Películas sumergidas

La experiencia de realidad virtual “Titanic: Ecos del Pasado”, que puede verse en estos momentos, entre otras ciudades del mundo, en Barcelona y en Sevilla, basa su narrativa en una extraña premisa. Según la misma, durante las exploraciones en los restos del Titanic, que se encuentran a unos 3.800 metros de profundidad, un equipo halló una maleta herméticamente cerrada que conservaba las películas filmadas por un tal William H. Harbeck durante la travesía trágicamente interrumpida, tras la colisión con un iceberg, el 14 de abril de 1912. Las películas estaban por supuesto muy deterioradas, pero la inteligencia artificial que actúa como protagonista del espectáculo fue capaz de reconstruirlas y, gracias a ello, imágenes de distintos sectores del naufragio tal como se encuentran en la actualidad se van alternando en la realidad virtual con reconstrucciones de cómo eran dichas secciones del barco antes del desastre. Mientras recorremos con nuestras gafas la cubierta o la sala de máquinas del Titanic antes del choque con el iceberg, se aparece siempre ante nuestros ojos la figura virtual del incansable Harbeck, de pie frente a su cámara cinematográfica girando frenéticamente la manivela. La mención de Harbeck es una excusa colorida de la que podría haberse prescindido. Existen suficientes imágenes y testimonios sobre cada espacio del Titanic como para reconstruir el barco en su esplendor sin recurrir a semejante artimaña. Por ejemplo, las múltiples fotos tomadas por el sacerdote jesuita irlandés Francis Browne, quien embarcó en Southampton en el primer tramo del viaje y tuvo la fortuna de recibir órdenes de desembarcar en Queenstown, lo que le salvó la vida y, como consecuencia directa, salvó sus fotografías. De hecho, la reconstrucción que vemos en la experiencia virtual se ha hecho sin consultar en absoluto las películas de Harbeck. Y no habría podido ser de otro modo, porque esas películas no existen. Con todo, incluirlas en la historia es un detalle singular, porque William Harbeck sí existió, abordó el Titanic y murió durante el naufragio. Y lo que es más, probablemente realizase filmaciones a bordo, aunque de ellas no se haya preservado ni un único fotograma. Nacido en Toledo, Ohio, en septiembre de 1866, su padre era un veterano en la Guerra Civil estadounidense y sheriff local, y el joven William, con apenas 18 años, se inscribió como cadete en West Point, Nueva York, quizás emulando sus pasos. Sin embargo, no se tienen noticias de que avanzase en la carrera militar. En cambio, trabajó en ocupaciones diversas, administrando una lavandería a vapor, asistiendo a su padre como sheriff e incluso ejerciendo como agente de viajes. En 1891 un directorio municipal lo registraba como contable, pero para entonces ya había comenzado a interesarse por la fotografía. De hecho, un artículo aparecido en el periódico “The Toledo Evening Bee” el 30 de junio de 1892 describía un sistema de su invención que constituye uno de los primeros ejemplos de cámara oculta de que se tenga noticia. Una cámara fotográfica debidamente escondida y accionada mediante un mecanismo inventado por Harbeck logró fotografiar a dos ladrones con las manos en la masa, que fueron identificados gracias a las imágenes así obtenidas. Según explicaba el artículo: “Joseph y Fred Miller, dos muchachos de unos 14 años de edad, fueron declarados culpables esta mañana en el tribunal de policía por robar puros de la vitrina de la barbería de Gus Triquet, en Superior Street. Se los descubrió gracias a un aparato fotográfico con flash, inventado por Will Harbeck. Los jóvenes activaron el mecanismo al pisar una alfombrilla situada detrás de la vitrina. La sentencia quedó pendiente