Un libro en mi biblioteca

El libro estuvo veinte años en mi casa de Barcelona y unos diez más previamente en la de Buenos Aires antes de que lo abriese. Quizá estuviese antes otra década en casa de mis padres, y probablemente fuera papá quien lo compró a precio de nada en alguna librería de viejo. Lo compró porque en el año de edición ponía 1841, y eso en 1985 (o cuando fuera que lo comprase) era una fecha muy vieja. Cómo llegó el libro a esa librería de Buenos Aires es algo que ignoro. Seguramente formaría parte de la biblioteca de alguien que murió, como ya también murió mi padre, y el libro, que es el volumen 3 de las poesías del canario José Plácido Sansón, estaría acompañado de los otros dos tomos. O no. Quizá quien adquirió originalmente el libro compró sólo este tercer volumen. Al fin y al cabo, son poesías, no una novela policíaca. Del derrotero completo del libro desde su paso por la imprenta en 1841 hasta llegar a esa infausta librería sé menos aún. No hay en ninguna página anotaciones manuscritas que den idea de quién fue el propietario. Al menos eso parece a simple vista, porque curiosamente, la portada encuadernada al estilo de mediados del siglo XIX no lleva el título del libro ni el nombre del autor, sino sólo la inscripción en letras doradas “Juan Lenzi Colonna”. ¿Sería este tal Colonna el primer propietario del ejemplar? Buscando en internet sólo aparece una inquietante referencia con ese nombre. En la Library of Congress de Washington, en Estados Unidos, hay un ejemplar de un libro titulado: Paraguay and the Alliance Against the Tyrant Francisco Solano López (Paraguay y la Alianza contra el tirano Francisco Solano López), publicado en Nueva York por “Hallet & Breen, Printers, 60 Fulton Street” en 1869. El texto completo de este libro está disponible en la web de la Library of Congress, y en una página se expone (traduzco) una lista “que recoge apenas una pequeña fracción de las víctimas inmoladas por el cruel López en su frustrada ambición de conquista; pretendiendo castigar una conspiración, sacrificó tanto a locales como a extranjeros; en realidad, a cualquier persona de clase alta que estuviera a su alcance”. Y en medio de la lista, nos enteramos de que el 15 de julio de 1868 “died, the accused traitor Juan Lenzi Colonna, an Englishman” (“murió el acusado de traición Juan Lenzi Colonna, un inglés”). ¿Sería este infortunado Colonna, un inglés en Paraguay, el propietario original del ejemplar de los poemas de José Plácido Sansón que tengo en mis manos? En ese caso, el volumen podría haber sido adquirido por Colonna en Santa Cruz de Tenerife (donde se editó el libro en 1841, pues lo que tengo es una primera edición, con poemas fechados ese mismo año) o en algún otro lugar de España, entre 1841 y la fecha de su viaje a Sudamérica. O bien podría haberlo adquirido ya en Paraguay. De lo que podemos estar seguros es de que el libro hizo su recorrido de varios días por el Atlántico entre Europa y Sudamérica en alguno de esos barcos de mediados del siglo XIX, seguramente en un baúl, bien el baúl de Colonna, bien el de un librero. Y llegado un punto este tal Colonna (que en lugar de un sencillo sello de exlibris tenía sus libros reencuadernados con su nombre en letras doradas en la portada) debió de adquirir el volumen de poemas. No sabemos si llegó a leerlo, porque no hay, como ya dije, anotaciones manuscritas. Pero si se tratase del mismo Colonna (y tanto las fechas como su presencia en Sudamérica lo hacen plausible), tras tan trágica muerte su copiosa o escasa biblioteca (pero supongamos lo primero, dado el cuidado puesto en la reencuadernación) debió de venderse al mejor postor. Tarde o temprano habrá acabado en manos de alguien que terminó sus días en Buenos Aires. Quizá pasase dos o tres generaciones en manos de alguna familia, perdido entre otros libros más modernos, hasta que la muerte del último integrante de dicha familia con interés por los libros derivase en la venta de su colección a la librería. En sus poesías