‘La más grande’: cuando un vertiginoso escote fulminó a un ministro franquista

Nunca vi en mi casa un disco de Rocío Jurado. Para mis padres, y para media Euskadi, todo eso de la copla significaba ranciedad española. Sabido es que el régimen franquista se aprovechó de la copla, un género dignísimo, para usarla como parte de la oficialidad cultural, aunque algunos de sus grandes artistas rechazaron a Franco y a sus secuaces. Pero la Jurado sí entró en mi casa, lo hizo por el televisor, en las galas que emitía la televisión oficial y más tarde las televisiones privadas que se encargaron en destruir a la cantante de Chipiona con infectos programas de telebasura. Cuando uno veía aquellas actuaciones de la Jurado, y sin tener especial interés en aquellas desgarradas canciones sobre romances, adulterios y separaciones, sabía que tenía delante, era obvio, a una mujer que se creía lo que hacía, que los vivía, lo sentía. Y que era pura dinamita y tenía una proyección de voz que ya quisieran decenas de pedorras de ayer y hoy y siempre. Cuando la Jurado cantaba, me parecía que lo hacía sobre cosas que conocía, que había vivido. “Cuando supe que existía usted, señora, ya mi mundo era solo él, señora”, una canción sobre una mujer confesándose a la esposa de su amante, un mentiroso de mierda. “Hace tiempo que no siento nada al hacerlo contigo”, un torpedo en la línea de flotación del machismo patrio con el que miles de mujeres se sintieron identificadas. “Se nos rompió el amor de tanto usarlo”, que parece hablar de una pareja aburrida de copular como conejos.
La Jurado triunfó a pesar de las durísimas e injustas palabras de su padre zapatero: “Tú no vas a ser artista nunca
Y todo esto con escotes vertiginosos y vestidos imposibles que mostraban sin ningún recato alguno sus jóvenes carnes, vestidos que hasta provocaron, tras una actuación en Televisión Española en 1974, el cese de Pío Cabanillas como ministro de Información y Turismo. En aquella actuación en la que cantaba “Soy de España”, la Jurado empezó a dejar al reprimido españolito con la boca abierta con un escote subversivo para aquella época y aquel país.    Y mientras la gentuza fascista, machista y reprimida se dedicaba a preocuparse por sus generosos senos, ella bocetaba sus resplandecientes y sexuales trajes en casa o en el camerino fijándose en divas de la época como Raffaella Carrà, Diana Ross, Cher o Donna Summer. Y todo en pleno destape, palabra que ella odiaba porque prefería hablar de belleza, voluptuosidad, sensualidad. Para el recuerdo, La querida, película de encargo de Fernando Fernán Gómez en la que no enseñó nada porque fue doblada en las escenas de desnudos, atrevidas para esos años. En aquel filme, Rocío Jurado conoció a uno de los hombres más importantes de su vida: Manuel Alejandro, autor de exitazos de la tonadillera como ‘Señora’, ‘Como yo te amo’ o ‘Se nos rompió el amor’. Es Alejandro el que dice en la serie que Rocío Jurado no cantaba, “actuaba las canciones”. En fin, que se las creía. Otro de los artistas fundamentales en la vida de la Jurado fue Juan Pardo, autor de otro tremendo exitazo, y que tanto escuchamos en las galas televisivas, como ‘Punto de partida’. Pardo recibió en su estudio a una cantante cansada, deprimida y sola con la que encontró una gran química. La serie La más grande, dirigida por Alexis Morante y narrada por Daniela Vega, demuestra que la Jurado es el ejemplo de un ser humano que solo puede ser exactamente lo que tiene que ser. No era posible, con esa voz y ese sentimiento arrebatado, que acabase sirviendo a una señorona de la calle Velázquez. Así, con 8.000 pesetas ahorradas por su abuela, esta hija de zapatero se plantó con su madre en un Madrid franquista, clasista y machista, sin contacto alguno, pero sabiéndose de memoria los discos de Paquita Rico, Imperio Argentina y Conchita Piquer, su gran decepción. La veterana tonadillera recibió a la joven Rocío en su piso para que le mostrase su talento, pero la Piquer la despreció de forma tan hiriente como innecesaria. En fin, una página más en la eterna y sanguinaria guerra entre folclóricas que tanto ha fascinado a los aficionados a la copla y al papel cuché.
Currante inagotable, la cantante se recorría hasta 400 kilómetros diarios en carretera para ir de bolo en bolo
Aquellas 8.000 pesetas se esfumaron pronto y Rocío y su madre, todavía más asustada que ella en la capital, acabaron en el tablao El duende, donde se podía ver a Ava Gardner o a Gary Cooper y en el que la joven Jurado empezó a destacar como palmera y con sus entregados fandangos. Allí el famoso cantaor Manolo Caracol quedó arrebatado ante su casi insultante talento, que conocían ya todos lo que trabajaban con ella. Estaba claro que Rocío Jurado no había nacido para servir a una señorona de la calle Velázquez. Y de El duende pasó a convertirse en una estrella y en un icono pop. Y todo a pesar de las durísimas e injustas palabras de su padre zapatero: “Tú no vas a ser artista nunca”. El tipo murió joven, a los 36, y dejó a la familia sin un real, lo que hizo urgente que la Jurado empezase a ganar dinero de verdad. Currante inagotable, la cantante se recorría hasta 400 kilómetros diarios en carretera para ir de bolo en bolo en los años que ella llamó de “carretera, bocadillo y cante”. En aquellos agotadores bolos la acompañó el boxeador Pedro Carrasco. Y es que a la Jurado no le ponían los intelectuales, le iban más los boxeadores y los toreros. Por eso fue carnaza para las revistas del corazón y la telebasura. La hija, Rocío Carrasco, siguió la tradición familiar casándose con un Guardia Civil. Los dos, la heredera y el picoleto, vendiendo su vida en la misma telebasura.  La más grande acaba como acabó la vida de Rocío Jurado: mal. Su decadencia llegó con su bodorrio con el grotesco torero Ortega Cano y con la telebasura. Y la pregunta, que, por supuesto, no se hace la serie, es: ¿Hasta qué punto la prensa rosa se aprovechó de la Jurado y la Jurado de la prensa rosa? Sus últimos meses también fueron los del cáncer. El bulto, el ingreso urgente, el pastizal que se tuvo que gastar en Huston, la quimio, la radio, la valiente rueda de prensa en la que confesó su enfermedad, la revelación de no estar curada ante Jesús Quintero, un virus en quirófano… y finalmente un entierro digno de un jefe de Estado. Bueno, ya quisieran muchos jefes de Estado. Lo que nos recuerda esta serie documental es que la Jurado fue una mujer enorme en un país enano. También una entertainer, que dirían los anglos, una profesional que se dedicó a entretener, a animar y a emocionar a una audiencia que no era la de un elitista teatro de la ópera, sino la de un tablao, la del templete de unas fiestas populares, la de un plató de televisión o la del mismísimo Madison Square Garden, que, por cierto, llenó. Por algo la llamaron La más grande.
Lo mejor: algunas actuaciones de archivo de la Jurado son impresionantes. Lo peor: detrás la serie está su hija Rocío Carrasco, así que no busquen mucha pluralidad e imparcialidad. Estamos ante una blanca hagiografía no solo consentida por la familia, sino producida por la misma.

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