Prefiero aplaudir a Alberto San Juan que al papa
Hay que reconocer a la distribuidora Buena Vista Internacional España el ojo que tuvo eligiendo la fecha de estreno, nada menos que con 120 copias, de esta película. Lo digo porque lo hizo coincidiendo con la visita de León XIV, líder de una secta que solo se diferencia de las demás por su inmenso poder cultural, financiero y mediático. Para la historia queda la ignominia que ha supuesto que un Estado supuestamente aconfesional recibiese al obispo de Roma en su cámara baja y le dedicase siete minutos de entregados aplausos. En este atrasado y reaccionario país no acabamos de librarnos del nacionalcatolicismo ni del viejo régimen. Menos mal que al menos el BNG y Podemos plantaron al papa en el Congreso. Irene Montero, eurodiputada exministra de Igualdad, acusó al papa, a quien tildó con razón de “jefe de una teocracia”, de atacar el derecho al aborto en su discurso del pasado lunes. Y es que fue absolutamente delirante, como recodó Montero, que a León XIV se le permitiese, ante la complicidad de supuestos diputados progresistas, cargar contra derechos democráticamente conquistados como la eutanasia o la interrupción voluntaria del embarazo. Las asociaciones de víctimas de curas pederastas no fueron invitadas a uno de los encuentros con el papa. La argumentación de sus esbirros es que en su visita León XIV no tenía tiempo para ver a todas las asociaciones, aunque sí tuvo tiempo para otro tipo de sandeces y frivolidades. Lo recordó muy bien el propio Alberto San Juan en el podcast Carne Cruda cuando dijo que un representante de la Iglesia había declarado que no es que al papa no le importe el tema de los abusos, sino que “el tiempo es limitado”. A lo que San Juan respondió: “Tú priorizas qué haces con tu tiempo y te parece más importante irte al Bernabeu con DJ Pulmo y el mago Jorge Blass que escuchar el dolor de unas personas”. Las víctimas, de las que habla La luz, entre ellas Miguel Hurtado, primer denunciante de abusos de la Abadía de Montserrat, lugar que también visitó el papa, han exigido al pontífice que actúe además de hablar y predicar. En fin: acabar con la complicidad y el silencio, comprometerse de verdad con las víctimas de abusos sexuales en la Iglesia y escuchar de una vez. Pero no solo quieren ser escuchados, también que se les indemnice de manera proporcional al daño sufrido. De momento, en León XIV solo hay palabras vacías y gestos de propaganda y marketing. Pidió a obispos responder a la “plaga” de los abusos con “escucha”, “verdad”, “justicia” y “reparación” a las víctimas. Pero centrémonos en la película. En La luz, Manuel, un sacerdote muy apreciado en su parroquia, está a punto de colgar los hábitos y empezar una nueva vida. Pero su terrible pasado sale a la luz y no tendrá otro remedio que afrontar el peso de sus acciones. Manuel es un personaje acertadamente escrito por Fernando Franco, también director de dramas como La herida o Morir. Muchas veces la clave para que toda película cale, se recuerde, es un buen protagonista. Y aquí, sin duda, lo tenemos. Franco ha logrado dibujar a un hombre complejo y que no es un villano, pero tampoco cae bien porque alguien así no puede caer bien. Manuel es un tipo físicamente denteroso (muy bien construido en este sentido, con su cuidado corte de pelo, su andar delicado, su voz curil y su reprimido amaneramiento), cobarde, oscuro, manipulador, retorcido y hasta vengativo. Pero sobre todo es un pederasta arrepentido a medias porque el perdón a sus víctimas llega cuando es denunciado, que es cuando la Iglesia, habitualmente cómplice con los criminales, le previene y protege. Porque La luz no van tanto sobre gente como Manuel, sino sobre lo que hace la Iglesia con gente como él. Manuel es un personaje siempre interesante porque el mal en el cine es atrayente y pocos personajes son más viles que alguien que abusa