Los caminantes de la calle: la disputa entre clanes mafiosos como retrato de la sociedad
Filmada en Mendoza y en Lima (Perú), que cuenta con una mayor comunidad de ascendencia china, la película parte de un guion inspirado en hechos reales acaecidos en el año 2016 vinculados a crímenes ligados a la mafia china y se fue modificando en el mismo trabajo de casting y producción a partir del cual surgieron los distintos personajes: actores no profesionales que emplearon sus propias historias personales para construirlos. En este punto, se destaca un muy buen trabajo de Hsu tanto a la hora de seleccionarlos como de dirigirlos, pues realmente brindan interpretaciones minimalistas pero sutiles en la expresión de las emociones, que fluyen orgánicamente y resultan verosímiles. La película se sitúa en el año 2010 y parte de las reiteradas extorsiones y amenazas de muerte que recibe una familia china que trabaja en el restaurant Luna Radiante por parte de la pandilla mafiosa de La Serpiente. Se trata de una situación que acarrea la disputa con la pandilla rival de El Tigre, que controlaría dicha área, en un clima donde la violencia va escalando cada vez más en sus niveles, pasando de la amenaza telefónica, a los disparos disuasorios hasta llegar a los asesinatos y también al desmembramiento de cuerpos como mensaje mafioso. La fiscal Belenguer (Victoria Almeida) es quien conduce el caso. Ella intenta armar el rompecabezas de la jerarquía que compone a La Serpiente y dar con su cabeza, a través de la traducción de las escuchas telefónicas que quedan a cargo del inspector Li (Chien Min Lee), enviado desde China por la propia embajada. Y poco a poco, descubren una estructura criminal mucho más grande que no solo abarca la protección extorsiva a comercios chinos o el juego ilegal, sino que escala a la trata de jóvenes mujeres a quien traen engañadas para el negocio de la prostitución, involucrando a la gendarmería local. Fiel a las convenciones del género, notamos, por otro lado, que las intenciones de la fiscal son nobles, pero tampoco desinteresadas, pues la envergadura del caso le permitiría postularse como fiscal federal. Belenguer es entonces un personaje con cierta ambigüedad, que no duda en salirse del protocolo legal conforme a hacer avanzar el caso, pero además es un personaje afectado por el reciente fallecimiento de su madre y la distancia afectiva respecto de su padre. La disputa entre las dos bandas mafiosas estalla desde dos lugares: por un lado, cuando se quiebra el respeto al pacto que ordena las zonas de influencia de cada una, avanzando una en el terreno de la otra, con fines de monopolizar el negocio; pero también cuando el lazo de amor entre Xu (Andres Alberto Tan He) y la pujinesa (Yuchen Che), una de las jóvenes secuestradas, comienza a pesar más en él que la lealtad al propio clan mafioso. Es un dato para destacar la lograda visibilización que realiza la película de la migración china a través de las historias de los personajes. Un abuelo que trabajó sin descanso como esclavo, por lo cual dos hermanos se vuelcan a la mafia como modo de hacer plata de manera más fácil; una joven huérfana de padres al cuidado de una abuela que trabaja en el campo, que añora a su esposo y que no puede acompañarla en sus ensueños por encontrar su lugar en el fin del mundo; o un joven Xu, que odia a sus padres porque lo rechazaron y jura venganza y cuya única aspiración es hacer dinero sin saber muy bien para qué. Se vislumbran así la falta de redes de contención del orden del amor, la explotación social y la segregación como causas de la marginalidad y del odio en el seno de esos jóvenes que conforman las bandas mafiosas.
