Javier Amann: «Quieren que tengamos miedo. Y, como se ve en la obra, desde el miedo es desde donde sale lo peor del ser humano. Sale la violencia, el odio»
Una obra con una propuesta especialmente singular dentro del panorama teatral contemporáneo. Una pieza abierta que podría suceder en el presente, en el pasado, en el futuro, aquí o allá. El retrato de cómo una comunidad educativa intenta no desmoronarse mientras un Estado convierte a sus adolescentes en material de guerra. ¿Nos suena? Me estoy refiriendo a ‘Cucaracha’, de Sam Holcroft, en la dirección de Julián Fuentes Reta. Entrevistamos a dos de sus protagonistas y productoras, Nakarey y Javier Amann. ¿Hay para vosotras en esta obra más de relato histórico, de distopía o de espejo del presente? Javier: Creo que es una mezcla de las tres cosas. Nosotras, después de trabajarla, quisimos tratarla como una especie de fábula, para alejarla un poco del horror del espejo del presente, de lo estrictamente contemporáneo. Pero obviamente es imposible escapar del todo y esa fábula conecta conscientemente con lo que estamos viviendo hoy en el mundo. ¿Cómo se cruza esta obra en vuestra trayectoria? Nakarey: Fue Javi el primero que la leyó. Él es también el traductor y adaptador de la obra. Hará ya cuatro o cinco años. En ese momento, no nos parecía del todo pertinente. Nosotras, como productora, sentimos que quizás era demasiado ambicioso abarcarlo como primera producción. Lo teníamos guardado. Pero a raíz de todos estos acontecimientos desafortunados que están ocurriendo ahora mismo, en diferentes países, con el genocidio en Gaza, sentimos que se hacía cada vez más apropiada. Contactamos con Sam Holcroft, creador de la obra, al quien admirábamos y cuyo trabajo seguíamos desde hacía unos años, y a partir de ahí empezamos a construir todo el equipo. ¿Ha visto el montaje Sam Holcroft? Javier: Sí. Por supuesto. ¿Qué tienen que ver las cucarachas en todo esto? Javier: La cucaracha es el símbolo biologicista del discurso que sostiene el personaje de la profesora, y se ve que a ella le viene de un poder más alto que no vemos en la obra. Se utiliza, de una forma muy controvertida y provocadora, retorcida incluso, para hablar de la situación de las mujeres en contextos de guerra. Se habla de cómo sobreviven a pesar de todo. Países como Alemania están instando a embarcarse en el alistamiento militar voluntario. También se empieza a barajar la posibilidad de instaurarlo de nuevo de manera obligatoria. Vivimos un proceso de rearme en la Unión Europea sin precedentes. Hace unas semanas El País Semanal iba en portada con un titular de lo más desconcertante: “¿Lucharías por tu país?”. Junto a una foto de muchos soldados hombres blancos fuertes, muy serios y duros. Otras muchas preguntas creo que habría que responder antes de afrontar esa tramposa. Como ¿Qué es eso de “tu país”? ¿Qué es luchar por él? ¿de quién hay que defenderlo? ¿o a quién le viene bien esa pregunta de portada? Pero más allá de la deriva inquietante del Grupo Prisa. ¿Creéis que nos estamos encaminando peligrosamente, o nos están allanando el camino a consciencia, para que no sea tan descabellado que nos veamos en una parecida a lo que sucede en la obra más pronto que tarde? Javier: Totalmente. Nos están encaminando desde el miedo. Quieren que tengamos miedo. Y, como se ve en la obra, desde el miedo es desde donde sale lo peor del ser humano. Sale la violencia, el odio. Obviamente el racismo, el machismo. Creo que hay una situación en la que prefieren que tengamos miedo y que reaccionemos desde ahí. Algo que me parece muy interesante de la propuesta es que muestra cómo la militarización de la sociedad se cuela por todas partes y llega hasta los lugares más íntimos. Mucho antes de llegar al cuerpo a cuerpo, rifle en mano, las bombas y demás, ya se van militarizando y bestializando cada gesto, cada mente, desde lo más micro. En ese contexto, la masculinidad más tóxica se encuentra comodísima, haciendo del cuerpo de la mujer casi el principal campo de batalla. No se habla lo suficiente de este factor central del régimen de guerra. Nakarey: Para nosotras, de las cosas más interesantes del texto es que no habla del terreno en que se suele pensar más en la guerra, ese campo de batalla en el que soldados se disparan, como nos suelen mostrar muchas películas, sino de las personas que en sus lugares cotidianos continúan su vida. Pero esos sistemas autoritarios en los que se mueven sus quehaceres defienden e irradian unos ideales que permean en la manera en la que los individuos se comportan. Ese discurso biologicista del que