de resolución.” En los años siguientes las actividades de Harbeck siguieron siendo diversas. En 1894 dirigía un periódico en Colorado, y en 1896 había montado un número de variedades en el que (presuntamente) leía la mente del público. Según un artículo aparecido en “The Delta Independent” el 22 de julio de ese año: “Hizo que cuatro o cinco caballeros se mezclaran entre el público y recogieran anillos, relojes y navajas, unas veinte piezas en total. Después, los objetos fueron envueltos en un pañuelo que, a su vez, se ocultó en el bolsillo de uno de los asistentes. El señor Harbeck permaneció fuera de la sala mientras se realizaba todo esto. Luego regresó, fue vendado y se dispuso a encontrar el pañuelo que contenía los objetos, cosa que logró. A continuación, procedió a devolver cada artículo a su legítimo propietario. Todos aquellos que tengan la oportunidad de ver al señor Harbeck deberían hacerlo, pues el espectáculo bien vale el tiempo invertido y el precio de la entrada.” Siempre interesado en la tecnología y la fotografía, Harbeck pronto se apasionó por el desarrollo del cinematógrafo, que había ido surgiendo progresivamente gracias al esfuerzo de varios inventores diferentes en distintas partes del mundo, hasta cristalizarse en 1895 con la primera proyección pública realizada en Francia por los hermanos Louis y Auguste Lumière. A fines de 1903, Harbeck anunciaba sus servicios en el periódico “Seattle Daily Times” como comerciante de equipos cinematográficos: vendía y reparaba proyectores para los teatros de la ciudad, ofrecía formación a futuros operadores de proyección y afirmaba ser capaz de añadir color a las copias cinematográficas. En 1904 asumió la dirección del Teatro Orpheum de Tacoma, donde exhibía películas y, entusiasmado, no tardó en intentar filmar sus propias cintas.
Recordemos que en aquella época pionera del cine, filmar una película digna de ser proyectada públicamente no era algo tan complicado. En realidad, bastaba con tener una cámara y saber manejarla. Los espectadores todavía podían ser sorprendidos con poco: la visión de una calle con su tráfico habitual, imágenes tomadas desde un tranvía o un tren en movimiento, paisajes variados… Si los filmes habían sido realizados en la ciudad misma donde se exhibían, la gente incluso pagaba su entrada con la esperanza de verse en la pantalla.
En aquella época pionera del cine, filmar una película digna de ser proyectada públicamente no era algo tan complicado. En realidad, bastaba con tener una cámara y saber manejarla
Ignoramos en qué consistieron los primeros filmes rodados por William Harbeck, pero sí sabemos que en 1906, con motivo del terrible terremoto que destruyó la ciudad de San Francisco, acudió presto con su cámara y registró imágenes de la devastación.  A partir de entonces, Harbeck se dedicó ya casi con exclusividad al cine. Entre 1906 y 1911 recorrió su país y varios otros capturando el mundo con el giro de su manivela. Fue el primero en filmar el Parque Nacional de Yellowstone, y en una entrevista que concedió al periódico “The Fort Wayne Journal Gazette” el 8 de diciembre de 1907, afirmaba haber viajado a Japón con la intención de rodar películas allí aunque, según explicaba, las autoridades japonesas le impidieron filmar. Harbeck se especializó en los llamados “Hale’s Tours”, muy populares en la época. Consistían en trayectos de viaje rodados desde la parte delantera de un tranvía o un tren, de modo que al ser proyectados el espectador tuviera la sensación de estar a bordo del vehículo. Para hacer el efecto más realista, a menudo las salas de exhibición eran acondicionadas con falsas ventanillas y asientos como si fuesen auténticos vagones. Ya vemos allí