sexualmente de un niño de ocho años y, encima, lleva alzacuello. En este sentido, San Juan ha sido valiente aceptando interpretar a Manuel. Y es cierto que es uno de los más prolijos actores españoles y lleva más de treinta años delante de las cámaras logrando algunos grandes momentos, pero lo que ha conseguido San Juan en La luz es de otra liga y posiblemente acabará ganando el Goya al Mejor Actor. Pero en La luz no solo San Juan logra una magnífica construcción de su personaje, también están a la altura todos los secundarios seleccionados: Pedro Casablanc, Miguel Rellán, Luis Callejo, Ramón Barea, María Galiana, Font García, Nacho Sánchez, Pablo Gómez-Pando… Y sus personajes son fundamentales porque cada uno representa a las diferentes piezas humanas que forman el complejo puzle de la pederastia en la Iglesia, ese masivo crimen todavía impune. La primera pieza clave es Font García, que interpreta a un director de colegio que revela el pasado del cura pederasta y evita sus llamadas porque se ha jurado hacer todo lo posible para que depredadores como él no pisen jamás su colegio. Otras piezas esenciales, claro, son los exalumnos sobeteados de niños. En este sentido, la escena de San Juan con Pablo Gómez-Pando, que interpreta a un dentista abusado de niño por el cura, es fabulosa. El trabajo de los dos actores, con una planificación mínima, es brutal. Igual de buena es la escena, en un bar, con Nacho Sánchez, que interpreta a Alberto, otra de las víctimas. Siguiendo con el puzle, Iñigo de la Iglesia interpreta al abogado que aconseja, pero a su vez desprecia, a Manuel (es la ley) y Luis Callejo al periodista que conoce muy bien su repugnante pasado (es la prensa) y lucha porque los abusos no queden impunes. Y luego, claro, están los malos. Y perdonen mi simplismo, pero es como veo a toda esta gentuza con sotana que sigue sin mover un dedo por los depredadores sexuales que campan o han campado a sus anchas en colegios, parroquias y campamentos. Pedro Casablanc, como el cómplice obispo Alcalá, Miguel Rellán, como el cínico y poderoso arzobispo Tamargo, y Ramón Barea, como el cobarde padre Luis, representan a esa repugnante Iglesia que tanto daño ha causado y sigue causando con su silencio y su connivencia. En este sentido, La luz es una de las películas más duras contra la Iglesia y mejor que filmes como El sacerdote, La mala educación o Camino. Algunos han criticado que el mayor problema de La luz es que expone de forma rigurosa los mecanismos legales y eclesiales que rodean a los casos de abusos, pero sin sutileza, sin metáfora visuales, de forma verbal y pedagógica. No creo que sea así, el filme necesita toda esa información, toda esa palabra. El mayor riesgo que corre Fernando Franco llega en el tramo final de su película, cuando apuesta por una escena en un altar. En ella San Juan logra una grandísima interpretación, de las mejores de su carrera. Y con esta escena Franco nos propone, imagina, qué le pasaría a un cura pederasta, y andaluz, que reconoce públicamente que abusó de niños. Algo inaudito, nunca visto, al menos como lo presenta la película. Después de esta secuencia, el cineasta apuesta por un cierre abrupto, seco, audaz. Y no todo el mundo estará de acuerdo con ese final, pero en el cine hay que arriesgar. Los espectadores decidirán. Y sea cual sea su veredicto, La luz es una película más que recomendable, generará debate y es muy oportuna tras el circo de la visita a España de León XIV.
Lo peor: la pesadilla (con el protagonista despertándose sudoroso incluida) a lo Ingmar Bergman en una playa, con tres niños, tres víctimas, montados a caballo. Lo mejor: Alberto San Juan.
Lo peor: la pesadilla (con el protagonista despertándose sudoroso incluida) a lo Ingmar Bergman en una playa, con tres niños, tres víctimas, montados a caballo. Lo mejor: Alberto San Juan.
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