Bertolucci: el “hijo de papá” arrebatado por el cine y la revolución
Hace algunas décadas Bernardo Bertolucci, al que La 2 de RTVE le dedicó un gran ciclo que los cinéfilos gozamos hace años (además de la emisión y debate de El conformista y Novecento en Qué grande es el cine), fue uno de los directores de cine más famosos en todo el planeta. Las fotografías de Bertolucci con su visor de director en el pecho dieron la vuelta al mundo y hasta llegó a aparecer en la portada de la revista Time. La razón, como siempre, es un cúmulo de circunstancias sociales y familiares a las que se sumó, como en el caso de tantos conocidos cineastas, el puro azar. Pero, para empezar, hay que reconocer que Bernardo empezó con cierta ventaja. Bertolucci tuvo la inmensa suerte de nacer en una cultísima familia burguesa y ser hijo de Attilio Bertolucci, poeta, guionista y crítico de cine de la Gazzetta di Parma. Attilio ayudó a activar la vida intelectual de Parma, junto a figuras de la cultura parmesana como el escritor Cesare Zavattini, pionero del neorrealismo, o el poeta Giorgio Caproni, pero también a inyectar en su hijo una pasión desbocada por el cine. Tras la salida de cada proyección y comentar la trama y los personajes, Attilio animaba a su hijo a fijarse en lo meramente cinematográfico: el encuadre, los ángulos, los movimientos de cámara, la luz, el sonido, la música…
“Voy a rodar una película que se llamará Accattone, ¿me ayudas?”, le preguntó Pasolini al joven Bertolucci, que contestó: “No sé de cine”. “Yo tampoco”, zanjó PasoliniY el pequeño Bertolucci quedó atrapado, arrebatado, y esa obsesión por las películas no lo abandonó jamás. De ahí el título de este documental: Bertolucci. Nuestra magnífica obsesión, disponible en Movistar Plus+. También ayudó un encuentro fundamental en su vida: un día alguien llamó a la puerta de su casa. El joven Bertolucci abrió y se topó con un tipo que le asustó, un hombre de rasgos duros y cara pedestre, como tallada de forma agresiva. Era Pier Paolo Pasolini, que quería ver a su padre, poeta al que admiraba. Bertolucci le plató la puerta en las narices ante la indignación de su progenitor, que corrió a recibirlo. Poco más tarde, Bertolucci volvió a toparse, en el portal, con ese hombre de la cara y cuerpo cincelados, con Pasolini, que había decidido trasladarse al mismo bloque de pisos en el que vivía con sus padres. “Voy a rodar una película que se llamará Accattone, ¿me ayudas?”, le preguntó al joven Bertolucci, que contestó: “No sé de cine”. “Yo tampoco”, zanjó Pasolini. Después de La cosecha estéril, un mero encargo, Bertolucci dirigió, con solo 22 años, Antes de la evolución, drama político que relata la historia de un chaval que simpatiza con el comunismo mientras mantiene una relación incestuosa con su tía. Es la primera vez que el comunismo aparece en su cine. Bertolucci, además, vivía con pasión los años del cambio, los sesenta, años en los que jóvenes directores tenía la arrogancia de pretender cambia el cine y el mundo son sus películas. Algo hoy impensable. Bertolucci, junto a su amigo Marco Bellocchio, entrevistado en el documental de Spagnoli, se acercó a los rupturistas franceses de la Nueva Ola (en su encuentro con Jean-Luc Godard, Bertolucci vomitó de los nervios y la emoción) y renovaron el cine italiano. Bellocchio lo hizo con Las manos en los bolsillos, que hablaba de la rabia juvenil (en la película una rabia sin proyecto, movida solo por la autodestrucción) que iba a estallar en las calles de toda Europa y lo hizo tres años antes de las revueltas estudiantiles del 68. Mientras en Antes de la revolución Bertolucci hablaba del intelectual de izquierdas que se sabe la teoría marxista pero es un cobarde y no la aplica en su vida burguesa, Bellocchio filmó el germen de la irracional violencia que estalló en los “Años de plomo” italianos. Otro de los buenos amigos de entonces, Darío Argento, también entrevistado para el documental, recuerda cuando le presentó a Sergio Leone, director al que Bertolucci admiraba y respetaba. Los dos trabajaron para él en el guion de Hasta que llegó su hora, estrenada el mismo año en el que Bertolucci presentó en el Festival de Venecia Partner, una adaptación de El doble, de Fiódor Dostoyevski.