los inicios (al menos en intención) de la realidad virtual. En 1907 Harbeck fue contratado por los ferrocarriles canadienses con la misión de mostrar “el oeste de Canadá en la pantalla cinematográfica mediante imágenes paisajísticas, industriales y cómicas”. El cineasta filmó decenas de películas (incluyendo en 1911 viajes a Yukón y Alaska) que fueron consolidando su carrera no sólo en Estados Unidos y Canadá sino en otras partes del mundo, porque sus cintas cruzaban los mares y las fronteras. Siempre atento a los aspectos tecnológicos, un artículo aparecido en un periódico de Seattle en 1908 anunciaba la demostración en el Lois Theater de un invento desarrollado por él mismo para producir “singing and talking pictures” (películas cantadas y habladas). No sabemos en qué consistía el experimento ni hasta qué punto fue exitoso. El cine sonoro tardaría todavía veinte años en volverse una realidad comercial. Ese mismo año, el legendario campeón mundial de los pesos pesados Jack Johnson vencía en un combate de boxeo a Tommy Burns en Sídney, Australia. Deseoso de aprovechar el enorme interés del evento pero carente de imágenes del combate auténtico, Harbeck recreó la pelea en un campo de béisbol de Seattle utilizando dobles en lugar de los verdaderos púgiles. La cinta fue exhibida como si se tratase del combate real, pero el promotor australiano Hugh D. McIntosh se había tomado el trabajo de filmar la pelea genuina y amenazó a Harbeck con iniciar acciones legales si no retiraba su película. Probablemente el pleito se haya zanjado con dinero. Cuando luego se anunció que Jack Johnson visitaría la ciudad de Vancouver en marzo de 1909, Harbeck se propuso ahora sí filmar al verdadero boxeador descendiendo por la pasarela del barco ante la ovación de las multitudes. Pero algo salió mal: el cineasta confundió la fecha al acudir a filmar la llegada de Johnson y llegó a la ciudad un día después de que el barco hubiera atracado. En lugar de rendirse, convenció al boxeador para que regresara a la pasarela del barco y descendiera nuevamente por ella acompañado de su esposa y de su entrenador. Las imágenes resultantes fueron exhibidas como si mostraran la llegada auténtica del campeón. Harbeck también quería filmar al boxeador saliendo de su lujoso hotel, pero Jack Johnson era negro y debido a la discriminación racial de la época los grandes hoteles de Vancouver se habían negado a alojarlo. En lugar de filmarlo saliendo de un sitio más modesto, Harbeck preparó artificialmente la escena haciendo salir al púgil de la Biblioteca Carnegie de Vancouver, pero dando a entender en la cinta proyectada que ese importante portal pertenecía a un hotel. A finales de enero de 1910, Harbeck realizó su primera visita a Gran Bretaña, viajando a bordo de otro barco condenado al desastre: el Lusitania. Se encontró con varias figuras de la industria cinematográfica británica y viajó también a París, donde filmó las graves inundaciones que habían afectado a la capital francesa. Nuevamente a bordo del Lusitania, Harbeck volvió a Europa al año siguiente, donde estrechó contactos comerciales con los cineastas europeos para la exportación de sus propios filmes y se interesó por el diseño de una nueva cámara portátil, la Aeroscope, accionada por aire comprimido y diseñada por el inventor polaco Kazimierz Prószyński. Harbeck compró una y realizó viajes posteriores a Alemania y a Francia, donde conoció a una joven francesa de 21 años llamada Henriette Yvois. No se sabe con exactitud (y probablemente no tenga ya la menor importancia) si Henriette se convirtió en su asistente, su amante o ambas cosas, pero en los meses siguientes ella acompañó a Harbeck en todos sus viajes. A principios de 1912, tras