La esquiva mecenas de Tchaikovsky
Viena, 12 de julio de 1789: “¡Dios! Estoy en una situación que no desearía a mi peor enemigo; y si usted, queridísimo amigo y hermano, me abandona, estaré infortunada e inocentemente perdido junto con mi pobre mujer enferma y mi hijo. Ya la última vez que estuve en su casa quise descargar mi corazón, pero no tuve coraje para hacerlo ni lo tendría ahora (sólo temblando me atrevo a hacerlo por escrito), y tampoco por escrito me atrevería si no supiera que usted me conoce, sabe cuáles son mis circunstancias y está totalmente convencido de mi inocencia, en lo que se refiere a mi situación infortunada y sumamente triste. ¡Oh, Dios, ¡en lugar de darle las gracias le vengo con nuevos ruegos! ¡En lugar de pagarle lo que le debo vengo con nuevas peticiones! (…) Ahora sólo depende de usted, mi único amigo, el que quiera o pueda prestarme 500 florines más. Le ofrezco, hasta que se decida mi asunto, pagarle todos los meses 10 florines; luego (lo que ocurrirá como mucho dentro de unos pocos meses) le pagaré toda la suma con los intereses que quiera y me declararé además deudor suyo durante toda la vida.” Viena, 17 de julio de 1789: “Sin duda está usted enfadado conmigo porque no me ha respondido. (…) Estoy seguro de que mis circunstancias mejorarán en un plazo breve y, por lo tanto, la suma que tenga que pagar me es muy indiferente. En cambio, preferiría y me sentiría más seguro de momento si fuera una suma grande. Tengo que encarecerle que, si le resultase totalmente imposible ayudarme ahora con esa suma, tuviera conmigo la amistad y el amor fraterno de socorrerme ahora con aquello de lo que pueda prescindir, porque dependo realmente de ello. De mi honradez no puede usted dudar, porque para ello me conoce demasiado bien.” Viena, diciembre de 1789: “Queridísimo amigo y hermano: ¡sé muy bien todo lo que le debo! En cuanto a lo antiguo, le ruego que tenga aún paciencia. Puede estar seguro del pago porque de ello respondo con mi honor. Se lo ruego otra vez, sáqueme usted de momento de mi situación desesperada y en cuanto reciba el dinero de la ópera, recobrará sin falta los 400 florines.” Los anteriores son fragmentos de tres de las numerosas cartas que, todas en los mismos términos, le envió Wolfgang Amadeus Mozart a su compañero de logia masónica Michael Puchberg entre 1789 y fines de 1791, cuando se produjo la inesperada muerte del compositor. Quizás consciente de que Mozart probablemente no devolvería las sumas que le pedía, pero al mismo tiempo sintiendo afecto por él, Puchberg le enviaba dinero y dejaba las cantidades apuntadas al final de las cartas de Mozart. En cada caso, las sumas eran más pequeñas que las requeridas y, si bien no resolvían los problemas del músico, le permitían ir tirando. El de Mozart resulta un caso paradigmático de artista genial que es, a la vez, incapaz de alcanzar una estabilidad económica. Es probable que parte de la culpa la tuviese el mismo Mozart, cuya dificultad para comprender y participar de las intrigas que permitían el ascenso de los músicos a altos cargos en la corte era más que evidente. Músicos contemporáneos a él menos talentosos manejaban con maestría esos hilos del poder y vivían con holgura, aunque hoy en día sus nombres y composiciones hayan sido (muchas veces con justicia) olvidados.
Mozart sin duda habría alcanzado su independencia y su ansiada estabilidad de haber vivido una o dos décadas más, pero una enfermedad repentina se lo llevó a los 35 añosNo menos cierto es que a Mozart le tocó vivir un momento de transición. Si hasta entonces regía un sistema de apadrinamiento de los músicos por parte de las cortes monárquicas y de familias nobles, en el cual el artista era un mero empleado, dicha estructura empezaba a tambalearse. Pronto sería reemplazada por la idea romántica del artista como genio creador, autónomo, dueño de sí mismo y capaz de vivir de sus propias publicaciones, sus propios conciertos y su fama personal. A caballo entre ambos modelos, Mozart sin duda habría alcanzado su independencia y su ansiada estabilidad de haber vivido una o dos décadas más, pero una enfermedad repentina se