Her, y la soledad tecnológica

Al leer Empire of AI, libro de la periodista Karen Hao sobre la industria de Inteligencia Artificial, resulta evidente (y alarmante) que muchas de las creencias y justificaciones de los empresarios detrás de esta tecnología están completamente situadas en la ciencia ficción. En palabras de Elon Musk, Open AI (los de ChatGPT) fue creado para detener la inevitable creación de otra IA: infinitamente malvada y capaz de destruir el mundo. Esa premisa, (además de meritoria para una revisión psiquiátrica, si realmente te la crees), está tan anclada al mundo de la ciencia ficción, que parece cliché: la IA del mal estaba, mucho antes de que todos estos “genios de la tecnología” nacieran, en Terminator 2.
La ciencia a veces se emborracha de la ficción, y tiene particular gusto por la uva distópica. Pero no toda la ciencia ficción (ni la tecnología) es así
¿La borrosa línea de capacidad y conciencia entre un ser humano y una máquina? Blade Runner. Y en unas décadas, cuando la industria de viaje en el tiempo sea la gran novedad, muchos de sus “visionarios” estarán citando Volver al Futuro. La ciencia a veces se emborracha de la ficción, y tiene particular gusto por la uva distópica. Pero no toda la ciencia ficción (ni la tecnología) es así, al menos no en su primera impresión. En (el ahora distante) 2013, la película Her se introdujo al mundo como una comedia romántica con la variable de que el protagonista, en vez de enamorarse de una persona “real”, termina abobado por el sistema operativo de su teléfono, a quien solo podemos identificar como una voz femenina: a veces chistosa, a veces dulce, a veces pasional, y siempre con una perturbadora omnipresencia.
¿Por qué relegar nuestras emociones hacia alguien o algo más, diluyendo su intención?
En 2013, Open AI todavía no existía, y la gran novedad en “inteligencia artificial” a nivel de consumo masivo era Siri: una voz disponible en iPhones que, al ser invocada con preguntas, te devolvía datos provenientes de toda la web. También podía dejar recordatorios y hacer chistes, ¿pero enamorarse? Tecnológicamente limitado, y humanamente cuestionable. No es el caso ahora: Siri sigue bastante limitada, pero las demás IAs si han ligado, y en algunos casos, su efecto es suficiente para reemplazar el contacto humano. Entonces, ¿Her es una de esas extraordinarias situaciones donde la ficción se convierte en una realidad exacta? Depende, como suele ser el caso con la mejor ficción, de cómo sea vista. Her es innovadora por su premisa, pero también (sin entrar en spoilers) por lo que hace con ella. Antes de ver cómo se enamora de “alguien” artificial, descubrimos que el protagonista de esta historia ya pertenece a un artificio profesional: dedicándose a escribir cartas de amor que imitan la voz e intenciones de alguien más hacia su ser querido. Por un lado esto resulta distópico: ¿por qué relegar nuestras emociones hacia alguien o algo más, diluyendo su intención? ¿No sería mejor ir al cumpleaños de un ser querido, en vez de dejar una felicitación vía Facebook? Quizás lo sea, pero eso no evita que la segunda práctica, junto a otras expresiones literalmente virtuales de sentimientos que vienen desde, para, y entre seres humanos, se haya transformado en un creciente estándar, ahora con una reciente capa de inteligencia artificial.
La ciencia ficción puede informarnos sobre el futuro que tememos, pero también sobre el que no necesitamos
Desde ese ángulo, Her es una predicción exacta de nuestra actualidad, pero sólo corresponde a una mitad de la película. Entre la imitación profesional de sentimientos y su relación con una inteligencia artificial, el protagonista pasa por muchos momentos de soledad, que precisamente llena con su relación virtual. Y aunque muchas comedias románticas también inician con alguien cuya soledad se disipa al encontrarse con otra persona, Her pondera esta soledad durante todo el transcurso de su historia, y sugiere que la intervención tecnológica, aunque resulte práctica y conveniente y entretenida, no es absoluta. Su lección más profunda, para horror de todo el modelo de negocios de Silicon Valley, es que a veces la tecnología no soluciona un problema humano, ni tiene por qué hacerlo. La ciencia ficción puede informarnos sobre el futuro que tememos, pero también sobre el que no necesitamos. La IA de Her ya es real, y la soledad que intenta llenar, también. Pero esta no tiene porque resolverse con tecnología, si siempre se pudo, y todavía se puede resolver, con personas.

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