Los fantasmas del capitalismo
Hay películas que no necesitan bajar línea para decir mucho sobre el mundo en que vivimos. Fantasmas de julio (Sehnsucht in Sangerhausen), del director alemán Julian Radlmaier, es una de ellas. Entre el humor, la fantasía y un relato que nunca sigue el camino esperado, construye una historia sobre mujeres trabajadoras, migración, memoria y los fantasmas que dejó el capitalismo en la antigua Alemania Oriental.
Lejos del cine de consumo rápido impuesto por las plataformas, Radlmaier vuelve a construir una obra inclasificable, atravesada por el absurdo, el humor seco y un permanente juego entre el realismo y la fantasía. Ya lo había hecho en Self-Criticism of a Bourgeois Dog y en Bloodsuckers: A Marxist Vampire Comedy. Aquí abandona los vampiros marxistas, pero mantiene intacta su mirada crítica sobre el capitalismo contemporáneo. El título original significa algo cercano a «Anhelo en Sangerhausen». Y ese anhelo atraviesa toda la película. Sangerhausen, una ciudad minera del este alemán, aparece como un territorio detenido en el tiempo, marcado por el cierre de industrias, el deterioro económico y las cicatrices que dejó la restauración capitalista tras la caída de la República Democrática Alemana. La película está narrada en cuatro actos y comienza de manera inesperada. A fines del siglo XVIII, Lotte trabaja como sirvienta en un castillo donde se hospeda Novalis, uno de los grandes poetas del romanticismo alemán. Barre pisos, limpia bacinicas y carga pesados baldes mientras escucha rumores sobre la Revolución Francesa. Alguien le cuenta que en Francia están cortando las cabezas de los príncipes y que todos los ciudadanos serán iguales. Ese rumor basta para despertar el deseo de abandonar una vida marcada por la explotación. No es casual que Radlmaier elija abrir la película con Novalis. El poeta convirtió a la flor azul en uno de los grandes símbolos del romanticismo alemán: representaba el anhelo de una vida diferente, la búsqueda de la libertad, el amor y una existencia reconciliada con la naturaleza. En Fantasmas de julio ese símbolo vuelve resignificado. El anhelo ya no pertenece solamente a la sensibilidad romántica; es también el de las mujeres trabajadoras que intentan escapar de una vida absorbida por el pluriempleo, la precarización y la incertidumbre. La flor azul dialoga con las rosas de Sangerhausen y recuerda que la emancipación nunca fue solo una cuestión de sobrevivir, sino también de conquistar el derecho a una vida plenamente humana.
Desde el comienzo, Radlmaier instala la idea de que la historia nunca desaparece. Los sueños de emancipación vuelven una y otra vez, aunque adopten nuevas formas. Dos siglos después aparecen Ursula, una trabajadora alemana que limpia un negocio de muebles por la mañana y atiende mesas por la tarde. Una vida marcada por el pluriempleo y la precariedad. También conocemos a Neda, una migrante iraní que intenta sobrevivir produciendo contenido para redes sociales como influencer turística. Aunque nunca haga discursos explícitos, Radlmaier construye una crítica muy precisa a la Europa posterior a la caída del Muro de Berlín. La reunificación alemana fue presentada durante décadas como el triunfo definitivo del capitalismo. Sin embargo, basta recorrer muchas ciudades del antiguo este para comprobar que las promesas de prosperidad nunca llegaron para amplios sectores de la población trabajadora. Sangerhausen aparece justamente como una de esas ciudades. Las montañas de residuos mineros, los paisajes industriales abandonados y la falta de perspectivas le da un toque melancólico a la película. No hay nostalgia por el viejo régimen burocrático de la RDA, pero tampoco celebración del capitalismo. Lo que aparece es un territorio donde un sistema desapareció y el otro fue incapaz de ofrecer una vida mejor. La película también incorpora otro elemento central de la Europa actual: la migración. Neda, exiliada de Irán, y otros personajes extranjeros atraviesan dificultades para conseguir trabajo, estabilidad e integración. Sin convertir la xenofobia en el eje central del relato, Radlmaier deja ver cómo el crecimiento de la extrema derecha encuentra terreno fértil en sociedades golpeadas por décadas de ajuste, precarización y pérdida de derechos sociales. La crisis capitalista necesita fabricar chivos expiatorios. Y los inmigrantes