La futura lengua franca
En 2004 llegó a los cines La pasión de Cristo (The Passion of the Christ), dirigida por Mel Gibson, película que narra las últimas doce horas en la vida de Jesús de Nazaret y constituye un espectáculo especialmente sangriento, por momentos casi gore y a menudo bien desagradable. Gibson justificaba los excesos de violencia y los chorros de sangre en una búsqueda de realismo, y teniendo en cuenta lo que los testimonios del siglo I nos cuentan sobre aquellos tiempos lejanos o lo que son las guerras y masacres en nuestra época, es probable que el cineasta no equivocase demasiado los tiros. Gibson buscó también otro tipo de realismo bastante menos habitual: en lugar de hacer hablar a todos los personajes históricos en inglés, como había sido la norma del cine histórico de Hollywood desde los inicios del cine sonoro, se empecinó en que las lenguas utilizadas en la cinta fuesen las mismas que habían empleado los protagonistas reales hace dos mil años. Para lograr semejante hazaña, hubo que traducir el guion al latín (para las escenas con romanos) y al arameo (para las escenas con judíos) y, atento a los detalles, incluso insertó algunas frases de hebreo (que era la lengua utilizada por los judíos en las ceremonias religiosas). El encargado de hacerlo realidad fue el jesuita y filólogo William J. Fulco, profesor de la Loyola Marymount University, quien además asesoró al reparto internacional (obviamente ninguno de los intérpretes hablaba estas lenguas) tanto en la pronunciación como en la entonación. El resultado es fascinante, pero su grado de éxito real parece bastante incierto. Aunque variantes del arameo sobreviven en zonas de Siria, Irak, Irán y Turquía, el arameo galileo que hablaba Jesús ha desaparecido y ya no se sabe con exactitud cómo sonaba. Todas las hipótesis de Fulco, aunque fundamentadas, son apenas aproximaciones. Algo similar sucede con el latín, que sobrevive en múltiples escritos de épocas diversas pero en la actualidad carece de hablantes. Fulco intentó alejar el latín que pronunciaban los legionarios en la película del tono elevado de escritos como los de Cicerón, pero mi profesora de latín en la universidad aseguraba que, aunque bien intencionado, el efecto seguía siendo un poco burdo. En su opinión y la de otros académicos, pese a los esfuerzos, el populacho romano aparecía en la película hablando un latín elevado, demasiado culto como para ser verosímil en tales personajes. En cualquier caso, lo realmente notable es que nos resulte tan extraño escuchar a gente corriente (no sacerdotes leyendo misa) hablando en latín en una película. Sobre todo si tenemos en cuenta que hacia los siglos II y III de nuestra era, durante la época de máxima extensión del Imperio Romano (que por entonces abarcaba unos 5 millones de kilómetros cuadrados) el latín era la principal lengua franca del mundo occidental. Llamamos “lengua franca” a aquel idioma común que, por diversos motivos históricos, comunidades diferentes con lenguas propias ininteligibles entre sí utilizan para comunicarse. En la época antes mencionada, el latín era utilizado como lengua franca en la mayor parte de Europa, aunque sin desplazar en el habla local a idiomas ya asentados y ampliamente difundidos como el griego. Su uso, al menos en los ámbitos administrativos, se extendía hasta los actuales territorios de Inglaterra y Gales, los Balcanes occidentales, Rumanía y partes de Hungría y de Alemania occidental, pero también a Grecia, el actual territorio de Turquía, la costa mediterránea del norte de África y Egipto. ¿Cómo había llegado a propagarse de semejante modo una lengua que siete siglos atrás era apenas una más de las varias que se usaban en la península itálica, entre ellas el griego, el etrusco y el osco? La respuesta es evidente, a través de la guerra y del comercio, y con frecuencia a través de las relaciones comerciales impuestas que seguían a la conquista de un territorio tras un conflicto armado. Como lengua de la administración, el ejército, el derecho y el comercio, el latín fue adoptado como primera o segunda lengua por poblaciones locales muy diversas y reinó durante más de cinco siglos. Luego, con la caída del Imperio Romano de Occidente en el año 476 de nuestra era, el latín fue desapareciendo del habla cotidiana. En algunos territorios, como Gran Bretaña o Alemania, fue desplazado por las diversas lenguas germánicas y, aunque miles de palabras de origen latino acabaron incorporándose al inglés o al alemán, su uso quedó limitado a los claustros religiosos y académicos. En otras regiones ocurrió un fenómeno