El Hip-Hop nunca será de derechas… Menos en Nuestra América

Desde hace algunos años, algo comenzó a hacerse visible dentro del rap y el género urbano en español. Una parte de la escena empezó a acercarse a posiciones conservadoras y, en algunos casos, abiertamente de ultraderecha. Son expresiones que abrazan discursos nacionalistas y anticomunistas, junto con visiones reaccionarias sobre los derechos sociales y lecturas revisionistas de la historia colonial de nuestros pueblos en América Latina. En España, el fenómeno incluso comenzó a recibir un nombre: “rap facha”. Una suerte de pseudocorriente dentro de la escena en español que agrupa a creadores y canciones con posturas conservadoras o de ultraderecha, alejadas de buena parte de la tradición antifascista, antirracista y contestataria que históricamente ha acompañado al género. Uno de sus rostros más visibles es El Jincho, rapero madrileño, hijo de madre española y padre gitano, criado en el barrio obrero de Orcasitas. El artista ha expresado abiertamente su admiración por Vox y por sectores de la extrema derecha española, además de sostener discursos contra el feminismo y los derechos de las personas LGBTIQ+. A este mapa se suman otros nombres de la misma corriente, entre ellos Swit Eme y Santa Flow. También está el caso de la influencer y artista Angie Corine, identificada con estas posiciones, quien en junio de este año llegó hasta el Palacio de La Moneda, en Chile, para reunirse con el presidente José Antonio Kast. Después del encuentro, agradeció públicamente la reunión y expresó su respaldo a los movimientos conservadores.

¿Rap libertario?

Pero el fenómeno no se limita a España. En América Latina también comienzan a aparecer expresiones similares. En distintos países, artistas del rap y del género urbano han incorporado a sus discursos posiciones abiertamente anticomunistas y han mostrado simpatía por gobiernos y movimientos de la nueva derecha alineada con Estados Unidos. En algunos casos, esta mirada llega incluso a reivindicar o relativizar la violencia colonial y la destrucción sistemática de pueblos indígenas durante la expansión europea en América. Los nombres comienzan a ser varios y las fronteras se desdibujan. En Puerto Rico, Argentina, Cuba, Venezuela, Colombia… por mencionar solo algunos países, aparecen artistas que han llevado sus rimas hacia posiciones abiertamente libertarias o cercanas a estas corrientes.
“España no tiene que pedir perdón a nadie. Nosotros éramos indios. Llegó esta gente y nos pusieron a hablar y nos pusieron a creer y nos pusieron a valer” canta el reguetonero Arcángel, puertorriqueño con raíces familiares en República Dominicana
Uno de los casos más actuales y mediáticos es el de Arcángel, uno de los reguetoneros más escuchados a nivel global, de nacionalidad puertorriqueña y con raíces familiares en República Dominicana. Desde un templete, el artista se refirió al genocidio cometido por la Corona española durante la colonia con una frase que dejó ver su posición: “España no tiene que pedir perdón a nadie. Nosotros éramos indios. Llegó esta gente y nos pusieron a hablar y nos pusieron a creer y nos pusieron a valer”… En Argentina, mientras tanto, existe una oleada que algunos de sus propios integrantes han denominado “rap libertario” y “anti-progre”. Entre sus exponentes aparece ChiliPark, rapero que ha expresado públicamente su respaldo al gobierno de Javier Milei, presume su cercanía con figuras vinculadas al presidente argentino y utiliza su música y sus redes para defender las políticas de la llamada nueva derecha argentina.
La expresión también cruza el Caribe. En Cuba, el rapero Marichal se ha convertido en uno de los exponentes más activos del rap anticomunista. Sus letras cuestionan la revolución cubana, hablan sobre intervención y se ubican en un espectro político cercano a posiciones de la derecha conservadora liberal. En Venezuela y Brasil, el caso de El Veneco, rapero de nacionalidad venezolana que migró a este último país, sigue una ruta parecida. Sus primeras rimas estuvieron marcadas por la crítica al chavismo y al socialismo del siglo XXI, pero con el tiempo su discurso se desplazó hacia el libertarianismo. Esa transformación también se refleja en sus canciones: llegó a dedicar un tema a Jair Bolsonaro, “O Mito Chegou”, incorporando a su repertorio a una de las figuras más representativas de la derecha brasileña, junto con otros referentes del conservadurismo regional. En ese contexto también emerge, todavía como una corriente marginal, un sector de la escena que utiliza el hip-hop para expresar valores patrióticos y religiosos evangélicos. En Colombia ocurre algo similar con MC Hayek, un rapero colombiano que se dio a conocer en los nichos de la música libertaria y el “rap antiprogre” a través de internet. Estos casos son apenas una parte de un espectro mucho más amplio. La derechización no ocurre únicamente dentro de la música ni puede explicarse solo por la aparición de determinados artistas. Es un fenómeno que atraviesa distintas dimensiones de la vida cotidiana: las redes sociales, la cultura, el entretenimiento y las formas en que las nuevas generaciones construyen sus ideas sobre política, éxito, identidad y sociedad.
El Veneco, rapero de nacionalidad venezolana residente en Brasil, inició con críticar al chavismo y al socialismo del siglo XXI, pero con el tiempo su discurso se desplazó hacia el libertarianismo, llegó a dedicar un tema a Jair Bolsonaro, “O Mito Chegou”
Y ahí aparece una pregunta: ¿Qué ocurre cuando una cultura nacida de comunidades racializadas, pobres y marginadas comienza a reproducir discursos que históricamente han sostenido esas mismas jerarquías?