lo llevó a los 35 años, todavía endeudado, el infausto 5 de diciembre de 1791. Ante la ausencia de un sistema comercial adecuado para subsistir merced a publicaciones o actuaciones diversas, a Mozart le habría venido bien un mecenas, es decir algún personaje adinerado que lo financiase a cambio de sus servicios como músico (tanto en el plano de la composición como de la interpretación instrumental) o de dedicatorias de sus obras. Se creaba así un vínculo que otorgaba prestigio al benefactor, pero a menudo implicaba una gran dependencia y subordinación por parte del artista. La figura del mecenas toma su nombre de un tal Cayo Cilnio Mecenas, quien en el siglo I anterior a nuestra Era fue asesor del emperador romano Augusto. Importante patrono de las artes, Mecenas protegió a numerosos poetas, entre ellos figuras clave como Horacio y Virgilio, cuyas obras por fortuna han llegado hasta nosotros. Más allá del nombre, mecenas similares habrán existido mucho antes, y ciertamente los hubo después. Durante el Renacimiento italiano, familias nobles como los Médici en Florencia, los Sforza en Milán, los Este en Ferrara y los Gonzaga en Mantua, facilitaron gracias a su apoyo económico el desempeño de artistas como Leonardo da Vinci, Miguel Ángel y Rafael. El mecenazgo no era ajeno a la época de Mozart, pero había que tener la suerte y la habilidad para encontrarlo. Su insigne contemporáneo, el compositor también austríaco Franz Joseph Haydn, halló la calma y la comodidad para componer sin apuros de la mano de la familia Esterházy. Sin embargo, tras la muerte de su gran protector, el príncipe Nikolaus I Esterházy, en 1790, Haydn se vio forzado a compensar la merma de ingresos como artista independiente. Para entonces el músico tenía ya casi sesenta años, su fama había trascendido a toda Europa y consiguió sobrevivir dignamente alternando estancias en distintos puntos, sobre todo en Londres y en Viena, donde ofreció conciertos y también puso a la venta partituras de sus composiciones. Ya en pleno Romanticismo, Ludwig van Beethoven alternó también entre ambos modelos, trabajando por su cuenta, pero aceptando a la vez el patronazgo de nobles como el príncipe vienés Karl Lichnowsky o el archiduque Rodolfo de Austria. La tortilla, con todo, ya se había dado vuelta. Beethoven, lejos de considerarse a sí mismo un empleado devoto sujeto a los caprichos de sus benefactores, se creía por el contrario (y con justicia) merecedor de esas ayudas y bajo ningún concepto permitía que las voces de sus mecenas influyeran en la concepción de su arte. Quizás el caso más extraño de mecenazgo en la música clásica fuera, sin embargo, la relación que durante trece años, entre 1877 y 1890, unió al compositor ruso Piotr Illich Tchaikovsky con la patrona de las artes Nadezhda Filaretovna von Meck. Nacida en Rusia en 1831, la joven Nadezhda se casó a los 17 años con el ingeniero Karl Otto Georg von Meck, diez años mayor que ella y con quien tuvo trece hijos, de los cuales once llegaron a edad adulta. Probablemente no fuera una relación sustentada en el amor, y en años posteriores, como veremos, Nadezhda no guardaba un concepto demasiado alto de la institución del matrimonio. En todo caso, ella impulsó la carrera de su marido, proponiéndole ofrecer sus servicios para desarrollar el ferrocarril en una Rusia inmensa donde los trenes todavía llegaban a muy pocos puntos. Karl hizo así fortuna y, tras su muerte repentina en 1876 a los 55 años, Nadezhda quedó al frente de dos líneas ferroviarias y dueña de múltiples tierras. Ninguna de esas cosas le interesaba realmente: su espíritu iba por otros derroteros. Atea declarada, lectora voraz de literatura y filosofía, amante de la música y, ella misma, pianista aficionada capaz de tocar con cierta destreza el repertorio clásico, decidió entonces emplear parte de su dinero en patrocinar las artes. A tal fin creó una fundación, y entre los numerosos músicos cuya carrera apoyó se contaba, por ejemplo, el compositor francés Claude Debussy, quien fue contratado por Nadezhda como profesor de piano de sus hijas. Pero con quien desarrollaría una relación mucho más íntima, una