La ambición saqueadora de Trump y la Segunda Guerra Fría
Estados Unidos y Canadá viven una de sus crisis diplomáticas más graves en décadas y pocos conocen las consecuencias reales que va a traer. Las negociaciones entre ambos países para alcanzar un acuerdo comercial se rompieron y el resultado de esa ruptura es una guerra comercial entre vecinos. En su estilo déspota y tóxico, Donald Trump anunció el lunes 24 de agosto la imposición de un arancel del 50% (nada menos que el doble del 25% actual) a una serie de productos canadienses. Por su parte, el primer ministro de Canadá, Mark Carney, dijo que a partir del 8 de septiembre igualaría los aranceles de Trump “dólar por dólar”. Este solo es un capítulo más de la oscura era Trump que va a afectar a todo el planeta, como ya nos está afectando a todos en el combustible y en los precios de productos básicos. Pero, por desgracia, quizás solo sea el principio de algo mucho más tenebroso, un tiempo de padecimientos económicos que comenzó en lo que Trump llamó “El día de la liberación”. Todos recordamos ese momento delirante, el 2 de abril de 2025, en el que el presidente de los Estados Unidos mostró, cuan Moises nada más bajar del monte Sinaí con las Tablas de la Ley, un cartel con un paquete de aranceles que afectaba prácticamente a todos los países del planeta. Era una declaración de guerra al mundo. Obviamente, aquella ridícula puesta en escena era puro Trump, pero detrás del presidente están sus aliados, asesores y lobistas de ultraderecha que tienen claro que el mayor enemigo de los Estados Unidos es China, lo que coloca a los dos grandes bloques en un nuevo escenario, el de una Segunda Guerra fría. Y todo mientras una mayoría planetaria sufre la inflación y una minoría de milmillonarios sigue acaparando riqueza de forma demente.
Detrás del presidente están sus aliados, asesores y lobistas de ultraderecha que tienen claro que el mayor enemigo de los Estados Unidos es ChinaUno de esos aliados ultraderechistas es Isabella de Luca, de solo 26 años. De Luca participó en el asalto al Capitolio y fue indultada por Trump el primer día de su segundo mandato y junto con casi todos los demás participantes en el ataque. Eternamente agradecida, esta golpista, que luce una gran bandera de Israel en su despacho, es presentadora de un canal cristiano al que siguen cinco millones de personas y es adicta a propagar todo tipo de bulos y teorías conspirativas. También, por supuesto, propaga la doctrina económica de Trump anunciada con sus Tablas de la Ley en aquella convocatoria de prensa en la que anunció que la industria norteamericana había renacido. El anuncio era una apuesta clara por el nacionalismo y suponía el inicio del fin del libre comercio. No se había visto nada igual, ni en las relaciones comerciales ni en la diplomacia, que Trump confunde con regatear en un gran bazar. O con las maneras de un gángster, habituado a humillar, insultar y sobre todo a amenazar para finalmente sentar a negociar a sus rivales. Pura coerción económica. El inspirador de la narrativa trumpista es William McQuinley, 25.º presidente de EE. UU y que aumentó los impuestos a la importación hasta casi el 50% con la finalidad de proteger la naciente industria manufacturera estadounidense. Emulando a McQuinley, Trump pretende reindustrializar el país y reducir el déficit comercial. Lo que Trump oculta es que el día antes de su asesinato, en 1901, McKinley dio un discurso promoviendo la reciprocidad comercial y la reducción de aranceles para fomentar el comercio global. En definitiva, acabó entendiendo que el excesivo proteccionismo conllevaba represalias comerciales y encarecía la vida de los consumidores. A pesar de los despidos y recortes masivos y el caos en la administración, muchos estadounidenses han comprado el discurso nacionalista de Trump porque la globalización ha mermado su poder adquisitivo y ven con optimismo que la industrial de su país viva una fuerte relocalización de la producción y el respaldo arancelario. Pero la realidad no es tan sencilla como los pueriles discursos y shows de Trump. Con la subida arancelaria, los juguetes se encarecieron porque el 80% de los juguetes que se compran en Estados Unidos vienen de China. Y es solo un ejemplo.