¿Qué pasa cuando el rap olvida sus raíces?

Para entender lo que ocurre hoy en el hip-hop de Nuestra América, hay que mirar también hacia atrás. En entrevista para este medio el rapero mexicano Bocafloja habla sobre el giro hacia la derecha que atraviesa algunos sectores de la escena y lo conecta con una historia más larga, marcada por la colonialidad, la raza y la clase. Bocafloja es un artista interdisciplinario: trabaja con música, cine documental y literatura. Forma parte de una de las primeras generaciones del hip-hop en la Ciudad de México y permanece activo desde mediados de los años noventa. Desde entonces ha desarrollado proyectos alrededor del rap y el spoken word, atravesados por discusiones sobre raza, desigualdad y colonialidad. Desde ese lugar, su lectura comienza con una frase: “Pienso que estos procesos de derechización tienen un origen colonial”.
Para el artista mexicano, la manera en que hoy se mira y se consume el género no puede separarse de esa historia. La colonialidad, sostiene, todavía influye en la forma en que se aprecia o se desprecia el arte, en quiénes alcanzan visibilidad y en qué discursos son considerados legítimos dentro de la cultura. Para Bocafloja, el rap no apareció separado de las condiciones sociales de quienes lo crearon. “El origen y la genealogía del rap está directamente conectada con cuestiones concretas de raza, clase, opresión y periferización”, explica. Por eso, dice, esa historia no puede simplemente olvidarse cuando se habla de lo que ocurre actualmente dentro de la escena. Incluso antes de que el hip-hop desarrollara un discurso político explícito, sostiene, ya existía una dimensión política en su manera de ocupar el espacio. Las primeras fiestas en los barrios de Estados Unidos no eran solamente encuentros para bailar y escuchar música: reunían a comunidades racializadas y trabajadoras en lugares históricamente marginados. “Esas fiestas respondían a la toma del espacio público como una manifestación inherentemente política”. Aunque entonces no se utilizara necesariamente ese lenguaje, aquella apropiación colectiva del espacio representaba, para Bocafloja, “una respuesta de índole meramente política y meramente antisistémica”.
¿Qué ocurre cuando una cultura nacida de comunidades racializadas, pobres y marginadas comienza a reproducir discursos que históricamente han sostenido esas mismas jerarquías?
Desde ahí entiende una de las contradicciones del presente. El hip-hop puede albergar múltiples visiones y no es una cultura políticamente homogénea. Pero esa diversidad no debería borrar las condiciones históricas que hicieron posible su nacimiento. La derechización que hoy atraviesa algunos sectores de la escena tampoco ocurre de manera aislada. Bocafloja considera que forma parte de un proceso que alcanza distintas esferas. “Estos procesos de derechización suceden en todas las esferas de la vida pública, de la vida social”, explica, y la cultura también termina siendo impactada por ellos. El problema se profundiza cuando existen comunidades de hip-hop alejadas de una lectura crítica de su propia historia. En ese vacío, señala, la cultura puede terminar reproduciendo discursos que chocan con buena parte de su genealogía. “Se convierte básicamente pues como en un instrumento que sigue propagando esta discursividad, esta lógica, esta agenda, este imaginario político de derecha”. Para el rapper, una de las razones que permiten que estos discursos encuentren eco entre generaciones jóvenes es la falta de politización y de herramientas críticas. Habla de jóvenes golpeados por la precariedad, la falta de oportunidades y distintas formas de opresión sistémica que encuentran en las nuevas derechas una respuesta sencilla frente a un malestar mucho más complejo.
«El problema se profundiza cuando existen comunidades de hip-hop alejadas de una lectura crítica de su propia historia, en ese vacío, la cultura puede terminar reproduciendo discursos que chocan con buena parte de su genealogía» dice el rapero mexicano Bocafloja
Lo resume en una expresión: “la ideología del no compromiso”. Ese desencanto, combinado con una maquinaria constante de presión e ideologización desde la cultura “puede terminar siendo capitalizado por figuras como Milei en Argentina, Bukele en El Salvador o la familia Bolsonaro en Brasil”. El resultado, dice, puede ser particularmente contradictorio: “jóvenes de clase trabajadora racializados que terminan acercándose incluso a las formas más rancias de la política fascista”.

