Una de terror
El director de cine francés Georges Franju, cofundador de la Filmoteca Francesa (la primera institución mundial dedicada a la preservación de obras cinematográficas antiguas), es sobre todo recordado por su obra maestra Los ojos sin rostro (Les yeux sans visage, 1960), propiamente un filme de terror. Allí, un cirujano plástico asesina mujeres jóvenes con la intención de injertarle el rostro de sus víctimas a su propia hija, quien se ha visto desfigurada como consecuencia de un accidente automovilístico en el que él iba al volante. Aunque el argumento parezca hoy manido y truculento, no lo era para nada en su momento y la película sigue constituyendo una maravilla de contención y estilo. En cualquier caso, el terror que genera Franju en Los ojos sin rostro no tiene nada que ver con el que desarrollará, más de una década después, en La línea de sombra (La ligne d’ombre, 1973), película poco conocida basada en un texto de Joseph Conrad y que, pese a las apariencias, pertenece también al género de terror. Quizás sea incluso más terrorífica que la anterior y que decenas de otras cintas que, a diferencia de esta, recurren a profusos chorros de sangre, misteriosas mansiones o cementerios y espantosísimos monstruos. La línea de sombra transcurre en el año 1888. El capitán Marlow, cansado de navegar en embarcaciones a vapor, decide capitanear una embarcación a vela y parte acompañado de una tripulación de pocos hombres. El buque lleva un cargamento de patatas. Amante de las flores, Marlow hace colocar en un jarrón un hermoso y colorido ramo. El viaje se inicia de modo normal, con una ráfaga de viento que aleja el navío a varios kilómetros de la costa. Pero al cabo de menos de un día de navegación, cuando ya están en alta mar, el viento desaparece y apenas sopla una leve brisa en medio de un calor sofocante. Una brisa que no llega a conducir el barco a ninguna parte y que ni siquiera sopla de forma constante, alternándose con horas de calma absoluta.
El terror de Franju no es un terror que nos erice los cabellos en cuestión de instantes. Es, más bien, un terror permanente y casi anodinoEn las películas de terror, el miedo suele venir asociado a personajes misteriosos, a peligros repentinos y violentos, y si la cosa transcurre en una embarcación, a terribles tormentas que mecen los navíos de un lado a otro con la constante amenaza de un naufragio. Pero Franju, siempre escapando a lo convencional, instala el terror exactamente en el polo opuesto. Pasan las horas, pasan los días, y el barco no se mueve de donde está. La tripulación enferma de malaria, pero tampoco van muriendo uno a uno como en una historia de Agatha Christie o como en el fatídico buque de Nosferatu. No mueren. Sencillamente conviven con la fiebre y, como buenos trabajadores, siguen turnándose en mantener el rumbo y en mover mástiles y velas del modo más conveniente. El terror de Franju no es un terror que nos erice los cabellos en cuestión de instantes. Es, más bien, un terror permanente y casi anodino. Un terror del que al principio no nos damos cuenta y que percibimos poco a poco, cuando ya se ha metido de lleno en nuestros cuerpos. Es el terror del silencio y de la quietud. El aburrido temor a que no suceda nada y de que quizá no vaya a suceder nada. Las patatas se pudren. Los tripulantes, ardiendo de fiebre, van abriendo los sacos y arrojando al mar aquellas que despiden un olor fétido. Las flores se van marchitando. Cada diez minutos, Franju nos regala un plano de las flores cada vez más deprimente, hasta que al final del jarrón sobresalen sólo jirones marchitos y descoloridos. Planos de las flores, de la brújula, del timón, y ya nos parece estar en el barco y conocerlo palmo a palmo. En un momento del filme da la sensación de que todo va a cambiar. El cielo está cubierto y, con grandes esfuerzos, los marinos arrían las velas para que una inminente tormenta no las destroce y ruegan que un rayo fulminante no hunda el barco. Pero Franju no nos concede esa tormenta. Poco a poco, las nubes pasan y vuelve la inmovilidad. Y con ella regresa el terror. El terror más auténtico. El que nos hace desear una tormenta, un naufragio, la muerte. Ese terror que nos hace suplicar que suceda cualquier cosa con tal de que suceda algo, que se detenga de una vez por todas el transcurrir agónico e intolerable de la monotonía.
Fuente: Enlace original
