Julián Ibarrolaza, el poeta del punk que se reinventó para volver al escenario

Después de un largo recorrido con Embajada Boliviana y también como solista, a Julián Ibarrolaza le ocurrió hace unos quince años algo que no estaba en ningún pronóstico y que lo obligó a modificar drásticamente toda la vida artística que hasta ese entonces había construido: un problema auditivo que le impidió de ahí y para siempre exponerse a los altos volúmenes. El punk con sus estridencias y distorsiones pasaba entonces a formar parte de un inventario caduco, elementos de los que ya no podría disponer. La carrera del cantante, entonces, adquiría un rumbo que no era el frecuente. “Estudié conservatorio porque vengo de una familia de músicos y también me crié en los dos tonos porque cuando apareció el punk me cambió la vida. Sin embargo, a partir de ese problema tuve que incursionar en otros estilos con menor carga sonora. Así descubrí mi costado acústico”, cuenta Julián desde algún lugar del partido de La Plata que todavía sigue habitando. “Tuve que alejarme de los escenarios, aunque no de la música: siempre fui un aficionado de las grabaciones, tengo un micrófono, una placa y un multipista, que es lo que hoy tenemos casi todos los músicos. Después, por supuesto, también grabo en estudios de amigos. Y no me gustan los singles, tal como está de moda, sino los discos completos. En ese sentido soy de la vieja escuela, aunque significa un trabajo enorme. Por ese motivo, cuando uno lo termina, se alivia. Y se festeja: le da sentido a la vida que queremos llevar”, asegura Ibarrolaza. “No tardé mucho en empezar con mi carrera solista y acústica porque siempre me gustó la música, es lo que me da cosquillas en el estómago: tener otra vida dentro de nuestra vida. Lo tomo como una filosofía de vida porque el rock me mantiene enamorado”, revela Juli. “Cuando me saludan por la calle me cuesta asumir que es por la música que hice: siempre creo que en realidad me conocen por haber jugado algún fulbito o compartido una cerveza en una esquina. Nunca fui un músico profesional y comercial que pudo vivir del arte, entonces quedé en una especie de limbo, esa callecita que nunca se pudo cruzar”. “Hubiese estado buenísimo vivir de esto, poder llevar el pan a tu casa con tus canciones. Pero las cosas se dieron así y lo que nos pasó estuvo buenísimo. A los 15 años me armé una banda para que mi vida no tuviera sentido… y pasó exactamente lo contrario. La música me terminó dando una identidad y muchos afectos. Finalmente pienso que estuvo bueno que fuera así porque tiene la riqueza del afecto y el reconocimiento del underground”. Lo que le siguió a eso fue una prolífera producción de discos solistas, aunque en 2022 se inició otro silencio que acaba de romper el domingo 20 de septiembre con la presentación de Los reventados en Strummer Bar. “Había dejado la música en vivo… hasta que sucedieron dos hechos que me motivaron mucho”, revela el cantautor. Uno fue el libro Alguien como yo, biografía de Embajada Boliviana escrita por Flavio Bernardi que se presentó en junio pasado en el Strummer e incluyó como cierre sorpresa el reencuentro sobre el escenario después de una década y media de Julián Ibarrolaza y el Cabe Elso, bajista del grupo de culto platense. El otro hecho ocurrió de inmediato: una invitación de Ushuaia para que Juli retomara su repertorio en plan acústico.
“Siempre sentí que volver al ruedo iba a ser difícil porque la logística y la responsabilidad me generan stress, mientras que los ensayos que me generan cansancio auditivo. También el paso del tiempo me hace más viejo y, por lo tanto, me agota, jaja. Sin embargo, tanto la salida del libro como el show en Ushuaia fueron muy motivadores y me di cuenta que tocar en vivo genera cosas que no suceden en ningún lado. Estoy cautivado por eso nuevamente, aunque no sé cuánto me va a durar”. ¿Cómo te sentís de regreso a los escenarios, pero despojado de la distorsión? Lo vivo con mucha tensión, nunca siento que tenga las cosas resueltas. Pasé de una banda como Embajada Boliviana, en la que había varias líneas sonoras, a estar solo con mi voz y un instrumento. Entonces comencé a tener una conciencia más armónica de la música que me gusta y me sirve mucho. También acorté un poco las canciones porque entiendo la música de esa manera. Naturalmente mezclo mi repertorio solista con el de Embajada porque sé que a la gente le gusta y estoy acompañado por Mario Andresiuk en guitarra y el propio Chicho Bernardi en piano. ¿Por qué le pusiste Los Reventados a tu nuevo disco solista? El nombre surge de una versión que hago de un tema de Andres Calamaro. Me encanta la letra y no es muy conocida, ya que la grabó en un demo pero nunca en un disco. Hice una versión propia y el titulo me encanta porque es una representación de la vieja época, de mis amigos y de mí mismo, todos muy felices de ese copete. Cada uno sacará sus propias conclusiones, aunque también lo elegí para provocar y causar irascibilidad. ¿Cómo imaginás la continuidad de este nuevo proceso solista? Empecé a grabar otro disco, porque me gusta mucho componer y escribir. Imagino un álbum muy experimental. Además, estuve investigando todo este tema de la Inteligencia Artificial en la música con colegas amigos. Quise sacarme la duda y descubrí un mundo nuevo que tampoco es la panacea, pero la intención es hacer un disco de esa manera.
¿De qué manera usás la IA? Te puede dar un montón de cosas, pero a mí en particular me brinda lo que necesito en este momento. Me gusta hacer los arreglos más importantes, una introducción con una melodía que escribo y grabo con letra, estructura y armonías, porque el armazón me gusta definirlo a mí. No me parece una pavada, soy muy determinante en ese sentido y me interesa definirlo a mí. Pero cuando le das todas esas herramientas, la IA te lo devuelve reformado, entonces te ahorras de ensayarlo un año. Por supuesto que no se compara con el trabajo orgánico, es una experimentación. Y quiero que la gente lo escuche. Estudiaste en un conservatorio, luego pasaste al punk y ahora te mostrás en plan acústico. ¿Qué de todo eso te define más como artista? Vengo de una casa de músicos en donde casi todos tocaban, desde mis abuelos hasta mis viejos, también mis hermanos. Había mucho folclore y mucho tango y me gusta la música elaborada. Nunca heredé el talento para el instrumento, aunque creo que tengo mucha oreja. El punk llegó de un día para el otro en una época donde no era una música tan aceptada como ahora, aunque la guitarra distorsionada me partió la cabeza y me terminé criando con eso. ¿Qué lugar ocupa hoy una banda tan querida como Embajada Boliviana en tu corazón? Vivíamos lo que escribíamos: mucha noche, mucho punk, mucho anarquismo…. Hasta que nos pusimos grandes y entendimos que había que parar. Recién tiempo después, con la madurez que te da otra edad, entendimos que había que separar las cosas. Pero en su momento era a todo o nada. En 2001 sacamos Soñando locuras, el disco que quizás la gente más quiere, pero se nos acabó la energía: habían sido nueve años muy extremos. Hicimos un camino que ya lo habíamos curtido y también gastado. Por eso le pusimos pausa de manera muy inteligente porque nos estábamos poniendo viejos para sostenerlo. El legado ahora lo continúa el Cabe Elso junto a su hermano en el grupo En Bajada. Siento que ese frente está resuelto de esa manera y está bien que sea así: me pone feliz que esas canciones se sigan tocando.

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