de 1841, José Plácido Sansón lamenta la muerte reciente de un amigo y hace un elogio de su esposa y madre de sus dos hijos, que a todo esto era morena y de origen africano, como él se encarga de aclarar, con la ortografía de su época: “Mi universo eras tú… Ni me importaba / de otras mugeres el mirar sûave, / la graciosa sonrisa simulada, / la blanca tez, los labios de corales; / tú así morena superior mil veces / me pareciste á las demás deidades / que decoran el suelo de mi patria / dó se alza el Teide, colosal gigante! / Todo el fuego del África en tus venas / corriera activo, abrasador, constante / y yo aspiraba atmósfera de llamas / cuando á tu lado me sentaba á hablarte.” Vaya a saber si este amor interracial impresionaba a alguien en el Paraguay de Solano López. Pero en otros poemas Sansón lamenta el siglo “decimonono” en el que le ha tocado vivir, las guerras intestinas con las que en España los compatriotas se masacraban entre sí, condena a una todavía reciente revolución francesa que había dado el mando a la “plebe”, y realiza un encendido elogio de Napoleón. Aunque el resto de la biblioteca de Colonna estuviese igualmente inclinada a la política, dudo que los libros hayan tenido nada que ver con su destino, que en opinión de quien escribió el volumen en inglés, era en realidad una cuestión de clases, aunque el hecho de que se tache a Solano López de “tirano” deja en claro que dicho libro tiene una postura interesada y favorable a la Triple Alianza en una guerra tan horrenda e injusta como lo fue la del Paraguay. Pero no toca aquí juzgar la justicia o no de la ejecución de alguien tan lejano ya para nosotros como Colonna, a quien un texto que recoge documentos en italiano sobre la Guerra del Paraguay (“Il Rio de la Plata e la guerra del Paraguay negli archivi italiani”) menciona como “commissario” o comisionado, dando su origen como Gibraltar, y aclarando que en febrero de 1868 era uno de los viajeros de un navío llamado Salto. No habla de “Juan Lenzi Colonna”, sino del “Commissario Lenzi Colonna”, pero sin duda sería el mismo personaje. Recapitulando, el libro de poemas de Sansón de algún modo acabó en Buenos Aires, y en la década de 1980 fue a parar a una librería de viejo, donde llamó la atención de mi padre, siempre afecto a los libros y relojes antiguos. De las manos de mi padre fue a parar directo a la biblioteca de casa (no creo que él jamás lo leyera), y en la década de 1990, cuando me fui a vivir solo a mis veintitantos, me lo llevé a mi nuevo hogar (porque también soy afecto a las cosas antiguas). Pero tampoco lo leí. Tras instalarme en España en 2002, organicé que trajeran mis libros a Barcelona dispuestos en varias cajas. Los transporté por barco, que era lo más barato, así que esta habrá sido la segunda vez que mi ejemplar de Sansón navegó por el Atlántico, más de un siglo después de su viaje original. Y apenas ahora, en 2026, buscando otra cosa, acabé abriendo el libro y leyéndolo. Un libro que existía ya 130 años antes de que naciera yo. Un libro que vio la transición entre los carruajes a caballo y los automóviles, y que quizá alguien llevó consigo alguna vez a una sala donde estrenaban una película muda. Un libro que habrá pasado por infinidad de manos de diversas épocas y habrá sido observado (y quizá leído) por decenas de ojos hoy ya eternamente cerrados. Y si mi hijo Bruno, en un futuro aún lejano, decide conservar mi biblioteca (o apropiarse de ella), probablemente este libro pase también por los suyos. Así, este centenario ejemplar podrá ufanarse (como sea que se ufanan los libros) de que tanto los de don Juan Lenzi Colonna como los míos han sido apenas un par (y quizás no los más significativos) entre una interminable sucesión de ojos y manos que en algún momento se posaron sobre él y hoy ya son apenas ceniza. Ojos y manos que, tras prestarle algunos instantes de atención, lo abandonaron luego irremediablemente. Tal es el extraño destino de los libros.

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