Por otro lado, resulta interesante que, desde la lógica del neo-noir, Los caminantes de la calle instala temas como la crisis de la palabra en calidad de ley o pacto o incluso como puente mediador, adviniendo en su lugar la ley del más fuerte, y también el absurdo de la violencia sin fin entre hermanos; que se hacen presentes en la actualidad tanto a escala familiar como a escala geopolítica. En contraposición, es la poesía, que se vehiculiza en la relación entre Belenguer y Li, y en este sentido el arte mismo, la hendija que Juan Martin Hsu propone como posibilidad de encuentro posible con algo de lo humano que trascienda las diferencias lingüísticas y de sexo, sin anularlas, y esto es por la capacidad que tiene el arte mismo de afectar el cuerpo y de convocar emociones universales. El final de Los caminantes de la calle adopta el tono desencantado propio del género, pues nos damos cuenta de que, aunque se ponga en prisión o se mate a la cabeza de las mafias, se trata de estructuras de poder y de violencia que funcionan solas más allá de las personas que circunstancialmente las ocupen o integren. Queda resonando entonces la pregunta acerca de cómo cortar con la espiral sin fin de violencia en un mundo que funciona con desigualdades, con excluidos y con la explotación del más fuerte sobre el más débil. Se destaca en la película una puesta en escena a predominio del rojo, dando cuenta de la irrupción de sentimientos que deberían estar reprimidos, tanto en Xu por la Pujinesa como en Belenguer respecto a Li al salirse de su función como fiscal, y también de la violencia vengativa que despierta la traición al clan de sangre. Hay además un buen uso de la música puntuando narrativamente los climas afectivos y un buen trabajo de montaje discontinuando imagen y sonido en lo que hace a las escuchas telefónicas. Los caminantes de la calle es una película que nos encuentra gratamente con el acierto de Juan Martín Hsu de nutrirse de la mejor tradición del cine hongkonés de los 90 para producir un thriller policial con rasgos de autor, que permite leer el presente. Así puede dar cuenta de una maquinaria que produce cuerpos mercantilizados, segregados y estallados. La película nos deja un claro sabor amargo, pero elude el cinismo nihilista, pues en medio de la áspera jungla del asfalto es posible ver asomar, acaso resistir, merced a la sutileza de los pequeños detalles, ciertos instantes de ternura y belleza.
Por otro lado, resulta interesante que, desde la lógica del neo-noir, Los caminantes de la calle instala temas como la crisis de la palabra en calidad de ley o pacto o incluso como puente mediador, adviniendo en su lugar la ley del más fuerte, y también el absurdo de la violencia sin fin entre hermanos; que se hacen presentes en la actualidad tanto a escala familiar como a escala geopolítica. En contraposición, es la poesía, que se vehiculiza en la relación entre Belenguer y Li, y en este sentido el arte mismo, la hendija que Juan Martin Hsu propone como posibilidad de encuentro posible con algo de lo humano que trascienda las diferencias lingüísticas y de sexo, sin anularlas, y esto es por la capacidad que tiene el arte mismo de afectar el cuerpo y de convocar emociones universales. El final de Los caminantes de la calle adopta el tono desencantado propio del género, pues nos damos cuenta de que, aunque se ponga en prisión o se mate a la cabeza de las mafias, se trata de estructuras de poder y de violencia que funcionan solas más allá de las personas que circunstancialmente las ocupen o integren. Queda resonando entonces la pregunta acerca de cómo cortar con la espiral sin fin de violencia en un mundo que funciona con desigualdades, con excluidos y con la explotación del más fuerte sobre el más débil. Se destaca en la película una puesta en escena a predominio del rojo, dando cuenta de la irrupción de sentimientos que deberían estar reprimidos, tanto en Xu por la Pujinesa como en Belenguer respecto a Li al salirse de su función como fiscal, y también de la violencia vengativa que despierta la traición al clan de sangre. Hay además un buen uso de la música puntuando narrativamente los climas afectivos y un buen trabajo de montaje discontinuando imagen y sonido en lo que hace a las escuchas telefónicas. Los caminantes de la calle es una película que nos encuentra gratamente con el acierto de Juan Martín Hsu de nutrirse de la mejor tradición del cine hongkonés de los 90 para producir un thriller policial con rasgos de autor, que permite leer el presente. Así puede dar cuenta de una maquinaria que produce cuerpos mercantilizados, segregados y estallados. La película nos deja un claro sabor amargo, pero elude el cinismo nihilista, pues en medio de la áspera jungla del asfalto es posible ver asomar, acaso resistir, merced a la sutileza de los pequeños detalles, ciertos instantes de ternura y belleza.
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