pasar varias semanas en Nueva York promocionando su película de Alaska, Harbeck zarpó hacia Inglaterra junto a Henriette, por tercera vez a bordo del Lusitania. Luego de diversas reuniones se dirigió hacia Bruselas y París, donde filmó celebraciones de Pascua y desfiles de moda de primavera. A finales de marzo llegó a Berlín. Su plan consistía en viajar a Moscú, tomar el Ferrocarril Transiberiano hasta Vladivostok, cruzar por mar hacia Alaska y regresar finalmente a Seattle. Pero no llegaría a hacer nada de eso. Pese a sus varios coqueteos con el Lusitania, Harbeck no estaba destinado a perecer en esa embarcación. Al regresar a Londres desde París, la compañía naviera White Star Line le ofreció un contrato irresistible (10.000 dólares de la época, según la prensa) para filmar con fines promocionales el viaje inaugural de su buque más emblemático, el flamante Titanic. Harbeck aceptó y abandonó su proyecto de viaje hacia Moscú. La idea era filmar el embarque de pasajeros y la salida desde Southampton, continuar filmando durante la travesía, transferirse a una embarcación más pequeña cerca de la costa estadounidense cuando estuviesen a punto de llegar a destino y, por último, capturar la entrada triunfal del Titanic en el puerto. Harbeck describió este acuerdo en una carta dirigida a un antiguo socio la víspera de la partida y el 1 de abril le escribió también a su esposa Catherine informándole del cambio de planes y pidiéndole que reenviara su correspondencia al Hotel Cadillac de Nueva York. De modo que viajó a Southampton, compró billetes de segunda clase y, siempre en compañía de Henriette Yvois, embarcó en el Titanic el 10 de abril de 1912. El superviviente Lawrence Beesley observó a William y Henriette durante la travesía. De acuerdo con su testimonio: “Nadie estaba más interesado por la travesía que un joven fotógrafo cinematográfico estadounidense que, junto con su esposa [sic], siguió todo el viaje con entusiasmo, girando la manivela de su cámara con evidente placer mientras registraba el evento en sus películas. A su joven esposa, evidentemente francesa, le gustaba mucho jugar al solitario mientras él observaba y de vez en cuando hacía sugerencias. No volví a verlos.” Tanto William Harbeck como la joven Henriette se cuentan entre las aproximadamente 1.500 personas que murieron como consecuencia del hundimiento del Titanic. De ella no quedaron rastros, pero el cuerpo de Harbeck pudo ser recuperado flotando con su chaleco salvavidas. Su identificación fue posible gracias a su tarjeta del sindicato de operadores de proyectores cinematográficos. En una de sus manos sostenía con fuerza un bolso propiedad de Henriette. Con el desastre se esfumaron todas las películas que Harbeck había registrado durante su último viaje europeo, y también cualquier imagen que hubiese capturado durante los cuatro días y medio que duró el viaje antes del fatídico final. Pese a la narración en la experiencia de realidad virtual antes mencionada, resulta prácticamente imposible que ninguno de esos filmes resistiese la corrosión y el paso del tiempo. Por un lado, la película de la época estaba hecha de nitrato de celulosa, material muy inestable químicamente y que se deteriora incluso en archivos especialmente diseñados para conservar películas antiguas. A 3.800 metros de profundidad, por otra parte, y tras el paso de más de un siglo, la presión, la corrosión, las bacterias que consumen hierro y la degradación química habrían afectado gravemente cualquier película, incluso si las latas metálicas que contuvieran los filmes hubiesen permanecido herméticamente cerradas. Tampoco existe ninguna fotografía tomada a bordo del Titanic en los momentos previos al desastre.
