes de cantar, Skay hace coros en el estribillo y el Indio habla de “bombas chiquititas”, no aún pequeñitas). De esos polvos, futuros lodos: sobreviven al paso de los soportes y las plataformas innumerables grabaciones de aquellos Redondos de los 80’. Las de Paladium son, probablemente, las más memorables. Las de octubre del 86’, por supuesto, cuando presentaron el disco. También las de diciembre de 1985, cuyos videos acaban de ser rescatados. Pero sobre todo las del ciclo “Efímero” de mayo, cuya versión remasterizada fue subida a Youtube seis días antes del fallecimiento del Indio. Ahí se observa una supernova a punto de explotar: la banda avanzando en un repertorio que se volvería canónico pero aún nadie conocía, dejando para siempre versiones en condiciones técnicas que no resultaban ideales. “A llorar mi amor”, se lo oye ironizar al Indio en la cinta de esas dos noches de otoño después de rezarle a “la plegaria contra el 220 que hace ruido”. Los desperfectos confunden al Piojo Ábalos, quien inicia la base de “La bestia pop” cuando todos los demás estaban prestos para “Preso en mi ciudad”. En otro momento invitan a Claudio Cornelio (“Esta noche se suma un redondo más, un redondo circunstancial que nos va a dar una mano”, presenta Solari) pero las percusiones no se escuchan. Se ríen del sonidista y le echan la culpa de los desajustes “a la humedad” de aquel mayo en el bajo porteño. Pero el Indio ya era un toro en el escenario: “Vamos a mover el patio un ratito”, agita Solari a la gente antes de “Divina TV Führer” y levanta a la tribuna a pesar de los problemas de sonido que se suceden luego con un parche roto de batería o inconvenientes en la guitarra de Skay. En una crónica escrita para la revista Pelo, Diego Curubeto afirmó que “Los shows en Paladium demostraron que son realmente populares: más de mil personas por noche disfrutaron con su esperado show”. Además señala que “Patricio Rey & Co. parecen haber decidido alejarse de los soportes extramusicales que los caracterizaba anteriormente”. En ese sentido, “Los Redondos probaron que se la bancan exclusiva y únicamente con su música. Y el público bailó frenéticamente todo el tiempo, incluso aceptando los nuevos temas como si les fueran conocidos”.

De la nada a la gloria

Para El Soldado, que en ese entonces reportaba como plomo de la banda, “los eventos empezaron a ser más grandes y el público insinuaba otro perfil, la banda ya no le pertenecía únicamente a los intelectuales que los iban a ver a los pubs. En ese momento yo no lo percibía ni lo asimilaba, era un pibe laburando para ellos. Pero Paladium fue, probablemente, un punto de quiebre”. El bajista Semilla Bucciarelli, por su parte, aporta: “Tocamos Oktubre antes de sacarlo. Y la gente, naturalmente, no sabía las letras. Por lo general, en los shows de Los Redondos la gente iba a participar, a moverse pero también a cantar. Pero cada vez que tocábamos, iba más gente. Me sorprendía muchísimo y todavía hoy sigo sin poder explicar cuál es la magia que provoca eso. Probablemente lo sepa mejor la gente que se apropiaba de eso, que nosotros mismos”. “La primera etapa de la banda, transcurrida en La Plata, consistió más bien en un grupo de amigos, de performers, la épica de las bailarinas, los payasos, los marajás que repartían redonditos, y toda clase de episodios alrededor de algo que era más o menos musical, aunque lo musical estaba ahí atrás, casi que música incidental para toda la cosa que pasaba arriba del escenario”, desarrolla Rocambole. “Esa fue la etapa platense: seguidores contados con los dedos de la mano, gente que a la vez participaba del escenario muchas veces. Un grupo chico que no excedería las 50 personas”.
“Cuando el núcleo musical decide migrar a Buenos Aires, empiezan a seguirlos gente un poco de la elite intelectual de la ciudad, gente de las agencias de publicidad de Bajo, gente de los pubs. Y otros músicos también. En ese momento tampoco serían tantas personas porque las presentaciones se hacían en lugares más pequeños”, continúa explicando el artista plástico. “Pero en un momento, ya con el primer disco encima y la posibilidad de grabar un segundo con mayor ambición, a la Negra Poli se le ocurre que había que alquilar un lugar más espacioso, que había que tender a algo más”, profundiza el Mono Cohen. “Entonces alquila ese gran galpón que había en el Bajo, Paladium. Un lugar donde antes más bien se hacían reuniones vinculadas a bailes de cumbia, antes era un bailongo. La apuesta era grande, podía salir mal si no iba gente”. “Ahí fue donde se presentó Oktubre. Aunque ya habían tocado ahí meses antes, primero en diciembre y luego en dos shows a los que llamaron ‘Efímero’. En ese entonces el disco apenas se estaba grabando y la escenografía era un antecedente de la tapa. Era una multitud con banderas. Después se hizo la presentación oficial. Pero en ese lapso empezó a verificarse el hecho de que llegaba gente que uno no conocía habitualmente de los recitales. Y así, cada vez más”. “En efecto, había mucha más gente que en los pubs, donde se tocaba habitualmente. Y para la presentación de Oktubre ya era mirar desde los camarines como entraba la gente y decir: ‘Che, ¿qué está pasando? ¿quiénes son estos? ¿de dónde vienen?’. El aluvión zoológico, jaja”, ironiza Rocambole, quien sostiene que a partir de “Efímero” comenzó a mutar la base social que constituía el público de Los Redondos. Un cambio para siempre en la estrella de Patricio Rey, quien a partir de entonces abandona la escena de pubs como único standard y comienza a ampliar sus horizontes de convocatoria y representatividad emocional.

Fuente: Enlace original

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *