Origen de la entrevista
“SÓCRATES. — ¿Estarías dispuesto, Gorgias, a continuar dialogando como ahora lo estamos haciendo, preguntando unas veces y respondiendo otras, y a dejar para otra ocasión esos largos discursos de los que Polo ha empezado a darnos una muestra? No dejes de cumplir lo que prometes y disponte a contestar con brevedad a las preguntas. GORGIAS — Ciertamente, Sócrates, algunas contestaciones requieren mayor amplitud; no obstante, intentaré responder con la máxima brevedad. Precisamente es esta también una de las cosas que afirmo: que nadie sería capaz de decir las mismas cosas en menos palabras que yo. SÓCRATES — Eso es lo que hace falta, Gorgias; hazme una demostración de esto mismo, de la brevedad, y deja los largos discursos para otra vez. GORGIAS — Así lo haré y tendrás que decir que no has oído a nadie expresarse con mayor concisión.” Es evidente que los diálogos platónicos no son el equivalente exacto de una entrevista periodística moderna. Sin embargo, tenemos ya allí a varios interlocutores interrogando al sabio Sócrates sobre los temas más diversos. Sócrates, por supuesto, no responde como un entrevistado sino como un maestro. Aunque algunas veces ofrece sin más sus opiniones, es habitual que, aunque conozca la respuesta, prefiera repreguntar a fin de que sus interlocutores lleguen por sí solos a las conclusiones de los razonamientos. En cualquier caso, entre los diálogos platónicos y las entrevistas modernas hay nexos en común. Por ejemplo, ambos coinciden en la validez del diálogo para transmitir las ideas de una persona eminente. Recordemos que el Sócrates histórico se negó durante toda su vida a escribir su pensamiento, y que cuando su discípulo Platón empezó a redactar los diálogos que lo inmortalizarían, Sócrates ya había sido injustamente ejecutado por sentencia judicial. Ignoramos cuántas de las palabras atribuidas por Platón a Sócrates en dichos diálogos fueron pronunciadas realmente por el maestro, incluso en forma de paráfrasis. Los estudiosos suelen asumir que, en sus primeros diálogos, Platón se preocupó más por reflejar el pensamiento y la personalidad reales de su fallecido mentor, mientras que, en sus obras tardías como la célebre República, Sócrates se había convertido ya en un personaje de cuya boca salían, básicamente, las ideas del propio Platón. El grado de fidelidad con que se transcriben las palabras del otro guarda también íntima relación con la historia de la entrevista periodística. Hoy estamos acostumbrados a ver entrevistas grabadas en vídeo o en audio. Durante el primer siglo de las entrevistas periodísticas, sin embargo, las grabaciones no existían o resultaban demasiado rudimentarias o imprácticas y los periodistas estaban forzados a recurrir, bien a la memoria, bien a los apuntes. Las cintas magnéticas se popularizaron apenas en la década de 1940 y hasta entonces era trabajoso e incómodo realizar grabaciones fuera de un estudio. Ignoramos cuántos apuntes haya tomado Platón de las palabras de su maestro o si recurrió para escribir los diálogos sólo a la memoria (y por supuesto, en gran parte, también a su imaginación). Jenofonte, otro discípulo de Sócrates, escribió igualmente diálogos tomando a su maestro como protagonista, pero el Sócrates de Jenofonte y el de Platón, aunque comparten rasgos comunes, son también muy diferentes. Cada escritor, en el proceso de transcribir el pensamiento de su mentor, imprimió de forma inevitable al hacerlo su propia personalidad, e incluso de forma inconsciente hizo primar sus intereses personales. Como consecuencia, ambos autores construyeron un personaje que, siendo el mismo, es a la vez distinto. El Sócrates de Platón es más filosófico, más profundo, más enigmático. El de Jenofonte es más directo, más práctico, más didáctico. ¿Cuál de los dos sería más cercano al Sócrates verdadero? Quizás, a su manera, ambos. Probablemente lo mismo ocurra en mayor o menor medida en el caso de todas las entrevistas escritas previas al perfeccionamiento de las grabaciones. No, los diálogos de Platón y sus contemporáneos no constituyen entrevistas en el sentido que les otorgamos a las del periodismo actual. Sin embargo, comparten con ellas la intuición de que la reproducción de la oralidad es más accesible para transmitir conocimientos que la prosa más teórica o abstracta. Aunque no hay constancia de ello, es posible que Platón tuviese apuntes personales con prosa menos adornada y para consumo interno de los miembros de su academia. Pero si pasó a la posteridad fue gracias a sus diálogos, más didácticos, dirigidos a un público no especializado y publicados con la intención de difundir la doctrina. Muchas obras literarias en los siglos posteriores emularán la fórmula platónica articulando una gran diversidad de diálogos, a menudo imaginarios. Por ejemplo, Galileo Galilei publicó en 1632 un “Diálogo sobre los dos máximos sistemas del mundo” donde tres personajes comparan el sistema geocéntrico de Ptolomeo y el sistema heliocéntrico defendido por Copérnico. Asimismo, numerosos libros en todas las épocas relatan en primera o tercera persona biografías donde se reproducen diálogos o se citan palabras de terceros como señal de autoridad. Con todo, suele considerarse que, aunque los primeros periódicos impresos surgieron en Estrasburgo en 1605, las primeras entrevistas periodísticas propiamente dichas se publicaron en Estados Unidos en el siglo XIX. El consenso es que fue James Gordon Bennett Sr., fundador del New York Herald, quien dio el primer paso en 1836 cuando, investigando el asesinato de una joven prostituta llamada Helen Jewett, conversó con Rosina Townsend, propietaria de un burdel. La entrevista, sin embargo, no fue publicada como pregunta-respuesta sino citada o parafraseada en medio de un análisis del caso. La segunda entrevista ya se ajusta más al género como lo conocemos hoy y tuvo lugar más de dos décadas después, en 1859, cuando Horace Greeley conversó en Salt Lake City con el líder mormón Brigham Young para el New York Tribune. Aquí reconocemos ya los rasgos habituales del género, que se repetirán ad infinitum en años sucesivos: una introducción en prosa donde el periodista explica el contexto en que se produce la charla y describe al entrevistado, seguido de una conversación directa con pregunta y respuesta. Cito un fragmento de esta entrevista, no tanto por el interés de su contenido como por su carácter pionero: “Mi amigo el Dr. Bernhisel, antiguo delegado en el Congreso, me llevó esta tarde, por cita previa, a conocer a Brigham Young, presidente de la Iglesia Mormona, quien había expresado su disposición a recibirme a las dos de la tarde. Fuimos recibidos muy cordialmente en la puerta por el presidente, quien nos condujo al salón del segundo piso de la más grande de sus casas (tiene tres). Tras una conversación sin importancia sobre temas generales, expuse que había venido en busca de un conocimiento más completo sobre las doctrinas y la organización de la Iglesia Mormona y que me gustaría hacer algunas preguntas directamente relacionadas con estos temas, si no había objeción. El presidente Young declaró su disposición a responder a todas las preguntas pertinentes y la conversación prosiguió sustancialmente como sigue: H.G.— ¿Debo considerar el mormonismo (así llamado) como una nueva religión o simplemente como un nuevo desarrollo del cristianismo? B. Y.— Sostenemos que no puede haber una verdadera Iglesia cristiana sin un sacerdocio directamente comisionado por, y en comunicación inmediata con, el Hijo de Dios y Salvador de la humanidad. Tal iglesia es la de los Santos de los Últimos Días, llamados mormones por sus enemigos; no conocemos ninguna otra que siquiera pretenda tener revelaciones presentes y directas de la voluntad de Dios. H. G.— Entonces, ¿debo entender que usted considera a todas las demás iglesias que profesan ser cristianas, como la Iglesia de Roma, que no están en comunión con ella, cismáticas, heréticas y fuera del camino de la salvación? B. Y.— Sí, en lo esencial.” Lo interesante del caso es que, si no supiésemos que estamos ante el germen del género, nada nos llamaría la atención. La estructura de una entrevista periodística ya está aquí perfectamente delimitada. A partir de entonces, primero en la prensa estadounidense, luego en la británica y pronto ya en la de todo el mundo, las entrevistas se convertirían en un lugar común esperable y cada vez más esperado en cualquier periódico. Eso no quiere decir que todas las personalidades quisiesen ser entrevistadas. El célebre escritor británico Rudyard Kipling, por ejemplo, detestaba enfrentarse a periodistas. Cuando un reportero del periódico estadounidense The Sunday Herald se presentó en su casa el 23 de octubre de 1892, lo único que consiguió sacar de su boca fueron improperios contra los medios de prensa. Curiosamente, este es uno de los primeros casos de “antientrevista”, pues fueron esos mismos improperios los que acabaron en las páginas del Herald: “«¿No le dije que no concedería entrevistas?». Lo expresó de manera rápida y entrecortada. «Señor Kipling, hice lo que usted pidió y presenté por escrito una pregunta o un tema en su casa, y deseo una respuesta.» La obtuve. «¿Por qué me niego a ser entrevistado? ¡Porque es inmoral! Es un delito, tan delito como una ofensa contra mi persona, como una agresión, y merece igualmente castigo. Es algo cobarde y vil. Ningún hombre respetable lo pediría y mucho menos lo concedería.» «Bueno, señor Kipling, hombres tan respetables como usted discrepan de esa opinión. Es la primera vez que oigo a alguien sostener ese punto de vista. Nunca antes había oído aplicar las palabras ‘inmoral’ y ‘criminal’ a una entrevista». «Entonces eran unos necios. Yo tengo razón. Todo lo que digo es cierto. No, no voy a darle razones, porque vosotros, con vuestra falta de aprecio y comprensión periodística tan estadounidense, no podríais entender lo que quiero decir. Nosotros, los ingleses, lo aborrecemos. Además, ¿de qué sirven los reporteros? ¿Qué esperan conseguir con eso? La prensa estadounidense es sucia y corrupta. Lo sé todo sobre ella. Una vez fui con un grupo de periodistas de Filadelfia a un pequeño pueblo donde se había cometido un asesinato y convirtieron aquel lugar en un auténtico infierno. Le digo que lo único que buscan es sensacionalismo y eso no lo obtendrá de mí.» En ese momento tomé nota mental de que, en realidad, sí que estaba obteniéndolo. Pero él continuó: «No hay un solo periódico respetable en este país.» «Señor Kipling», inquirí, «usted es un ciudadano del mundo; le debe algo al mundo y el mundo le debe algo a usted». «Sí, y esa pequeña deuda tenéis que pagármela primero a mí», replicó bruscamente, «pero yo nunca pagaré la mía». «Usted es un pensador avanzado, un hombre de reputación, y lo que dijera sobre cualquier asunto sería valioso e interesante». «¿Valioso?», interrumpió él, «pues esa es otra razón por la que no puedo permitirme ser entrevistado. Puedo obtener más dinero escribiéndolo yo mismo y vendiéndoselo a alguna revista inglesa; y entonces supongo que sus editores estadounidenses lo robarían, como han hecho con la mayoría de mis libros. Mis libros contienen todo lo que deseo decir».” Curiosamente, el propio Kipling había publicado en 1890 en The New York Herald una entrevista que le realizó a otro gran escritor, el estadounidense Samuel Clemens, más conocido por su seudónimo Mark Twain. Aunque luego ambos desarrollarían una mutua admiración literaria, en 1889, cuando se produjo el encuentro, Kipling tenía apenas 23 años y el creador de Tom Sawyer, que era ya un icono internacional, promediaba su sexta década. La reverencia de Kipling por Twain resulta evidente a lo largo de la entrevista. Así lo describe: “Mi primera impresión fue que era un hombre de edad avanzada; sin embargo, tras un minuto de reflexión comprendí que no lo era tanto, y a los cinco minutos, al ver aquellos ojos que me observaban, comprendí que las canas constituían un accidente que no revestía la menor importancia. Era un hombre joven. Le estreché la mano, fumé uno de sus cigarros y me dispuse a escuchar hablar a este hombre a quien había aprendido a querer y admirar a catorce mil millas de distancia. Leyendo sus libros me había esforzado por formarme una idea sobre su personalidad y todas mis ideas preconcebidas resultaron ser erróneas e inferiores a la realidad. Bendito sea el hombre que no sufre desilusión cuando se encuentra cara a cara con un escritor al que reverencia.” En la primera parte de la entrevista, Twain habla sobre los derechos de autor y la piratería de sus obras, tema de preocupación para los escritores desde la invención de la imprenta: “Lo que vi con mayor claridad fue a Mark Twain obligado a luchar por la simple proposición de que el hombre tiene tanto derecho al producto de su inteligencia (¡piénsese en semejante herejía!) como al fruto del trabajo de sus manos. Cuando el viejo león ruge, los jóvenes cachorros gruñen. Yo gruñí en señal de aprobación.” Luego Kipling desvía la conversación hacia los libros de Twain: “Envalentonándome y sintiendo que tenía detrás de mí a unos cuantos cientos de miles de lectores, le pregunté si Tom Sawyer se casaría con la hija del juez Thatcher y si alguna vez llegaríamos a conocer a Tom Sawyer convertido en un adulto. «Todavía no lo he decidido», dijo Mark Twain levantándose, llenando su pipa y paseándose por la habitación en zapatillas. «Tengo la idea de escribir la continuación de Tom Sawyer de dos maneras. En una lo haría alcanzar grandes honores y llegar al Congreso; en la otra lo colgaría de la horca. Entonces los amigos y los enemigos del libro podrían elegir la versión que prefirieran». En ese momento perdí por completo mi reverencia y protesté contra cualquier teoría semejante, porque, al menos para mí, Tom Sawyer era real. «Oh, sí que es real», reconoció Twain. «Es todos los muchachos que he conocido o que recuerdo, pero sería una buena forma de terminar el libro.» Y luego, volviéndose hacia mí, añadió: «Porque, cuando uno se pone a pensarlo, ni la religión, ni la formación moral, ni la educación sirven de mucho frente a la fuerza de las circunstancias que empujan a un hombre. Supongamos que tomamos los siguientes veinticuatro años de la vida de Tom Sawyer y damos un pequeño giro a las circunstancias que lo gobiernan. Lógicamente, de acuerdo con ese cambio, podría acabar convertido en un canalla o en un ángel.» «¿De verdad cree eso?». «Creo que sí. ¿No es eso lo que vosotros llamáis kismet?». «Sí; pero le ruego que no le dé dos giros distintos y nos muestre ambos resultados, porque Tom ya no le pertenece a usted. Nos pertenece a nosotros». Se echó a reír con una risa amplia y saludable y aquello dio pie a una disertación sobre el derecho de un hombre a hacer lo que quiera con sus propias creaciones”. A diferencia de Kipling, Twain estaba siempre dispuesto a prestarse a las preguntas de los periodistas. Tanto parecía disfrutar la experiencia que durante una gira de conferencias que dio en Vancouver en 1895, dado que no se sentía bien de salud, accedió a recibir a los reporteros locales desde la cama de la habitación de su hotel. Las entrevistas antiguas nos permiten darnos una idea acerca del aspecto o la presencia física de una persona célebre en un momento concreto. Por ejemplo, las fotos que tenemos de Karl Marx son de ayuda, pero la descripción realizada por un tal R. Landor cuando lo visitó en su hogar londinense el 18 de julio de 1871 aporta una cercanía diferente: “Karl Marx es un doctor alemán en Filosofía, dotado de una amplitud de conocimientos típicamente germánica, adquirida tanto por la observación del mundo vivo como por los libros. Yo