Elegía para el dios de los rotos, Carlos Alberto Indio Solari

Una piba rota sobre el bordillo de la acera gris dice: “El dios de los rotos”. La lluvia la rompía. Sin golpe, sin la violencia declarada de lo que quiere destruir, con la paciencia de lo que sabe que tiene todo el tiempo del mundo porque el tiempo del mundo siempre fue suyo. La rompía despacio, la rompía desde arriba, desde esa altura impersonal donde no hay culpables ni responsables sino solo el agua cayendo sobre los que estaban debajo, que eran siempre esa piba, los mismos de siempre, que eran los que no habían podido construir techo suficiente, que eran siempre los que el país había decidido dejar a la intemperie con la elegante crueldad de los que llaman orden a su propio beneficio. Y entonces vino él. Y vino con una voz que era el reverso exacto de esa lluvia, y también caía desde arriba, también caía sobre los rotos, sobre esa piba, esa mujer. Y también los empapaba hasta el hueso y los suburbios del alma. Pero esta lluvia ardía, traía una llama infatigable entre sus sombras. Esta lluvia tenía nombre y el nombre era una navaja y la navaja cortaba lo que había que cortar, la resignación, el silencio aprendido, esa costra de indiferencia que el pueblo y su pobreza construyen sobre sí mismo para no morir de saber lo que sabe. El Indio Solari llegó por los rotos, por esa piba que llora sobre la acera gris y se parece a su sombra. No por los que se rompen y se reparan y siguen. Por los que se quedan rotos. Por los que aprendieron a vivir en la rotura y en la fosa. Como se vive en una casa sin una pared, con el viento adentro siempre, con el frío adentro siempre, con la certeza de que ese viento y ese frío son la verdad y no la excepción. La piba que lo dijo tenía razón. No se podía decir mejor. El dios de los rotos. Y la acera gris, y el cordón de la calle atándose a esa piba. Esa piba y el pueblo tiene una temperatura que muchos desconocen. Y es una temperatura baja, de sótano, de turno de noche, de espera en el hospital público a las cuatro de la mañana, de facultad tomada por la sintaxis de los carteles y proclamas, de vuelta usted mañana, de cabeza gacha. Los que nacieron en esa temperatura la llevan en el cuerpo como una segunda sangre, más lenta, más oscura, más honesta. El Indio cantaba desde esa temperatura, yo lo aprendí más tarde, cerca de los 28 ó 29 años, y ya peino mis 50… El Indio cantaba desde el frío verdadero, desde la rotura de una piba que llora en una acera gris. El Indio desafinaba con el frío decorativo de los que se abrigan por estética. El Indio cantaba desde el gran frío de los fríos, el frío que deja marca, el frío que enseña, el frío que es la única universidad a la que el pueblo ha tenido acceso irrestricto durante toda su historia. Y el pueblo lo entendía. Lo entendía con el cuerpo antes de entenderlo con la cabeza, que es la única manera de entender lo que importa. Lo entendía en el estómago, en la garganta, en las manos que se apretaban solas cuando la canción llegaba al lugar exacto donde vivía la rabia, esa rabia que es el amor del pobre cuando no puede permitirse otra forma del amor, cuando el amor blando y tranquilo es un lujo que la historia le ha negado. Ahora lo entiendo todo. “Sabemos donde tenemos el dolor”. Y hubo mil y una noches. Noches en que el campo era una herida abierta bajo el cielo, el cielo abierto de un navajazo desangrándose eternamente. Diez mil, veinte mil, cien mil cuerpos rotos reunidos en el barro, reunidos por la fe de los que no tienen iglesia pero tienen algo más antiguo que la iglesia, algo que no necesita nombre pero que se reconoce, que se reconoce desde el primer acorde, el acorde de la tristeza, de la militancia con la melancolía, de los que tuvimos una historia feliz y no pudimos entenderlo antes, de esos acordes que se reconocen en el temblor de la mandíbula del desconocido que llora al lado y al que uno no va a ver jamás pero con quien comparte algo que no cabe en ningún vínculo de los que tienen nombre. Una piba, una acera gris, la calle: El dios de los rotos. Y llora, esa mujer, esa piba. Y hay un llanto que no viene de sus ojos. Viene de más abajo, de un lugar que los médicos han decidido descatalogar pero que sangra igual, que se infecta igual, que necesita igual la mano que lo limpie. El pueblo conoce ese llanto. Lo lleva desde hace tanto que desconoce cuándo empezó, ya no distingue si el dolor es propio o heredado, si la herida la hizo esta vida o la anterior, o si no lo soñó, o si lo soñé. Y yo no sé muy bien si lo que duele es el presente o el peso de todos los presentes que vinieron antes. El Indio le cantó a ese llanto, a esta lluvia, a esa piba, a esa acera gris, a esta calle. Le cantó desde adentro como le canta alguien que también ha sangrado por ahí, que también guarda en el cuerpo la cicatriz de haber sabido demasiado pronto cómo funciona el mundo. Él lo supo. Pero la grandeza del Indio no era la grandeza de los que miran desde afuera y se compadecen. Era la grandeza de los que miran desde adentro y se indignan. La diferencia es todo. La compasión es vertical, cae de arriba hacia abajo como la lluvia que rompe y deja a la intemperie al dios de los rotos. La indignación es horizontal, viaja entre iguales, quema de costado, llega al lugar donde vive la dignidad y la enciende, aunque parezca que moje. La lluvia, la madre de toda la horizontalidad. El indio, el dios de los rotos y de todas las lluvias. Él lo supo. La dignidad del pueblo es la cosa más difícil de destruir que existe. La han intentado con el hambre y con el miedo y con la vergüenza, con la educación que enseña a avergonzarse de lo propio, con los espejos que devuelven una imagen que no se parece a los que mandan. Y sin embargo ahí está. Debajo del barro, debajo de la rotura, de la herida, debajo de todo lo que la historia acumuló encima para aplastarla. Ahí está, irreductible, en los escombros, con las manos sucias y la cabecita negra, y la cabeza en alto, con el poncho mojado, con la bandera empapada y la voz todavía. El Indio sabía dónde vivía esa dignidad. Yo leí en la tempestad mil veces ese verso. La banda de Aldo Bonzi: “Sabemos dónde tenemos el dolor”. Lo conocía de memoria. Lo cantaba de memoria, tenía su composición, su sintaxis, su réquiem. Y cuando lo cantaba, el pueblo lo reconocía, y ese reconocimiento era el único espejo que no mentía. El frío, la lluvia y esa piba tienen una filosofía que ningún libro ha sabido escribir del todo. Dice que todo lo que sobra cae. Dice que lo que queda cuando ya no queda nada es lo único verdadero. Dice que el hombre sin abrigo es el hombre sin mentira. Los que han tenido frío de verdad saben que esa filosofía es cierta, que el frío es una forma de la revelación, que en el frío el mundo se ve con una claridad brutal, sin los adornos que el calor permite, sin las ilusiones que la comodidad fabrica para hacer tolerable lo intolerable. El Indio era ese frío, esa lluvia, este temporal en los ojos de esa piba. El Indio era la revelación sin adorno. Era la voz que decía lo que la voz tiene prohibido decir en los lugares donde se toman las decisiones, en los estudios de televisión, en los despachos, en los comedores de los colegios privados donde se forma a la clase que luego administra el hambre ajena con gesto de preocupación. Decía que el pueblo existe. Decía que el pueblo siente. Decía que el pueblo sabe, y lo que sabe es más antiguo y más verdadero que todo lo que le han enseñado a saber los que llegaron después a explicarle su propia vida. En el dios de los rotos había una voz, vos, piba. Y en su voz había una rabia que no pedía permiso. Una rabia que no se justificaba, que no argumentaba, que no presentaba pruebas; porque las pruebas eran todos los cuerpos en el campo, eran las ojeras y las zapatillas gastadas y los kilómetros recorridos y el hambre de los que vinieron sin comer para no gastar en el camino. Las pruebas eran el pueblo mismo. Y el Indio lo señalaba y decía acá. La verdad es acá. No en los papeles. No en las estadísticas. Acá, en este cuerpo que tiembla, en el temblor de