relación que en realidad iba mucho más allá del dinero y del patronazgo, fue con su compatriota Piotr Illich Tchaikovsky. Diez años menor que ella, Tchaikovsky era ya un músico célebre cuando, en 1877, por intermedio de un joven violinista amigo de ambos y antiguo discípulo del compositor, la viuda von Meck se permitió escribirle una carta expresándole su admiración y solicitándole que compusiera para ella algunas piezas. Tchaikovsky, por supuesto, accedió al requerimiento y comenzó así, sin que ninguno de los dos lo sospechase, una relación epistolar que continuaría ininterrumpidamente durante los siguientes trece años.
Tchaikovsky subsistía, básicamente, gracias a su trabajo como profesor en el Conservatorio de Moscú, tarea que le demandaba enormes esfuerzos y le restaba tiempo para componerEn la Rusia zarista, los vínculos comerciales que permitían a músicos italianos o alemanes vivir de la edición de sus composiciones o de la organización de sus propios conciertos todavía no estaban desarrollados. Tchaikovsky subsistía, básicamente, gracias a su trabajo como profesor en el Conservatorio de Moscú, tarea que le demandaba enormes esfuerzos y le restaba tiempo para componer. La generosidad de Nadezhda von Meck le llegó, entonces, como venida del cielo. Al principio todo fue discreto. Ella expresaba su sincera admiración por el arte de Tchaikovsky: “Tan pronto como me recuperé de la primera impresión que me causó su composición, deseé saber qué tipo de hombre había creado una obra así. Empecé a buscar oportunidades para aprender todo lo posible sobre usted, sin dejar pasar ninguna ocasión de escuchar algo, prestando atención a la opinión pública, a los juicios individuales, a cada comentario.” En sus pesquisas, sin duda se habría enterado de las endebles finanzas del compositor, y no se habría extrañado cuando éste le pidió prestada una suma, que ella le envió de forma diligente por correspondencia, acompañada de una carta. La situación se reiteró en varias ocasiones: él prometía devolver el dinero en breve, pero la devolución se dilataba. A ella eso no parecía importarle. “Estoy muy agradecido por las muestras de aprecio hacia mi música que abundan en su carta,” le escribía el compositor en marzo de 1877. “Si supiera el placer y el consuelo que supone para un músico saber que existe un alma que comparte con la misma intensidad y profundidad todo lo que él sintió al concebir y completar su obra. Gracias por sus amables, cálidas y comprensivas palabras. No voy a ponerme modesto y decir que son inmerecidas. Escriba bien o mal, una cosa es cierta sin lugar a dudas: compongo por un impulso interior irresistible. Hablo el lenguaje de la música porque siempre tengo algo que decir. Escribo con sinceridad y me emociona encontrar en usted a una persona que valora esa sinceridad.” En la misma misiva, Tchaikovsky le enviaba una foto suya: “Le envío una fotografía de gabinete, pero no creo que sea especialmente buena. En un futuro próximo voy a hacerme una nueva (aunque a mí posar para una foto me representa un sufrimiento insoportable) y entonces estaré encantado de enviarle otro retrato mío.” Es posible que, en algún punto, el envío de la fotografía haya alentado, al menos al principio, alguna esperanza romántica en la viuda. Sin embargo, quien quiera interpretar esto último como un intento de seducción por parte de Tchaikovsky se equivocaría. En una Rusia donde (al igual que en buena parte del resto de Europa) era imposible admitirlo abiertamente, el compositor era homosexual, condición que asumía por momentos con resignación, por momentos con cierta culpa como consecuencia de la incomprensión y de la condena social. A medida que las cartas y los préstamos se sucedían, la familiaridad en el trato se hacía más que evidente, pero la situación no dejaba de causarle cierta incomodidad a Piotr. A principios de mayo de 1877 le escribía a su benefactora: “Tu anterior encargo musical ya me había dado la idea de que se guiaba por dos motivos: por un lado, realmente querías una u otra de mis composiciones y, por otro, sabiendo de mis dificultades económicas, deseabas ayudarme. El pago demasiado generoso con el que recompensaste mi pequeño trabajo me convenció de ello. Esta vez estoy bastante seguro de que te guías exclusiva o casi exclusivamente por la segunda razón. Por eso, al leer tu carta, en la que entre líneas vislumbré tu tacto y amabilidad, tu conmovedora simpatía por mí, sentí un incontrolable disgusto por comenzar el trabajo y me apresuré en mi breve respuesta a posponer el cumplimiento de mi promesa. En mi relación contigo, no quiero nada de esa falsedad e insinceridad que inevitablemente aparecerían si no esperara la llegada de la voz interior, la inspiración necesaria para crear lo que deseas. Si no esperara, me apresuraría a crear algo, te enviaría «ese algo» y recibirías un pago inmerecido. En ese caso, ¿no podrías evitar sentir que estoy dispuesto a componer cualquier tipo de obra musical, cuyo resultado serían unos cuantos billetes de cien rublos? ¿No se te ocurriría entonces que, si fueses pobre, yo rechazaría tus peticiones? Es una circunstancia vergonzosa de nuestra relación que, cada vez que nos escribimos, surja la cuestión del dinero. Se supone que un artista nunca se siente humillado al recibir una remuneración por su trabajo, pero para llevar adelante un trabajo creativo como el que ahora me solicitas, debe existir un cierto estado de ánimo, la llamada inspiración, que no siempre acude a mi disposición. No deseo ser artísticamente deshonesto para mejorar mi situación económica y, aprovechándome de mi habilidad técnica, engañar ofreciendo algo falso como si fuese verdadero. Sin embargo, ¡necesito urgentemente ese dinero!” Pronto, las eventuales ayudas se convirtieron en un estipendio mensual que la viuda von Meck enviaba en su correspondencia, sin que Tchaikovsky se lo solicitase, y sin que existiera ya la menor duda de que el dinero no sería devuelto. Mientras esto ocurría, la vida del músico se veía revolucionada por otro suceso acerca del cual Nadezhda, gracias a su intercambio epistolar, se convertiría en una importante confidente: el 18 de julio de 1877 Tchaikovsky, de 37 años, contraía matrimonio con una antigua alumna suya, Antonina Miliukova, de 29. Se ha escrito mucho sobre los motivos que llevaron al compositor a decidir, casi del día a la noche, casarse con una mujer a quien prácticamente no conocía. Es probable que los motivos fueran múltiples, y que entre ellos se contase blindar su imagen ante los profusos rumores sobre su homosexualidad. En sendas cartas, el músico había intentado advertirle a Antonina que pretendía que la suya fuese una relación casi fraternal y que, amparándose en su diferencia de edad, él no se veía en condiciones de mayor intimidad. Es probable que ella, más enamorada del personaje público que del hombre, tomase esas advertencias como señales de timidez por parte de su pretendiente y creyese que, con un poco de empeño, podría mitigarlas. Las pocas semanas que llegaron a convivir demostraron evidentemente lo contrario, y Tchaikovsky huyó de Moscú buscando refugio en casa de familiares (como su hermano Modesto, también homosexual) y amigos. En un estado de tremenda ansiedad y depresión, temiendo que Antonina lo chantajease proclamando a viva voz su orientación sexual y su incapacidad para consumar el matrimonio, la correspondencia con Nadezhda se convirtió para el compositor en un remanso de paz para expresar sus frustraciones y hallar comprensión y consuelo. Mientras él se hundía, un poco por el terror a quedar expuesto, un poco por la culpa de haber llevado a Antonina a engaño ofreciéndole un amor que nunca podría brindarle, la viuda lo calmaba con líneas como las siguientes: “¿Cómo pueden ser felices aquellos que son capaces de sentir tan profundamente como tú y yo? Porque si la vida es un océano, entonces la sociedad, en cualquier caso, es un arroyo poco profundo en el que sólo aquellos que rozan la superficie salen bien parados, ¡pero su nombre es legión! Sin embargo, tú y yo, con nuestra incapacidad para tratar cualquier cosa de forma superficial, para divertirnos con trivialidades como las convenciones sociales, la opinión pública y las emociones programadas; nosotros, con nuestra necesidad de emociones profundas, de intereses amplios, debemos golpear nuestro pecho, nuestra cabeza y nuestro corazón contra el fondo pedregoso de ese arroyo y, debilitados por la desigual lucha de toda una vida, debemos morir sin alcanzar esa felicidad que sabes que existe, que ves claramente ante ti, pero que los nadadores superficiales no te permiten alcanzar.” Al tiempo que intercambiaban cartas tan personales, Tchaikovsky y Nadezhda von Meck todavía no se habían visto nunca en persona. Muerto su marido, ella se recluyó en sus propiedades y, salvo para ir eventualmente al teatro o a la ópera, se limitó a gestionar desde allí tanto sus empresas ferroviarias como las vidas de sus varios hijos. Decidió por ejemplo, como era habitual en la época, los matrimonios de su progenie: una de sus hijas quiso casarse con su maestro de piano, Claude Debussy, pero el joven pretendiente fue rechazado en favor de alguien con más alcurnia. En una carta a Tchaikovsky, Nadezhda se describía a sí misma: “Soy muy poco empática en mis relaciones personales porque no poseo ninguna feminidad; en segundo lugar, no sé cómo ser tierna, y esta característica se ha transmitido a toda mi familia. Todos tenemos miedo de mostrarnos afectuosos o sentimentales y, por lo tanto, la naturaleza general de nuestras relaciones familiares es de camaradería, o masculina, por así decirlo”. Y en otra misiva posterior le confesaba su opinión sobre la institución matrimonial: “Quizás pienses, mi querido Piotr Ilich, que soy una gran admiradora del matrimonio, pero para que no te equivoques en nada que se refiera a mí, te diré que, por el contrario, soy una enemiga irreconciliable de los matrimonios, aunque cuando hablo de la situación de otra persona, considero necesario hacerlo desde su punto de vista”. Es probable que ella viese su pasado matrimonio, concertado por su familia, más como una relación burocrática que como un romance. En todo caso, Nadezhda nunca volvería a casarse. La intensidad de la correspondencia entre Tchaikovsky y la viuda von Meck tuvo su pico en septiembre de 1878, cuando el compositor le dedicó (aunque por medio de un eufemismo, para evitar habladurías) su cuarta sinfonía. En un rapto de pasión, Nadezhda le escribió: “No sé si puedes comprender los celos que siento por ti, a pesar de que no exista ninguna relación personal entre nosotros. ¿Sabes que siento celos por ti de la manera más reprochable, aquella de la que sólo es capaz una mujer por el hombre al que ama? ¿Sabes que cuando te casaste me sentí tan terriblemente desgraciada, como si me hubieran arrancado algo del corazón? Todo me resultaba doloroso, amargo; la idea de tu intimidad con esta mujer me resultaba insoportable. ¿Y sabes lo repugnante que soy? Me alegré cuando supe que no eras feliz con ella. Me reproché a mí misma este sentimiento y no creo haber hecho en ningún momento que lo notases, pero no pude hacerlo desaparecer por completo: una persona no puede controlar sus propios sentimientos. Odiaba a esa mujer porque no eras feliz con ella, pero la habría odiado cien veces más si hubieras sido feliz con ella. Sentía que ella me había quitado aquello que sólo puede ser mío, a lo que sólo yo tengo derecho, porque te amo como nadie más y te valoro por encima de todo en el mundo. Si te desagrada enterarte de estas cosas, perdóname la confesión involuntaria. Me ha brotado sin pensar y el motivo de todo es tu sinfonía. Pero creo mejor que sepas que no soy una persona ideal como tú crees. Y, además, esto no puede cambiar nuestras relaciones en lo más mínimo. No quiero ningún cambio. De hecho, me gustaría estar segura de que nada cambiará hasta el final de mi vida, que nadie… pero no tengo derecho a decirlo. Perdóname y olvida cuanto he dicho. No estoy bien de la cabeza.” Tchaikovsky tardó ocho días en atreverse a responder a semejante carta, y cuando lo hizo se esforzó por subrayar su profunda gratitud hacia Nadezhda, pero pasando por alto cualquier efusividad: “Tiemblo ante la mera idea de lo que podría haberme sucedido si el destino no nos hubiese reunido. Te debo todo: mi vida, la oportunidad de crear en pos de un ideal distante, mi libertad y una felicidad tan completa que antes me parecía imposible.”
Es verdad que la homosexualidad de Tchaikovsky nunca se trata como tal en sus cartas, pero resulta difícil suponer que la viuda, atenta a todos los rumores de Moscú, ignorase por completo la orientación sexual del compositorSin desmentir en lo más mínimo la sinceridad de sus sentimientos hacia el compositor, ignoramos si a la viuda se le cruzó alguna vez realmente por la cabeza la posibilidad de entablar una relación con él que pasase al plano físico. Es verdad que la homosexualidad de Tchaikovsky nunca se trata como tal en sus cartas, pero resulta difícil suponer que la viuda, atenta a todos los rumores de Moscú (e incluso si decidía no prestarles atención) ignorase por completo la orientación sexual del compositor. En cualquier caso, a partir de ese momento fue estableciéndose (primero tácitamente, luego de modo más formal), un pacto según el cual los dos jamás se verían en persona. Nadezhda seguía apoyando con su dinero a Tchaikovsky, quien pudo así abandonar su cargo como profesor para concentrarse en componer, y ambos continuaron con su férrea correspondencia, pero nunca establecieron contacto personal, salvo quizás por dirigirse tímidas miradas desde sus respectivos palcos en las raras ocasiones en que ambos asistían a un mismo concierto. Una vez, Tchaikovsky accedió incluso a alojarse en un ala de la suntuosa mansión de Nadezhda en Simaki, Ucrania, donde podía escribir música con absoluta tranquilidad y pasear por los amplios jardines. Por supuesto que él realizaba sus paseos estrictamente en un horario diferente a los de ella. Una ligera falta de coordinación sobre estos horarios dio lugar a su único encuentro cara a cara. El compositor salió aquella tarde a caminar por el bosquecillo un poco antes que lo habitual y ella, que se suponía debía estar cenando, se había retrasado en su propio paseo. Así le describía Tchaikovsky el suceso a su hermano Anatoly: “Nos topamos nariz contra nariz. Fue terriblemente incómodo. Sólo estuvimos cara a cara un instante, pero aun así me sentí por completo avergonzado, aunque la saludé cortésmente con el sombrero. Creo que ella se sintió terriblemente desconcertada y no sabía qué hacer. Y detrás de ella había dos carruajes más con toda su familia.” De inmediato, Tchaikovsky le escribió una carta disculpándose: “Por el amor de dios, perdóname por haber calculado mal el tiempo. He aparecido justo ante ti pues no salí a las cuatro, sino un poco antes.” Ella, en cambio, le contestó con extremada calidez: “No puedo expresar lo dulce y maravilloso que fue cuando me di cuenta de que nos habíamos encontrado. Cuando, por así decirlo, sentí la realidad de tu presencia en Brailovo. No deseo ninguna comunicación personal entre nosotros sino estar cerca de ti en silencio, de forma pasiva, estar bajo el mismo techo que tú, como en aquel teatro de Florencia, encontrarte en el mismo camino, sentirte no como un mito, sino como una persona viva a la que amo tanto y de la que recibo tanto bien. Eso me produce un placer extraordinario. Atesoro estos episodios como una extraordinaria fuente de felicidad.” El contacto entre ambos se extendió durante muchos años más. Durante ese período intercambiarían cientos de cartas, de las que se conservan 768 misivas de Tchaikovsky a Nadezhda von Meck (donde éste le cuenta a ella sus viajes, los estrenos de sus obras, e infinidad de intimidades) y otras tantas de ella hacia él. También sus familias establecerían lazos de unión: en 1883 uno de los hijos de la viuda, Nikolai, se casó con Anna Davydova, sobrina del compositor. Pero Tchaikovsky y Nadezhda nunca más volverían a encontrarse cara a cara, ni siquiera con ocasión de esa boda: él asistió pero ella, para no solaparse, aceptó permanecer en su casa. Llegamos entonces al año 1890. Poco después de que el compositor cumpliese 50 años, un mensajero le entregó un sobre con una carta de Nadezhda, acompañada de seis mil rublos (el equivalente a un año completo de aportaciones). Como Tchaikovsky no le había pedido ningún adelanto puntual, se sintió extrañado por el pago. En la carta, la benefactora le explicaba que su situación financiera había cambiado, que la gestión de la empresa familiar que ella había puesto en manos de uno de sus hijos había desembocado en un fracaso y en deudas, y que ya no podría seguir escribiéndole ni enviándole dinero. Semejante noticia causó conmoción en Tchaikovsky, no tanto en el plano económico, pues había recibido una importante pensión del Estado y ya no dependía de las ayudas de Nadezhda, como en el plano humano. De inmediato le envió una misiva: “Mi querida amiga! La noticia que me comunicas en tu carta, que acabo de recibir, me ha entristecido profundamente, pero no por mí, sino por ti. No es una frase vacía. Por supuesto, mentiría si dijera que una reducción tan drástica de mi presupuesto no afectará a mi bienestar material. Pero el impacto será mucho menor de lo que probablemente piensas. El hecho es que en los últimos años mis ingresos han aumentado considerablemente y no hay razón para dudar de que seguirán aumentando a buen ritmo. Por lo tanto, no se trata de que vaya a reducir mis gastos durante algún tiempo. ¡Se trata de que tú tendrás que soportar privaciones! Es terriblemente injusto y molesto. Las últimas palabras de tu carta me han ofendido un poco, pero creo que no puedes pensar en serio lo que escribes. ¿De verdad crees que soy capaz de acordarme de ti sólo mientras cuento con tu dinero? ¿De verdad crees que puedo olvidar ni por un solo instante lo que has hecho por mí y lo mucho que te debo? No, querida amiga mía, ten por seguro que lo recordaré hasta mi último aliento y te bendeciré. Me alegro de que precisamente ahora, cuando no puedes compartir tus recursos conmigo, me sea posible expresar con toda mi fuerza mi gratitud ilimitada, ardiente y completamente indescriptible. Te beso efusivamente las manos y te ruego que sepas de una vez por todas que nadie simpatiza contigo y comparte todas tus penas más que yo.” Tchaikovsky nunca recibiría respuesta a esta carta. Finalmente, tras arduas gestiones, la familia von Meck no cayó en bancarrota. Pero había otros motivos detrás del silencio epistolar de Nadezhda. Por un lado, su hijo mayor, Nikolay, enfermó de tuberculosis y murió tras una espantosa convalecencia durante la cual ella no tuvo tiempo para prestarle atención a nada más. Por otro, sus otros hijos la presionaban para que cesara una relación que consideraban humillante para la familia, al tiempo que renegaban del dinero que le pasaba al compositor. Además, la propia Nadezhda estaba también enferma de tuberculosis y era incapaz de escribir. Así se lo contaba en una carta otro de sus hijos, Nikolay (el marido de la sobrina de Tchaikovsky), a un temprano biógrafo del compositor: “A mi madre le resultaba físicamente imposible continuar su correspondencia con Piotr Ilich debido al grave deterioro de sus facultades tras sufrir una neumonía en el invierno de 1889-1890, un deterioro tan grave que mi madre dejó por completo de escribirle a cualquiera de sus hijos.” Se produjo así un silencio entre Tchaikovsky y Nadezhda que duró unos tres años. Continuaba Nikolay en su carta: “Cuando mi esposa, a petición de Piotr Ilich, le transmitió a mi madre que Piotr Ilich se había tomado muy mal el fin de su amistad, ella me pidió que le comunicara a Piotr Ilich que sus sentimientos hacia él no habían cambiado en absoluto”. Pero estas palabras nunca llegaron a oídos de Tchaikovsky, quien murió el 6 de noviembre de 1893 a los 53 años, muy probablemente a causa del cólera (aunque no han faltado teorías conspirativas muy posteriores que adujeron un suicidio de honor como consecuencia de nuevas amenazas de exponer su homosexualidad). Si había luchado contra su enfermedad los meses previos, Nadezhda seguramente dejó de sentir motivos para hacerlo tras enterarse de la muerte de su amado protegido. Ella misma no tardó en morir, el 13 de enero de 1894, a los 62 años de edad. Cuando le preguntaron a Anna von Meck, cuñada de la mecenas, cómo había soportado Nadezhda la muerte de Tchaikovsky, su respuesta fue concisa y elocuente: “No la soportó”.
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