concluiría que nunca ha sido un trabajador en el sentido ordinario del término. Su entorno y su apariencia son los de un hombre acomodado de clase media. El salón al que fui conducido la noche de mi entrevista habría constituido una vivienda muy confortable para un corredor de bolsa próspero que ya hubiera asegurado su bienestar económico y estuviera empezando a hacer fortuna. Era la personificación de la comodidad: la estancia de un hombre de gusto refinado y de recursos holgados pero sin nada especialmente característico de su propietario. Sin embargo, un magnífico álbum de vistas del Rin sobre la mesa ofrecía una pista sobre su nacionalidad. Miré cautelosamente dentro del jarrón que había sobre una mesa auxiliar, por si encontraba una bomba. Aspiré el aire buscando olor a petróleo pero lo único que percibí fue el aroma de las rosas. Volví sigilosamente a mi asiento y aguardé con sombría resignación lo peor. Entró, me saludó cordialmente y nos sentamos frente a frente. Sí, estaba cara a cara con la revolución encarnada; con el verdadero fundador y espíritu rector de la Asociación Internacional; con el autor de aquel manifiesto en el que se advertía al capital que, si hacía la guerra al trabajo, debía esperar que su propia casa ardiera sobre su cabeza; en una palabra, con el apologista de la Comuna de París. ¿Recordáis el busto de Sócrates, el hombre que prefirió morir antes que profesar la creencia en los dioses de su tiempo; el hombre con aquella magnífica línea de perfil en la frente que termina de forma poco agraciada en una pequeña nariz respingona y curvada, semejante a un gancho partido por la mitad? Imaginad ese busto; teñid la barba de negro, salpicándola aquí y allá con mechones grises; colocad esa cabeza sobre un cuerpo fornido de estatura media, y tendréis ante vosotros al doctor. Si cubrierais con un velo la parte superior del rostro, podríais creer que estáis en compañía de un respetable miembro de una junta parroquial. Pero descubrid el rasgo esencial, aquella inmensa frente, y comprenderéis de inmediato que os halláis ante la más formidable de todas las fuerzas compuestas: un soñador que piensa y un pensador que sueña.” Cuando R. H. Sherard entrevistó al inventor Thomas Alva Edison para The Pall Mall Gazette el 19 de agosto de 1889, éste había inventado el fonógrafo más de una década atrás. Pero, aunque el hecho de poder registrar sonidos y reproducirlos pareciese mágico, los primeros modelos eran muy rudimentarios e imprácticos. Provistos de un cilindro de cera muy delicado, en el momento de su invención en 1877 podían grabar apenas un minuto, que se amplió a dos en la década siguiente y llegó a cuatro hacia 1900. Esas duraciones hacían posible registrar breves discursos y piezas de música, pero resultaban insuficientes para una entrevista, que requería tiempo para que el entrevistado pudiese sentirse cómodo y explayarse. Durante la entrevista de 1889, Edison hablaba del perfeccionamiento de su aparato: “¿El fonógrafo? Lo hemos llevado a una forma práctica. Actualmente ya hay 1.800 máquinas en uso en establecimientos comerciales y nuestras fábricas están produciendo cuarenta máquinas al día. Además, por fin he logrado fabricar un cilindro completamente sólido y apto para correspondencia, que puede enviarse por correo a cualquier distancia sin riesgo de sufrir daños. Todo esto ha requerido un trabajo muy arduo. Sólo en las herramientas necesarias para fabricar el gran fonógrafo gastamos 5.000 dólares. También he creado un modelo pequeño (un fonógrafo de bolsillo, si quiere llamarlo así) cuyo cilindro puede registrar 300 palabras, aproximadamente la extensión de una carta corriente, y que resultará muy práctico para la correspondencia habitual. Tengo aquí el modelo y puede verlo cualquier día que desee. Sin embargo, estos aparatos aún no están listos para su venta.” Edison menciona además estar trabajando en otro aparato, una “máquina