suelen ocupar ese lugar, se los maltrata. La historia avanza por capítulos, cambia de protagonistas, mezcla tiempos históricos, introduce elementos fantásticos y nunca permite anticipar hacia dónde se dirige el relato. Su fotografía analógica refuerza esa sensación de extrañeza. Los paisajes parecen suspendidos fuera del tiempo, mientras los fantasmas aparecen sin espectacularidad, como si convivieran naturalmente con los vivos. Hay algo más que vuelve hermosa a Fantasmas de julio. Radlmaier filma Sangerhausen, la ciudad del mayor rosedal del mundo, con una sensibilidad extraordinaria. Los campos verdes parecen interminables, los cerezos rebosan de fruta, las rosas estallan en colores y la naturaleza ocupa un lugar central. Pero esa belleza nunca es un adorno. Convive con las jornadas agotadoras de Ursula, que salta de un empleo a otro para llegar a fin de mes, y con la incertidumbre permanente de Neda, migrante y trabajadora de una economía que convierte hasta la propia imagen en mercancía. Es imposible no pensar en aquella vieja consigna levantada por las obreras textiles hace más de un siglo: «Queremos el pan, pero también las rosas». Porque las trabajadoras no solo pelean por un salario que alcance para vivir. También pelean por el tiempo, por el amor, por el descanso, por el derecho a disfrutar de esos paisajes, de esas flores y de esas cerezas que la película muestra con tanta delicadeza. En un sistema que les roba horas de vida , Radlmaier recuerda que la belleza también debería pertenecer a quienes producen la riqueza. Las rosas de Sangerhausen terminan siendo eso: la imagen de una vida que las mujeres trabajadoras merecen vivir y que el capitalismo les sigue negando. Ficha técnica. Fantasmas de julio (Sehnsucht in Sangerhausen / Phantoms of July) es una película alemana dirigida y escrita por Julian Radlmaier. Estrenada en 2025, tiene una duración de 90 minutos y combina la comedia dramática con elementos de fantasía. Está protagonizada por Clara Schwinning, Maral Keshavarz, Henriette Confurius, Paula Schindler y Kyung-Taek Lie. La fotografía, a cargo de Faraz Fesharaki, fue realizada en 16 mm, una elección que aporta la textura analógica y la belleza visual que caracterizan al film. Se encuentra disponible para ver en la plataforma MUBI.
Lejos del cine de consumo rápido impuesto por las plataformas, Radlmaier vuelve a construir una obra inclasificable, atravesada por el absurdo, el humor seco y un permanente juego entre el realismo y la fantasía. Ya lo había hecho en Self-Criticism of a Bourgeois Dog y en Bloodsuckers: A Marxist Vampire Comedy. Aquí abandona los vampiros marxistas, pero mantiene intacta su mirada crítica sobre el capitalismo contemporáneo. El título original significa algo cercano a «Anhelo en Sangerhausen». Y ese anhelo atraviesa toda la película. Sangerhausen, una ciudad minera del este alemán, aparece como un territorio detenido en el tiempo, marcado por el cierre de industrias, el deterioro económico y las cicatrices que dejó la restauración capitalista tras la caída de la República Democrática Alemana. La película está narrada en cuatro actos y comienza de manera inesperada. A fines del siglo XVIII, Lotte trabaja como sirvienta en un castillo donde se hospeda Novalis, uno de los grandes poetas del romanticismo alemán. Barre pisos, limpia bacinicas y carga pesados baldes mientras escucha rumores sobre la Revolución Francesa. Alguien le cuenta que en Francia están cortando las cabezas de los príncipes y que todos los ciudadanos serán iguales. Ese rumor basta para despertar el deseo de abandonar una vida marcada por la explotación. No es casual que Radlmaier elija abrir la película con Novalis. El poeta convirtió a la flor azul en uno de los grandes símbolos del romanticismo alemán: representaba el anhelo de una vida diferente, la búsqueda de la libertad, el amor y una existencia reconciliada con la naturaleza. En Fantasmas de julio ese símbolo vuelve resignificado. El anhelo ya no pertenece solamente a la sensibilidad romántica; es también el de las mujeres trabajadoras que intentan escapar de una vida absorbida por el pluriempleo, la precarización y la incertidumbre. La flor azul dialoga con las rosas de Sangerhausen y recuerda que la emancipación nunca fue solo una cuestión de sobrevivir, sino también de conquistar el derecho a una vida plenamente humana.