cielo, en este llanto que no tiene palabras, en esta rabia que es amor y es justicia y es lo único que nadie ha podido terminar de quitarles. La negra Porrini quiso bajar a dios para que un Arroyo Seco y yermo temblara, para que un Arroyo Seco corra como un río caudaloso y transparente. Para que su gente caminara sobre el río con sus tablas de multiplicar el milagro de los panes y los peces. Yo me acuerdo negra Porrini, Pelín, Flaca -perdón por no haberlo visto como ustes, antes-, el pibe de los astilleros, me fui a Madrid donde parece que soy feliz -Flaca-,la piba que llora sobre la acera gris. La negra Poly. Aprender al Indio lleva tiempo. Como aprender cualquier verdad que importa, como aprender el frío, como aprender a coser con los hilos de la lluvia o aprender el duelo o aprender que hay cosas que no van a resolverse y que sin embargo hay que seguir. El quincho, la pileta, un pibe que hace un asado en un club. Talleres para aprender a llorar la infancia feliz y la pérdida. Al principio uno escucha otras músicas, músicas más amables, más diseñadas, músicas que cuidan al oyente de sí mismo y de lo inevitable. Después la vida te va enseñando lo que la vida enseña, que es siempre lo mismo con distintas caras, que es siempre la misma intemperie con distinto viento, que la sudestada se quedó ondeando entre banderas rojas, banderas negras… Y entonces la voz del Indio entra de otra manera. Entra como entra la verdad cuando uno ya ha dejado de tenerle miedo a la verdad, de golpe, entera, sin pedir permiso, como las corrientes subterráneas de la sangre, instalándose en el lugar exacto donde hacía falta. Porque el Indio jamás ha sido la música de la juventud. O sí, o todo junto. Yo soy nada y nadie para saberlo. Es música de la madurez, -de mis casi 30 años por entonces- que es el tiempo en que uno empieza a entender cuánto se le ha roto en la vida, en la muerte, y cuánto vale lo que sobrevivió a la rotura, a la fosa, al Arroyo Seco, al río que sigue siendo marrón y no transparente, pero bello en la esperanza seguir naciendo todavía. Ahora el Indio es música de los cincuenta años, de los cuarenta, de la edad en que ya no alcanza con las canciones que te dicen que todo va a estar bien. Es música de los que necesitan que alguien les diga la verdad, aunque la verdad duela en un costado que apenas existe, pero que jamás se irá, aunque la verdad sea que el mundo no va a cambiar de la manera que uno esperaba, aunque la verdad sea que el pueblo lleva demasiado tiempo esperando lo que el pueblo merece y el pueblo merece todo. Y también es la música de los nacimientos, de nacer otra vez todavía en la rebeldía, en la juventud. En la adolescencia. “Esos pibes no tienen la culpa” decía el Indio en Olavarría. Yo me acuerdo de eso. Yo lo vi en directo, pero a quién le importa. Y en esta madurez que es también una forma de la rotura, la voz del Indio se vuelve la voz más necesaria. La voz que siempre será consuelo y compañera. La voz que no mira al costado -pero el costado sigue estando- y dice el tamaño exacto de la herida, otra vez la fosa, el pozo luminoso y eterno que mide con exactitud y dice que sí, y que es tan grande como creés. Y agrega que aun así. Y agrega que sin embargo. Y agrega que todavía. Y agrega que nacer se parece a veces a una lluvia, a esa piba, a esta sudestada infinita. Ahora el Indio se ha ido al silencio que él mismo eligió, que es la única clase de silencio que merece respeto, el silencio voluntario, el del que dio todo lo que tenía para dar y se retiró con la dignidad intacta, sin el espectáculo del declive, sin la indignidad del que sigue cuando ya no queda nada que decir. Con lo que cuesta armar un full. Se fue entero. Se llevó la voz entera y rota como Cohen. Y ese silencio suyo es tan elocuente como la voz lo fue, porque dice exactamente lo mismo que la voz, y dice que hay un momento en que hay que saber retirarse, y que hay un momento en que la presencia se convierte en ausencia y la ausencia en herencia. La herencia es esta. Es el pueblo que sigue. Es la lluvia