El escondite de Harriet
“Un pequeño cobertizo había sido añadido a la casa de mi abuela años atrás. Se habían colocado algunas tablas sobre las vigas de la parte superior y, entre esas tablas y el techo, había una diminuta buhardilla nunca ocupada por nada más que ratas y ratones. Tenía un tejado inclinado, cubierto únicamente con tejas de madera, según la costumbre sureña para ese tipo de construcciones. La buhardilla medía apenas 2,74 metros de largo por 2,13 metros de ancho. La parte más alta no llegaba al metro de altura y descendía abruptamente hasta el suelo de tablas sueltas. No había entrada ni para la luz ni para el aire. Mi tío Philip, que era carpintero, había construido con gran habilidad una trampilla oculta que comunicaba con el almacén. A ese agujero fui conducida tan pronto como entré en la casa. El aire era sofocante; la oscuridad, total. Habían extendido una cama sobre el suelo. Yo podía dormir bastante cómodamente de un lado, pero la inclinación era tan brusca que no podía girarme hacia el otro sin golpear el techo. Las ratas y los ratones corrían sobre mi cama, pero yo estaba agotada, y dormí ese sueño que pueden dormir los desdichados cuando una tempestad ha pasado sobre ellos. Llegó la mañana. Lo supe únicamente por los ruidos que escuchaba, porque en mi pequeño escondite el día y la noche eran exactamente iguales. Sufría por la falta de aire aún más que por la falta de luz. Pero no estaba desconsolada. Escuchaba las voces de mis hijos.” Si los padecimientos de la familia de Anna Frank en su escondite secreto de Ámsterdam podían producirle a alguien claustrofobia, mal podemos imaginar las experiencias vividas por Harriet Jacobs, esclava negra en una ciudad del sur de los Estados Unidos a mediados del siglo XIX, tras verse forzada a refugiarse en un sitio como el que ella misma describe en las líneas citadas. El destino final de Harriet acabaría siendo más luminoso que el de la desdichada Anna, pero antes de serle posible abandonar tan estrecho y sofocante refugio habrían de transcurrir casi siete años. Existen varios testimonios directos sobre la experiencia de la esclavitud de los negros africanos y sus descendientes en el sur estadounidense. En otro artículo nos hemos referido a la rebelión de Nat Turner, quien al frente de un grupo de esclavos salió a asesinar personas blancas en el estado de Virginia y dejó un breve testimonio en primera persona antes de ser ejecutado por ello. Otros esclavos fugitivos, entre los cuales el más famoso es Frederick Douglass, acabaron escribiendo libros sobre su experiencia y dedicaron su vida al activismo en favor de los derechos civiles de la población negra. El caso de Harriet Jacobs destaca entre todos estos testimonios no sólo por ser una mujer, sino porque, por el hecho de serlo, expone con crudeza una faceta del mundo de la esclavitud que no mencionan los cronistas varones más que al pasar. Además de ser brillante y lúcida, la voz de Harriet es por este motivo doblemente valiosa y singular. Nacida en 1815 en Edenton, Carolina del Norte, en pleno auge del sistema esclavista, Harriet tuvo la fortuna de que su primera “dueña” fuese una mujer relativamente respetuosa y compasiva hacia los esclavos de su propiedad. El padre de Harriet era un talentoso carpintero, y por tal motivo se le permitía cierta autonomía. Pese a eso, tanto él como su esposa eran esclavos y la ley vigente por entonces determinaba que los hijos de una esclava heredaban su condición. Tanto Harriet como su hermano John eran, por ende, esclavos desde su nacimiento. Harriet lo explica al inicio de sus memorias: “Nací esclava, pero nunca lo supe hasta que transcurrieron seis años de una infancia feliz. Mi padre era carpintero y se lo consideraba tan inteligente y hábil en su oficio que, cuando había que levantar edificios