Bonnie Tyler: la hija del minero

Aunque el mundo la recuerde bajo las luces de neón y los sintetizadores de los años 80, su historia real comenzó muy lejos del glamour: en los paisajes grises y duros de los suburbios de Gales. Allí, los mineros del carbón representaron uno de los capítulos más combativos de la historia obrera mundial, forjando una identidad de resistencia contra el capitalismo a fuerza de huelgas que marcaron a fuego al movimiento sindical británico. En esos barrios de lucha, donde la solidaridad de clase era la única ley, se crió la mujer que décadas más tarde conquistaría los ránkings musicales con esa voz quebrada, pero a la vez tan enérgica. Gaynor Hopkins nació en Neath, Gales, un 8 de junio de 1951. Cuarta de seis hermanos, creció en una vivienda social rodeada de música, gracias a su madre que musicalizaba la vida de esa familia obrera. Era la hija de un minero y de una madre amante de la ópera que cantaba en el coro de la iglesia local. Su primera incursión en el mundo del espectáculo tuvo lugar cuando tenía apenas 17 años y alcanzó el segundo puesto de un concurso de talentos por el que ganó una sola libra esterlina. Lejos de desanimarse, el verdadero inicio de su carrera musical se produjo al unirse al grupo Bobby Wayne & The Dixies, tras ver un anuncio en el periódico local y animarse a audicionar. Tras actuar con varios grupos locales bajo el nombre artístico de Sherene Davis, el quiebre definitivo llegó cuando consiguió su primer contrato discográfico. Buscando una identidad que pisara fuerte en la industria, y tras recopilar pacientemente una lista de apellidos y nombres de la Biblia, se bautizó a sí misma con el nombre que la haría inmortal: Bonnie Tyler. A finales de los 70, una operación de nódulos vocales le dejó una marcada ronquera. Lejos de ser el fin de su carrera, esa voz rasgada y herida se transformó en su mayor herramienta de éxito, desatando una catarata de hits que conquistaron las listas del planeta. Con «Total Eclipse of the Heart» (1983) alcanzó el puesto número 1 del codiciado Billboard Hot 100 en Estados Unidos y en el Reino Unido, una hazaña que ya había rozado con «It’s a Heartache» en 1978 al colarse en el Top 5 mundial. Su estatus de leyenda quedó sellado gracias a nominaciones a los premios Grammy y a los Brit Awards, además de llevarse el premio Goldene Europa. Su música se convirtió en un recurso infaltable para la cultura audiovisual: el megaéxito «Holding Out for a Hero» (coescrito con Giorgio Moroder) no solo inmortalizó la icónica película Footloose (1984), sino que su potencia épica revivió para nuevas generaciones en películas como Shrek 2 y en series de televisión de la talla de Stranger Things, Glee y Vikings, consolidando sus canciones como la banda sonora definitiva del drama y la acción en la pantalla grande y chica. En la Argentina, su clásico «It’s a Heartache» (1977) caló hondo, pero no se quedó atrapado en las radios de la época. El ingenio popular y el folklore del fútbol hicieron lo suyo: la melodía melancólica de Tyler fue expropiada por las hinchadas, acelerada por los bombos y transformada en uno de los himnos de cancha más universales y vigentes de las tribunas. ¡Jugadoooooreeees…!» Este es, quizás, el verdadero milagro de la música popular: viajar desde un barrio obrero británico hasta nuestras canchas, para quedarse a vivir ahí para siempre. Esta cronista cantó y bailó las canciones de Bonnie desde niña, viendo girar el vinilo en el viejo Winco familiar. Si bien aquella infancia no transcurrió en los barrios obreros de Gales, sí lo hizo en los suburbios de la costa argentina, donde el frío del invierno y el esfuerzo cotidiano de los trabajadores de la zona tenían su propia forma de llevarla. Gracias Bonnie.

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