María Velasco: «Creo que, como artistas, tenemos una responsabilidad de imaginar un futuro que nos guste un poco más»

En su ya amplia carrera ha logrado compaginar lo que no muchos logran: ganar el reconocimiento de los grandes premios sin dejar de apostar por el teatro vanguardista y transgresor, en forma y contenido, capaz de incomodar a los discursos hegemónicos del poder. Ganadora del Premio Max a Mejor Autoría Teatral por ‘Talaré a los hombres de sobre la faz de la tierra’ en 2022 y del Premio Nacional de Literatura Dramática en 2024 por ‘Primera Sangre’, hablamos con la dramaturga María Velasco a propósito de la nueva obra que está a punto de estrenar, ‘Mantener fuera del alcance de los niños’. ¿De qué fisuras abiertas en el universo de María Velasco nace la necesidad de abordar este texto, que pronto veremos representado en el Teatro de las Abadía? María: De la fisura de la infancia. Parto en esta obra de una anécdota real. Yo estudiaba en un colegio religioso concertado, en Burgos, mi ciudad natal. Me voy a diagnosticar sobre la marcha, pero digamos que yo tenía una especie de trastorno de ansiedad social. Algo así. Eso hizo que me derivaran a lo que en ese momento ni siquiera tenía un nombre técnico, y luego se llamó “aula de diversificación”, “aula de integración”, “aula “inclusiva”. Ha ido cambiando. Ha tenido muchos nombres que iban buscando la máxima corrección o la máxima finura. Digamos que, a partir de esta anécdota personal, hablo de cómo se van estableciendo ya guetos de exclusión desde la educación más elemental, y también del dolor de no coincidir con los patrones hegemónicos, coincidencia que parece necesaria ya desde la escuela. Esa escuela como una máquina de fabricación de identidades. Luego la obra tiene un giro hacia lo fantástico. Creo que, como artistas, tenemos una responsabilidad de imaginar un futuro que nos guste un poco más. Entonces se plantea la hipótesis de qué pasaría si nos reencontráramos con los fantasmas de la infancia en una cena de egresados, en un aniversario que reúne una antigua promoción. Terror. Tú, que ya has leído el texto, has podido ver ese guiño a la Carrie de Stephen King. He querido ver cierto modus operandi compartido por esta obra y por ejemplo ‘Talaré a los hombres de sobre la faz de la tierra’. Una suerte de juego de espejos entre lo micro y lo macro. Si allí veíamos el paralelismo entre la violencia y la destrucción ejercida sobre el cuerpo de la mujer y la ejercida sobre la Naturaleza, aquí intuyo el paralelismo entre las dinámicas que suceden en el micromundo de la clase, del aula, y el macromundo de la geopolítica. ¿Hay algo de eso en tu forma de crear? María: Sí. Suscribo totalmente eso de que lo personal es político. A veces es más difícil observar al paisaje completo en modo macro, que observar los conflictos en primer plano. Creo que eso es lo que hacemos también desde el arte, intentar poner rostro a los conflictos estructurales. Resulta más fácil empatizar desde ahí, desde el rostro, desde una sensibilidad singular, ir de lo personal a lo colectivo. En ‘Talaré…’ justamente hablábamos de cómo la violencia, sobre el medio ambiente, pero también sobre todo lo que no ha sido ese sujeto blanco occidental heteronormativo, se expresa en lo micro, está presente en muchos comportamientos que nos van educando emocionalmente de la infancia, en la familia, en la escuela, en el entorno laboral, en las relaciones sexo-afectivas. Aquí, en ‘Mantener fuera del alcance de los niños’, para mí era muy interesante sentir que estos comportamientos, que a veces detectamos en el patio del colegio, se pueden extrapolar luego al mundo adulto.   ¿Es el mundo geopolítico un aula inmensa mal gestionada, como las aulas son pequeños mundos? ¿Está condenado el ser humano a ser subyugado, incluso autodestruido, por la hegemonía de los bullys? María: Totalmente, es como si los bullys hubieran tomado el Senado, hubieran tomado el Congreso… La sensación es que lo más terrible, igual que en la infancia, no eran tanto los bullys, los matones, que los ha habido y los habrá, sino la gente que formaba parte de la manada, que a veces hasta se declaraba “neutral”, se declaraba “imparcial”, y sin embargo era sobre todo gracias a esa actitud suya que se perpetuaban ese tipo de comportamientos. Creo que es lo peligroso, también hoy en día en el entorno político. Esa gente que se declara “apolítica”. Como dijo Brecht, y mejor no se puede decir, ser neutral en un mundo injusto es estar del lado de la injusticia.  ¿Qué evoca para ti, y para la niña que fuiste, la palabra “normalidad”? María: Es terrible. Nadie es normal. Observados de cerca, todos tenemos, y menos mal, una diversidad que es irreducible. Observados muy de cerca, todos tenemos algo de monstruoso. Todos somos monstruos normalizados. Todos sufrimos enormemente por tratar de adecuarnos al canon. Esto se observa en un montón de trastornos que aparecen justamente en el cambio de la infancia a la edad adulta. En estas edades tan frágiles, que tienen que ver con la adolescencia y la post-adolescencia. A veces ocurre que precisamente en ese momento se devasta lo mejor de nosotros. Anulamos esa diferencia, corregimos, nos amoldamos, así estamos justo aniquilando quizás nuestro principal talento, lo que nos hace diversos y diferentes, singulares. En la obra se habla también de lo nefasto que es ese término de la “integración”, que ya va siendo cuestionado y rebatido, pero por ahí sigue latente. ¿Qué quiere decir la integración? Si normalizarse es integrarse con una sociedad como la que hoy en día tenemos, me parece terrible. Integrarse sería casi como enfermarse, entonces.   ¿Hacen falta más Carrie White y menos Donald Orange? María: Sin duda. Además, es muy divertida la analogía que se hace en la obra, porque en el personaje de Stephen King, ella adquiría los poderes telequinéticos que le permitían, de alguna manera, vengar el bullying que había padecido y sufrido, con la primera regla, la primera menstruación. Aquí se plantea, en mi propuesta, qué pasa si una mujer en la perimenopausia, con ese otro cambio hormonal, adquiere esos poderes telequinéticos que le permiten en la cena de egresados llevar a cabo su revancha. Y no es una revancha violencia esta vez, es un acto más bien de justicia poética, una reparación simbólica, pero también un canto por los diferentes.  En la obra se recorren, mediante citas, las infancias de grandes autoras y autores de la historia de la literatura. Todas ellas fueron infancias no demasiado felices. Alguien que también tuvo una infancia complicada debido a la muerte de su hermana antes de que naciera, entre otros asuntos, fue la Premio Nobel Louise Glück. Uno de sus versos más reconocidos me resonó al terminar de leer tu texto. Es ese de su poema ‘Regreso al hogar’ que dice: “Miramos el mundo una sola vez, en la infancia. El resto es memoria”. ¿Estaría tu obra de acuerdo con ese verso? María: La infancia es una cicatriz que dura. Yo creo que sí. Te respondo con otra cita de Paul Valéry, traducida así de memoria: la verdadera educación es desaprender lo aprendido. Hay un camino de desaprendizaje después de la infancia. También de reescribir nuestra propia infancia, para proyectarnos según queramos ser en el futuro. Esto es muy interesante. Ver cómo muchos autores y autoras de referencia, que aparecen en la obra, rehicieron su infancia, o se rehicieron a partir de su infancia, sublimaron también lo que habían vivido. Vamos a tener también en la obra a un cantaor flamenco. Y hemos adaptado con él algunos textos clásicos. Por ejemplo, ese poema de Juan Ramón Jiménez: “Lo querían matar los iguales porque era distinto”. O un fragmento de los diarios de Kafka, que es bien hermoso, porque él lanza un reproche a sus educadores: “Destruyeron algo muy hermoso del muchacho que era”. Se trata de intentar reunir, hacer una suerte de club de estas personas que sintieron una infancia igual no tan agraciada, no tan acompañada, que no encontraron los resortes necesarios para su sensibilidad. ¿Fue la tuya una infancia infeliz? María: Diría que sí. No porque hubiera una situación de exclusión explícita violenta. Lo que fue muy difícil fue encontrar marcos o contextos que acompañaran mi sensibilidad. El hecho de que suceda esta obra no es una revancha con mi biografía personal, es consecuencia de que sigo sintiendo que faltan esos marcos, esos contextos. Ahora que hemos tenido sobredosis de fútbol, este verano, sigo viendo cómo en el patio del colegio toda la arquitectura sigue estando enfocada a la cancha, al campo de fútbol, y que lo demás se convierte en marginal. Esa forma de urbanizar el patio, de repartir los espacios en el patio, es muy significativa y muy simbólica. No puede pasar desapercibida. Siempre digo que el colectivo queer, ya en el colegio, era el que estaba en la parte de la arena, en la parte de los columpios, en la parte que no encontraba acomodo dentro de esa cancha. Igual te encantaba jugar, y te encantaban los deportes colectivos, pero no participabas a un nivel competitivo. Por no hablar de la segregación que había por sexos, claro. El futbol era para los chicos. Recuerdo los balonazos. Eran como drones en un escenario bélico, era como sentir que a ti solo te correspondía ese espacio chiquitito y esos balonazos precisamente te advertían de que no debías ocupar más espacio.    ¿Cómo llega el teatro a la vida de esa niña que fuiste, y qué supuso? María: Muy importante. Diría que fue una salvación. La vocación en mi caso fue una especie de necesidad. En el colegio existía el fútbol, y luego todo lo demás, que era un poco como los parientes pobres a nivel de extraescolares. Descubrí en el teatro la capacidad de expresarme, no solo emocionalmente, también físicamente. Era un cuerpo el mío que estaba muy entumecido. No podías participar de los deportes mayoritarios y costaba mucho descubrir el cuerpo. No había muchas opciones de acceder a la danza, a la expresión corporal. Entonces, esa pequeña escuela municipal de teatro de mi ciudad, cada vez más amenazada hoy y cada vez con un presupuesto más restringido, para mí fue una salvación. Hay gente que de ahí se dedicó al teatro, y gente para la que fue solo una etapa de su vida. Pero también para estos últimos fue una formación importante, una etapa importante de su ciclo vital. ¿Qué crees que pensaría esa niña del aula de diversificación en un colegio burgalés de la María Velasco de hoy? ¿Vendida a la normalidad, heroína de la rareza, superviviente…? María: Critico mucho mi “normalización”, mi “integración”, dentro de esta obra. Vas acumulando premios, vas acumulando pequeños reconocimientos, y se diría que has tenido una trayectoria ejemplar. Nada más lejos de la realidad. Yo vengo de las infancias frikis, raritas, marginales, de un colegio público, de papá fontanero y de mamá ama de casa. Para mí, todo eso ha sido fundamental. También pienso que esta obra es hacerle un homenaje a esa niña, y a todos esos niños que no se han sentido parte del grupo, queridos dentro del grupo.
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