Carlos Alonso, el artista mendocino que pintó aquello que no debía olvidarse
Carlos Alonso murió este lunes 21 de septiembre, en su casa de Unquillo, Córdoba. Con él se va uno de los grandes artistas argentinos del siglo XX y, para Mendoza, uno de sus nombres fundamentales. Había nacido en Tunuyán, Mendoza, en 1929. Desde muy joven encontró en el dibujo y la pintura una forma de mirar el mundo. A los catorce años ingresó a la Academia Nacional de Bellas Artes de la Universidad Nacional de Cuyo, donde se formó con artistas como Sergio Sergi, Lorenzo Domínguez, Francisco Bernareggi y Ramón Gómez Cornet. Más tarde continuaría su formación junto a Lino Enea Spilimbergo. Pero Alonso no entendía el arte como un territorio separado de la realidad. Su obra fue incorporando las marcas de una sociedad atravesada por desigualdades, conflictos y violencia. Pintó trabajadores, cuerpos, animales, multitudes, escenas de poder. Pintó también aquello que muchas veces resulta incómodo mirar. No fue solamente un artista comprometido con su tiempo: hizo de esa relación con la realidad una parte central de su lenguaje.
Pintar la historia
Durante las décadas del sesenta y setenta, su obra adquirió una dimensión cada vez más política. Alonso retomó la tradición de los grandes maestros de la pintura para hablar de su presente. La anatomía, los cuerpos, la carne y los animales aparecieron en sus obras como imágenes cargadas de violencia y poder. En 1976, poco después del golpe de Estado, presentó «El ganado y lo perdido». La exposición tuvo que desalojarse. Por esos años trabajaba también en “Manos anónimas”, una serie en la que abordaba de manera directa la violencia política y que se convertiría en una de las obras fundamentales de su trayectoria. La dictadura no quedó solamente en sus cuadros. En 1977, su hija Paloma fue secuestrada y desaparecida. Carlos Alonso debió exiliarse y pasó varios años entre Italia y España. La ausencia de su hija, el exilio y la experiencia de la violencia política atravesaron profundamente su obra. Cuando regresó al país, a comienzos de los años ochenta, se instaló en Unquillo. Continuó trabajando durante décadas, construyendo una producción en la que memoria y presente permanecieron siempre vinculados. También fue un extraordinario ilustrador. Trabajó sobre textos como “Martín Fierro”, “El Quijote”, “El matadero” y “La Divina Comedia”. En sus ilustraciones, como en sus pinturas, no se limitaba a acompañar una historia: la volvía a mirar desde su propio tiempo. La muerte de Alonso tiene para Mendoza un significado particular. Formó parte de una generación de artistas que llevó la producción de la provincia más allá de sus fronteras. Su vínculo con Mendoza también permanece en el Museo Carlos Alonso, instalado desde 2018 en la Casa Stoppel de la Ciudad de Mendoza. El espacio permite acercarse a su producción y mantener vivo el vínculo entre el artista y la provincia donde comenzó su recorrido. Pero quizás el legado de Alonso no esté solamente en las instituciones que llevan su nombre ni en las obras que forman parte de colecciones y museos. Está también en una manera de entender el arte. En una época en la que tantas veces se intenta separar el arte de los conflictos sociales, Alonso sostuvo durante toda su trayectoria que mirar también podía ser una forma de tomar posición. Su pintura no buscó ofrecer respuestas tranquilizadoras, puso delante de nuestros ojos aquello que dolía, aquello que incomodaba, aquello que podía ser borrado. Por eso su obra sigue teniendo algo de presente. Porque hay artistas que representan una época y hay otros que consiguen algo más difícil: hacer que una época siga hablando a través de ellos. Carlos Alonso pertenece a esos artistas. Su pintura queda como memoria. Como pregunta. Como una manera de no aceptar que aquello que ocurrió pueda simplemente olvidarse.Fuente: Enlace original