A pesar de los despidos y recortes masivos y el caos en la administración, muchos estadounidenses han comprado el discurso nacionalista de TrumpLa narrativa trumpista, que se vende como innovadora y rompedora, es vieja. Y no suena demasiado. La Fundación Heritage, uno de los think tanks más influyentes de la derecha y que cuenta con más de 100 millones de presupuesto y activos que superan los 400, ha entrado en la Casa Blanca (en cuyo Despacho Oval Trump dirige sus negocios y enchufa a su amigos y socios sin sonrojo) para presionar al presidente con el llamado Proyecto 2025, un tocho de casi 1000 páginas creado para reformar el gobierno federal. El Proyecto 2025 defiende, oh, sorpresa, que el presidente pueda controlar el Departamento de Justicia y el FBI, poder despedir funcionarios para poner a los de su cuerda derechista y la restricción el aborto. Además, ataca a la diversidad e identidad de género, pide desmantelar el Departamento de Educación y financiar a escuelas religiosas y la eliminación de cualquier contenido calificado como woke o ideología de género en las aulas públicas. También propone la bajada de impuestos a los grandes capitales, el recorte del gasto social, la mano dura en la frontera, el fin de la ciudadanía por nacimiento, la suspensión masiva de solicitudes de asilo, el cese de los subsidios a energías renovables y la maximización de extracciones de gas. Y de petróleo, claro. El oro negro está en el punto de mira de Trump, un saqueador en potencia que se mueve con impunidad ante la cobardía o la complicidad de decenas de mandatarios mundiales. Ejemplo de ello es la explotación, en Venezuela, y tras secuestrar a su presidente, de 17 campos petroleros que abarcan 65 mil millones de barriles de reservas. A este saqueo criminal se le suma el miedo que tienen los países más pobres de la tierra por perder los fondos estadounidenses con la llegada de Trump y sus lobistas, a los que ahora tienen que rogar y con los que deben negociar. Y en realidad lo que acaban firmando es la explotación de sus recursos. En la república del Congo, por ejemplo, minerales como el cobalto o el litio. Lo mismo sucede con Pakistán, Somalia o Haití, que también han firmado su condena con los grupos de presión de Trump, obsesionado por los recursos naturales. El objetivo final de Trump, con un país con la deuda pública más elevada del planeta, es la dominación mundial y vencer a China, que ha demostrado ser un gigante que ha puesto en ridículo el relato del sempiterno liderazgo estadounidense. El caso más llamativo ha sido el de las tierras raras. Aunque Estados Unidos mina tierras raras, China controla el 85% del refinado y procesamiento global y la fabricación de imanes permanentes avanzados, fundamentales para el funcionamiento de un teléfono, un coche o un misil. China ha ridiculizado a Trump porque Estados Unidos depende de su suministro para sostener su industria civil y militar, lo que obligó a Trump, alarmado ante un desabastecimiento que sería catastrófico, a humillarse y evaluar su subida de aranceles.
El objetivo final de Trump, con un país con la deuda pública más elevada del planeta, es la dominación mundial y vencer a ChinaAnte tan delirante mandato, en el que Trump también ha amenazado con “comprar” Groenlandia para explotar con sus recursos (tierras raras, petróleo, gas natural, litio, grafito, cobalto, níquel, zinc, plomo, oro, platino…) queda la gran pregunta: ¿Qué pinta Europa en todo esto? EEUU: la nueva economía mundial lo resume acertadamente: el gran reto debería ser reducir la dependencia de los mercados estadounidense y chino y potenciar un acuerdo UE/México además de pensar en países como Indonesia y Australia. Lo cierto es que la disputa económica global del futuro será protagonizada por más de un bloque, no solo los dos bloques y naciones de antaño. Quédense con estas tres palabras: geoeconomía multipolar fragmentada.
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