hablábamos, cuando mencionabas lo de las cucarachas, se refiere precisamente a eso, a cómo en un contexto de guerra, en el que la población va disminuyendo, las mujeres somos las encargadas a la fuerza de crear más vida. Porque se asume que un solo hombre podría fecundar a varias mujeres. A efectos de lógica biologicista de supervivencia, se puede observar incluso como algo práctico. A efectos de derechos, obviamente esto lo rompe todo, se torna en algo terrible. Básicamente nos va convirtiendo a las mujeres en nada más que impresoras de seres humanos, de carne de cañón. La parte interpretativa a la hora de afrontar esto ha sido muy incómoda y muy interesante a la vez. A la hora de investigar, he puesto el foco en las muchas violencias que sufrimos todas aquí, en este contexto geográfico, pero también en otros niveles de violencia que se sufren en otros contextos diferentes. Véase, por ejemplo, el tema de la ablación. Ha sido muy interesante poder trabajarlo en equipo, compartiendo experiencias con las otras actrices. Cada una estando atravesada por un nivel de vulnerabilidad distinto. Están, por ejemplo, Esther y Lucía, que son chicas blancas españolas, con sus determinados tipos de violencia. Estoy yo, que soy latinoamericana, pero blanca, y eso me pone en un lugar concreto. Y están, por su parte, Hiba y Miriam, que son españolas pero racializadas por sus orígenes, y desde esa posición han recibido otros tipos de violencia. Creo que eso es importante, al menos para mí lo ha sido. Tener muy presente los niveles de vulnerabilidad según el contexto en que te mueves. No a todas nos atraviesa la misma violencia, de la misma manera. Una pregunta incómoda subyace a lo largo de toda la obra: ¿la educación puede salvarnos pase lo que pase? ¿Qué representa el personaje de la profesora? Javier: La profesora representa el intento de salvar a este alumnado, pero la obra te hace ver que la educación está lejos de ser solo responsabilidad de ella, que la educación es responsabilidad de toda la sociedad. Entonces, si el resto de la sociedad no apoya, no rema en determinadas direcciones, se hace muy difícil que un solo individuo, en este caso una profesora, pueda salvar a nadie. ¿Hay algo de esta obra ya en las aulas de los institutos españoles hoy en día, a vuestro parecer? Javier: Tuvimos un encuentro con el público, al finalizar uno de los pases, y había dos profesores en la sala. Comentaban que se sentían bastante familiarizados con muchos de los momentos de la obra. Obviamente, en el teatro, como en el cine, escogemos momentos álgidos de determinadas circunstancias, pero sí que sentían que había un realismo actual en lo que estábamos contando y de la manera en la que lo estábamos contando. ¿Están volviendo los y las adolescentes a entender “la pareja” desde ángulos más tóxicos, desde marcos que parecían estar resquebrajándose en la última década? Nakarey: Creo que es interesante cómo se refleja precisamente esto en los dos personajes masculinos de la obra, pero de forma diferente. En uno de ellos se da de manera mucho más evidente esa masculinidad tóxica, pero el otro la expresa de una manera que siendo quizás más enrevesada no por ello es menos peligrosa. Desde una pátina de cuidado y protección, se da una dinámica de posesión a veces incluso más horrible. El público rechaza en un principio mucho más al personaje de Lee, que es el que encarna Javi, y es el más claramente tóxico, pero David poco a poco va pasando de parecer un bonico a dejar de serlo. ¿De dónde vienen, por dentro y por fuera, Lee y Daniel, y hacia dónde se dirigen? ¿Qué heridas guardan? ¿Cómo ha sido el proceso de preparación de estos personajes vuestros? Nakarey: Daniel es una chica que ha perdido a su padre. Ya no está. Su madre está poco en casa. Se intuye que algo pasa con el actual novio de su madre. Ella tiene un conflicto con volver a casa. Prefiere quedarse en el instituto. El aula es de algún modo su lugar seguro, el lugar donde también se puede divertir, a pesar de las todo. Eso nos gustaba mucho de la primera parte de la obra, que lo pasamos bien, reflejamos que la gente, esté viviendo lo que esté viviendo, al final en la vida lo que quiere es pasarlo bien. Daniel se siente segura con el vínculo con sus compañeros, hasta que en un momento descubre que esa aula tampoco está exenta de ser atravesada por esa violencia que recibe en el exterior. Entonces ella empieza a entender y a tomar el discurso de la profesora, sacando sus propias conclusiones, llevándolo a sus consecuencias. Decide tomar una serie de acciones, que no voy a revelar para no hacer spoilers, pero