Un artista es un trabajador cultural

A este proceso también contribuyen las plataformas digitales. Bocafloja cuestiona la idea de que los algoritmos sean una estructura neutral que simplemente muestra aquello que la gente quiere consumir. “Los algoritmos no pueden leerse como una estructura autónoma o independiente a los procesos de opresión sistémico”, afirma. En su lectura, existe una relación entre algoritmos, industria cultural y mercado: ciertos proyectos son más fáciles de moldear, convertir en mercancía y viralizar. En ese océano de propuestas, dice “puede terminar importando menos la tradición artística o la profundidad del discurso que la capacidad de hacer que determinado proyecto circule”.
“Lo que más interesa es la capacidad de moldear y de viralizar X o Y proyectos”, señala. Pero tambien hace una precisión importante: el hip-hop no es un bloque único. “La comunidad de hip-hop no es un monolito”, dice. Está compuesta por miles de pequeñas comunidades que tienen distintas formas de interpretar, vivir y relacionarse con el movimiento. Por eso, tampoco plantea que exista una única receta para enfrentar la derechización. Su apuesta está en “recuperar la dimensión política del trabajo cultural y en volver a pensar el arte como una herramienta capaz de organizar y conectar a las personas”. “La organización política a través del arte siempre ha sido una salida fundamental”, afirma. Para quienes trabajan en la cultura, el desafío consiste en dejar de medir el valor de su trabajo únicamente por los números, la fama o la visibilidad, y reconocer también su capacidad para participar en procesos de transformación social.
Para Bocafloja, “lo político no necesariamente es la parte partidista”, recuerda. Ser parte de una sociedad significa estar atravesado por relaciones políticas, aunque una canción no hable directamente de elecciones, gobiernos o partidos.
Esa idea también atraviesa su propia trayectoria. Bocafloja destaca como uno de los trabajos de los que se siente orgulloso haber contribuido a modificar la percepción del hip-hop en la vida pública y cultural de la Ciudad de México. Pero vuelve al principio: la colonialidad. Para él, hablar de la derechización del rap también implica hablar “de blanqueamiento también, con procesos de despolitización y de racialización del hip hop como tal”, explica. En ese sentido, cuestiona también a quienes dicen que no quieren hablar de política. Para Bocafloja, “lo político no necesariamente es la parte partidista”, recuerda. Ser parte de una sociedad significa estar atravesado por relaciones políticas, aunque una canción no hable directamente de elecciones, gobiernos o partidos. Eso tampoco significa que todos los artistas tengan que convertir su música en propaganda política. Un rapero puede hacer canciones de fiesta, de celebración o simplemente de entretenimiento. La responsabilidad, explica, está también en la manera en que cada trabajador cultural asume su lugar dentro de la sociedad. “La responsabilidad política no nada más se expresa a través de lo discursivo, sino se transpira en la rutina que nosotros tenemos como sujetos sociales”, finaliza.

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