fuera de lo común, lo mandaban llamar desde lugares lejanos para que fuera el maestro de obra. Con la condición de pagarle doscientos dólares al año a su ama y mantenerse por sus propios medios, se le permitía ejercer su oficio y administrar sus asuntos. Su mayor deseo era comprar la libertad de sus hijos, pero aunque varias veces ofreció el fruto de su duro trabajo con ese propósito, nunca lo consiguió. En cuanto al color de piel, mis padres tenían un tono claro de amarillo parduzco y eran llamados mulatos. Vivían juntos en un hogar cómodo y, aunque todos éramos esclavos, yo estaba tan amorosamente protegida que jamás imaginé ser una pieza de mercancía, confiada a ellos para su custodia y susceptible de serles reclamada en cualquier momento.” Estamos en tiempos en los que aún no hay antibióticos y la gente a menudo muere de repente, sea cual sea su edad o su condición social. Cuando Harriet tenía precisamente seis años, su madre murió y ella quedó al cuidado de la hija de su dueña, con quien también la unió una relación más o menos estrecha, al menos hasta donde lo permitían las circunstancias y que, cosa rara en aquella época tratándose de una esclava, le enseñó a leer y a escribir: “Yo era su esclava, y supongo que ella no me reconocía como a su prójima. Daría mucho por borrar de mi memoria aquella gran injusticia. De niña, amaba a mi ama; y, al recordar los días felices que pasé con ella, trato de pensar con menos amargura en ese acto de injusticia. Mientras estuve con ella me enseñó a leer y a deletrear; y por ese privilegio, que tan rara vez le toca en suerte a un esclavo, bendigo su memoria. Poseía muy pocos esclavos y, a su muerte, todos fueron repartidos entre sus parientes. Cinco de ellos eran hijos de mi abuela y habían compartido la misma leche que alimentó a los hijos de la madre de ella. A pesar del largo y fiel servicio de mi abuela a sus dueños, ninguno de sus hijos escapó al bloque de subastas. Estas máquinas animadas por el aliento de Dios no valen, a los ojos de sus amos, más que el algodón que cultivan o los caballos que cuidan.” A la muerte de su dueña, Harriet (de diez años) y su hermano John (de doce) fueron “heredados” por una niña sobrina suya que por entonces tenía sólo tres años, de modo que ambos quedaron en realidad a merced del padre de la niña, un médico llamado James Norcom. Las relaciones sexuales entre los dueños de esclavos y sus esclavas eran por entonces moneda corriente. La propia abuela de Harriet, Molly, era hija de su dueño blanco, quien acabó concediéndole la libertad. El mismo doctor Norcom era padre de varios esclavos. Según narra Harriet: “Los secretos de la esclavitud se ocultan como los de la Inquisición. Mi amo era, hasta donde yo sabía, el padre de once esclavos. Pero ¿se atrevían las madres a decir quién era el padre de sus hijos? ¿Se atrevían los otros esclavos a aludir a ello, salvo en susurros entre ellos mismos? ¡Ciertamente no! Conocían demasiado bien las terribles consecuencias.” Semejante sistema provocaba problemas entre las propias familias. Las esposas de los esclavistas a menudo sentían celos hacia las esclavas violadas, quienes, a sus ojos, usurpaban su lecho matrimonial. De este modo, a la violencia sexual ejercida por sus maridos se sumaban castigos y maltratos impuestos por estas mujeres, que con frecuencia solicitaban la inmediata venta de cualquier niño nacido en dichas condiciones. La situación implicaba una “normalidad” incongruente, según narra Harriet: “Una vez vi a dos hermosas niñas jugando juntas. Una era blanca y rubia; la otra era su esclava y también su hermana. Cuando las vi abrazarse y escuché sus risas alegres, me aparté tristemente de aquella encantadora escena. Preví la inevitable desgracia que caería sobre el corazón de la pequeña esclava. Sabía cuán pronto sus risas se convertirían en suspiros. La niña blanca creció y se convirtió en una mujer aún más hermosa. Desde la infancia hasta la madurez, su camino estuvo rodeado de flores y cubierto por un cielo soleado. Apenas un solo día de su vida había sido ensombrecido cuando el sol se alzó sobre la feliz mañana de su boda. ¿Y cómo habían tratado esos años a su hermana esclava, la pequeña compañera de juegos de su infancia? Ella también era muy hermosa, pero las flores y el sol del amor no eran para ella. Bebió la copa del pecado, de la vergüenza y de la miseria, de la cual su raza perseguida es obligada a beber.” Los acosos del doctor Norcom comenzaron cuando Harriet cumplió quince años: “Entré entonces en mi decimoquinto año, una época triste en la vida de una esclava. Mi amo comenzó a susurrarme palabras obscenas al oído. Por muy joven que fuera, no podía ignorar su significado. Intenté tratarlas con indiferencia o desprecio. La edad del amo, mi extrema juventud y el temor a que su conducta fuera denunciada a mi abuela hicieron que él soportara ese trato durante muchos meses. Era un hombre astuto y recurría a muchos medios para lograr sus fines. A veces tenía un carácter tempestuoso y aterrador que hacía temblar a sus víctimas; otras veces adoptaba una dulzura que creía que sin duda las sometería. De las dos cosas, yo prefería sus arrebatos, aunque me dejaran temblando. Hizo todo lo posible por corromper los principios puros que mi abuela me había inculcado. Llenó mi joven mente de imágenes impuras que sólo un vil monstruo podría concebir. Me aparté de él con repugnancia y odio. Pero era mi amo. Me veía obligada a vivir bajo su mismo techo, donde veía a un hombre cuarenta años mayor que yo violar a diario los mandamientos más sagrados de la naturaleza. Él me decía que yo era de su propiedad; que debía someterme a su voluntad en todo. Mi alma se rebeló contra aquella mezquina tiranía. Pero ¿a quién podía acudir en busca de protección? No importa si la esclava es tan negra como el ébano o tan blanca como su señora. En cualquier caso, no existe ni la más mínima protección legal que la defienda de los insultos, de la violencia o incluso de la muerte. Todo ello a manos de demonios con apariencia humana.” En su libro, Harriet pone en evidencia el desamparo de los familiares y amigos negros de las víctimas de abuso y su imposibilidad de defender a sus mujeres de la violencia de sus amos blancos: “Algunos pobres hombres han sido tan brutalizados por el látigo que se apartan a escondidas para dejar a sus amos libre acceso a sus esposas e hijas. ¿Creéis que esto demuestra que el hombre negro pertenece a una orden de seres inferior? ¿Qué haríais vosotros de haber nacido y crecido como esclavos, con generaciones de esclavos como antepasados? Admito que el hombre negro acaba siendo inferior, pero, ¿qué es lo que lo vuelve así? Es la ignorancia en la que los hombres blancos lo obligan a vivir; es el látigo que le arranca su hombría en cada golpe; son los feroces sabuesos del Sur que lo persiguen si intenta huir. Ellos hacen el trabajo.” Durante meses Harriet resistió los embates de Norcom. Cuando ella entabló una relación con un joven negro libre, el doctor le prohibió reunirse con él amenazando con matarlo si volvía a verlos juntos. Si Norcom no la violó sin más fue porque, en su condición de médico, se trataba de una persona pública y Edenton era un pueblo muy pequeño donde se conocían todos. Pero las amenazas eran constantes y Harriet estaba aterrorizada. Entre la espada y la pared, pero imbuida de una enorme fuerza de voluntad, aceptó las proposiciones de un hombre blanco soltero que la trataba de un modo razonablemente respetuoso y quedó embarazada de él. En sus memorias lo recuerda con humillación: “Y ahora, lector, llego a un período de mi desdichada vida que con gusto