diferente, que mi profesora de latín narraba de forma colorida y que intentaré parafrasear: “Roma fue llevando a sus legionarios a territorios cada vez más lejanos, primero a lo que hoy es Francia, luego a la Hispania, luego a lo que hoy es Portugal. Allí los soldados se asentaban y nacían sus hijos y sus nietos. Si con el paso de los siglos se le preguntaba a cualquiera de estos nietos y bisnietos qué lengua hablaban, todos habrían respondido que hablaban latín. Sin embargo, debido al mero uso cotidiano del idioma, la distancia con Roma y la mezcla con lenguas y dialectos de cada región, para entonces es muy probable que ya no hablasen realmente latín sino lenguas cada vez más próximas a lo que acabarían siendo el francés, el español o el portugués”. A medida que el latín vulgar evolucionaba hacia las lenguas romances, el latín clásico subsistió como lengua culta tanto en escritos religiosos como en los libros de filósofos y literatos. Sin embargo, hoy en día no conocemos con exactitud cómo se hablaba ni cómo sonaba el latín cuando era empleado por la gente corriente en Roma y sus vastos territorios. Eso, por supuesto, dando por sentado que ya por entonces cada región debía de tener sus propios modismos y acentos. Lo destacable es comprobar que incluso una lengua poderosa como el latín, que llegó a unir administrativamente a un imperio inmenso y era el comodín para la comunicación entre pueblos muy distantes, acabó evolucionando hasta dar origen a nuevas lenguas, mientras ella misma se convertía en una lengua muerta, es decir, una de tantas lenguas que hoy carecen de hablantes nativos y sobreviven solo en los libros. El latín no fue, por cierto, la primera “lengua franca”. En períodos previos, sumerio, acadio, arameo, persa y griego, se sucedieron (y en algunos casos coexistieron) como lenguas capaces de unir a hablantes de zonas diferentes. Los motivos de esa expansión lingüística fueron siempre los mismos: la guerra y el comercio. Y seguirían siendo los mismos. A partir del siglo VII, tras la expansión del islam desde la península arábiga, el árabe desempeñó el papel de lengua franca en un vasto territorio que se extendía desde la península ibérica hasta Asia Central y el océano Índico. Su uso estaba muy extendido tanto en el aspecto comercial (para realizar transacciones en el Mediterráneo, el mar Rojo, el golfo Pérsico y el océano Índico) como en el religioso y el cultural (durante dicho período fue el idioma común de matemáticos, médicos, astrónomos y filósofos de orígenes tan diversos como persas, judíos, sirios y bereberes). A partir de finales de la Edad Media, la expansión marítima de las potencias europeas fue desplazando progresivamente al árabe como gran lengua franca del comercio internacional. Como consecuencia de las expansiones coloniales de España, Portugal, Francia e Inglaterra entre los siglos XVI y XVIII, el español, el portugués, el francés y el inglés llegaron entonces a los sitios más recónditos. Las conquistas españolas y portuguesas en América acabaron con muchas lenguas de pueblos originarios mediante matanzas y la instauración de un régimen colonial y administrativo (y en múltiples ocasiones esclavista) que no dejaba lugar a ningún otro idioma que no fuera el castellano o el portugués. Los hablantes de las lenguas locales que no desaparecieron se vieron lingüísticamente acorralados y sus idiomas quedaron relegados al uso familiar y privado. La Real Cédula de 16 de abril de 1770, promulgada por Carlos III de España, lo decía de forma explícita: “Por tanto por la presente ordeno, y mando a mis Virreyes del Perú, Nueva España, y Nuevo Reino de Granada, a los Presidentes, Audiencias, Gobernadores y demás Ministros, Jueces y Justicias de los mismos distritos, y de las Indias Filipinas, y demás adyacentes y ruego, y encargo a los MM. RR. Arzobispos RR. Obispos a los Cabildos en Sede vacantes de sus Iglesias, a sus Provisores, y Vicarios Generales a los Prelados locales de las Religiones y a otros cualesquiera Jueces eclesiásticos de aquellos mis Dominios que (…) se llegue a conseguir el que se extingan los diferentes idiomas de que se usa en los mismos dominios, y sólo se hable el castellano como está mandado por repetidas Leyes, Reales Cedulas, y órdenes expedidas en el asunto.” Otro tanto ocurrió en Brasil con la conquista portuguesa, y con las innumerables conquistas francesas e inglesas, que se extendieron por América, India y África. No todas estas lenguas dominantes tenían igual incidencia en ámbitos sociales y culturales, como atestigua la célebre frase atribuida a Carlos V, rey de España y emperador