para ver a distancia”: “He oído que algunos inventores europeos afirman haberse adelantado a mí en esto, pero no sé nada acerca de sus inventos. Mi máquina está progresando muy satisfactoriamente. No creo que llegue a ser útil para distancias muy largas, y es absurdo decir que permitirá a una persona ver a otra situada a diez mil millas de distancia. Sin embargo, dentro de una ciudad tendrá una utilidad práctica. No espero nada más que eso, al menos por ahora”. Edison no hablaba de ningún tipo de telescopio, sino de un aparato que, mediante impulsos eléctricos, transmitiese una imagen de un punto a otro del planeta. Él no llegaría a desarrollarlo con éxito, pero otros sí y unas décadas más tarde se popularizaría con el nombre de “televisión”. Ante la popularidad de la entrevista, nació también un género paralelo no menos feliz: la auto-entrevista. Una de las primeras de que haya noticia fue la que publicó sobre sí mismo el gran autor teatral británico Oscar Wilde en la St. James’s Gazette el 18 de enero de 1895. Aunque Wilde lo ignoraba cuando redactó dicho texto, ese año resultaría fatídico para él, que sería juzgado con motivo de su homosexualidad y encarcelado hasta 1897 (los efectos de semejantes acontecimientos minarían tanto su salud que moriría exiliado en París en 1900, con apenas 46 años). Haciendo uso de su sagacidad habitual, en la autoentrevista Wilde lanzaba dardos contra el ambiente teatral británico: “—¿Le produce algún placer salir a escena ante el telón después de la representación de sus obras? —Ninguna en absoluto. Ningún artista encuentra interés alguno en ver al público. El público está muy interesado en ver a un artista. Personalmente, prefiero la costumbre francesa, según la cual el nombre del dramaturgo es anunciado al público por el actor de más edad de la obra. —¿A qué atribuye usted, señor Wilde, el hecho de que tan pocos hombres de letras, aparte de usted, hayan escrito obras para ser representadas ante el público? —Principalmente, a la existencia de una censura irresponsable. El hecho de que mi ‘Salomé’ no pueda representarse basta para demostrar la insensatez de semejante institución. Si los pintores estuvieran obligados a mostrar sus cuadros a funcionarios de Somerset House, aquellos que piensan en formas y colores adoptarían algún otro medio de expresión. Si cada novela tuviera que ser sometida a un magistrado de policía, aquellos cuya pasión es la ficción buscarían un nuevo modo de realización. Ningún arte ha sobrevivido jamás a la censura; ningún arte lo hará nunca. —¿Y en segundo lugar? —En segundo lugar, al rumor que los periodistas han difundido persistentemente durante los últimos treinta años: que el deber del dramaturgo es agradar al público. El objetivo del arte no es más proporcionar placer que proporcionar dolor. El objetivo del arte es ser arte. Como dije una vez, la obra de arte debe dominar al espectador; el espectador no debe dominar el arte. —¿No admite ninguna excepción? —Sí. Los circos, donde parece que los deseos del público podrían satisfacerse razonablemente.” En el último párrafo, Wilde se permitía despotricar contra los propios periodistas: “—Entonces, ¿no encuentra nada digno de tratamiento artístico en las tragedias de la vida cotidiana? —Si un periodista fuera atropellado por un coche de caballos de cuatro ruedas en el Strand (incidente que, lamento decirlo, nunca he presenciado), eso no me sugeriría nada desde un punto de vista dramático. Quizá esté equivocado; pero el artista tiene sus limitaciones.” Algunos personajes históricos que uno difícilmente imaginaría entrevistados accedieron en raras ocasiones a someterse a la inquisición periodística. Adolf Hitler concedió algunas entrevistas, sobre todo entre 1923 y 1932, cuando buscaba vías de llegar al poder en Alemania, pero bajo ningún concepto era alguien sencillo de interrogar. Cuando H.R. Knickerbocker lo entrevistó en 1932 para el periódico