olvidaría si pudiera. El recuerdo me llena de tristeza y vergüenza. Me duele contártelo; pero he prometido decir la verdad, y lo haré honestamente, cueste lo que cueste. No intentaré escudarme tras la excusa de haber sido obligada por un amo, porque no fue así. Tampoco puedo alegar ignorancia o irreflexión. Durante años, mi amo había hecho todo lo posible por corromper mi mente con imágenes impuras y destruir los principios inculcados por mi abuela y por la buena ama de mi infancia. Las influencias de la esclavitud habían tenido en mí el mismo efecto que en otras jóvenes esclavas: me habían hecho conocer prematuramente los malos caminos del mundo. Sabía lo que hacía, y lo hice con deliberada intención. Pero, ¡oh, mujeres felices, cuya pureza ha sido protegida desde la infancia, que han sido libres de elegir a los objetos de su afecto, cuyos hogares están protegidos por la ley, no juzguéis con demasiada severidad a la pobre y desamparada esclava! Si la esclavitud hubiera sido abolida, yo también podría haberme casado con el hombre de mi elección; podría haber tenido un hogar protegido por las leyes y me habría ahorrado la dolorosa tarea de confesar lo que ahora estoy a punto de relatar. Pero todas mis esperanzas habían sido destruidas por la esclavitud. Quería conservarme pura y, aun en las circunstancias más adversas, luché con empeño por preservar el respeto por mí misma. Pero estaba luchando sola, atrapada en el poderoso dominio del demonio de la esclavitud, y el monstruo resultó siendo demasiado fuerte para mí. Sentía como si Dios y los hombres me hubieran abandonado; como si todos mis esfuerzos estuvieran condenados al fracaso y, en mi desesperación, me volví temeraria. Ya he contado que las persecuciones del doctor y los celos de su esposa habían dado lugar a ciertos rumores en el vecindario. Entre otras personas, ocurrió que un caballero blanco y soltero llegó a conocer algo de las circunstancias en que yo me encontraba. Conocía a mi abuela y solía hablar conmigo en la calle. Empezó a interesarse por mí y a hacer preguntas sobre mi amo, a las cuales respondí en parte. Expresó mucha compasión y el deseo de ayudarme. Buscaba constantemente oportunidades para verme y me escribía con frecuencia. Yo era una pobre esclava de apenas quince años. Tanta atención de una persona de posición superior era, por supuesto, halagadora, porque la naturaleza humana es la misma en todos. También me sentía agradecida por su simpatía y alentada por sus palabras amables. Me parecía algo muy importante tener un amigo así. Poco a poco, un sentimiento más tierno se fue abriendo paso en mi corazón. Él era un caballero educado y elocuente; demasiado elocuente, por desgracia, para la pobre esclava que confiaba en él. Por supuesto, veía hacia dónde conducía todo aquello. Conocía el abismo infranqueable que existía entre nosotros. Pero ser objeto de interés por parte de un hombre que no está casado y que no es su amo resulta agradable para el orgullo y los sentimientos de una esclava, si su miserable situación le ha dejado aún algún orgullo o sensibilidad.” Harriet guardaba la esperanza de que, dadas las circunstancias, Norcom aceptase que su amante blanco, Samuel Sawyer, la comprase. Pero las circunstancias no hicieron más que enfurecer al médico, quien se negó rotundamente a hacerlo incluso después de que Harriet diese a luz a un segundo hijo de Sawyer, en este caso una niña: “Cuando me dijeron que mi recién nacida era una niña mi corazón se sintió más pesado que nunca antes. La esclavitud es terrible para los hombres, pero es mucho más terrible para las mujeres. Además de la carga común a todos, ellas tienen agravios, sufrimientos y humillaciones que les son propios. Mis hijos crecían hermosamente y el doctor solía decirme con una sonrisa de satisfacción: «Estos mocosos