Tanto William Harbeck como la joven Henriette murieron en el Titanic. Con el desastre se esfumaron todas las películas que Harbeck había registrado durante su último viaje europeo, y también cualquier imagen que hubiese capturado durante los cuatro días y medio que duró el viaje antes del fatídico final
El 7 de mayo de 1915, en plena Primera Guerra Mundial, el imponente transatlántico Lusitania, en el que Harbeck había embarcado tantas veces sin incidencias, fue hundido por un submarino alemán. La agonía del Titanic tras rozar el iceberg duró algo menos de tres horas, pero la insuficiente cantidad de botes salvavidas provocó que murieran muchas personas más de las que podrían haberse salvado en condiciones ideales. Teniendo este precedente en cuenta, el Lusitania contaba con botes suficientes para albergar en caso de emergencia a las casi dos mil personas a bordo. El efecto del torpedo, sin embargo, resultó tan devastador que en apenas dieciocho minutos el barco fue completamente engullido por las aguas, y durante ese breve lapso navegó de forma tan inestable que dificultó muchísimo el descenso de los botes. Como consecuencia, sólo consiguieron sobrevivir 764 personas. Uno de los supervivientes fue David McCormick, un operador de telegrafía inalámbrica de veinte años. McCormick permaneció en la sala de telégrafos enviando mensajes de socorro hasta último momento. Cuando ya todo parecía perdido, salió a cubierta y, con increíble sangre fría, cogió su cámara fotográfica portátil Kodak y tomó imágenes de los últimos momentos del buque. Incapaz de subir a ninguno de los pocos botes salvavidas que pudieron ser lanzados con éxito, cuando el Lusitania desapareció de la superficie McCormick fue arrastrado hacia el fondo por la succión del barco. Milagrosamente consiguió nadar y salir a la superficie, donde más tarde fue rescatado. De forma no menos milagrosa, el telegrafista había conservado su Kodak, pero tanto la cámara como la película se habían deteriorado por efecto del agua. Con todo, unas pocas imágenes borrosas pudieron ser reveladas y lo que quedaba se publicó en varios periódicos. La tecnología actual habría podido hacer magia de haberse preservado el negativo, pero lo único que queda son las imágenes en pésima resolución impresas en los periódicos de la época. Aun así, en tiempos recientes se ha logrado, empleando programas digitales, recuperar de esas fotos más información que la que se creía que contenían en primera instancia. Como ya se dijo, la supervivencia de las películas de William Harbeck a bordo del Titanic parece imposible. Sin embargo, un rollo de película pudo ser recuperado de los restos sumergidos de Lusitania. Por desgracia, no se trata de ninguna filmación que revista un interés especial: ni son escenas de la vida a bordo del barco, ni mucho menos imágenes de sus instantes postreros. Por el contrario, se trata de un rollo de un largometraje comercial titulado “The Carpet From Bagdad” (La alfombra de Bagdad), una producción estadounidense de la compañía Selig Polyscope realizada en 1915. Según reseñas de la época, el filme narra la historia de una banda de delincuentes, uno de los cuales roba una alfombra de oración de una mezquita en Bagdad y la utiliza para financiar actividades delictivas, ya que planean asaltar un banco situado junto a una tienda de antigüedades. Los guardianes de la alfombra no están nada satisfechos con ello e intentan recuperarla de manos de los ladrones. En fin, nada demasiado especial, salvo por el hecho de que no se conserva en todo el mundo ninguna otra copia de esta película. Y eso tampoco debería sorprendernos. Debido al desinterés generado una vez que surgió el cine sonoro, al deterioro natural de los filmes almacenados en condiciones inapropiadas, a incendios accidentales o, incluso, a la destrucción deliberada de los negativos, se calcula que alrededor del 80 por ciento de las películas producidas entre 1894 y 1930 se han perdido y ya no existen copias. Ese listado incluye, por supuesto, muchas obras menores de carácter comercial, pero también numerosos filmes que fueron considerados importantes en su tiempo. Podríamos pensar que lo único que no se preserva de la producción de William Harbeck son aquellos títulos que transportaba en el Titanic o que realizó a bordo del mismo. Por el contrario, con excepción de un filme que muestra las calles de Vancouver en 1907 capturadas desde un tranvía, y de otro donde se ve la ciudad canadiense de Victoria tomada desde un tren (en total