Chicago Tribune, apenas si pudo enunciar una o dos preguntas antes de que Hitler se lanzara a un extenso monólogo que en poco se diferenciaba de sus discursos a las masas. La periodista Dorothy Thompson entrevistó a Hitler en abril de ese mismo año para la revista Cosmopolitan. Hitler hizo esperar a Thompson durante una hora pero no logró impresionarla. Thompson escribió en su artículo: “Cuando finalmente entré en el salón de Adolf Hitler en el Hotel Kaiserhof estaba convencida de que iba a conocer al futuro dictador de Alemania. Menos de cincuenta segundos bastaron para convencerme de que no sería así. Aproximadamente ese tiempo fue suficiente para medir la asombrosa insignificancia de este hombre que tenía al mundo entero en vilo. Era informe, casi sin rostro; un sujeto cuyo semblante parecía una caricatura, cuya estructura parecía cartilaginosa, sin huesos. Es incoherente y locuaz, mal equilibrado, inseguro. Es el prototipo mismo de la mediocridad”. Tras conocer el artículo Hitler montó en cólera. Está de más decir que las predicciones de la periodista no se cumplieron con demasiado rigor. De origen judío, el escritor y periodista alemán Emil Ludwig había debido abandonar su país natal en 1933 tras el ascenso de Hitler al poder. Para entonces, Ludwig ya había entrevistado en múltiples ocasiones al dictador italiano Benito Mussolini y, en 1934, logró una proeza concedida a muy pocos: consiguió atravesar las barreras del Kremlin para conversar con Joseph Stalin: “«Buenas noches», dije en un ruso vacilante. Stalin sonrió y pareció algo incómodo, pero fue extraordinariamente cortés y comenzó ofreciéndome un cigarrillo. Me aseguró que tenía plena libertad para decir lo que quisiera y hacer las preguntas que desease, y que disponía para ello de una hora y media. Pero cuando saqué el reloj al término de ese tiempo negó con la cabeza y nos retuvo media hora más. Un cierto grado de timidez resulta tan elegante en un hombre poderoso como en una mujer hermosa. Dado que tenía que hablar constantemente a través del intérprete, Stalin estuvo mirando hacia otro lado prácticamente todo el tiempo y durante las dos horas completas no dejó de dibujar figuras sobre una hoja de papel. Con un lápiz rojo trazaba círculos y arabescos rojos y escribía números. Nunca daba la vuelta al lápiz, aunque por el otro extremo era azul. A lo largo de nuestra conversación llenó muchas hojas con dibujos rojos y, de vez en cuando, las doblaba y las rompía en pedazos. El resultado fue que sólo conseguí que dirigiera su mirada directamente a mi rostro durante unos pocos segundos. Su mirada era sombría y su expresión, velada. Pero no era la mirada de un misántropo. Era más bien la de un hombre que, tras una larga experiencia, había llegado a desconfiar de sus semejantes y había llevado una vida muy solitaria.” Aunque las entrevistas publicadas (especialmente aquellas en formato de pregunta-respuesta) nos den una sensación de verosimilitud e inmediatez, por lo general no ha habido ninguna que no fuese el resultado de un importante proceso de edición. En cierto sentido, toda entrevista histórica es a la vez una creación literaria. Porque, sea el resultado de apuntes o de la mera memoria, se trata siempre de una reelaboración, una condensación de las palabras de otro. Por este motivo, no pocos entrevistados solían poner como condición previa a los encuentros la posibilidad de leer el texto final y aprobarlo antes de su publicación. Incluso en los casos donde las entrevistas han sido grabadas, la tarea del periodista consiste en extraer de la charla los segmentos más interesantes, reordenarlos para crear un escrito coherente y limpiar el discurso de repeticiones, frases inconclusas, interjecciones y de esos latiguillos que nuestro cerebro asimila naturalmente durante una conversación oral, pero que quedan fatal en un texto escrito. Por este motivo, incluso existiendo la posibilidad de grabar las