que considera coherentes con lo que le dicen que tiene que hacer, en tanto que mujer, en ese contexto determinado. Javier: Lee es un chico violento, sumido en una relación súper tóxica, de control constante. No se dice, pero a nivel de creación asumimos que viene de un contexto muy complicado. Creo que lo más interesante, sobre todo a nivel de trabajo como actor, ha sido ver hasta qué límite él es culpable de su situación y qué grado de responsabilidad tiene, porque al final estamos hablando de un adolescente. Y qué culpa tiene la sociedad de que este chaval sea así. Jugar con esos límites y ver qué herida guarda detrás. Al final es el miedo. Tiene un miedo atroz por que le llamen a filas, por morir, por dejar de vivir. En su relación siente amor, aunque luego lo trata de una manera tóxica. Me parece un personaje muy complejo. Se podría quedar en una fachada de masculinidad tóxica plana. Pero como sociedad necesitamos reflexionar de dónde viene esa masculinidad tóxica. Si hay algo que hacer. Hasta qué punto es cosa suya o cosa nuestra. ¿Qué creéis que podemos intentar hacer para no llegar a hacer esta obra realidad del todo? Hay varios momentos de sororidad entre las mujeres que me parecieron muy interesantes. ¿Es quizás por ahí uno de los caminos, esa mirada feminista profunda y amplia? Nakarey: Sin duda. Si de algún lugar puede venir es desde ahí, desde la empatía y la escucha. Intentar ponernos en el lugar del otro, de la otra. Y apoyarnos las unas a las otras, claro. ¿Qué papel creéis que puede jugar el arte y la cultura en ese objetivo de lucha contra el régimen de guerra? Javier: Creo que la cultura es un lugar de preguntas. Lo más interesante de esta obra, de ‘Cucaracha’, me parece el después, el momento de comentarla. Porque planteamos preguntas. De hecho, estamos barajando llevarla a institutos y nos parece clave darle mucha importancia a ese coloquio posterior con las chavalas y los chavales. Ver qué opinan, qué les ha llamado, dónde se ven reflejadas. La cultura creo que sirve como lugar de reunión, de comunicación y de cuestionamiento. Nakarey: La cultura funciona también como una suerte de espejo. Me parece muy interesante que el resultado de una obra sirva para que la propia sociedad se mire ahí y se pregunte si es así como se quiere ver. Más que decirte nosotros lo que es o no correcto, que tú puedas reflexionar por ti misma al presenciar la obra. ¿Qué diríais que tiene el teatro que ofrecerle a este mundo enfermo de guerra para sanar, que quizás otras disciplinas no pueden? Javier: Hay un contacto directo muy singular y muy especial. Un mirar a la gente a los ojos y ver que efectivamente hay una persona real al otro lado. Quizás suena cursi, pero cuando te abres al público y ves que hay gente ahí que te está escuchando, se genera un algo comunitario, algo como de hermandad. No sé qué pensará esa persona que me observa y escucha, pero está ahí de verdad, atenta. Nakarey: Tiene una parte muy vocacional, que también guarda algo de privilegio. El teatro es un arte bastante humilde económicamente, dentro de los que hay. Los salarios son bastante precarios. Eso hace también que las personas que estamos allí, haciendo eso posible, estamos porque realmente queremos contar esa historia. Eso te pone en un lugar muy bonito de respetar el trabajo del otro, de la otra, el trabajo en equipo, el compañerismo. Si la vida te da el privilegio de poder trabajar desde la vocación, no hay lugar más hermoso desde el que trabajar. ¿Cómo llegasteis vosotras a la interpretación? ¿Qué os ofreció a vosotras que os enamoró? Nakarey: Mi abuela era dramaturga de teatro infantil. Yo hago teatro desde que tengo tres años. Lo he visto toda mi vida. Lo empecé haciendo en Venezuela. Llegó un punto en el que ya no me planteaba hacer otra cosa. Es una forma de vivir y entender al ser humano. Hay en la interpretación un algo de psicoanálisis muy interesante. Te permite ponerte en diferentes tesituras y te amplia mucho el pensamiento. Sin duda, interpretar me ha hecho mejor persona. Javier: Yo vengo de un entorno bastante privilegiado. También un entorno muy masculinizado. Siempre jugaba al fútbol. Fue justo antes de segundo de bachillerato, iba para medicina, que me dio por hacer un curso de teatro. No sé bien por qué, no sé de dónde vino, pero conectar con otras personas desde otro lugar, sentirme seguro para expresarme emocionalmente de pronto, me cambió por completo como persona. Desde ahí es desde donde me relaciono ahora.
Puedes ver el contenido completo de la entrevista aquí:
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