‘Los locos de Salem’ o cómo el LSD unió a la CIA con Ken Kesey, Jack Nicholson, Roger Corman, Kirk Douglas y Cary Grant

David Chase, creador de la serie Los Soprano, la ficción que inauguró la Edad de Oro de la televisión americana, tiene un proyecto de película de lo más excitante: se titula La hija del traficante y es una adaptación (de Terrence Winter, guionista de Los Soprano y El lobo de Wall Street) del libro Project Mind Control: Sidney Gottlieb, la CIA y la tragedia de MKUltra, de John Lisle. El filme explorará la extraña figura de Sidney Gottlieb, químico y espía de la CIA al que llamaban “El Hechicero Negro”. Fue Gottlieb el que dirigió el programa MK-ULTRA, famoso por sus experimentos de control mental en la Guerra Fría, demenciales ensayos que mataron a participantes voluntarios como involuntarios. También, accidentalmente, generó la contracultura de la psicodelia y el LSD de los sesenta. En mi libro Los locos de Salem, que habla de la creación, literaria y cinematográfica, de Alguien voló sobre el nido del cuco y acabo de publicar, también hablo del MK-ULTRA. Era inevitable hablar de esta organización paraguas que financiaba y coordinaba 149 subproyectos que estudiaban el efecto de drogas en humanos. En uno de esos subproyectos hasta se echó LSD furtivamente en las copas de clientes masculinos en burdeles de San Francisco y Nueva York. MK-ULTRA pagó por su colaboración a 44 colegios y universidades, 15 fundaciones de investigación o compañías farmacéuticas, 12 hospitales o clínicas y 3 instituciones penales. Todos ellos experimentaron con LSD-25. Ted Kennedy hasta llegó a acusar a la mismísima CIA de haber participado en “actividades que involucraron la perversión y la corrupción de muchos de nuestros destacados centros de investigación en este país”. Una mañana de principios de 1960, el escritor Ken Kesey descubrió, haciendo ejercicio, un anuncio en el que el Hospital de Veteranos de Menlo Park que pedía voluntarios para que experimentaran los efectos de distintas drogas con fines terapéuticos. El resto, como se suele decir, es historia. Kesey vivió unos pasotes antológicos encerrado en aquel hospital, pero lo mejor de todo es que de ahí surgió una idea, una gran idea que se convertiría en una de las ficciones metafóricas más poderosas de la historia de la literatura y del cine.   Kesey se fijó en aquellos pacientes encerrados en el hospital, que para él no se diferenciaban de los tipos de la calle, del vecino, del casero, el del bancario, del vendedor de seguros, del poli. Y, resolutivo, se ofreció a trabajar como celador en el centro para, de paso, probar el LSD. Lo que Kesey supo después es que el hospital de Menlo Park era uno de los que acogieron el millonario proyecto MK-ULTRA, desarrollado de 1953 a 1964. Tras la publicación y el éxito de su novela Alguien voló sobre el nido del cuco, Kesey hizo famoso al autobús escolar Furthur, que pintó con motivos psicodélicos y con el que realizó, junto a su pandilla Los alegres bromistas (Merry Pranksters), un viaje por carretera desde Oregón hasta la Feria Mundial de Nueva York. Los bromistas eran defensores del LSD cuando todavía era legal porque, decían, expandía la conciencia. Mientras, en Nueva York, Kirk Douglas se dispuso a protagonizar la adaptación al teatro de Alguien voló sobre el nido del cuco. No estaba pasando una época especialmente luminosa, su carrera estaba parada tras triunfar con grandes películas como El loco del pelo rojo o Espartaco y pasaba por una crisis existencial. Fue en esos días cuando recibió una carta de Timothy Leary, uno de los máximos gurús relacionados con el LSD junto a Ken Kesey, al que Leary conocía bien pero no respetaba del todo. Leary era famoso por el mantra “conecta, sintoniza y déjate ir” y era más burgués y cerebral que el hippie y vagabundo Kesey. Douglas leyó intrigado su carta, en la que le invitaba a un programa de expansión a través del ácido con el que se enfrentaría con su yo más oculto y se liberaría de la angustia vital, ese vacío que sentía a pesar de ser un hombre de éxito. Antes de aceptar la invitación de Leary, Douglas llamó a Cary Grant, conocido por haber probado en numerosas ocasiones el