del Sacro Imperio Romano Germánico entre 1516 y 1556: “Hablo latín con Dios, italiano con mis músicos, español con las tropas, alemán con la servidumbre, francés con las damas, e inglés con mi caballo”. Hasta inicios del siglo XX, además de ser la lengua impuesta por Francia a sus múltiples colonias, el francés fue aceptado durante unos dos siglos en Europa y en América como la lengua culta, aquella en la que todas las personas educadas podían conversar, la de la literatura y la poesía. Los jóvenes de clase alta aprendían francés casi de modo obligatorio y su desconocimiento del mismo era visto como muestra de ignorancia. El francés reemplazó al latín como lengua de la diplomacia y de buena parte de la cultura occidental. Pero ese dominio lingüístico resultó efímero y el inglés tomó el relevo. Un inglés que ya se había extendido en el siglo XIX mediante la conquista británica a amplios territorios de Asia, África y América, pero que se consolidó como lengua franca debido al impulso de las políticas imperialistas tanto militares como económicas de Estados Unidos. Los caminos por los que una lengua acaba convirtiéndose en lengua franca son múltiples, y a lo largo del siglo XX el inglés acabó siendo la elección generalizada como segunda lengua para la mayor parte del planeta, sobre todo tras la caída de la Unión Soviética, que pareció volver obsoleto el uso internacional del ruso. El cine, la televisión y la tecnología informática acabaron de consolidar esa sensación global de que no saber inglés implica una auténtica limitación laboral, social y cultural. Si en el siglo XIX cualquier persona ilustrada podía sentirse avergonzada de no saber francés, hoy en día la ignorancia del inglés se vive como una limitación personal. Al igual que en otras épocas el griego, el latín o el árabe, el inglés se ha vuelto hoy una herramienta esencial para la comunicación entre culturas y en la primera elección como segundo idioma para nuestros hijos. Esto independientemente de nuestra posición política al respecto y de la reflexión que podamos hacer sobre el modo violento o coercitivo en que esa lengua se haya ido imponiendo a nivel mundial. Con todo, en paralelo a la expansión del inglés, el siglo XX vio también el surgimiento de nacionalismos en territorios que lograban independizarse de sus amos coloniales, y se dio con frecuencia la paradoja de tener que optar por mantener el uso oficial del inglés (en otros casos del francés o el holandés) o regresar a las lenguas propias. La Constitución de la India, excolonia británica, estableció en 1950 que el idioma oficial del país sería el hindi y que el inglés continuaría utilizándose sólo de forma transitoria. Sin embargo, dado que extensas porciones de la India no tenían el hindi como lengua nativa, acabó aceptándose el inglés como lengua cooficial de la Unión. He conocido en Barcelona a varias familias procedentes de la India que, sin posibilidad de entenderse en sus lenguas locales, se comunicaban entre sí en inglés. En Tanzania, el suajili volvió a ser la principal lengua nacional, pero el inglés siguió manteniendo un carácter cooficial y siendo de gran importancia en la educación superior. Del mismo modo, aunque el árabe recuperó su condición de lengua oficial en Túnez, Argelia y Marruecos luego de independizarse esas naciones, en las tres la presencia del francés sigue siendo importante. Hay múltiples ejemplos en este sentido y las decisiones han sido siempre complejas. Por un lado, los nuevos gobiernos buscaron impulsar la identidad nacional y alejarse de la cultura impuesta por los imperios coloniales, pero al mismo tiempo importantes capas sociales se resistían a renunciar a la enseñanza de lenguas como el inglés o el francés en las escuelas señalando el perjuicio que ello implicaba para la población de cara al resto del mundo. Y es que, sea como sea que se expandan las lenguas, sea más o menos justa su difusión, a la larga lo que prima es su función comunicativa. El auge de los nacionalismos en el siglo XX, la necesidad de recuperar identidades propias que curasen heridas históricas, dio como resultado incluso la recuperación de lenguas que habían perdido casi todos sus hablantes (como el hebreo), o que habían perdido gran parte de su presencia pública y habían quedado relegadas, en muchos ámbitos, al uso familiar (como el catalán). Recuerdo largas charlas con un amigo catalán empeñado en convencerme de que, al igual que lo hacía él, yo también debía renegar del español por ser una lengua impuesta en muchos territorios como resultado de la violencia y la conquista. Él hablaba sólo en