San Francisco: antes y después
El 14 de abril de 1906 los hermanos Miles montaron una cámara cinematográfica en la parte delantera de uno de los tranvías de San Francisco y, a medida que el vehículo se desplazaba por Market Street, la avenida principal de la ciudad, filmaron el recorrido. Son aproximadamente doce minutos durante los cuales el operador, probablemente uno de los cuatro hermanos, debió girar ininterrumpidamente la manivela de su cámara mientras el tranvía se desplazaba a unos 16 kilómetros por hora. Doce minutos que se hacen eternos y a lo largo de los cuales, mientras observamos cruzarse por la avenida a los transeúntes, carros tirados por caballos, algunos de los primeros automóviles y otros tranvías, nos vamos acercando cada vez más al vistoso edificio del puerto de San Francisco, el Ferry Building del Embarcadero. Una vez que llegamos hasta allí, la película muestra cómo el tranvía, gracias a un sistema de vías móviles, gira sobre su eje y se dispone a reiniciar su recorrido en la dirección contraria. Titulado A Trip Through Market Street (Un viaje a través de Market Street), el filme no era en absoluto excepcional para su época. Por aquellos años, tanto en Estados Unidos como en Inglaterra estaban de moda obras semejantes, que al ritmo del recorrido habitual de un transporte, mostraban tanto el ajetreo vital de las principales ciudades como algunos de sus edificios más destacados. Tan comunes eran que tenían un nombre genérico propio: “Phantom Rides” (paseos fantasma), porque la imagen no mostraba el vehículo desde el cual se filmaba y al espectador le daba la sensación de estar realizando el trayecto en persona.
Los hermanos Miles consiguieron cuatro o cinco automóviles y se empeñaron en mostrarlos tantas veces como fuera posible a lo largo de los doce minutos de su filmeLos consumidores del género eran tanto personas de otras ciudades y países (interesadas por la vida en horizontes lejanos) como los residentes del lugar filmado, deseosos de ver sus propias calles en la gran pantalla y, si había suerte, descubrirse a sí mismos si la casualidad había querido que pasasen justo por allí. No olvidemos que en 1906 el cine tenía apenas una década de historia y el público aún no había perdido su capacidad de sorpresa. Producciones semejantes no se limitaban a los países angloparlantes. Entre muchos otros ejemplos, podemos recordar una filmación similar a bordo de un tranvía que recorre la avenida Passeig de Gràcia, en Barcelona, realizada por Ricardo de Baños en 1908. Los cuatro hermanos Miles (Harry, Herbert, Earle y Joe) fundaron su primera oficina en 1903, dedicada a distribuir películas estadounidenses y europeas que luego les alquilaban a los teatros de San Francisco. En poco tiempo se hicieron con cierta reputación y extendieron su firma a Nueva York, convirtiéndose en la primera empresa de intercambio de películas en operar de costa a costa. En 1906 decidieron por fin dar el gran paso y construyeron (en el número 1139 de aquella Market Street) el primer estudio cinematográfico de San Francisco. Llegaron a producir allí dos filmes de no ficción, A Trip Down Mt. Tamalpais (Descendiendo el Monte Tamalpais) y la ya mencionada Un viaje a través de Market Street, con la que pretendían, orgullosos, mostrar su ciudad al resto del país y al resto del mundo. Pero por entonces San Francisco no era todavía una ciudad moderna comparable a Nueva York, donde los automóviles competían en pie de igualdad con los carros tirados por caballos e incluso empezaban a superarlos en número. Dichos carros, junto con los tranvías, constituían aún la mayor parte del tráfico de San Francisco. Conscientes de semejante limitación, y deseosos de promocionar a su ciudad incluso al coste de falsear un poco la realidad, los hermanos Miles consiguieron cuatro o cinco automóviles y se empeñaron en mostrarlos tantas veces como fuera posible a lo largo de los doce minutos de su filme. El ardid funciona si uno no presta demasiada atención, y a primera vista nos da en efecto la sensación de que los coches ya son moneda corriente en Market Street. Pero al aguzar el ojo observamos que cada automóvil avanza unos metros por la derecha de la imagen, se cruza a toda prisa por delante del tranvía que lleva la cámara, da media vuelta y regresa por el lado izquierdo hasta perderse de vista. Segundos después, se le ve reaparecer por la derecha, repitiendo el truco varias veces. Un automóvil con matrícula 4867, por ejemplo, pasa por delante del tranvía diez veces y se especula que quien iba al volante era nada menos que Harry, uno de los hermanos Miles. Con todo, Un viaje a través de Market Street no habría pasado de ser una más entre decenas de películas del mismo género si pocos días después no hubiese sobrevenido el desastre. El 18 de abril de 1906 los hermanos se hallaban en un tren rumbo a sus oficinas de Nueva York, dispuestos a comercializar la cinta rodada cuatro días antes. Entonces se enteraron de que apenas pasadas las 5 de la madrugada de aquella jornada San Francisco había sido sacudida por un violento terremoto. Como pronto descubrirían, eso no fue todo: al terremoto le siguieron terribles incendios durante varios días. Como consecuencia, murieron más de 3.000 personas y cerca del 80 por ciento de la ciudad quedó destruida. El célebre tenor operístico italiano Enrico Caruso había interpretado Carmen en la Mission Opera House de San Francisco la noche anterior y se salvó de milagro. Días más tarde, Caruso narraba sus experiencias en un periódico: “Se me pide que cuente lo que vi y lo que hice durante los terribles días en los que se produjo la destrucción de San Francisco. Se han publicado muchos relatos acerca de mis supuestas aventuras en los periódicos estadounidenses, en su mayoría alejados de la verdad. Algunos decían que casi enloquecí de miedo, que saqué mi maleta del hotel, me dirigí hacia una plaza y me senté allí a llorar. Todo eso es falso. Estaba asustado, como muchos otros, pero no perdí la cabeza. Me alojaba en el Hotel Palace, donde también se hospedaban muchos de mis compañeros artistas, y que era un sitio muy cómodo. Tenía una habitación en el quinto piso y el martes, la víspera de la gran catástrofe, me fui a la cama muy contento. Esa noche había cantado en ‘Carmen’ y la ópera había tenido gran éxito. Todos estábamos satisfechos y, como dije antes, me acosté feliz. ¡Pero qué despertar! No duermo profundamente. Siempre me despierto temprano, y cuando estoy inquieto me levanto y salgo a caminar. Así que el miércoles por la mañana me desperté alrededor de las cinco, sintiendo mi cama mecerse como si estuviera en un barco en el océano y, por un momento, pensé que soñaba que cruzaba el mar de regreso a mi hermoso país. Así que al principio no le di importancia. Pero cuando el balanceo continuó me levanté, fui a la ventana, subí la persiana y miré afuera. El espectáculo me hizo temblar de miedo. Vi los edificios desplomarse, grandes trozos de mampostería caer, y desde la calle escuchaba los gritos de hombres, mujeres y niños. Me quedé sin palabras, pensando que debía de ser una horrible pesadilla, y durante unos cuarenta segundos permanecí allí, mientras los edificios caían y mi habitación seguía balanceándose. En esos cuarenta segundos pensé cuarenta mil cosas distintas: mi vida pasó ante mí. Recordé cuestiones triviales y otras importantes. Pensé en mi primera aparición en un importante teatro de ópera y sentí nervios ante la posibilidad de ser mal recibido por el público, y luego creí estar reviviendo el ‘Carmen’ de la noche anterior. Entonces reuní mis fuerzas y llamé a mi ayuda de cámara. Entró apresuradamente, muy tranquilo, y sin temblor en la voz dijo: ‘No es nada’. Pero aun así me aconsejó vestirme rápidamente y salir al aire libre, no fuera a ser que el hotel se derrumbara y nos aplastara. Para entonces, el yeso del techo había caído como una intensa lluvia que cubría la cama, la alfombra y los muebles, y yo también concluí que era hora de ponerse en marcha. Bajamos corriendo por las escaleras hasta la calle. Me invitaron a ir a una casa que aún seguía en pie, pero respondí que las casas no eran seguras, que nada era seguro salvo la plaza abierta, y preferí quedarme en un lugar donde no hubiese riesgo de quedar sepultado por edificios en ruinas. Así que me tumbé en la plaza para descansar un poco, y pronto empecé a ver las llamas: toda la ciudad parecía arder. Esa noche nos vimos obligados a dormir en el duro suelo al aire libre. Luego mi ayuda de cámara encontró a un hombre con un carro, que dijo que nos llevaría al ferry de Oakland por cierta suma. Aceptamos sus condiciones. El hombre azuzó su caballo y partimos. En el camino contemplamos escenas terribles: edificios en ruinas, y humo y polvo por todas partes.” Cuando los hermanos Miles regresaron a su ciudad se encontraron con ese paisaje desolador. Las calles llenas de edificios y de vida que habían filmado días atrás y tenían registradas en su película ya no existían, reemplazadas por montañas de escombros que ocultaban cientos de cadáveres. El cielo azul resultaba casi invisible, invadido por una atroz nube de polvo y desde los más diversos puntos de la ciudad salían despedidas densas cortinas de humo, indicando enormes focos de incendio. Su flamante estudio cinematográfico no había sobrevivido al desastre, pero ellos llevaban consigo una cámara y película virgen, de modo que, una vez recuperados del espanto, se pusieron a trabajar. Con el dolor de quienes no sólo asisten a una tremenda catástrofe humana, sino que además lo hacen en su propia comunidad, los hermanos Miles volvieron a montar su cámara en la parte frontal del mismo tranvía y repitieron el filme que habían hecho cuatro días antes avanzando otra vez por Market Street. Pero el trayecto no parecía el mismo. Aunque al fondo seguía viéndose la fachada del Embarcadero con su torre, prácticamente todos los edificios que en la primera película adornaban ambos lados de la imagen habían sido reemplazados por ruinas y descampados. Ahora ya no era el momento de invenciones publicitarias, y en este segundo filme aparece un único automóvil: el resto son carros tirados por caballos. La alegría que iluminaba los rostros de los transeúntes días atrás, sus sonrisas saludando a la cámara, habían desaparecido reemplazadas por gestos de fatiga y gravedad. En junio de 1906, los hermanos Miles exhibieron en Nueva York, Chicago y otras ciudades importantes de Estados Unidos un programa que presentaba tanto el filme rodado antes de la catástrofe como las distintas imágenes tomadas con posterioridad, incluidos el segundo recorrido en tranvía y secuencias que mostraban la lucha contra los incendios y la demolición controlada de los restos irrecuperables de enormes construcciones. Se calcula que filmaron cerca de dos horas de imágenes. En una era sin televisión, la única manera de acercarse a la realidad del desastre sin visitarlo en persona era sumergirse en la oscuridad de una sala cinematográfica, y las proyecciones causaron conmoción en el público por la inmediatez de las imágenes, así como por la azarosa conjunción del antes y el después. Si el filme tomado días antes del terremoto habría pasado desapercibido en otras circunstancias, indistinguible entre otras decenas de “paseos fantasmas”, ahora cada fotograma de esa película fortuita adquiría un significado nuevo y profundo. Se reflejaban allí los últimos instantes de existencia de una ciudad desaparecida: probablemente muchas de las personas que cruzaban las calles, hombres, mujeres, niños, habrían muerto ya. Los hermanos Miles se habían prometido a sí mismos reconstruir su estudio, pero nunca llegaron a hacerlo. Su empresa siguió en activo durante un tiempo distribuyendo películas, pero cuando Thomas Alva Edison estableció un sistema de patentes para la distribución cinematográfica en 1908, uno de los primeros monopolios del ramo, productores y distribuidores independientes como los hermanos Miles debieron cerrar sus puertas. Tres de los hermanos, Herbert, Joe y Earle, siguieron vinculados al negocio del cine, aunque de forma más modesta. Harry Miles, el hermano mayor, quizás agobiado por pérdidas económicas o humanas ligadas al terremoto, se suicidó en enero de 1908 arrojándose desde la séptima planta del edificio donde vivía.
En una era sin televisión, la única manera de acercarse a la realidad del desastre sin visitarlo en persona era sumergirse en la oscuridad de una sala cinematográficaY luego ambos filmes quedaron en el olvido, superados por un mercado que, como ahora, buscaba siempre la novedad. La ciudad de San Francisco renació pronto de sus cenizas y la realidad aportó sucesos más recientes dignos de atención. En abril de 1912 se hundía el indestructible Titanic. En julio de 1914 daba inicio la Primera Guerra Mundial. El terremoto sí fue recordado por Hollywood, que le dedicaría sus inevitables homenajes en el género del cine catástrofe, como Old San Francisco (1927) con Dolores Costello, o San Francisco (1936), con Clark Gable, Jeanette MacDonald y Spencer Tracy en los roles principales.
Cuatro copias de “Un viaje a través de Market Street” sobrevivieron y el filme fue restauradoAunque gran parte del cine mudo se ha perdido para la posteridad, cuatro copias de “Un viaje a través de Market Street” sobrevivieron y el filme fue restaurado. Todo el metraje rodado por los hermanos Miles con posterioridad al desastre, sin embargo, se consideraba irremediablemente perdido hasta que en 2018 un rollo de película de nitrato con nueve minutos apareció en manos de un coleccionista privado. Aunque no son las dos horas presuntamente filmadas por los hermanos Miles en su totalidad, por fortuna el fragmento hallado incluye el segundo trayecto a través de Market Street, que presenta un contraste de pesadilla respecto del primero. Proyectando ambos filmes de forma simultánea podemos ser plenamente conscientes de la magnitud del desastre. Las escenas posteriores al recorrido, planos generales de una San Francisco arrasada, cobran por otra parte trágica actualidad ante nuestros ojos, pues recuerdan de forma inevitable a escenas de otros desastres. Desastres naturales como los recientes terremotos en Venezuela y Colombia, pero también otros no provocados por fenómenos tectónicos aleatorios sino por el afán de destrucción humana. Traen a nuestra memoria las ruinas de las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki tras ser destruidas por bombas nucleares, las de tantas ciudades europeas convertidas en ruinas durante la Segunda Guerra Mundial o (en imágenes aún frescas en nuestras retinas), la tierra yerma en la que Israel ha convertido hoy a gran parte de Gaza.
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