me darán una buena suma de dinero algún día». Yo pensaba para mis adentros que, con la ayuda de Dios, jamás pasarían a sus manos. Me parecía preferir verlos muertos antes que entregados a su poder. El dinero para comprar la libertad de mis hijos y la mía podía conseguirse, pero yo no obtenía ninguna ventaja de esa circunstancia. El doctor amaba el dinero, pero amaba aún más el poder. Después de muchas discusiones mis amigos resolvieron hacer otro intento. Había un esclavista a punto de partir hacia Texas y se le encargó comprarme. Debía comenzar ofreciendo novecientos dólares y llegar hasta mil doscientos. Mi amo rechazó sus ofertas.” No sólo las rechazó, sino que inició con Harriet una guerra de humillación, opresión y desgaste que la dejó exhausta. Primero la alejó de sus hijos y luego la envió a trabajar en las plantaciones. Si no la mató o torturó a latigazos como era habitual que ocurriese con los esclavos que se negaban a aceptar órdenes, fue probablemente porque temía los comentarios de sus vecinos o porque, en lo más profundo, deseaba vencer la resistencia de Harriet y someterla. En cualquier caso, ella siguió luchando mientras pudo y en junio de 1835, con apenas veinte años, concluyó que ya no podía soportarlo más y decidió huir hacia los estados no esclavistas del norte. La huida no era nada sencilla. Consciente de su partida, el doctor Norcom metió en prisión a sus dos pequeños hijos y a su hermano John, en un intento de extorsionarla para regresar. Al mismo tiempo, publicó un anuncio en los periódicos locales donde se leía: “UNA RECOMPENSA DE 100 DÓLARES será entregada por la captura y entrega de mi esclava HARRIET. Es una mulata de piel clara, de unos 21 años de edad, 1,63 metros de altura. De constitución robusta y corpulenta, tiene la cabeza cubierta por una abundante cabellera negra, que se riza de manera natural, aunque puede peinarse fácilmente lisa. Habla con facilidad y fluidez, y tiene un porte y unos modales agradables. Como es una buena costurera, está acostumbrada a vestir bien; posee una variedad de ropas muy finas, confeccionadas según la moda predominante, y probablemente aparecerá, si anda por ahí, adornada con vistosas y elegantes galas de moda. Como esta muchacha huyó de la plantación de mi hijo sin causa ni provocación conocidas, es probable que tenga la intención de trasladarse al Norte. La recompensa mencionada, junto con todos los gastos razonables, será entregada a quien la capture o la asegure en cualquier prisión o cárcel dentro de los Estados Unidos. Se advierte por la presente a todas las personas que no le den refugio ni faciliten su fuga, bajo las más severas penas de la ley. JAMES NORCOM, Edenton, 30 de junio.” Tal es el texto del anuncio tal como se conserva en los archivos de Edenton. En sus memorias, Harriet, probablemente parafraseando lo que recordaba del mismo, elevaba el importe de la recompensa a 300 dólares (importe que luego será importante en el desenlace de los hechos) y añadía a la descripción de su persona “sabe leer y escribir”, dato que no existe en el anuncio original pero que sin duda para ella era esencial destacar (de hecho, su abuela era analfabeta y su propio hermano John sólo leía con dificultad y hasta bien entrada la edad adulta fue incapaz de escribir). Con el pedido de captura publicado en un pueblo donde todos la conocían, y con todo el territorio plagado de cazadores de esclavos fugitivos sedientos de cobrar recompensas, cualquier tentativa de fuga debía llevarse a cabo con enorme cuidado. Primero Harriet se refugió en casa de una amiga, pero empezaron las requisas en todos los hogares y eso pareció demasiado riesgoso, así que se ocultó durante algunos días en un pantano cercano, donde una víbora la picó en una pierna y estuvo a punto de matarla. Entretanto, su tío terminaba en