Acabada Novecento, tras un rodaje complejo y agotador, Bertolucci la mostró al Partido Comunista de Italia, pero el filme no fue bien recibido por los veteranos de la formaciónComo todo intelectual con pretensiones, y Bertolucci las tenía muy elevadas, continuó adaptando alta literatura en La estrategia de la araña, basada en un relato de Jorge Luis Borjes. En el rodaje de esta película descubrió el deslumbrante talento del joven Vittorio Storaro, un genio de la luz al que volvió a llamar para la siguiente película, rodada casi inmediatamente: El conformista. En esta adaptación de una novela de Alberto Moravia, que quedó deslumbrado ante el filme, Storaro perfeccionó su teoría de las sombras y el color (ese azul frío del fascismo frente el ocre de las estancias burguesas o las escenas del pasado) que todavía hoy se analiza en las escuelas de cine por la modernidad que trajo su composición, puesta en escena e iluminación. Storaro se convirtió en el ojo de Betolucci, en su gran aliado visual por más de dos décadas. Los dos crearon un tándem creativo que se caracterizó por un gran dominio de la luz, precisos movimientos de cámara y la llamada “psicología del color”, recursos que aplicaron a sus siguientes trabajos juntos: El último tango en París, Novecento, La luna, La historia de un hombre absurdo, El último emperador, El cielo protector y Pequeño Buda. Bertolucci. Nuestra magnífica obsesión no evita hablar de la polémica El último tango en París, pero sí sortea el sensacionalismo y la información falsa. Lo que realmente sufrió María Schneider en aquel rodaje fue un claro ejemplo de falta de honestidad y manipulación emocional por parte del director, algo que, sin duda, estuvo mal. Ella misma recordó que Bertolucci la manipuló y la maltrató psicológicamente para que se rompiera en algunas escenas. Y solo tenía 19 años y poca experiencia. También es cierto que, como recuerda en el documental la psiquiatra Flavia Salierno, al final el personaje de Brando se desmorona y ella se libera, se revela contra el hombre. Y es con la polémica El último tango en París cuando Bertolucci se reencuentra con Pasolini, pero para mal. El director lo insultó en plena calle y le gritó que su cine era el de un “hijo de papá”. La relación entre los dos famosos directores se rompió hasta un momento de tregua, años después: mientras Bertolucci rodaba Novecento, Pasolini rodaba Saló, o los 120 días de Sodoma en el mismo lugar, en Parma. A Bertolucci se le ocurrió organizar un partido de futbol entre los equipos de rodaje de las dos películas, pero lo amañó: el equipo de Novecento coló a dos futbolistas profesionales de la cantera del Parma F.C. haciéndolos pasar por meritorios rodaje. Y ahí acabó la tregua, Pasolini enfureció al descubrir la trampa. Acabada Novecento, tras un rodaje complejo y agotador, Bertolucci la mostró al Partido Comunista de Italia, pero el filme no fue bien recibido por los veteranos de la formación (pensaron que cambiaba el análisis marxista por un mito campesino idealizado y rechazaron el “juicio popular” final al terrateniente por considerarlo falso), aunque los jóvenes comunistas sí la aplaudieron.
Bertolucci fue por fin premiado por Hollywood: El último emperador ganó los nueve Oscar a los que estaba nominada, un hito histórico en la AcademiaTras rodar La luna, Historia de un hombre ridículo y L’addio a Enrico Berlinguer, documental sobre la vida de Enrico Berlinguer, el Secretario General del Partido Comunista Italiano, Bertolucci fue por fin premiado por Hollywood: El último emperador ganó los nueve Oscar a los que estaba nominada, un hito histórico en la Academia. Tampoco hay que olvidar que Bertolucci es, todavía hoy, el único director italiano en toda la historia de los Oscar que ha ganado la estatuilla a la Mejor Dirección, premio que nunca lograron cineastas como Federico Fellini, Vittorio De Sica o Luchino Visconti. La gloria no duró mucho y Bertolucci acabó estrenando filmes pretenciosos y decepcionantes como Pequeño Buda, Belleza robada, Asediada, Soñadores y Tú y yo, que dirigió en silla de ruedas. Su salud era muy delicada y tras una operación fallida de hernia discal quedó postrado, con movilidad reducida y dolores crónicos. Bertolucci murió en 2018 a los 77 años y a causa de un cáncer de pulmón. Su legado es el de un artista que, con sus errores y aciertos, rodó lo que quiso y como quiso y estrenó un cine de una elegancia y cuidado visual que rara vez se ve en una pantalla.
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