Dos tríos

A menudo, la magia, la promesa del futuro se percibe incluso en las obras más tempranas de los grandes cineastas. Es verdad que, para forjar sus carreras, casi todos debieron filmar primero películas por encargo, donde tenían poco o ningún control sobre la producción o sobre los guiones. Con todo, por citar sólo dos ejemplos, tanto en las primeras pruebas de John Ford como de Alfred Hitchcock detrás de la cámara se nota algo diferente, algo que todavía no estaba dicho y que mantiene nuestro interés. Con la obra muda de Jean Renoir, sin embargo, pasa lo opuesto. Las películas mudas de sus compatriotas Raymond Bernard, Julien Duvivier, René Clair y Jean Epstein, por mencionar sólo a cuatro, alternan algunas obras menos logradas con otras donde ya se distingue su talento, tanto en la elección de los temas como en la manera de filmarlos. El puñado de películas de la época muda de Renoir, en cambio, somete al público actual (y quizá también al de la época en que se produjeron, pues ninguna fue un gran éxito) a un sopor que la consciencia de sus obras maestras posteriores no consigue remediar. Aunque contengan intentos formales interesantes aquí y allá, por lo general fallan las historias y los guiones. “Catherine ou Une vie sans Joie” (1924), “La Fille de l’eau” (1925), “La petite marchande d’allumettes” (1928) y “Le Bled” (1929) son, más allá de lo bonito de sus títulos, cuatro melodramas infumables (el último, además, subvencionado por el gobierno de Argelia, y todo un poema al colonialismo); “Nana” (1926), adaptación de la novela de Émile Zola, adolece de un guion lento y, salvo por Werner Krauss (brillante actor alemán que en años venideros se convertiría en estandarte del nazismo), de actuaciones poco creíbles; “Sur un air de Charleston” (1927) es un breve ensayo surrealista que no pasa de una mera postal comparado con el soberbio “Entr’acte” (1924) de René Clair, estrenado tres años antes; “Le Tournoi dans la cité” (1928) es un drama medieval con planos interesantes, pero ningún interés argumental; y finalmente “Tire-au-flanc” (también de 1928) es una comedia casi sin ritmo ni gracia donde el movimiento de la cámara manual (en la búsqueda de hallazgos visuales) perjudica el efecto cómico, y cuyo mayor interés radica en ofrecer uno de los primeros papeles protagónicos al gran Michel Simon. “Marquitta”, estrenada en 1927, hoy no puede juzgarla nadie porque no se conserva ninguna copia. Más de la mitad de estas películas adolece además de la poderosa e implacable sobreactuación de Catherine Hessling, quien por entonces era la esposa de Jean Renoir y que, omnipresente, rompe el poco clima que, por carencia de los guiones, pudiera haberse generado. No es que las películas estén mal filmadas. Es que les falta alma. Les falta una idea conceptual, un hilo conductor. Y Renoir mismo, en entrevistas posteriores, las desestimó otorgándoles escasa importancia. Todo lo que no prometía su obra previa, curiosamente, aparece plasmado de repente en su primer largometraje sonoro, “La Chienne” (1931), cuya traducción literal sería “La perra”, pero que cualquier espectador entendería ya entonces como “La puta”. Para suavizar las cosas, el filme se estrenó en España como “La golfa” y en Estados Unidos se distribuyó como “Isn’t Life a Bitch?”, es decir “¿No es la vida una mierda?”, incluyendo con ingenio dentro de la frase la palabra “bitch”, también literalmente “perra”, pero utilizada en sentido figurado como “puta” al menos desde el siglo XVI. El edulcorado remake estadounidense, dirigido por Fritz Lang en 1945, evitó problemas recurriendo ya por completo a la metáfora. Se tituló “Scarlet Street” (La calle escarlata). En “La Chienne”, el talento de Renoir se revela súbitamente en una película perfecta. A fin de alcanzar el presupuesto necesario para alguna de sus películas previas, como “Nana”, Renoir se había visto forzado a vender algunas pinturas de su padre, el célebre Pierre-Auguste Renoir, quien había muerto en 1921, tres años antes del debut de Jean como director. Quizás hoy semejante cosa pueda parecernos un sacrilegio (más considerando cómo se ha ido incrementando el precio de dichas pinturas con el paso de los años), pero seguramente para Jean, concentrado en su objetivo personal en este mundo, importantes y todo, no dejaban de ser los cuadros de papá. Para financiar “La Chienne”, tal vez porque ya no le quedaban pinturas para liquidar, Jean produjo un cortometraje cómico casi sin presupuesto que constituyó su primer filme sonoro (“On purge bébé”, 1931) y que reúne a Michel Simon con otro grande del cine francés, Fernandel, también por entonces en los comienzos de su carrera.