catalán, lo que ya me parecía bien, pero insistía en que siendo yo argentino y por ende latinoamericano, me correspondía rechazar un idioma impuesto en América merced a la esclavitud y la masacre. El razonamiento era bueno, pero no me dejaba muchas opciones. ¿Qué me tocaba hacer entonces para estar del lado bueno de la historia? ¿Intentar reconstruir una lengua no sólo muerta sino perdida como el querandí, que hablaban los habitantes de la llanura pampeana antes de la llegada de los españoles? ¿O quizás pasarme a otras lenguas supervivientes del centro y norte argentino como el quechua, el guaraní, el toba o el mapuche? Por supuesto que eso implicaría asumir en parte la teoría del “buen salvaje” asociada a Jean-Jacques Rousseau, según la cual cuanto menos desarrollada estaba una sociedad más pura y pacífica era su existencia. La realidad histórica es que muchas de esas lenguas precolombinas adquirieron su posición dominante también gracias a la guerra y la opresión de pueblos más débiles cuyas lenguas se han perdido para la posteridad. ¿O quizás, como soy descendiente de judíos polacos, ucranianos y alemanes, lo propio sería aprender alguna de esas lenguas? Pero todas las lenguas y todas las culturas humanas esconden trapos sucios. Hallar una lengua limpia de culpa y cargo implicaría encontrar un pueblo libre de culpa y cargo, y esa parece una misión imposible. En medio de invasiones, conquistas y masacres, nos comunicamos como podemos y, en la práctica, acabamos enseñando y aprendiendo aquellos idiomas que nos parecen más útiles en la actualidad que nos toca vivir. Con todo, es evidente que las lenguas son mucho más que una herramienta de comunicación. La lengua materna es también una seña de identidad, algo mucho más íntimo y personal. Por eso, se entiende la reacción visceral de aquellos pueblos que ven atacada o reprimida la posibilidad de utilizar la suya. Y esto se aplica no sólo a lenguas específicas sino también al modo de hablar cada una. Por más que lleve ya veinticuatro años viviendo en España, sigo girándome de forma instantánea cada vez que escucho pasar a mi lado a otro argentino (lo que, como cualquier buen español comprobará no sin pesar, ocurre con inusual frecuencia). Independientemente de los sentimientos que pueda provocarme la situación política de mi país natal, el reencuentro con el acento, la cadencia y los modismos de un compatriota despierta en mi cerebro una sensación emocional y física inmediata. Quizás por eso acabaron fracasando propuestas admirables como la creación del esperanto, idioma artificial diseñado por Ludwik Lejzer Zamenhof a fines del siglo XIX. Zamenhof había crecido en Białystok (hoy Polonia), ciudad multilingüe donde convivían polacos, rusos, judíos, alemanes y lituanos, y donde cada una de estas comunidades hablaba su propia lengua. Dado que las tensiones étnicas eran frecuentes, Zamenhof se propuso formular una lengua común y neutral que contribuyese al entendimiento entre los pueblos. Su idioma (que acabó denominándose “esperanto” porque lo presentó en su libro de 1887 con el pseudónimo de Doktoro Esperanto) tenía varias ventajas: una gramática sencilla, pronunciación totalmente fonética y un vocabulario basado principalmente en lenguas romances y germánicas, para lograr que tantos pueblos como fuese posible lo sintiesen de algún modo como propio. El himno oficial del movimiento esperantista, escrito y publicado en 1891 por el propio Zamenhof, comenzaba así: En la mondon venis nova sento, tra la mondo iras forta voko; per flugiloj de facila vento nun de loko flugu ĝi al loko. Ne al glavo sangon soifanta ĝi la homan tiras familion: al la mond’ eterne militanta ĝi promesas sanktan harmonion. Sub la sankta signo de l’ espero kolektiĝas pacaj batalantoj, kaj rapide kreskas la afero per laboro de la esperantoj. Lo que, por si no lo ha entendido todo el mundo, significa lo siguiente: Al mundo vino un nuevo sentimiento, por el mundo va un fuerte llamamiento; con las alas de un viento favorable, que ahora vuele de un lugar a otro. No hacia la espada sedienta de sangre atrae a la familia humana; al mundo eternamente beligerante le promete una santa armonía. Bajo el santo signo de la esperanza se reúnen pacíficos combatientes, y rápidamente crece la causa por el trabajo de los esperantistas. Aunque el esperanto tuvo su momento de popularidad y en varias partes del mundo surgieron clubes de esperanto donde la gente se reunía para aprenderlo y hablarlo, a la larga nunca llegó a consolidarse como lengua franca internacional. Por más que incluyera elementos de muchas lenguas diferentes, lo cierto es que ningún hablante lo vivía como propio. Nadie sentía el esperanto de forma íntima. Además, debido a su carácter artificial, carecía de esos matices de sentido que constituyen la base de la comunicación y que las lenguas adquieren gracias a su uso prolongado en el tiempo. La intención era estupenda: unir a los pueblos gracias a una mejor comunicación y evitar conflictos, pero pronto se sucederían dos guerras mundiales. Zamenhof murió de un infarto en 1917 en plena Primera Guerra a los 57 años. Aunque él era de origen judío, cuando en 1914 se fundó una organización de esperantistas judíos, la TEHA y lo invitaron a sumarse, él rechazó el ofrecimiento en una carta cuyas palabras resultan tristemente actuales y proféticas: “Estoy profundamente convencido de que todo nacionalismo sólo ofrece a la humanidad la mayor de las desgracias. Es cierto que el nacionalismo de los pueblos oprimidos (como reacción natural de autodefensa) es mucho más excusable que el nacionalismo de los pueblos opresores. Pero si el nacionalismo de los fuertes es innoble, el nacionalismo de los débiles es imprudente. Ambos se engendran mutuamente y se sostienen el uno al otro”. Es indudable que el español, como antes el latín, se expandió gracias a acciones terribles. Pero no menos cierto es que hoy constituye la cuarta lengua más hablada del planeta y que (al igual que el inglés, el francés y prácticamente todas las lenguas) ha servido también como vehículo de expresión para figuras cuya obra y pensamiento admiramos, tanto en el mundo del arte como en el de la ciencia. Hitler hablaba alemán, pero también Goethe; en el mismo sentido, Hernán Cortés y Francisco Franco hablaban español, pero también Frida Kahlo, Julio Cortázar, Miguel Hernández o Santiago Ramón y Cajal. La justa y lógica defensa de las lenguas locales no debería implicar, a la vez, la negación o el ataque frontal hacia aquellas con las que consiguen comunicarse millones de personas. En el mismo sentido, por muy de izquierdas y anticapitalista que uno pueda ser, resulta hoy un esfuerzo inútil luchar contra el inglés. Al fin y al cabo, buena parte de la literatura sobre arte, política y ciencia hoy puede encontrarse sólo en esa lengua. Y es una realidad palpable que, cuando viajamos a países donde no se habla nuestro idioma, lo primero que atinamos a hacer es preguntar: “Do you speak English?”. Con todo, aunque pueda parecernos eterno, el predominio del inglés como lengua franca no llega a superar ni un siglo y medio de los varios milenios de la historia humana, y las dos potencias que en uno y otro momento impulsaron tan importante difusión del inglés, Gran Bretaña y Estados Unidos, dan profundas señales de decadencia política, cultural y económica. En su libro de 2010 The Last Lingua Franca: English Until the Return of Babel, el lingüista e historiador británico Nicholas Ostler auguraba ya una situación semejante: “El declive del inglés, cuando comience, no parecerá un acontecimiento de gran importancia. El inglés internacional es una lengua franca y, por su propia naturaleza, una lengua franca es una lengua de conveniencia. Cuando deje de ser conveniente, por muy extendida que haya estado, será abandonada sin ceremonias y con escasa carga emocional. La gente simplemente dejará de molestarse en aprenderla; no le verá sentido y se alegrará de librarse de una asignatura que antes era obligatoria en la escuela. Sólo quienes mantengan una relación más íntima con ella (sus hablantes nativos) podrán experimentar una sensación de pérdida, del mismo modo que hoy les ocurre a los franceses cuando su idioma es dejado de lado o no recibe ninguna consideración especial. Y quienes sean conscientes de haber hecho una inversión considerable para aprender el idioma (por haber interpretado erróneamente las señales de cambio que ya se manifestaban en la comunicación global) también podrán sentirse engañados, incluso decepcionados, cuando parezca que los demás quedan exentos de tener que conocerlo. Pero el mundo, en su conjunto, se encogerá de hombros y seguirá realizando sus intercambios y negocios en la lengua, o la combinación de lenguas, que en ese momento resulte más útil.” Habrá que ver cuál será esa futura lengua franca: ¿el chino? ¿el ruso? ¿el árabe? Estos procesos, aunque veloces en el devenir de la historia, no lo son tanto para el carácter efímero de la existencia individual humana. Lo más probable es que nosotros, aunque quizás estemos asistiendo a los últimos coletazos del inglés, no vivamos lo suficiente como para averiguarlo.
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