Boogie Nights o el sueño americano con los pantalones bajados

Paul Thomas Anderson tenía veintisiete años cuando rodó esta película. La revisé esta semana (más precisamente anoche) y me encontró donde siempre me encuentra el cine verdadero; me encontró con la guardia baja. Jack Horner —el magnate del porno que Burt Reynolds interpreta en la cima de su vida— organiza su pequeño reino con la lógica de quien confunde el deseo ajeno con el arte propio y la explotación con la paternidad. Es una figura que el cine ha retratado mil veces con admiración. En este caso, Anderson la retrata con algo un poco más incómodo: La comprensión. Y eso es más dañino para el espectador que la condena. Dirk Diggler entra al mundo del cine adulto como entra cualquier chico pobre al capitalismo, y lo hace convencido de que su cuerpo es suficiente. Que lo que tiene —talento, físico, disponibilidad— bastará para que el sistema lo quiera y lo cuide. La promesa que el sistema lleva siglos vendiendo y que lleva siglos incumpliendo. Aquí aparece la gran crítica al American Dream. El ascenso de Dirk es vertiginoso, como debe serlo en cualquier parábola americana que se precie. La caída también, pero con muchísima sensibilidad y dolor. Lo que Anderson no hace —y aquí está su grandeza— es mirar desde arriba. La cámara no juzga a Amber, la actriz que ha cedido la custodia de su hijo para tener relaciones sexuales frente a una cámara. No la redime ni la condena. La acompaña, la observa en toda su demolición, en toda su tristeza. Y en ese acompañamiento hay una ética que muchas películas que intentan visibilizar la violencia de género, paradójicamente, algunas, no todas, no han podido alcanzar. No convertir a las mujeres en símbolos antes que en personas. Amber Waves es una madre. Es una adicta. Es alguien que encontró en ese set de rodaje dentro de otro rodaje, un calor que la vida le había arrebatado. Y esa mujer es Julianne Moore, que la interpreta con una dignidad que parte el corazón, dignidad que, cuando se ejerce en condiciones de indignidad estructural, tiene ese efecto apabullante. Está magnífica, toda verdad. Sus gestos, su mirada a cámara, el desdoblamiento de estar en dos rodajes a la vez, el de la ficción dentro de la ficción. Boogie Nights es, entre otras cosas, una película sobre la violencia machista sin llamarla así, quizá esa sea una gran pega vista en el 2026, quizá porque era el año 1997 cuando se rodó y 1977 hasta 1984 en la línea cronológica de la película. Pero la llama capitalismo, hedonismo, años setenta, la explosión de las drogas con una música deliciosa. Lo que muestra con maestría Boogie nights es el mecanismo de siempre: hombres que controlan los cuerpos de las mujeres a través del dinero, del deseo o de la cámara. Rollergirl (qué gran personaje, duele tanto que…) nunca se quita los patines porque los patines son lo único que eligió, quizá lo único verdadero en su vida, en su colegio, en su acoso machista permanente y recibido por un alumno del instituto, la limousine… Todo lo demás le fue dado, propuesto, impuesto con la amabilidad de quien no necesita levantar la voz para ejercer el poder. Y luego está Scotty J. que Philip Seymour Hoffman lo interpreta con una torpeza que duele hasta las lágrimas. Un operador de sonido, homosexual no declarado, enamorado en silencio de Dirk DigglerMark Wahlberg— con esa intensidad sorda de quien sabe que no va a ser correspondido, pero no puede evitarlo. La escena en que intenta besarle y Dirk lo rechaza con brutalidad es uno de los momentos más devastadores de la película. Scotty se queda solo en el coche repitiendo que es un idiota. No lo es. Es alguien a quien el deseo le salió en una dirección que ese mundo, tan aparentemente liberal, tan supuestamente sin tabúes, tampoco sabe dónde poner. Que el único set donde todo vale resulte ser también el lugar donde un hombre no puede amar a otro sin que le cueste la humillación: Anderson lo deja ahí, sin énfasis, sin moraleja. Como si fuera normal. Como si fuera inevitable. Como si fuera la vida. La escena final —Dirk ante el espejo, contemplando su propio mito— ha sido leída como triunfo, como redención, como regreso. Yo la veo como tragedia. La de alguien que solo puede relacionarse consigo mismo a través de lo que otros han querido ver en él. Es la lógica de las redes sociales antes de las redes sociales. Es la lógica del porno antes de que el porno se llamara contenido o simplemente violencia machista. Es la lógica de un sistema que te dice que eres libre mientras decide el precio de tu libertad a toda pastilla. Y cuando ese calor se apaga, lo que queda es la noche, las luces de neón, y alguien mirándose al espejo preguntándose qué fue de su vida. Queda el abismo:
Boogie Nights está disponible en Filmin y HBO Max

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