Cuando la película se estrenó el 19 de noviembre de ese año, al trío de la ficción ya le faltaba una pata. Michel Simon, que se desmayó durante el funeral, culpó a Renoir de la muerte de la actriz y los dos se enfrentaron violentamente
“La Chienne” le costó a Renoir su matrimonio. Catherine Hessling (a quien Jean había conocido cuando ella era modelo de las pinturas de Pierre-Auguste) se moría de ganas de interpretar a Lulu, la puta/perra/golfa protagonista. Pero el director le negó el papel (lo que culminó en divorcio) y se lo dio en cambio a la joven Janie Marèse, de 23 años, quien paradójicamente moriría de forma indirecta como consecuencia de dicho papel. En busca de la naturalidad y el realismo que lo harían famoso, Renoir promovió que se estableciese una relación de pareja auténtica entre Janie y Georges Flamant, quienes en la ficción constituyen dos patas del trío amoroso, con Michel Simon como el tercero en discordia. En el filme, Janie finge amar al empleado bancario y pintor aficionado interpretado por Michel Simon con la intención de aprovecharse de su dinero, si bien a su vez está profundamente enamorada de Flamant, un proxeneta que la utiliza, golpea y desprecia. Renoir quería que la emoción fluyese entre Janie y Flamant, e hizo todo lo que estaba en sus manos para que se enamorasen de verdad: le habló a cada uno maravillas del otro y a menudo los dejó solos en el plató. Esto le valió el resentimiento de Michel Simon, quien, eterno mujeriego, se había enamorado él mismo de Janie. De este modo, el trío amoroso de la ficción se trasladó a la vida real. Es probable que la inyección de sentimientos auténticos haya contribuido a la magia del filme, un gran éxito que marcó el verdadero despegue internacional de la carrera de Renoir, quien a partir de entonces dejó por fin de ser considerado “el hijo del pintor”. Al mismo tiempo, sin embargo, tuvo consecuencias trágicas. Mientras que en la película el despechado Simon asesina a Janie a puñaladas, en la vida real Janie y Flamant acabaron siendo pareja. Pero Flamant era un pésimo conductor y el 14 de agosto de 1931, mientras recorrían la Riviera francesa, perdió el control del coche donde iban ambos. Antes de estrellarse, el vehículo dio varias vueltas. Flamant sobrevivió, pero Janie murió en el acto. Así, cuando la película se estrenó el 19 de noviembre de ese año, al trío de la ficción ya le faltaba una pata. Michel Simon, que se desmayó durante el funeral, culpó a Renoir de la muerte de la actriz y los dos se enfrentaron violentamente. “Mátame si quieres”, le respondió el director, “pero yo sólo hice la película”. El recelo, que en realidad expresaba la infinita frustración de ambos por no controlar los inasibles azares del destino, se prolongó durante unos cuantos meses. Pero el tiempo lo cura todo y dos talentos tan importantes no podían eludirse. No pasaría ni un año hasta que las dos leyendas del cine estuviesen codo a codo encarando una nueva producción.

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