casa de su abuela el estrecho refugio del techo, donde fue conducida tan pronto como fue posible: “Me pasaban la comida a través de la trampilla que mi tío había ideado, y mi abuela, mi tío Phillip y mi tía Nancy aprovechaban cualquier oportunidad para subir allí y charlar conmigo a través de la abertura pero, por supuesto, eso no era seguro durante el día. Todo debía hacerse en la oscuridad. Me era imposible moverme en posición erguida, pero me arrastraba por mi refugio para hacer ejercicio.” Con una herramienta que había olvidado su tío, Harriet consiguió hacer unos diminutos agujeros en la madera que le permitían ver a sus hijos. Lo que pretendía ser un escondite temporal antes de la huida programada se convirtió en una tortura que se extendería varios años: “Sufrí mucho más durante el segundo invierno que durante el primero. Mis extremidades estaban entumecidas por la inactividad y el frío les provocaba calambres. Tenía una sensación muy dolorosa de frío en la cabeza. Incluso mi rostro y mi lengua se endurecieron y perdí la capacidad de hablar. Por supuesto, en esas circunstancias era imposible llamar a ningún médico.” Sin posibilidad de salir, Harriet pasó en ese cobertizo días de enfermedad y delirio. En invierno el frío y la humedad eran insoportables, y en verano el calor del sol prácticamente la asfixiaba. Cada lluvia la dejaba empapada sin posibilidad de cambiarse las ropas. A eso había que sumar las picaduras de los mosquitos y los roedores que convivían con ella y le caminaban por encima. “Pensamientos oscuros cruzaban mi mente mientras yacía allí día tras día. Intentaba estar agradecida por mi pequeña celda, tan lúgubre como era, e incluso amarla, como parte del precio que había pagado por la redención de mis hijos. A veces pensaba que Dios era un Padre compasivo, que perdonaría mis pecados por mis sufrimientos. Otras veces, me parecía que no había justicia ni misericordia en el gobierno divino. Me preguntaba por qué se permitía la existencia de la maldición de la esclavitud y por qué había sido tan perseguida y maltratada desde mi juventud. Estas cosas tomaban la forma de un misterio, que hasta hoy no está tan claro para mi alma como confío que lo estará en el futuro.” Aunque nos parezca inconcebible imaginarlo, el suplicio duró casi siete años, a lo largo de los cuales Harriet apenas si podía descender a otra habitación unos minutos durante las noches para que sus piernas no quedasen completamente tullidas. Como consecuencia de su reclusión, padeció problemas en la espalda e hinchazón y dolores en las piernas durante el resto de su vida. La casa de su abuela fue registrada por los cazadores de esclavos en varias ocasiones, sin que nadie descubriese el escondite. El doctor Norcom, obsesionado con Harriet, llegó a convencerse de que ella había huido ya a Nueva York y en un par de ocasiones fue hasta allí para intentar localizarla. La propia Harriet, que en realidad se hallaba a pocos metros de la casa de su acosador, fomentó esta idea escribiéndole cartas que luego amigos suyos le enviaban a Norcom desde esa ciudad. Desalentado, el médico aceptó finalmente que los hijos y el hermano de Harriet fuesen vendidos a un traficante de esclavos. Aunque el médico no lo sabía, este traficante había cerrado un trato con Samuel Sawyer, quien los compró a los tres. De este modo, aunque hoy pueda parecer inconcebible, mediante esa transacción económica los dos niños fueron adquiridos en propiedad por su propio padre. Finalmente, en 1842, Harriet consiguió embarcar de incógnito rumbo al norte. En Boston se reencontró con su hija Louisa Matilda, que estaba al cuidado de una prima de Sawyer. Louisa tenía por entonces nueve años y prácticamente no conocía a su madre. Harriet consiguió entonces que su abuela enviase a Boston también a su hijo Joseph, de