que sigue cayendo sobre los rotos que siguen estando ahí, debajo de todo, con esa piba, en esa calle gris, con la temperatura baja y la dignidad intacta y la rabia en punto, que es amor cuando no queda otra forma. Es las canciones que viven en los cuerpos como huéspedes que llegaron a quedarse, que ya no piden permiso para sonar en el momento menos esperado, en el colectivo, en la cocina, en el silencio de los días en que el mundo parece demasiado pesado para seguir sosteniéndolo. Es el que tiene cincuenta años y escucha al Indio y entiende lo que a los veinte no pudo entender, que esta música nunca fue entretenimiento. Fue otra cosa. Fue un mapa. Fue el único mapa que señalaba el territorio real, el que ningún otro cartógrafo de diseño quiso dibujar. Porque dibujar ese territorio implica reconocer que existe, que el pueblo existe, que la rotura existe, que el frío de los de abajo es un dato político y no una fatalidad natural y no una culpa propia sino una decisión ajena, una decisión que se toma arriba y se padece abajo, y que esa decisión tiene nombre, aunque los que la toman prefieran que no lo tenga. El dios de los rotos. Lo dijo una piba sentada en el cordón de la calle y con los cordones desatados del ser, ser ahí. El Indio Solari, El Indio. Patricio Rey de los rotos, dios de los desarmados. El juguete perdido en mi historia. Yo tomé un bondi a Finisterre, yo sé dónde está. El Indio. El único que bajó hasta donde viven los rotos y no subió más. El que se quedó a esa altura, a la altura de los que el mundo prefiere no ver, y desde ahí cantó hacia arriba, hacia el cielo que también les debe algo a los rotos, hacia la historia que les debe todo. No prometió la salvación. Prometió la verdad y la cumplió con la puntualidad de los que solo tienen una cosa que ofrecer y la ofrecen entera. La lluvia los rompía y él los nombraba rotos y desarmándose. Y en ese nombre había una dignidad que ninguna otra palabra les había dado. No los llamó víctimas. No los llamó pobres. No los llamó marginales ni excluidos ni vulnerables con el vocabulario aséptico de los que estudian la miseria sin haberla olido. Los llamó los suyos. Los llamó con su voz y sus poemas y su presencia en los campos donde la lluvia no paraba. Y ese llamado era un contrato. Un contrato sin papel, sin abogados, sin letra chica. Un contrato de vendaval que decía que yo estoy acá. Ustedes están acá. El resto no importa. Que la lluvia que los rompió también lo reciba. Que el frío en que vivieron también lo abrigue. Que los muertos que llegaron antes y esperaron toda la noche y no alcanzaron a ver el amanecer lo estén esperando con la canción en la boca, con el barro en los pies, con esa sonrisa que tienen los rotos cuando algo finalmente resulta cierto. Hay una canción que usó la cabeza como un revólver y al Indio le gustaba esa canción porque sabía que la cabeza del pueblo, cuando dispara, no yerra. Barro tal vez. Que duerma el dios de los rotos. Que duerma sabiendo que la rotura que él nombró sigue viva y que los rotos también, y que eso, que los rotos sigan, es la única victoria que el pueblo ha podido llamar propia sin que nadie se la quite. Hay una piba, una calle rota de gris, rota de llanto y armándose de belleza. Indio, voy llegando, no me cagues a pedo. El último bondi a Finisterre pasa de vez en cuando y uno aprende a esperarlo sin apuro, con los pies en el barro y los ojos en el cielo que te debe algo. Yo estoy. Estoy como se está cuando ya no queda mentira, cuando el frío me enseñó todo lo que tenía que enseñar y lo que queda es esto, nada más que esto: la canción, el pueblo, la rotura, y el nombre que le diste a todo. Estoy en la parada, con el frío de siempre, con la rabia de siempre, con ese amor que no sabe decirse de otra manera. Voy llegando. Guárdame un lugar en el barro. ———————————————————————————————————————————————————————– Para el Indio Solari. Para el pueblo que la lluvia no pudo terminar de romper. Para los que aprendieron tarde y mejor.

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