“Para hacer una película solo hace falta un arma”: una memoria para el presente

En un depósito relegado de la Universidad Nacional de Córdoba, fueron rescatadas decenas de latas de cine en 16 milímetros. Se las daba por perdidas desde la última dictadura cívico-militar.
A partir de un trabajo enorme de recuperación de ese archivo, el director Santiago Sein realizó Para hacer una película solo hace falta un arma , un largometraje que articula documental y ficción para reconstruir una experiencia colectiva del cine estudiantil de fines de los años ‘60 y 70’ donde estudiantes y obreros abrirán una etapa no solo contra la dictadura militar sino contra toda explotación capitalista.
Santiago decide contar esta historia en 3 partes. LAS LATAS El primer capítulo, “Las latas”, parte del descubrimiento de ese archivo dentro de la UNC. A partir de ahí, el film sigue el proceso de recuperación de los materiales. Vemos la apertura de latas, la limpieza, la revisión de rollos, y se respira el vinagre, se siente el paso del tiempo y el entusiasmo de quien encuentra un tesoro.
En ellas, encontraron cintas y cintas de cortos, escenas que no llegaron a ser películas, pruebas y pequeños ejercicios de ficción y entre ellos, escondido, estaba el registro de movilizaciones, actos políticos, represiones y marchas filmadas por los propios estudiantes. Las imágenes abarcan el período de 1964 y 1976 y como las latas de 16 mm no estaban correctamente identificadas, el hallazgo se fue revelando poco a poco. Esto podría haber resultado únicamente en un documental centrado en la investigación histórica o en la reconstrucción de los hechos. Sin embargo, Sein trabaja con esas imágenes (muchas veces incompletas, deterioradas o corroídas por el paso del tiempo) para construir también un relato ficcional. Al haber perdido las cintas originales su sonido, y soportar la frustración de que las pocas que quedaban se le destruían en las manos, Sein decide utilizar su voz y la voz en off de un sonidista cordobés para narrar la película. En 1964, Jean-Luc Godard afirmaba que para hacer una película sólo hacían falta “una chica y un arma”. Después de Mayo del 68, esa consigna se transformó en “para hacer una película sólo hacía falta un arma, igual que para hacer la revolución.” Las latas encontradas conservan la huella de ese momento histórico en el que cine y política parecían formar parte de una misma práctica. Para quienes empuñaron aquellas cámaras, filmar no era simplemente registrar la realidad sino intervenir en ella. PRIMAVERA EN OTOÑO
La ficción sigue a tres jóvenes cineastas -dos franceses, Pierre Vigier y Gerard Guillemot, y el sonidista cordobés Rudy Wratny- para quienes, después del Cordobazo, filmar deja de ser un ejercicio artístico individual. Los jóvenes cineastas se preguntan qué filmar, desde dónde y para quién. La ruptura que inaugura esa época los empuja a sacar la cámara Bolex de la facultad y llevarla a las calles. Durante los 70’, no hay neutralidad posible, y filmar también es tomar posición. Así, documentan huelgas, asambleas y tomas de fábricas en Thompson, Fiat, la matricería Materfer e IKA Renault. También registran la liberación de presos políticos, el avance de columnas de Montoneros en 1973 y el abrazo en Córdoba entre Agustín Tosco y el presidente cubano Osvaldo Dorticós. Las imágenes revelan a una generación que ya no se piensa como observadora de la historia, sino sujeto de ella. Con experiencias como el Cine de la Base y Cine de la Liberación conciben el audiovisual como una práctica militante. Incluso, le producían material a Gleyzer. Durante la investigación, Fernando Martín Peña se pone en contacto con Sein para comentarle que tenía unas cartas de unos cineastas franceses en Córdoba para Gleyzer. Efectivamente, eran Pierre y Gerard. Las cintas son testimonio del surgimiento de una juventud que se reconoce como parte orgánica de la alianza obrero-estudiantil. Filmar significa acompañar las luchas de los trabajadores, intervenir en los acontecimientos de su tiempo y organizarse para una transformación de raíz.
TIERRA ARRASADA La reacción de la burguesía a este despertar revolucionario fue el genicidio de clase. Para contar este momento, el tercer capítulo deja atrás la ficción y se vuelca al documental. La película muestra a compañeros de estos cineastas, sentados frente a la pantalla, recordando los hechos de la época. En palabras del mismo director, no se sentía cómodo él al contar con voz en off en esta parte. Entre estos relatos, nos presentan a Federico Alegre. Él es un infiltrado, que después del golpe se quedó con los equipos de la universidad. Con autorización del genocida Menéndez, utilizó esas mismas cámaras para filmar material de propaganda para el III Cuerpo de Ejército. Las herramientas que habían servido para registrar luchas, debates y sueños de transformación social terminaron en manos de la dictadura.
En dónde los estudiantes usaban la cámara para registrar la realidad de las calles que el poder intentaba ocultar; la dictadura, en cambio, usó esos mismos equipos para escenificar su relato. Frente a esa historia, Sein recupera el equipamiento original de la escuela (una cámara Bolex y una moviola Prevost) y vuelve a ponerlas en funcionamiento. El 24 de Marzo del 2024, a 48 años del golpe militar saca la Bólex a la calle para registrar la marcha en un acto de revancha.
UNIVERSIDAD PÚBLICA Y RESISTENCIA La Universidad Nacional de Córdoba (UNC) alberga el Centro de Conservación y Documentación Audiovisual (CDA). Es considerado único y pionero en el país por preservar colecciones históricas en peligro, como el archivo fílmico de Canal 10 (1962-1980), noticieros cinematográficos y la filmografía de Alfredo Mathé. La Universidad Nacional de Córdoba no es sólo el escenario de origen de la película. Frente al deterioro acelerado de los materiales y la falta de recursos, el rescate se construyó desde la cooperación. Es una experiencia de años donde se armaron equipos interdisciplinarios de estudiantes, docentes, historiadores y comunicadores trabajaron para la recuperación de esta historia, e ingenieros y técnicos arreglaron la moviola y la cámara Bólex. En un contexto de ajuste y desfinanciamiento de la universidad pública, este trabajo pone en evidencia la fuerza del conocimiento colectivo, la creatividad y su capacidad para producir cultura, investigación y nuevas herramientas. ARCHIVO, PRESENTE Y DISPUTAS
“Para hacer una película solo hace falta un arma” no es solo una película sobre los años setenta. Es una reflexión sobre el archivo como territorio en disputa. Sobre qué se conserva, qué se deja desaparecer y quién toma esas decisiones. También sobre el cine como forma de intervención política, de ayer y hoy. La potencia de la película no reside únicamente en mostrar imágenes que sobrevivieron a la dictadura. Su apuesta consiste en devolverles movimiento político y estético, hacerlas hablar en un presente atravesado por la necesidad urgente de organizarse, de tomar la cámara, apuntarla y disparar ese espíritu de época. Frente a las nuevas caras del imperialismo y la opresión, frente a nuevas imágenes de resistencia, este archivo nos exige volver a pensar el arte en función de las luchas que vienen. Nos demuestran que la cámara, empuñada con conciencia de clase, sigue siendo indispensable para disputar el sentido de un nuevo horizonte.
Para hacer una película solo hace falta un arma tendrá sus dos últimas funciones en el Malba los Viernes a las 19:30. Una buena oportunidad para verla en pantalla grande o seguir su recorrido por otros espacios. Ficha técnica
Dirección y guión: Santiago Sein.
Dirección de fotografía y cámara: Marcos Rostagno.
Montaje: Lucía Torres Minoldo.
Diseño Sonoro: Atilio Sanchez.
Jefa de producción: Eugenia Monti.
Producción ejecutiva: Ana Lucía Frau, Eva Cáceres.
Entrevistados: Alberto Perona, Fernando Cots, Ana Mohaded, Roberto Videla.
Argentina, 2026. 159′

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