doce años, y los tres pudieron por fin abrazarse. Trabajando como canguro de la niña de una mujer inglesa, Harriet consiguió cierta estabilidad y dedicó su sueldo a pagar la educación de sus hijos. Gracias a la relación con esa familia realizó en 1845 su primer viaje a Inglaterra, donde la sorprendió la ausencia de prejuicios raciales en comparación con la situación en su patria. Le parecía mágico el mero hecho de que la admitiesen en un hotel y la tratasen como a un ser humano. La vida en el norte de los Estados Unidos distaba mucho de ser ideal: Harriet describe múltiples instancias de discriminación en ciudades presuntamente antiesclavistas. Durante unos años, al menos, estuvo fuera del alcance de Norcom. En 1850, sin embargo, fue aprobada en el Congreso la Ley de Esclavos Fugitivos, que permitía a los cazadores de esclavos capturar a los negros huidos incluso en los estados norteños. Se inició así una cacería que forzó a muchos fugitivos a volver a ocultarse o marcharse del país. La descripción que hace Harriet de esa persecución recuerda los actuales embates de la policía migratoria estadounidense (ICE) contra cualquier persona cuya piel no sea blanca: “Mientras la gente elegante escuchaba la voz estremecedora de la soprano Jenny Lind en el Metropolitan Hall, las voces igualmente estremecedoras de pobres personas negras perseguidas se elevaban en una agonía de súplica. Muchas familias que habían vivido en la ciudad durante veinte años huyeron de ella al instante. Pobres lavanderas que con su duro trabajo habían logrado forjar un hogar confortable se vieron obligadas a sacrificar sus muebles, despedirse apresuradamente de sus amigos y buscar fortuna entre desconocidos en Canadá. Muchas esposas descubrieron un secreto ignorado hasta entonces: su esposo era un fugitivo y debía abandonarlas para asegurar su propia seguridad. Peor aún, muchos esposos descubrieron que sus esposas habían huido de la esclavitud años atrás y, puesto que la progenie hereda la condición de su madre, los hijos fruto de su amor podían ser capturados y esclavizados. Por todas partes en aquellos humildes hogares reinaron la consternación y la angustia. Pero ¿qué les importaba a los legisladores de la ‘raza dominante’ la sangre que estaban aplastando? Yo misma estaba sujeta a esa ley, y también cientos de personas inteligentes y trabajadoras a nuestro alrededor. Rara vez me aventuraba a salir a la calle y cuando era necesario hacer algún encargo, circulaba en la medida de lo posible por calles secundarias y senderos apartados. ¡Qué vergüenza para una ciudad que se llama a sí misma libre que sus habitantes, inocentes de toda ofensa y que buscan cumplir sus deberes con conciencia, sean condenados a vivir en un temor incesante y no tengan a dónde acudir en busca de protección!” Y en otro pasaje afirmaba: “Es triste sentir miedo de tu propio país.” Aunque Harriet no lo sabía, el doctor Norcom había muerto ese mismo año de 1850, pero la propiedad de los esclavos se heredaba y el marido de la hija de Norcom viajó al norte para reclamar a la esclava de su propiedad. Aunque nunca la halló, acabó aceptando una oferta de 300 dólares que le hizo una amiga blanca de Harriet. Al hombre el precio le pareció bajo. Con todo, la mujer le hizo comprender que lo mejor que podía hacer era coger el dinero ofrecido y marcharse, pues jamás conseguiría dar con su esclava. Harriet se enteró de la transacción por carta cuando ya se había producido. Así recordaba el momento, que vivió no sin cierta amargura: “Mi mente se turbó al leer las líneas. Un caballero cercano a mí dijo: ‘Es verdad; he visto la escritura de venta.’ ¡La escritura de venta! Sentí esas palabras como un golpe en pleno rostro. ¡De modo que por fin me habían vendido! ¡Un ser humano vendido en la ciudad libre de Nueva York! La escritura de venta está registrada, y las generaciones futuras aprenderán de ella que las mujeres eran artículos de comercio en Nueva York ya avanzado el siglo XIX de la era cristiana. Quizá en el futuro resulte un documento útil para los estudiosos de la antigüedad que intenten medir el progreso de la civilización en los Estados Unidos. Conozco bien el valor de ese trozo de papel, pero por mucho que ame la libertad, no puedo dejar de aborrecerlo. Estoy profundamente agradecida a la generosa amiga que lo consiguió, pero desprecio al malvado que exigió un pago por lo que nunca les había pertenecido legítimamente ni a él ni a los suyos.” Una vez libre, Harriet Jacobs y su hija se dedicaron de lleno al activismo contra una esclavitud que no sería realmente abolida hasta 1865 tras la cruenta guerra civil. Ambas se vincularon también a los primeros movimientos feministas, reclamando igualdad de derechos y el voto femenino. La escritora blanca Harriet Beecher Stowe había publicado en 1852 su libro La cabaña del Tío Tom (Uncle Tom’s Cabin), célebre obra de carácter abolicionista que, a pesar de eso, caía en múltiples estereotipos sobre los negros y silenciaba muchas formas de abuso, como las sexuales. Harriet Jacobs acudió a Beecher Stowe y le contó su vida con la intención de que la escritora incluyese sus experiencias en un libro. Beecher Stowe, sin embargo, consideró que tanto el acoso sexual de Norcom como el hecho de que Jacobs hubiese tenido a sus hijos con un hombre blanco eran asuntos demasiado polémicos y declinó la propuesta. Harriet emprendió entonces ella sola la escritura de sus experiencias, describiendo todo con absoluta crudeza, pero reemplazando su nombre por el seudónimo de Linda Brent. Varios intentos de publicación fracasaron, bien por rechazos editoriales, bien porque los pequeños editores comprometidos se quedaron sin fondos. El libro acabó apareciendo en 1861, cuatro años después de terminado el manuscrito, con el título de Sucesos en la vida de una joven esclava (Incidents in the Life of a Slave Girl). Nadie había descrito hasta entonces con tanta valentía la corrupción moral del sistema esclavista estadounidense, no sólo en cuanto a maltratos y torturas (ya narrados en varias crónicas), sino en relación con el aspecto puramente sexual. Por eso, el libro causó conmoción y varias ediciones se sucedieron, incluyendo algunas ilegales. La vida de Jacobs como activista cobró así nueva fuerza y se le ofreció dar conferencias tanto en Estados Unidos como en Inglaterra, donde el periódico London Daily News la describía en 1862 como una verdadera “heroína”, exaltando su “rectitud moral, así como su resistencia y perseverancia en la lucha por la libertad.” En 1863 ella, que de joven le había enseñado a leer clandestinamente a otros esclavos, fundó junto con su hija una escuela en Virginia dedicada a alfabetizar a negros recién liberados de sus cadenas. Harriet Jacobs murió en Washington D. C. el 7 de marzo de 1897, a la edad de 84 años. En un momento como el presente, en el que somos testigos de barbarie y violencia del todo comparables con aquellas que vivió Harriet Jacobs, termino citando nuevamente sus intensas palabras, en las que insta a la sociedad a romper el silencio y luchar: “Ante estas cosas, ¿por qué guardáis silencio, hombres y mujeres libres del norte? ¿Por qué vacilan vuestras lenguas en la defensa de lo justo? ¡Ojalá tuviera yo más capacidad! Pero mi corazón está tan lleno y mi pluma es tan débil… Hay hombres y mujeres nobles que abogan por nosotros, esforzándose en ayudar a quienes no pueden ayudarse a sí mismos. ¡Que Dios los bendiga! ¡Que Dios les dé fuerza y valor para continuar! ¡Que Dios bendiga, en todas partes, a quienes trabajan para hacer avanzar la causa de la humanidad!”
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