LSD. Grant, siempre correcto y amable, le explicó que con el LSD lograba “una conexión interior y a la vez universal, con cada uno de tus pedazos y con el todo”. El protagonista de Con la muerte en los talones le confesó a Douglas que en su último viaje, que duró cinco horas, vio una zona montañosa que estaba formada por piernas de bebés, piernas, muslos y culos de bebés rodeados de pañales llenos de sangre, una especie de actividad menstrual. En aquellos años el LSD estaba tan de moda, que Roger Corman, famoso productor de cine de bajo presupuesto y también director, quería rodar una película con el ácido como protagonista y llenar los autocines. El título lo tenía claro: The Trip. El tema, estaba seguro, interesaría a los jóvenes. Corman volvió a pensar en Fonda para protagonizar la película tras el éxito de Los ángeles del infierno y llamó a Jack Nicholson para que escribiese un guion. Jack ya había escrito dos westerns para su compañía y llevaba años intentando lograr un papel relevante en el cine, pero ese personaje no llegaba y estaba a punto de renunciar a la actuación. Como le confesó a Nicholson, Corman probó el LSD para saber qué se sentía. Estuvo casi siete horas tumbado al pie de un árbol, ensimismado en “el más prodigioso viaje que cabe uno concebir”. En su viaje, Corman se convenció de que había creado una innovadora escuela de arte, el acto intrínseco de pensar y de crear sin libros, ni cine, ni música. Quienquiera que deseara experimentar con ese acto solo tenía que estirarse en un suelo de cualquier lugar y la obra de arte sería transmitida a través de la tierra desde la mente de su creador a las de un alejado auditorio. En aquel viaje Corman sintió flotar en el cielo en una puesta de sol y vio un velero navegando hacia él, un barco que llevaba un cargamento de joyas, toda su superficie tenía incrustaciones de magníficas gemas. Y al acercarse, descubrió que las velas eran las sinuosidades de una mujer. Cuando acabó aquel viaje, Corman pensó que no había razón para existir en el mundo real, el LSD era mejor que la realidad. ¿Y el éxito del cine, su oficio, no se basaba precisamente en apagar las luces y escapar de la rutina? Dos años después del rodaje de The Trip, Jack Nicholson rodaba Easy Rider, la película que lo convertiría en una estrella. En aquel rodaje también probó el ácido junto a Dennis Hopper, con el que visitó la tumba del escritor D. H. Lawrence, padrino intelectual de la contracultura de los años 60 y 70. Fue tal el viaje, que Jack despertó en la copa de un árbol y lo poco que recordó es que el día anterior acabó con Hopper en unas fuentes termales en las que ejerció de sacerdote para casar a su drogado amigo con una muchacha india. No fue el único ácido de aquel rodaje en el que la droga más habitual era la marihuana, que Nicholson fumó en ingentes cantidades, sobre todo en la famosa escena de la hoguera en la que habla de aquella América de finales de los sesenta: “Hablan y hablan de la libertad individual, pero cuando ven a alguien libre, se mueren de miedo”.
También Peter Fonda probó el ácido con Hopper en la escena del cementerio, en Nueva Orleans. Roto de pena, entre lágrimas, Fonda recordó a su madre, que se suicidó cuando él era solo un niño. Encerrada en un sanatorio, se quitó la vida pocos meses después de que Henry Fonda le pidiera el divorcio.​ Para rematar la sucesión de viajes psicodélicos, cuando Jack Nicholson regresó a Los Ángeles y fue a ver 2001: Una odisea del espacio y quedó atrapado con la maestría de Kubick y con el psicodélico viaje final. Su amigo, y productor de Easy Rider, Bert Schneider tenía razón cuando le dijo “Kubrick acaba de cambiar el cine, Jack”. Doce años después de la publicación de Alguien voló sobre el nido del cuco, Nicholson se unió al rodaje de su adaptación al cine. El final de tan movió y psicodélico viaje no pudo acabar mejor: Jack conseguiría su primer Oscar y Alguien voló sobre el nido del cuco hizo historia al convertirse en la segunda película (tras Sucedió una noche, 1935) en lograr los cinco Oscar: Mejor película, director, actor, actriz y guion adaptado, los llamados “Big Five”.

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