charlas, muchos periodistas siguieron prefiriendo durante años recurrir a la memoria o a los apuntes, pues consideraban (y muchos entrevistados coincidían con ellos) que la presencia de una grabadora resultaba intimidatoria y restaba espontaneidad a la conversación. Como contrapartida, las grabaciones han demostrado ser también una salvaguarda para los propios periodistas, pues una vez lograda la intimidad con los entrevistados, no pocos de ellos se sentían ofendidos al ver publicadas confesiones que (quizás sin darse cuenta) se les habían escapado en el fragor de la charla y denunciaban luego a los cronistas por difamación. Según explica Christopher Silvester en el prólogo a su apasionante libro The Penguin Book of Interviews (1993), que contiene íntegras la mayor parte de las entrevistas citadas en este artículo, el debate sobre la utilidad y honorabilidad de la entrevista es tan antiguo como el género en sí mismo. Por ejemplo, en 1860 un redactor del Chicago Tribune protestaba argumentando que “una parte de los periódicos de Nueva York está haciendo todo lo posible por desacreditar la profesión periodística mediante una especie de servilismo o adulonería que llaman entrevistar.” En la misma tónica, la revista liberal neoyorquina The Nation publicaba en 1869 una pieza afirmando que “la entrevista, tal como se practica en la actualidad, suele ser el producto conjunto de dos impostores: un político de poca monta y un reportero de periódico”. Sin embargo, en septiembre de 1890 el periodista estadounidense Frank A. Burr evocaba con orgullo en Lippincott’s Magazine los veinticinco años transcurridos desde la invención de la entrevista con estas palabras: “Como todos los demás cambios en una gran profesión, este método ha sido objeto de abusos tanto por parte del entrevistador como del entrevistado, y con tanta frecuencia por este último como por el primero. Pero, de no haber existido la entrevista, se habría perdido una gran cantidad de valioso material relacionado con la historia de este país desde 1860, no solo para la nación, sino también para sus anales.” Aunque todavía no haya muerto del todo, el universo de la entrevista escrita parece hoy, en un mundo básicamente audiovisual, condenado a una desaparición casi segura. Sin embargo, la fidelidad de las grabaciones también ha de ser cuestionada. Cada vez más, la tecnología digital y la inteligencia artificial abren la puerta a manipulaciones de la imagen y la voz tan o más severas que aquellas a las que se veían sometidos los entrevistados hace un siglo. Si la edición se realiza de forma eficaz, para un espectador medio puede resultar imposible determinar si el entrevistado pronunció realmente lo que se le escucha decir o si, entre una frase y otra, han sido suprimidas unas palabras o se han añadido unas diferentes con una voz que no es la voz real del entrevistado pero que resulta indistinguible de la suya. Aun así, el mundo de la entrevista sigue siendo fascinante y nos sumergimos con placer en cualquier podcast donde un periodista informado y competente fuerza a otra persona a enfrentarse a sí misma en un intercambio verbal que, cuando es exitoso, conjuga la tensión de la lucha pero también la de la seducción mutua y la del amor. Sea cual sea el formato en que se produzca, a la larga, como a los contemporáneos de Platón, lo que nos maravilla es envolvernos en el diálogo entre dos personas interesantes, experimentar el intercambio de ideas y sentir que, como consecuencia de ello, nuestras propias concepciones sobre los asuntos más diversos se ven confirmadas o cuestionadas. Un anónimo cronista del periódico francés “Le Figaro” escribía en mayo de 1886 que “la entrevista es el peor rasgo del nuevo periodismo: degrada al entrevistador, repugna al entrevistado y fatiga al público”. Aunque sin duda enfáticas, sus palabras no han resultado proféticas.
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