Desde el comienzo, Radlmaier instala la idea de que la historia nunca desaparece. Los sueños de emancipación vuelven una y otra vez, aunque adopten nuevas formas. Dos siglos después aparecen Ursula, una trabajadora alemana que limpia un negocio de muebles por la mañana y atiende mesas por la tarde. Una vida marcada por el pluriempleo y la precariedad. También conocemos a Neda, una migrante iraní que intenta sobrevivir produciendo contenido para redes sociales como influencer turística. Aunque nunca haga discursos explícitos, Radlmaier construye una crítica muy precisa a la Europa posterior a la caída del Muro de Berlín. La reunificación alemana fue presentada durante décadas como el triunfo definitivo del capitalismo. Sin embargo, basta recorrer muchas ciudades del antiguo este para comprobar que las promesas de prosperidad nunca llegaron para amplios sectores de la población trabajadora. Sangerhausen aparece justamente como una de esas ciudades. Las montañas de residuos mineros, los paisajes industriales abandonados y la falta de perspectivas le da un toque melancólico a la película. No hay nostalgia por el viejo régimen burocrático de la RDA, pero tampoco celebración del capitalismo. Lo que aparece es un territorio donde un sistema desapareció y el otro fue incapaz de ofrecer una vida mejor. La película también incorpora otro elemento central de la Europa actual: la migración. Neda, exiliada de Irán, y otros personajes extranjeros atraviesan dificultades para conseguir trabajo, estabilidad e integración. Sin convertir la xenofobia en el eje central del relato, Radlmaier deja ver cómo el crecimiento de la extrema derecha encuentra terreno fértil en sociedades golpeadas por décadas de ajuste, precarización y pérdida de derechos sociales. La crisis capitalista necesita fabricar chivos expiatorios. Y los inmigrantes suelen ocupar ese lugar, se los maltrata. La historia avanza por capítulos, cambia de protagonistas, mezcla tiempos históricos, introduce elementos fantásticos y nunca permite anticipar hacia dónde se dirige el relato. Su fotografía analógica refuerza esa sensación de extrañeza. Los paisajes parecen suspendidos fuera del tiempo, mientras los fantasmas aparecen sin espectacularidad, como si convivieran naturalmente con los vivos. Hay algo más que vuelve hermosa a Fantasmas de julio. Radlmaier filma Sangerhausen, la ciudad del mayor rosedal del mundo, con una sensibilidad extraordinaria. Los campos verdes parecen interminables, los cerezos rebosan de fruta, las rosas estallan en colores y la naturaleza ocupa un lugar central. Pero esa belleza nunca es un adorno. Convive con las jornadas agotadoras de Ursula, que salta de un empleo a otro para llegar a fin de mes, y con la incertidumbre permanente de Neda, migrante y trabajadora de una economía que convierte hasta la propia imagen en mercancía. Es imposible no pensar en aquella vieja consigna levantada por las obreras textiles hace más de un siglo: «Queremos el pan, pero también las rosas». Porque las trabajadoras no solo pelean por un salario que alcance para vivir. También pelean por el tiempo, por el amor, por el descanso, por el derecho a disfrutar de esos paisajes, de esas flores y de esas cerezas que la película muestra con tanta delicadeza. En un sistema que les roba horas de vida , Radlmaier recuerda que la belleza también debería pertenecer a quienes producen la riqueza. Las rosas de Sangerhausen terminan siendo eso: la imagen de una vida que las mujeres trabajadoras merecen vivir y que el capitalismo les sigue negando. Ficha técnica. Fantasmas de julio (Sehnsucht in Sangerhausen / Phantoms of July) es una película alemana dirigida y escrita por Julian Radlmaier. Estrenada en 2025, tiene una duración de 90 minutos y combina la comedia dramática con elementos de fantasía. Está protagonizada por Clara Schwinning, Maral Keshavarz, Henriette Confurius, Paula Schindler y Kyung-Taek Lie. La fotografía, a cargo de Faraz Fesharaki, fue realizada en 16 mm, una elección que aporta la textura analógica y la belleza visual que caracterizan al film. Se encuentra disponible para ver en la plataforma MUBI.
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