unos quince minutos), toda la producción de Harbeck se considera perdida. Perdidas están sus filmaciones de Yukón y Alaska. Perdidos sus dos filmes de Jack Johnson, el real y el ficticio. Perdidas sus otras múltiples películas de viajes. Si sabemos algo acerca de esas y de muchas otras es sólo gracias a publicidades y reseñas en la prensa. Teniendo en cuenta lo anterior, sin ser en sí mismo un filme importante a nivel artístico, el rollo descubierto entre los restos del Lusitania ha causado cierta sensación entre los especialistas. Louise Allum, investigadora del archivo del Instituto Cinematográfico Británico (BFI), explica los detalles del hallazgo: “Creemos que esta copia estaba siendo transportada a través del Atlántico por alguien relacionado con una distribuidora o un estudio cinematográfico para comercializar la película en el Reino Unido. Durante el trayecto desde Nueva York hacia Gran Bretaña, el Lusitania fue hundido frente a la costa sur de Irlanda. En 1982 se llevó a cabo una inmersión de rescate en el fondo del Mar Céltico. Entre los restos del naufragio se encontró una única lata de película completamente solidificada. Fue recuperada y traída aquí para ser examinada, identificada y tratada. Tras haber permanecido setenta años en el fondo del mar, en un entorno frío, oscuro y húmedo, la película sufrió daños considerables. Sin embargo, las apariencias engañan, porque todavía es posible obtener mucha información de ella. Durante el proceso de desenrollado observamos que la película se había encogido significativamente. Una vez desenrollada ya no pudimos volver a enrollarla en una sola bobina, razón por la cual ahora se conserva en cuatro latas. En realidad, esta película no debería haber sobrevivido. El sentido común diría que, si se deja algo durante setenta años en un entorno muy frío, muy oscuro y muy húmedo, no debería conservarse. Si hubiéramos hundido una cinta magnética de vídeo durante setenta años, probablemente lo único que quedaría sería polvo. Polvo húmedo, pero polvo al fin. Curiosamente, las condiciones óptimas de almacenamiento para la película cinematográfica incluyen precisamente dos de esos factores: un entorno frío y oscuro, con una humedad relativa moderada, alrededor del 35%. Son las condiciones que utilizamos en nuestros depósitos. De manera extraña, en el fondo del Mar Céltico existían dos de esas condiciones ideales: oscuridad y frío. Lo único desfavorable era la enorme cantidad de agua. Aun así, sobrevivió. Y esa es una de las razones por las que me gusta tanto este objeto. Es un superviviente. Esta película tiene 109 años. Pasó setenta de ellos en el fondo del mar. Y aun así sigue aquí. Todavía puede verse, tocarse y leerse. En cierto modo, es un homenaje a la extraordinaria longevidad del cine fotoquímico.
Un rollo de película pudo ser recuperado de los restos sumergidos de Lusitania: un largometraje comercial titulado “The Carpet From Bagdad” que, sin ser en sí mismo un filme importante a nivel artístico, ha causado cierta sensación entre los especialistas
Como dice la especialista, la existencia de esta película (en realidad sólo un rollo de los cinco que tenía el largometraje original) es algo realmente extraordinario. Y eso considerando que los restos del Lusitania se encuentran a 93 metros de profundidad, no ya los 3.800 metros a los que se encuentra el Titanic y que convierten la supervivencia de los filmes de William Harbeck en una auténtica utopía. Aunque los fotogramas del rollo recuperado son aún distinguibles a simple vista, lo que queda de “La alfombra de Bagdad” no ha sido aún escaneado ni proyectado. Así lo detalla la investigadora: “Actualmente no podemos proyectar esta bobina ni tampoco escanearla con los equipos de que disponemos. Pero eso no significa que en el futuro no exista una tecnología capaz de hacerlo.” Y se pregunta: “Entonces, ¿por qué conservar una película en un estado tan deteriorado? La respuesta es sencilla: porque es un artefacto absolutamente único que demuestra la capacidad de supervivencia y la extraordinaria durabilidad del soporte cinematográfico. Está aquí. Es tangible. Puedo sostenerla, observarla, leer sus intertítulos y contemplar sus imágenes. Lo que en su día fue simplemente una película comercial producida para entretener al público se ha convertido en un objeto irrepetible. Posee un encanto especial. Cada vez que veo ese rollo en el archivo me hace sonreír.”

Fuente: Enlace original

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *